Gorila Capítulo 4
10%

Capítulo 4

A l mediodía, José y sus compañeros entraron en el restaurante Paco por la puerta trasera, evitando la entrada principal y las miradas de los clientes que ya comenzaban a llenar el local.

Recorrieron un estrecho pasillo que desembocaba en la cocina, el verdadero corazón del negocio.

Allí, entre el ir y venir de los fogones, destacaban dos cocineros de origen chino, siempre silenciosos y atentos a las órdenes del jefe.

A cualquiera le habría sorprendido encontrar a dos asiáticos preparando paellas en un restaurante que se anunciaba como un referente de la «auténtica cocina valenciana».

Sin embargo, esa no era la principal razón por la que trabajaban allí.

Su verdadera utilidad para el gerente iba mucho más allá de la cocina: eran expertos en dosificar y fraccionar la droga que, posteriormente, sería distribuida.

El olor a comida recién preparada, el vapor de los fogones y el ruido metálico de los utensilios contrastaban con la tensión que todavía arrastraban desde la playa. Habían escapado por poco, pero la adrenalina del enfrentamiento comenzaba a transformarse en una euforia descontrolada.

José abrió una nevera, sacó varias cervezas y las repartió entre sus compañeros.

—Hoy hemos vuelto a nacer —dijo uno de ellos, levantando la botella.

—Uf, de la que nos hemos librado —comentó otro.

Rieron y chocaron las cervezas en un brindis improvisado. Solo Rodrigo permaneció apartado durante unos segundos, con una expresión incómoda que no pasó desapercibida.

Sabía que todo podía torcerse en cualquier momento.

Aún tenía grabada la mirada que José le había lanzado al subir a la lancha: fría, dura, imposible de interpretar.

Sí, al final habían conseguido que no los atraparan con la droga, pero Rodrigo no podía quitarse de la cabeza lo que había hecho.

Había sido él quien había gritado al piloto que arrancara y se alejara, dejando a José atrás, en el agua.

Temía que aquella decisión, nacida del miedo, no fuera algo que José estuviera dispuesto a olvidar.

—¿Qué pasa? ¿No brindas? —le preguntó uno de ellos.

Rodrigo dudó un instante. Después esbozó una sonrisa forzada y levantó la botella junto al resto.

—Por haber salido de esta.

Las risas volvieron a llenar la cocina. Durante unos minutos, la tensión desapareció y todos se dejaron llevar por la sensación de victoria.

Hasta que la puerta se abrió.

Paco apareció en el umbral.

El propietario del restaurante, el hombre cuyo nombre lucía en la fachada del local, no era solo el padre de José. Para muchos, era también una figura de autoridad dentro del negocio clandestino que se ocultaba tras aquella apariencia de restaurante familiar.

Era un hombre corpulento, calvo y de barriga generosa, con esa complexión de quien disfruta tanto cocinando como comiendo. Vestía una camisa ligera de manga corta, pantalones cortos y unas sandalias de cuero gastadas, como si el clima veraniego nunca terminara para él.

Su rostro serio bastó para apagar las conversaciones.

Clavó los ojos en su hijo.

—¿Se puede saber qué has hecho? —preguntó con voz grave.

José dejó la botella sobre la mesa. Supo de inmediato que, ante la gravedad y el peligro extremo de lo ocurrido, un infiltrado en la banda de Carlos había decidido contarle a su padre lo sucedido.

Antes de que pudiera abrir la boca, Paco avanzó unos pasos y continuó hablando:

—Has disparado contra uno de los hombres de Carlos. Un empleado suyo. ¿Sabes lo que significa eso?

Nadie se atrevió a responder. Los demás bajaron la mirada, conscientes de que estaban presenciando una conversación que iba mucho más allá de una simple reprimenda.

José apretó la mandíbula. Le molestaba que su padre lo corrigiera delante de todos, pero contuvo la reacción. Sabía que, en aquel lugar, la autoridad de Paco estaba por encima de la suya.

—A partir de ahora tendremos que andar con cuidado —siguió Paco, alzando lentamente el dedo índice en un gesto de advertencia—. Carlos no va a dejar pasar esto. Habrá represalias.

El silencio se hizo pesado.

Paco sostuvo la mirada de su hijo. Ninguno de los dos dijo una palabra.

Entre ellos quedó suspendido un entendimiento que los demás no pudieron descifrar.

El patrón magrebí de la patera ya le había informado por teléfono de lo ocurrido durante la operación: la caída de José al agua y el intento de Rodrigo de huir.

Paco hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza.

Bastó.

José había recibido permiso.

Sin mediar palabra, José cogió un cuchillo de la encimera y dando unos pasos rápidos se lo clavó a Rodrigo en el pecho.

—Perro, muere —pronunció entre dientes.

Rodrigo, herido, intentó escapar sumido en el pánico, pero cayó de rodillas en el pasillo de la cocina. Comenzó a arrastrarse para alcanzar la salida.

José agarró una cacerola y por detrás le golpeó en la cabeza una y otra vez.

Todos fueros espectadores del crimen.

Paco se dirigió a los compañeros de José.

—Que esto sirva de advertencia para cualquiera que se atreva a dejar a alguien atrás.

No se trata solo de José; ante una situación de peligro, tenéis que ayudaros entre vosotros.

Prefiero perder la mercancía antes que dejar que uno de los nuestros quede atrapado por las autoridades. ¿Me habéis entendido?

Todos asintieron. Ganaban muchísimo dinero trabajando para Paco, mucho más de lo que podrían obtener en cualquier otro lugar o desempeñando una actividad legal.

Apreciaban que se preocupara por su seguridad, aunque todos sabían que no era un gesto puramente altruista.

Paco prefería perder el valor de una mercancía antes que arriesgarse a que uno de los suyos fuera detenido y acabara colaborando con la fiscalía para testificar contra sus negocios.

Mantenerlos bien pagados, satisfechos y unidos era también una forma de protegerse frente a posibles problemas con la justicia.

Sin embargo, todos tenían igual de claro que la lealtad era innegociable.

Paco siempre había advertido que cualquier traición tendría consecuencias, y que esas consecuencias serían inevitables.

—Deshaceos rápido del cuerpo. Esta noche tenemos el restaurante lleno. Hay muchas reservas para la cena.

Paco hizo un gesto a José para que se acercara. José dejó caer la cacerola al suelo y se aproximó. Después, padre e hijo entraron juntos en el comedor, con un brazo sobre los hombros del otro.

Aunque no había aprobado la actitud de su hijo al obtener un cargamento de droga dentro del territorio controlado por una banda rival, en el fondo lo admiraba por su predisposición a obtener mayores beneficios y tomar iniciativas.

Prefería a un hijo travieso e independiente antes que a otro de actitud pusilánime.

Lo que Paco no imaginaba era que aquel comportamiento iba a cambiar sus vidas para siempre.