Capítulo 35
—Pensaba que no llegaría nunca este día —dijo Marija frente al espejo.
Lizia y Radmila estaban en su habitación, mientras la peluquera y la maquilladora daban sus últimos retoques.
Radmila se quedó mirando a su hermana, era bella hasta lo indecible; con el maquillaje, su cicatriz se había disimulado bastante, pero, aunque fuera evidente, Radmila siempre había creído que Marija era una de las mujeres más hermosas que había visto nunca.
Quizás sus ojos de cervatillo, ese brillo en la mirada, su piel pálida, su gracia al moverse, la elegancia que parecía intrínseca en ella…
—¿Vas a llorar? —preguntó Marija sorprendida a través del espejo.
Radmila se llevó las palmas de las manos a las mejillas y se puso a reír. Estaban húmedas.
—¿Yo? ¿Cuándo me has visto llorar a mí, hermanita?
Se abalanzó sobre ella y le dio sonoros besos en el cabello, para disgusto de la peluquera.
—No debemos hacer esperar demasiado al novio —dijo Lizia mientras le ofrecía una copa de champán a sus cuñadas.
—No, creo que… —El móvil interrumpió la frase de Radmila, quien se acercó a la cama donde lo había dejado y lo tomó.
Número desconocido.
Hizo una mueca y después de decidir dejarlo sonar, cambió de opinión. ¿Número desconocido? ¡Ya!
—¿Sí?
Una voz profunda que conocía muy bien llegó a sus oídos.
Miró a Marija y a Lizia que reían de cualquier tontería mientras la peluquera terminaba de ponerle una diadema en la cabeza.
Marija la miró interrogante, pero Radmila se alejó sonriente.
—Las flores —susurró.
Cuando hubo salido, Aleksandar dejó de reír roncamente.
—¿Ahora soy una flor?
—Desde luego eres un capullo.
La risa se intensificó.
—Oh, dioses… cómo voy a disfrutar con esa boca sucia, mala lisica.
No sabía qué significaba aquello, pero anotó mentalmente averiguarlo.
—¿Para qué me llamas?
Hubo un sonoro suspiró al otro lado de la línea.
—Por nada, pequeña. Solo quiero recordarte que tu hermana se casa hoy.
—No hace falta que me lo recuerdes, yo estoy en la ceremonia.
Por las risas que se estaba echando su prometido, parecía evidente que estaba de buen humor. No tardó en hacerlo patente al decir:
—¿No estás tan feliz como yo, al saber que ahora será nuestro turno?
Radmila se pasó la lengua por los dientes, respiró profundamente, pero sin saber qué decir. Antes de poder encontrar algunas palabras adecuadas, él volvió a hablar de nuevo:
—Prepárate, Radmila. Pasaré a buscarte.
La llamada se cortó y el corazón de ella empezó a bombear con fuerza.
¿Qué significaba aquello? ¿Pasaría a por ella… cuándo? ¿Esa noche?, ¿la semana que viene?, ¿pronto?
Se llevó el móvil contra el pecho y soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo.
Prepárate, le había dicho Aleksandar, y esas palabras sonaron a amenaza, a promesa, a… placer.
—Mierda —dijo abanicándose con una mano.
Si era capaz de ponerla así estando a cientos de kilómetros de distancia, no quería saber lo mojada que podría llegar a estar cuando estuviera en su presencia.
Bueno, sí que lo sabía, ¿no?
Recordó lo fácil que le había sido a Aleksandar entrar en aquella casa, y sospechó que quizás su hermano estaba enterado de sus encuentros, y quizás de cuándo volvería a por ella.
Se anotó otra segunda cosa, mentalmente.
Preguntar a Savic cuándo Aleksandar había amenazado en llevársela a Zadar.
Ya era lo suficientemente tarde como para haber cumplido con la tradición de haber puesto nervioso al novio.
