Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Epílogo
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Epílogo

Seis meses después

Las tres mujeres entornaban los ojos mirando los cuadros de la última exposición en la galería de la señora Savic.

—Hablando de maridos —dijo Lizia—. El mío me reclama.

—El mío ha puesto a cuatro hombres para vigilarme —dijo Marija.

—Yo, en cambio —añadió Radmila—, he puesto seis vigilándolo a él.

Se burló enigmática.

—¿Sigues tan controladora, Radmila?

La aludida tomó un sorbo de su copa de champán. Sonrió, acordándose de sus maldades.

—¿Quién controla a quién? —preguntó Savic acercándose a las tres mujeres.

Ellas lo miraron, cada una de una forma muy distinta. Marija con devoción, Radmila con una chispa de diversión en su mirada y su esposa… Lizia, lo miró con puro y duro deseo.

Más de medio año casada con ese hombre y no se había acostumbrado a todo lo que le hacía sentir su presencia.

—Ven —le dijo Lizia con la boca seca—. Quiero enseñarte una pieza de la nueva colección.

Radmila apartó la mirada y empezó a reírse por lo bajo.

—Sí, enséñale tu pieza, cuñada.

Savic se hubiera burlado de su hermana, pero estaba demasiado centrado en la expresión de Lizia que lo arrastró hasta el almacén.

—¿Aquí es donde guardas la pieza de…?

—Oh, cállate, Goran —protestó Lizia después de cerrar la puerta del almacén. La música ambiental y las luces estratégicamente colocadas quedaron fuera—. Era una excusa para que me folles.

Él sonrió ante su sinceridad.

—¿Sigues nerviosa? Sabes que compraré las piezas que me digas.

Ella chasqueó la lengua.

—Pero no es lo mismo que se vendan porque tengo buen gusto, a que mi marido las compre para blanquear dinero.

—Oh, супруга, deja que aleje todas tus preocupaciones de la mente.

Lizia le echó las manos al cuello.

—Es exactamente lo que estaba pensando, en que me quites las preocupaciones a golpe de polla.

La risa ronca de Savic solo duró el tiempo que la empujó contra la pared y se situó entre sus piernas. Lizia lo besó con fuerza, entregándose por completo.

—Goran… —gimió devorando sus labios—, dime cuánto me quieres.

—Jodidamente te quiero.

Ella rio.

—Dilo con cariño.

—Jodidamente te quiero, cariño.

Ella rio más fuerte, hasta que el miembro de su marido se introdujo con fuerza en ella.

—Lizia… —gimió contra sus labios—, quiero llenarte y que me des un hijo.

La sonrisa de su esposa fue devastadora.

—Me gusta mucho la idea.

México

Leo Manzini se acarició la mejilla izquierda, para después llevarse el vaso de whisky con hielo hacia el golpe que le había hecho saltar un diente. Los mexicanos no eran muy amables con él, y Leo sabía que toda la culpa era de Salvatore.

Giovanni Salvatore se había encaprichado de ese monstruo y lo había relegado a él, el hijo de la mano derecha de su padre, al exilio.

—Ya no son mi familia.

En el reservado de la discoteca, mientras su interlocutor tenía a una chica semidesnuda sobre una de sus piernas, se habló del futuro de Leo.

—Creo que es hora de que mires por ti, ya que tu familia no lo hará —dijo un hombre con un pronunciado acento ruso.

—No, mi familia no velará por mí.

—Entonces hazlo, ¿Salvatore te dejará regresar?

—Suplicaré un lugar en la guardia de mi hermana, cerca de Savic. Mi hermanita me acogerá.

La Bratva estaba satisfecha, ya tenía a un hombre dentro, y probablemente, uno que sabría más que nadie de cómo estaban las cosas entre las tres familias que habían monopolizado el tráfico del Adriático.

—Salvatore —escupió el nombre lleno de rencor—. Giovanni se ha obsesionado con ese puto monstruo de Marija Savic, y yo tengo que pagar los platos rotos.

Habló sin mirar al hombre que tenía enfrente.

Si lo hubiera hecho sabría que aquellas palabras habían captado su interés.

—Marija Savic —susurró el ruso.

—Sí, con sus cicatrices, y su dedo amputado. Es asqueroso.

El ruso dio un empujón a la muchacha que se levantó y dejó el reservado consciente de que nadie la quería allí.

Leo bebió la copa de un trago.

—Háblame de Marija. —El ruso se relamió con solo pronunciar su nombre.

Si Leo supiera que era un monstruo por él. Si supiera cuán hermosa era cuando la montó. Y lo mucho que disfrutó desfigurándola para vengarse de su hermano.

Ese imbécil tenía que darles información, hacer que los Savic y Salvatore pagaran por la osadía de aliarse. Pero antes descubriría el rostro de Perkovic y le hundiría en la miseria.

Las tres familias pagarían por todo lo que le habían arrebatado. Y él regresaría como el rey del Adriático.