Capítulo 36
La boda había sido un jodido éxito, pensó Kalev mientras descansaba detrás de los arbustos del jardín, fumando un pitillo. Los árboles lo ocultaban de miradas indiscretas, que era exactamente lo que quería.
Echó la cabeza hacia atrás y exhaló.
—Joder, te he echado tanto de menos.
Con los ojos cerrados, sentía el palpitar de su polla, mientras la boca de su amante lo succionaba con fuerza. Sabía exactamente lo que le gustaba, lo que quería. Empezó a mover las caderas con un ritmo cada vez más acelerado.
—Oh, así, sí —gruñó apretando los dientes.
Se recostó más contra el muro y tiró el cigarrillo al suelo.
Agarró la cabeza con espeso cabello negro y enterró sus dedos en ella.
Las sacudidas eran cada vez más fuertes, pero joder…
no podía detenerse, había echado de menos eso.
En Cerdeña no se había atrevido a buscar un amante, o dos…
tenía demasiadas cosas que hacer. Pero ahora había vuelto a casa.
—Qué… jodido… alivio —gruñó, para después apretar los labios.
Echó la cabeza hacia atrás, esperando que nadie se atreviera a deambular por ahí. Tras los árboles y setos, era difícil que alguien los viera. Kalev siempre había sido muy cuidadoso. Pero…
—Córrete en mi boca —le dijo una voz grave mientras se lo introducía hasta la garganta. Sintió cómo la mano agarraba la camisa por su pecho y estrujaba como si también fuera a correrse.
Los músculos de su rostro se contrajeron de placer. Kalev entreabrió los labios y siguió pulsando, moviendo las caderas mientras su amante tragaba.
—¡Ah! Joder.
Contuvo a duras penas un grito de liberación. Se vació por completo, quedándose exhausto, saciado. Pero eso solo era el principio, no había terminado. Esa noche… ninguno de los dos dormiría.
—Tan bueno como lo recordaba —dijo su amante, levantándose de entre sus piernas.
Dimitar, el chofer habitual de su cuñada Lizia, lo miró sonriendo. Se inclinó para besar su boca y Kalev no se apartó.
Al acabar, Kalev se abrochó de nuevo los pantalones y el cinturón. Impecable como siempre, parecía que no había pasado nada.
Satisfecho, sacó la cajetilla de tabaco que ocultaba en su chaqueta y encendió un pitillo. Al segundo se lo puso en la boca a Dimitri que lo miraba como si no hubieran terminado lo que estaban haciendo.
—Debo volver a la fiesta —le dijo Kalev sin poder ocultar del todo su sonrisa.
—¿Me buscarás luego?
Kalev asintió.
—Por supuesto. No hemos terminado. —Lo agarró de la pechera, pero en vez de apartarlo, lo acercó hacia él y sus bocas se juntaron hambrientas.
Todo parecía idílico hasta que Kalev se tensó.
Una voz familiar maldecía furiosa.
Luego escuchó un chasquido, una bofetada, el impacto de carne contra carne… un puñetazo que de seguro tendría consecuencias.
—¡Mierda!
Dimitar se volvió hacia la dirección que miraba Kalev.
—Radmila —rugió.
Y entonces empezó a correr hacia su hermana.
Radmila dio una patada al aire, y le rompió la nariz a un tipo que parecía más un modelo de Calvin Klein, que no uno de los secuaces de la mafia croata. Bueno, quizás ahora, con la nariz rota y la camisa blanca empapada en sangre, no estaría para hacer una sesión de fotos.
—Señora…
—¿Señora? —Los ojos de Radmila se abrieron como platos.
¿En serio ese imbécil le había llamado señora? Como si quisiera vengar a todas las mujeres ofendidas por ese mote, Radmila retorció el brazo al pobre tipo y con una llave de aikido, lo tiró al suelo. Bien, solo quedaban… diez hombres.