Los invitados de ambos bandos habían tomado posiciones en las sillas que habían colocado en el jardín, encaradas hacia un arco de flores, y una pequeña plataforma donde los esperaba el juez para poder formalizar el enlace, entre los Salvatore y los Savic.
Simplemente una alianza histórica, que provocaba tanta sorpresa como temor.
Savic seguía dentro de la casa, en la entrada del salón, donde por unos grandes ventanales observaba a los invitados.
Sus hombres, con traje negro, estaban colocados de manera estratégica por toda la casa.
Bajo sus chaquetas llevaban sus armas. Tenía vetada la entrada a la casa a todos, a excepción de la familia.
Los hombres de Salvatore también iban armados y apenas se diferenciaban de los suyos, pero por suerte Savic no era descuidado y conocía a cada uno de ellos, y a los de Salvatore.
Mantener a salvo a la familia, era su prioridad.
—Espero no llegar tarde.
Por la puerta principal y vestido de etiqueta, Kalev, su hermanastro, apareció.
Savic parpadeó y cubrió la distancia que los separaba a ambos.
Se abrazaron, golpeándose la espalda, afectuosamente.
—Hermano.
—¿Cuándo has llegado? —preguntó Savic.
—Ahora mismo, me he cambiado en el aeropuerto —dijo sonriente—. No iba a perderme la boda de mi hermanita, ¿no te parece?
Savic asintió.
—¿Has dejado todo atado en Cerdeña?
—He dejado claras un par de cosas, pero me parece que los golpes no nos vendrán de allí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Goran, intrigado.
—Te lo cuento luego.
Cuando unas risas captaron su atención, giró el cuello hacia las escaleras. Su esposa, junto a Radmila, escoltaban a Marija, que hizo que se quedara sin aliento. Sintió un nudo en el cuello y tragó con fuerza.
—¡Mi hermosura! —dijo Kalev adelantándose, subió los peldaños y besó sus mejillas.
—¡Estás aquí!
Radmila golpeó a Kalev en el hombro y le besó la mejilla, sin que su pintalabios rojo hiciera mella en la piel afeitada. Se colgó de su brazo y descendió los escalones.
—Será mejor que tomemos asiento —dijo Radmila—. Te he guardado uno a mi lado, con la esperanza de que no llegaras tarde, como siempre.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Savic miró con intensidad a su hermana pequeña.
—Marija…
Estaba radiante. Su hermanita, a la que no había sabido proteger, se casaba.
Al ver la emoción en los ojos de su hermano, Marija bajó los escalones con rapidez y se tiró a sus brazos sin importarle el vestido o el maquillaje.
—Estás tan hermosa… —Le acunó el rostro y limpió sus lágrimas con los pulgares—. No llores, hoy debe ser un día feliz.
—Lo es —se apresuró a decir ella para que ninguna sombra de inseguridad cruzara por los ojos de Savic. No quería que él pensara que se casaba por imposición—. Este matrimonio será bueno para todos, será bueno para mí.
Él asintió, convenciéndose de que aquello era cierto.
El silencio que se instauró hizo que mirara hacia la escalera. Su hermana Radmila tenía cara de estar burlándose de su sentimentalismo, pero sabía por Lizia que había llorado esa misma tarde. Por otra parte, su esposa, se acercó a él y le besó la mejilla.
—Nos adelantaremos. —Miró a Marija y asintió—. Diré que pongan la música para que entréis.
Marija asintió agradecida.
—Marija —le dijo Savic cuando estuvieron solos—. Solo he querido tu felicidad, y quiero que sepas que, aunque ahora llevarás el apellido Salvatore… siempre serás una Savic.
Ella asintió.
—Siempre.
—Y cualquier cosa que necesites… contra quien sea, yo ahí estaré.
La intención estaba clara. Si Salvatore se pasaba de la raya, sería lo último que hiciera.
La música empezó a sonar, y ambos se dirigieron hacia el altar. Parecía una celebración mucho más feliz que la que habían tenido Lizia y él, pero… la boda no había hecho más que empezar.
