Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Eso no era la pregunta de un amo dominante, pero le pareció dulce que su esposo quería su consentimiento, como si ella no fuera a permitirle, o a exigirle, que la follara de mil maneras distintas.

Savic empezó a mover las caderas con rudeza, haciendo que ella gimiera con la boca llena. Le gustaba, le gustaba esa violencia, sentir que iba a hacer que se corriera, aunque no quisiera. Era suyo.

Empezó a tragar con fuerza, como si los músculos de su garganta lo masajearan, exigiéndole en silencio que le diera todo lo que tenía para ella.

Después de tres golpes secos, Savic se deslizó fuera para que pudiera respirar, pero la nueva penetración fue vigorosa, no la dejó apartarse, bombeando en su boca, una y otra vez.

Apretó los dientes dejando que el líquido espeso y caliente saliera de la punta y llenara el fondo de su garganta.

—Oh, Joder… ¡Ah! —Correrse en la boca de Lizia era un puto placer indescriptible. Le volvió loco sentir el roce de la lengua que se movía por la parte inferior de su miembro.

Ella tragó con fuerza, mirándole a los ojos, pero en ese momento, él salió de su interior y agarrándose la polla con su mano diestra empezó a sacudirla con fuerza.

El espeso líquido se derramó por su cuello y sus pechos, una salpicadura llegó a su boca, y verla lamerse su esencia la hizo rugir hasta vaciarse por completo.

—Ah, Lizia, si te vieras con mis ojos… estás tan increíblemente hermosa.

La tomó del cuello y la alzó, devorando su boca, aún eufórico por la hazaña. Después de que su lengua buceara en la boca de su esposa y ella gimiera, intentando atraerle hacia ella para empezar de nuevo los preliminares que lo llevarían a follársela, Savic la apartó.

—No —protestó ella—. No hemos terminado.

—No —se rio él—, ¿crees que te librarías de tu castigo solo con una buena mamada? —negó con la cabeza y para sorpresa de ella, la agarró por el cuello y la tiró sobre la cama.

Se puso a horcajadas sobre ella y agarró el escote de su corpiño y tiró de él hasta liberar sus tetas. El chorro de semen seguía ahí, y lo esparció con los dedos, sobre sus montículos. Primero como una caricia y después apretándolos, pellizcándolos hasta hacerla asquearse y gemir.

—Savic…

—Sabes que te adoro, ¿verdad?

Ella asintió, eufórica por su declaración. Estaba tan mojada.

—Y yo a ti.

—Pero no he terminado contigo.

Ella asintió con energía, mordiéndose los labios y esperando su «castigo».

—Eso espero.

Tendida desde la cama, lo miraba expectante.

Lo vio desabrocharse la camisa, y desnudarse sin contemplaciones.

Cuando lo vio en todo su esplendor, a los pies de la cama, Lizia se retorció.

No era una mujer muy pasional, o eso es lo que ella había supuesto toda la vida.

No era virgen, le gustaba el sexo, pero no era nada del otro mundo.

Hasta que llegó este dios de los Balcanes.

Adoraba cada maldita fibra de su cuerpo.

Sus pupilas se dilataron cuando se inclinó de nuevo sobre ella.

—Y ahora, Моја прелепа жена, voy a enseñarte a quién perteneces.

Quizás esas palabras no deberían haberla puesto tan cachonda, pero la voz de Savic sonaba mucho más dura en serbio, mucho más excitante.

—¿Qué significa eso?

—Mi bella esposa —le dijo sin apartar la mirada de ella.

La sonrisa de Lizia no le serviría de nada.

—Voy a zurrarte igual, y tú me lo permitirás.

—Por supuesto —dijo entre burlona y sorprendentemente dispuesta.

Haría lo que le pidiera, no iba a quejarse cuando la hacía sentir tan viva.

—Date la vuelta, Lizia.

Ella no dudó, juntó las rodillas y las dobló, inclinándose hacia un lado y tumbándose boca abajo, tal y como se le había ordenado.

Con los codos y las rodillas sobre la sábana blanca, miró hacia su lado y vio cómo el cinturón de cuero se arrastraba por encima de la cama. Respiró con fuerza, tan nerviosa como excitada.

Va a doler, pensó Lizia. Pero su coño palpitaba por la excitación. Si no le gustaba, él pararía. Lo miró por encima del hombro y vio las fuertes manos de Savic acariciar con sus dedos el cuero reluciente.

Jadeó sin poder contenerse.

—Ponte en cuatro.

Lizia obedeció, estirando los brazos y mirando hacia delante. Cuando escuchó el sonido del cuero golpear las manos de Savic, sintió cómo las piernas le temblaban. Se colocó ligeramente a un lado y observó su trasero aún cubierto por sus bragas de seda.

—Esto… —metió el dedo índice dentro del elástico—, fuera.

Fue bajando sus bragas hasta dejar su culo desnudo.

Cuando Lizia las miró, estaban a la altura de sus rodillas.

No le dio instrucciones para que se las quitara, así que se quedó así, a cuatro patas, con el maravilloso corpiño, el culo al aire y las tetas fuera.

Savic rugió y fue entonces cuando supo que iba a golpearla.

—¡Ah! —El grito fue corto, uno de sorpresa, como si se preguntara cómo era posible que no fuese lo que esperaba.

—No te muevas —le dijo cuando trató de alejarse.

La piel le picaba, un escozor mezclado con calor. Cuando el segundo golpe la alcanzó ya estaba más preparada, le dio en otra zona virgen y su boca se abrió por la sorpresa, esta vez sin emitir más que un sutil gritito que solo hizo que a Savic se le pusiera la polla más dura.

—Así es, gatita. ¿Otro?

Ella sacudió el trasero, preparándose.

—Se supone que no debes disfrutarlo tanto, es un castigo —dijo Savic, y su esposa se rio, sabiendo que era probable que hubiera puesto los ojos en blanco.

—Me duele mucho, Savic. Estoy aprendiendo la lección.

¡Zas!

Había dolido. Joder, había dolido más que los otros. Y sin embargo… su coño se contrajo.

—Joder… —Estaba enferma. Era una jodida enferma por culpa de su marido—. Sigue.

—Tres más —murmuró Savic mientras descargaba otro golpe—. Mmmm… nena, eres tan caliente.

Los golpes que quedaban se sucedieron rápidamente y Lizia quedó con la boca abierta, experimentado cómo el escozor de sus nalgas aumentaba. Boqueó como un pez y dejó caer la cabeza hacia delante.