¡Joder! No podía decirse que su futuro marido la subestimara.
En medio de ese caos, había un hombre alto y rubio que miraba la escena con las manos en los bolsillos.
—Dejad de jugar, tenemos que irnos.
—Oh, perdóneme si me interpongo entre sus planes —le espetó Radmila tan sorprendida como molesta.
—Al señor Perkovic no le gusta que le hagan esperar.
Ella gruñó.
—Puede decirle… —se calló ofendida cuando Viktor Depolo alzó una mano.
Le dedicó media sonrisa ladeada.
—Lo siento, soy contable, no recadero.
¿Contable? ¿Qué coño estaba pasando?
—¿Mi marido no tiene suficientes sicarios para sus trabajitos que envía a su contable?
—Quería mano izquierda. —Se encogió de hombros, mientras veía cómo Radmila se deshacía de dos hombres más con rápidos puñetazos y patadas.
—¿A esto le llamas mano izquierda?
—Sigue viva, ¿no?
Boqueó como un pez, iba a decir alguna impertinencia cosida a un par de palabrotas, pero cerró la boca al ver que el hombre se quitaba las manos de los bolsillos y empezaba a caminar hacia ella.
—¿Podemos irnos? —le dijo parándose a pocos centímetros—. De veras que tengo prisa.
Radmila intentó golpearle. Lo intentó de veras, porque no lo hizo. No lo consiguió.
Ese hombre alto, con gafas de pasta y cabello repeinado hacia atrás, que parecía más un ejecutivo nerd que un sicario, era rápido y veloz.
Esquivó los puñetazos y las patadas, que iban acompañadas con algún intento de pisotón.
—Por favor, señora.
—¡No me llames señora!
Esa sonrisa ladeada apareció de nuevo.
—Tomo nota.
Y mientras mentalmente lo hacía se sacó una jeringuilla del bolsillo interior de su chaqueta. Radmila lo vio y retrocedió, convencida de que ese hombre sí era lo suficientemente rápido como para dejarla inconsciente con eso.
Dio un paso y luego otro.
No lo vio venir.
Era un señuelo. La visión de la jeringuilla había captado toda su atención, por lo que no vio al tipo que a su espalda sacó un pañuelo y lo empapó, para después ponérselo en la cara. Fue solo un segundo y sus piernas flaquearon.
—Suficiente —escuchó que decía el contable—. Solo queremos aturdirla, ¿verdad, señora?
Iba a matar a ese hijo de puta.
Con las fuerzas que le quedaban soltó un rugido furioso y empezó a caer. Dos hombres la sujetaron, mientras Viktor abría la comitiva para marcharse por la misma puerta por la que habían entrado.
En la calle, los esperaba un coche con el motor en marcha. No fueron demasiado delicados cuando la tiraron en el asiento trasero.
—Arranca —ordenó Depolo, y el coche salió como alma que lleva el diablo. Tres más lo siguieron.
Los coches de sus hombres, pero también una moto.
Kalev no iba a permitir que secuestraran a su hermanastra tocapelotas.
—¡Cabrones!
Dio gas, esquivando el tráfico de la ciudad. Adelantó a uno, dos coches… cuando iba a darle caza al tercero, se dieron cuenta de que algo no iba del todo bien. Alguien debió reconocerlo, pues su objetivo fue echarlo de la competición. Pero Kalev no podía permitirse el lujo de perder a Radmila.
Maldijo entre dientes cuando tuvo que desviarse una calle, para no estamparse contra la pared de una casa de piedra. ¿Quiénes eran esos tipos?
Sabía, por lo vivido en Cerdeña, que algo se estaba planeando contra las familias.
Los rusos estaban inquietos, los albaneses intentaban algunos golpes fallidos.
Cosas sin importancia que tenían un patrón y Kalev sospechaba que tendrían dos nuevos enemigos a las puertas.