Después de la ceremonia, Giovanni disfrutó del convite y el baile con su esposa. No le gustó desprenderse de ella para que bailara con Savic.
Salvatore contuvo la respiración. Había practicado durante toda su vida la cara de póquer que hoy podía lucir sin que se vieran sus verdaderos sentimientos. Sabía a ciencia cierta que si no hubiera gente delante, lloraría como un niño.
¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo reaccionar cuando un hombre consigue todo lo que ha deseado en la vida? Y no pensaba en ser el Don de la mafia, sino en estar casado con esa mujer.
Marija.
Era suya.
Por fin.
Pocos, o más bien nadie sabía lo mucho que había luchado por estar esa tarde allí.
Y nadie debía saberlo. Ser la esposa del Don del sur de Italia, ya era lo suficientemente malo, ya que la pondría en peligro, la convertiría en un objetivo.
Pero saber que además era tan importante para él, y que Giovanni sería capaz de hacer cualquier cosa por ella…
No, no podía saberse. No podía enterarse nadie que durante los últimos años, cada pieza del ajedrez que había movido, iba dirigida a esa jugada final, a Marija llevando su apellido.
Las jugadas no habían sido limpias, había sido capaz de ir envenenando poco a poco a su padre, para dejarlo mentalmente incapacitado para el liderazgo.
Había asesinado, había hecho pactos a espaldas de los hombres del antiguo Don, había propiciado una verdadera guerra, para que la única forma de zanjarla fuera mediante alianzas de sangre.
Sí, él había sacrificado a peones para obtener a su reina.
Y nadie, ni siquiera ella debía saber lo mucho que la amaba desde hacía años.
Casarla con Leo había sido una excusa para matarlo y quitarse de en medio a los Manzini si estos se oponían a su liderazgo.
Pero, para su sorpresa, no había sido así.
Si Antonio había sospechado que se quitara de en medio a su padre, no lo demostró y se había mantenido fiel a su heredero.
Así pues, con Antonio apoyándole, no tenía por qué matar a su hijo.
Solo mandarlo lejos. Los mejicanos se encargarían de él.
Respiró hondo cuando la vio bailar con Savic. El jefe de los serbios parecía feliz, y mientras las alianzas se fortalecieran, todo iría bien.
Cuando terminó la pieza de música que ambos hermanos bailaban, Marija se centró en la mirada de su esposo y se quedó quieta en el lugar, mientras él avanzaba hasta tomarla de la mano.
—¿Me concedes este baile, dolcezza?
Ella se rio, sonido de campanillas y felicidad.
Savic se apartó para ir a por su esposa, y Salvatore hizo girar a Marija entre sus brazos.
—¿Te he dicho que los ángeles lloran, envidiosos de tu belleza?
Ella se dejó mecer, mientras ocultaba su risa casi infantil.
—¿Los italianos siempre tenéis tanta labia?
—Cuando se trata de enamorar a nuestras mujeres, sí.
Ella apoyó su cabeza en el amplio pecho de Salvatore, y sonrió. Se mordió el labio inferior, pensando que tal vez sus sentimientos hacia su nuevo marido no debían ser tan evidentes. Pero… era imposible ocultar tanta felicidad.
—Marija…
Abrió los ojos de golpe y frunció el ceño. Esa voz ronca… Giovanni carraspeó.
Se quedó en el sitio, como si hubiera percibido la rigidez en el cuerpo de Marija.
Sintió que se apartaba un poco de él, y sus ojos curiosos lo enfocaron sin saber exactamente qué estaba mal, ¿qué había reconocido en él?
—¿Qué ocurre, mia muglier?
—Nada —dijo con un hilo de voz.
Pronto sacudió la cabeza, como si quisiera quitarse de encima esa extraña sensación de reconocimiento, ese pensamiento indefinido…
—Estás tensa. —Le acarició el rostro y besó su mejilla.
