Gorila Capítulo 2
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Capítulo 2

L a lancha neumática alcanzó una pequeña cala escondida de la costa valenciana, un rincón de arena y roca alejado de las zonas turísticas. Allí no había bañistas ni pescadores. Solo el rumor de las olas y el viento agitando la vegetación que cubría los acantilados.

Nada más tocar tierra, José, Rodrigo y el piloto saltaron al agua y comenzaron a descargar la mercancía con una rapidez perfectamente ensayada.

Los fardos, envueltos en plástico negro e impermeabilizados con cinta adhesiva, pasaban de mano en mano hasta la parte trasera de una furgoneta blanca sin distintivos, estacionada junto al camino de acceso con las puertas abiertas y el motor en marcha.

Frente al volante, estaba pendiente otro cuarto traficante.

Todo indicaba que la maniobra iba a concluir sin contratiempos.

De repente, el estridente chirrido de unos neumáticos rasgó el silencio de la cala.

Un todoterreno negro irrumpió a gran velocidad por el camino de tierra. Derrapó levantando una nube de polvo y grava antes de detenerse bruscamente en lo alto de la playa.

Las puertas se abrieron de golpe.

Cinco hombres descendieron del vehículo empuñando armas cortas y echaron a correr ladera abajo.

El conductor asomó la cabeza por la ventanilla y dirigió la mirada hacia lo alto de la pendiente. Lo reconoció al instante: Mateo, la mano derecha de Carlos y uno de los hombres más temidos de su organización, avanzaba entre ellos.

—¡Son los de Carlos! —gritó el conductor, con la voz cargada de desesperación.

José reaccionó sin vacilar. Abrió la guantera de la lancha, sacó una pistola semiautomática y echó a correr por la arena para ganar una posición desde la que cubrir la retirada de los suyos. Se dejó caer tras una roca, alzó el arma con ambas manos y abrió fuego.

Las detonaciones retumbaron entre los acantilados.

Los recién llegados respondieron de inmediato, obligando a los traficantes a buscar refugio tras la furgoneta, la lancha y las rocas dispersas por la playa. La arena saltaba en pequeñas explosiones a cada impacto de bala.

José asomó apenas un instante. Disparó dos veces más.

Un hombre de la banda rival lanzó un grito de dolor y cayó al suelo sujetándose el muslo, mientras sus compañeros lo arrastraban hasta ponerse a cubierto.

—¡José! ¡Déjalo ya! ¡Sube! —rugió el conductor de la furgoneta.

El vehículo comenzó a avanzar sin esperar más. La puerta corredera permanecía abierta.

José se levantó y esprintó por la arena mientras las balas silbaban a su alrededor. Durante unos segundos corrió en paralelo a la furgoneta, estiró el brazo para aferrarse al marco de la puerta y, haciendo un último esfuerzo, se impulsó hacia el interior.

La puerta se cerró de un golpe.

La furgoneta aceleró y desapareció por el camino costero, dejando atrás el eco de los disparos y a la banda rival contemplando, impotente, cómo la mercancía había quedado fuera de su alcance.