Quizás su nuevo golpe era secuestrar a la hermana de Savic, tal como habían hecho con Marija hacía años. No podía permitirlo.
Cuando dio gas y se precipitó por una rampa, saltó sobre un coche que le hizo de trampolín. Su experiencia le hizo caer junto al primer coche que perseguía. Los cristales estaban tintados, pero él juraría que Radmila se encontraba allí.
El conductor del coche era tan experimentado como él, pues casi lo perdió, hasta salir por la autopista.
Al aeropuerto.
Ahí iban, al aeropuerto.
No era posible, pero al ver las luces de las pistas, el hangar privado, y el pequeño jet dispuesto a despegar, supo quién había preparado todo aquello.
Mentiría si Kalev dijera que no sentía cierto alivio.
Los tres coches frenaron en seco, rodeando al cuarto, donde permanecía Radmila.
Cuando la moto derrapó, frenando frente al capó del coche. Kalev sacó dos pistolas, que empuñó, más por soberbia que por utilidad.
El hombre que iba de copiloto en el coche salió con una sonrisa pintada en la cara.
—Deja de hacer el idiota, Kalev.
El aludido frunció el ceño, pues no se conocían.
La puerta trasera se abrió, y Radmila intentó mantenerse en pie sin tambalearse. Lo consiguió. Depolo sonrió al verla. Era dura, sí señor.
—Señorita Radmila —dijo Viktor—, por favor, suba al avión.
Ella lo fulminó con la mirada mientras veía cómo Kalev se bajaba de la moto e iba hacia ella.
—Habéis roto el acuerdo, pagaréis por esto.
Viktor negó con la cabeza, mientras con caminar pausado pasaba junto a ellos, dirección a la escalinata que la llevaría al jet de Aleksandar Perkovic.
—Se equivoca. Se acordó que la señorita Radmila se casaría en Croacia después de la boda de su hermana. —Lo miró con insolencia, con la postura relajada. Piernas abiertas, manos a la espalda… Kalev quiso partirle cada hueso de su cuerpo.
Abrazó a Radmila por la cintura.
—Ese hijo de puta tiene razón —se quejó Radmila—, pero no pensé que sería tan pronto.
La voz era pastosa, pero tragó con fuerza y se irguió.
—Puede acompañarnos si quiere —señaló estirando el brazo las escaleras del avión.
Kalev apretó los dientes y se vio rodeado por diez hombres armados.
—Ni hablar —se quejó Radmila—, no somos tan fuertes.
Kalev avanzó hacia pararse junto a Viktor Depolo.
—Usted y yo… —la risa ronca de Kalev auguraba una muerte lenta—, tendremos algo más que palabras un día.
Depolo tuvo la osadía de sonreír. Lo miró con tal intensidad que Kalev movió la cabeza un milímetro hacia atrás, pero lo suficiente como para que Viktor se hubiera dado cuenta. La sonrisa del contable se ensanchó. Ambos respiraron con fuerza y sus pupilas se delataron.
Había una promesa de muerte.
Y algo más.
Radmila se agarró a la barandilla y con la otra mano a la cintura de Kalev.
Cuando llegó arriba, el aire fresco golpeó su cara, y al entrar en el avión, el aire acondicionado acabó de espabilarla. Ya no necesitaba la ayuda de Kalev, que se quedó a su espalda cuando ella avanzó por el ancho pasillo.
—Mi amada, drolja.
Miró hacia el centro del avión, y sentado cómodamente con un tobillo apoyado en la altura de la rodilla y bebiendo una copa, como si fuera el mismísimo rey del infierno, Aleksandar Perkovic le dedicó una radiante sonrisa.
Levantó la mano y se llevó los dedos a la boca para tirarle un beso.
—Cabronazo —le escupió la palabra.
—¿Algún rasguño, querida? —Radmila apretó los dientes, pero se negó a contestar—. Bien, abrochaos el cinturón. Nuestro nidito de amor nos espera.