Marija no se apartó.
—No es nada, he tenido como un… déjà vu. Tú voz… —Ahora el que se puso tenso fue Salvatore—. Me ha resultado familiar.
—Es que ya nos conocemos. —Se rio, forzado, para ocultar su nerviosismo.
—Sí. —Ella lo miró a los ojos y vaciló—. No me hagas caso. Es una tontería.
—Dime. —Quiso saber.
—Nada, a veces sueño… con esa voz.
—¿Pesadillas?
Ella negó, pero apartó la mirada. Como si ocultara un secreto. Un secreto que su esposo ya sabía cuál era.
—No te preocupes. Fue en otra vida —dijo Marija—, hace mucho, mucho tiempo.
Salvatore no habló, dio por terminada la conversación. Cuanto menos se dijeran mejor, cuanto menos sospechara su esposa, mejor. Y cuanto menos supiera de su amor… mejor.
La apretó contra su pecho y le besó la sien.
—Hoy empieza nuestra vida juntos, dolcezza.
Marija volvió a perderse en su mirada. Y asintió, con la esperanza de que fuera una buena vida, pero con los miedos de la que una mujer herida arrastraba.
—Será una buena vida —auguró, sin estar convencida de ello.
Aleksandar miró las guirnaldas de luces, y escuchó la música que se proyectaba en la noche, desde el jardín de la mansión de los Savic.
La ceremonia había dado paso a una cena con fiesta, a la cual Aleksandar había rehusado a acudir.
Pero que no asistiera, no significaba que debía estar desconectado de lo que pasaba dentro.
Al parecer, Domenico había informado de que Radmila acababa de entrar en la casa, probablemente huyendo de los estridentes italianos, o simplemente a por un buen trago de whisky.
—¿Cuáles son tus órdenes? —preguntó una voz profunda en el asiento del copiloto.
La voz de Viktor Depolo lo sacó de su ensimismamiento.
No era frecuente, pero Aleksandar había querido llevarse a Depolo para que supervisara la extracción.
Seguro que, si su gatita se ponía nerviosa, Viktor sabría cómo calmarla.
Era el único con mano izquierda. Aunque, con sinceridad, Aleksandar Perkovic dudaba de que su zorra roja no quisiera irse en su jet con él.
—Viktor. —El hombre rubio y de ojos ámbar volteó la cabeza para observarle con atención—. Procura que no sufra ni un rasguño.
Depolo alzó una ceja.
—¿Y si se resiste?
Sabía lo que le quería decir. Si Radmila se resistía, probablemente no lo haría como una buena señorita de la élite, bien educada. Probablemente los rajaría a todos. Por sus informes sabía que a su futura esposa le encantaban los cuchillos y coleccionaba dagas afiladas.
—Para eso estás aquí y no los Novak. Tú sabrás qué hacer.
No, desde luego los gemelos Novak no tenían nada de mano izquierda, y probablemente el secuestro, aunque Perkovic quisiera llamarlo extracción, habría acabado en un baño de sangre. Y no es lo que quería, y mucho menos en la boda de Salvatore.
Aleksandar subió la ventanilla mientras los fuegos artificiales cubrían de color el cielo nocturno.
—Trae mi mercancía, Viktor. —Sonrió Aleksandar—. Intacta.
El aludido asintió.
No había más que decir, se bajó del coche.
Mientras Nikola, el chofer de Aleksandar arrancó el motor, Viktor se quedó frente a la casa de Salvatore, con su impecable traje hecho a medida. Se llevó una mano al cabello, que acarició con suavidad.
—Bien, vayamos a por nuestra reina —lo dijo a la noche, mientras de tres coches blindados, de colores negros, salía un ejército de hombres que se introdujeron por una de las puertas traseras del jardín.
No, seguro que esta vez Goran Savic no estaría nada conforme con que Domenico hubiera abierto las puertas de su casa.