Capítulo 5
C on su mochila gastada como única pertenencia, Devan abandonó el centro de atención temporal para extranjeros. Un trabajador social lo acompañó durante el trayecto hasta el centro de acogida, explicándole las normas básicas y los pasos que tendría que seguir para iniciar su nueva vida en España.
Él escuchaba en silencio, observando por la ventanilla del vehículo un mundo que todavía le resultaba extraño. Las calles, los edificios, las personas caminando por las aceras… Todo parecía pertenecer a una realidad ajena, una vida de la que había estado demasiado tiempo apartado.
Al llegar al centro, Devan fue recibido junto a otros inmigrantes y refugiados.
Después de una ducha y de recibir ropa limpia, apareció con un aspecto muy diferente al del hombre exhausto que había llegado en patera a la costa valenciana.
Se había afeitado, se había peinado y su rostro, aunque seguía mostrando las huellas del pasado, transmitía una calma renovada.
Siguiendo las indicaciones del personal, se dirigió al comedor comunitario junto al resto de residentes. El lugar estaba lleno de conversaciones en distintos idiomas, de historias cruzadas y de miradas que compartían la misma incertidumbre.
Mientras esperaba su turno, se detuvo frente a un tablón de anuncios colocado en una de las paredes.
Entre carteles de clases de español, ayudas sociales y ofertas temporales de empleo, una nota llamó especialmente su atención:
«SE BUSCAN REPARTIDORES A DOMICILIO»
Devan leyó el anuncio varias veces.
Un trabajo sencillo. Una oportunidad. Un primer paso.
Más tarde, ya en su habitación, cerró la puerta y se quedó unos instantes en silencio.
La estancia era pequeña: una cama, un armario, una mesa y apenas unos objetos personales.
Pero para alguien que lo había perdido todo, aquel espacio representaba un lugar seguro, aunque solo fuera de manera temporal.
Se sentó en el borde de la cama y abrió lentamente la mochila.
De entre sus pocas pertenencias sacó un paquete envuelto con cuidado. Retiró varias capas de papel de periódico hasta dejar al descubierto una bolsa de plástico transparente. Dentro había una cantidad de dinero en efectivo que había protegido durante todo el viaje.
Lo sostuvo unos segundos entre las manos.
Aquel dinero era más que un simple ahorro. Era un vínculo con su pasado, una reserva para un futuro incierto y un secreto que no podía compartir con nadie.
Miró alrededor de la habitación. Después abrió un cajón del armario, colocó el paquete en el fondo y lo ocultó bajo la madera.
Cerró el cajón.
Aunque había echado el pestillo de la puerta, Devan no consiguió sentirse del todo tranquilo. Permaneció inmóvil sobre la cama, escuchando.
A través de las paredes le llegaban los sonidos del centro: pasos que recorrían el pasillo a cualquier hora, carreras repentinas, risas, gritos en idiomas que no comprendía, voces apagadas, conversaciones susurradas, puertas que se abrían y se cerraban, algún portazo que hacía vibrar los tabiques.
Para los demás no eran más que los ruidos habituales de un edificio lleno de gente. Para él, en cambio, cada sonido era un recordatorio de que seguía rodeado de desconocidos. Cada golpe, cada voz y cada paso mantenían sus sentidos en tensión, incapaces de concederse el descanso.
Aquella noche tardó en quedarse dormido.
Y cuando finalmente lo hizo, volvió al lugar del que llevaba años intentando escapar.
En el sueño ya no era un refugiado sentado en una habitación desconocida. Era otra vez un soldado.
Vestía uniforme militar y empuñaba un fusil. Permanecía oculto en un frondoso bosque junto a uno de sus compañeros, Narayan, inmóvil entre la maleza. Ambos permanecían agazapados, atentos a cualquier movimiento del enemigo.
Narayan, no solo era un miembro más de su unidad, era huérfano, igual que él, y representaba el primer vínculo de supervivencia que Devan había conocido desde la infancia.
Habían crecido juntos en el orfanato, compartiendo carencias, miedos y pequeñas esperanzas.
En el colegio de los jesuitas españoles aprendieron a leer y escribir, descubriendo un mundo que parecía ofrecerles una posibilidad distinta, hasta que unos guerrilleros adultos del LTTE los reclutaron por la fuerza.
Poco antes de llegar a la adolescencia, se habían convertido en niños soldados.
Durante quince años habían combatido como miembros de los Tigres Tamiles, unidos por una misma historia de violencia y pérdida.
En medio de aquel horror, Narayan era mucho más que un compañero de armas: era la única persona a la que Devan podía llamar hermano en una vida moldeada por la guerra y la necesidad de sobrevivir.
A lo lejos, el estruendo de la guerra rompía el silencio. Disparos secos, explosiones lejanas y gritos perdidos entre los árboles recordaban que el conflicto entre cingaleses y tamiles seguía devorando vidas.
Narayan giró la cabeza hacia él y sonrió levemente.
—Voy a casarme pronto —le dijo.
Devan lo miró sorprendido.
El joven sacó una fotografía cuidadosamente doblada y se la mostró.
Devan observó la imagen y sonrió.
En ella aparecía una mujer sonriente. La reconoció al instante.
La había visto en alguna ocasión y, más de una vez, había sorprendido a Narayan hablando tímidamente con ella.
Era la hija del dueño de una tienda de alimentación.
Tenía el rostro ovalado, de facciones suaves y bien definidas.
La piel era de un tono cobrizo oscuro. Sus ojos eran grandes y de un profundo color castaño.
Su cabello, negro como el azabache, caía liso y abundante hasta más abajo de los hombros.
—Quiero que estés en mi boda —continuó—. Eres como un hermano para mí.
Por un instante, en medio del bosque, solo fueron dos amigos recordando quiénes eran antes del conflicto.
Entonces escucharon algo. Un crujido entre los árboles.
La expresión de ambos cambió de inmediato. La camaradería desapareció y dio paso al instinto de supervivencia. Se movieron en silencio, como animales siguiendo el rastro de una presa.
Entre la vegetación apareció un soldado cingalés. Los había descubierto. Sin perder un segundo, echó a correr para dar la alarma.
Devan y Narayan reaccionaron sin pensarlo. Salieron tras él entre los árboles, impulsados por años de entrenamiento. La persecución se convirtió en una cacería.
Cada paso los alejaba más de quienes habían sido. Y cada disparo que sonaba los acercaba más al horror de la guerra.
De repente, Devan abrió los ojos.
Despertó sobresaltado, empapado en sudor, con la respiración acelerada y el corazón golpeándole con fuerza en el pecho.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Luego reconoció la pequeña habitación, la cama y la oscuridad del centro de acogida.
Se incorporó lentamente y se sentó en el borde de la cama.
Con manos temblorosas, tomó una botella de plástico que tenía sobre la mesita de noche y bebió un poco de agua.
Sri Lanka pertenecía al pasado y el conflicto civil había terminado casi dos décadas antes, pero Devan llevaba consigo una verdad difícil de olvidar: aquella guerra seguía librándose en su interior mucho después de que las armas hubieran dejado de disparar.