Capítulo 34
—¿Ya habéis hablado todo lo que debíais hablar? —le preguntó Lizia nada más verle entrar por la puerta de su dormitorio.
Savic se quedó de piedra junto a la puerta, había cerrado con rapidez, tenía una sola idea en mente, follarse a su esposa, azotarle el culo hasta volverlo de un color rojo sangre, marcándola con su mano.
Debía obedecer, saber quién era exactamente el que mandaba ahí.
No podía permitir que a su mujer se la relacionara con Salvatore.
Ellos dos en la galería, ¿solos? ¡Nunca más!
Ya le ponía lo suficientemente nervioso que su hermana Marija tuviera que casarse con él.
Haberse casado con un don nadie como Leo, era asumible, eso no la pondría en el punto de mira de los enemigos de Salvatore. Pero una vez casada con él… Dios, iba a ser difícil protegerla. Y si Salvatore no lo hacía, debería matarlo, mandando toda la alianza al traste.
Pero nada más entrar en su dormitorio su mente pareció quedarse en blanco. Ya no se preocuparía de su hermana o de la inminente boda, pero la idea de tenerla sobre sus rodillas y castigarla… eso cobraba fuerza.
—¿Qué coño haces? —ladró Savic al verla a los pies de la cama.
Estaba de pie, semidesnuda.
No, si hubiera estado desnuda no lo habría alterado tanto. Pero llevaba un jodido conjunto negro y rojo, el corsé alzaba sus pechos y recordó su noche de bodas. Su polla palpitó, deseando correrse de nuevo sobre ella.
—Gatita, estás buscando mi perdón.
Lizia se llevó las manos a las clavículas y empezó a deslizar sus dedos por el encaje y rozar sus pechos y su vientre.
—¿Lo dices por esto? —Se mordió el labio inferior y después se lo lamió sin dejar de mirarle a los ojos—. Puede que haya sido una niña mala, y necesite unos azotes.
La polla de Savic dio un brinco.
Siseó de nuevo en serbio, y se acercó un paso con los puños apretados.
—Voy a tener que enseñarte a respetar a tu marido.
Ella asintió, como lo haría una niña buena.
Ante la mirada incrédula de Savic, Lizia se arrodilló en el suelo y puso sus manos a la espalda.
—¡Santa mierda! —Él cubrió la distancia que los separaba y ella alzó la cabeza, sin dejar de sonreír.
—¿Es lo que quieres?
Él acarició su mejilla con rudeza, y el dedo pulgar se metió en su boca. Ella lo chupó al tiempo que Savic tomaba una bocanada de aire, profunda.
—Voy a castigarte por tu desobediencia.
Ella asintió. Pero no parecía demasiado preocupado por ello. Estaba demasiado excitada. Se había pasado toda la tarde anhelando tener a su marido dentro de ella. Se arrepintió de haber salido de su despacho sin seducirlo realmente.
Jamás debió decirle que se había casado con él por exigencia de su padre, que se entregaba a él por obligación.
¡Niña tonta! Eso le había quitado días y noches de buen sexo, pero nunca más.
Pediría perdón, así como sabía qué quería Savic.
Suplicante, dispuesta a hacer todo lo que él le pidiera.
¡Señor! Estaba deseosa de dejarle hacer todo cuanto quisiera con ella.
Se sentía tan increíblemente sexy, deseada.
Jamás un hombre la había mirado como la miraba su esposo.
—Me perteneces —dijo Savic agarrándola de la nuca.
Ella asintió.
—Sí.
—Dilo.
Tragó saliva y asintió de nuevo.
—Te pertenezco.
—Buena chica.
Savic la levantó de un tirón, su mano agarró su nuca y la llevó hasta su boca. La devoró entre gemidos, con rudeza, y sin pedir perdón.
Era tan dulce, Savic sabía que no había probado nada que se le pudiera comparar. Su esposa era una visión. Una mujer caliente, elegante… una diosa.
Al dejar de besarla se la quedó mirando a escasos centímetros. Tenía la respiración agitada, y más que lo estaría. No pensaba parar hasta oírla gritar y suplicar.
—Sé que necesitas que te recuerde quién manda sobre ti, mi amante esposa.
Ella tragó saliva y asintió. Intentó ocultar una sonrisa de anticipación, pero no lo consiguió. Estaba tan caliente como él.
—Ven aquí —le dijo en un tono duro. La besó con fuerza, pero solo un segundo, luego la hizo arrodillarse a sus pies—. Quédate ahí, y obedece.
Ella asintió.
Entreabrió los labios, incapaz de controlar sus respiraciones. Sabía, sin verse, que sus ojos ardían de lujuria, igual que lo hacían los de su marido.
Cuando se quedó arrodillada frente a él, expectante por lo que le ordenaría hacer, o más bien, por lo que ella deseaba hacerle, vio cómo Savic se quitaba la chaqueta con movimientos bruscos.
Continuó con su mirada fija en ella, y ya con movimientos más pausados, se llevó ambas manos al cinturón, estirándolo y apartándolo de la hebilla.
Lizia se mordió el labio expectante, y él se detuvo al ver su expresión.
—Pequeña golosa.
Ella no paró de intentar esconder su sonrisa, pero fracasó en cada momento.
—Sabes lo que quiero, ¿verdad?
La cabeza de su esposa se movió en un balanceo. Sí, por supuesto que lo sabía. Quería que se la chupara, y ella estaba deseosa de agradar.
—Sí.
—Bien… —arrastró la palabra y con un siseo se sacó el cinturón, sosteniéndolo en una mano.
Lo dejó caer en la cama y la miró con expresión de triunfo.
—Para después. Ahora… —se sacó la polla de los calzoncillos y su miembro se irguió frente a su cara—, empieza.
Sin dejar de mirarle, la cabeza de Lizia se acercó a su miembro, la lengua emergió de su boca, provocando un siseo en Savic.
—Oh… Lizia. Joder.
Era evidente que quería hacerse el fuerte, pero quizás no pensaba que la lengua y boca de su mujer sobre su miembro sería tan jodidamente caliente.
Sin apartar la mirada, Lizia alzó las manos, con delicadeza, acariciando su miembro de la base a la punta.
Su lengua se puso a trabajar, humedeciendo ese mástil que pronto lloraría por ella.
Se la metió en la boca con reverencia, y la sintió palpitar, como si la hubiera echado de menos, como si su boca fuera la funda donde debía ser guardada.
—Más —le dijo Savic, sin humor—. Más adentro.
Ella revolvió, apretando sus muslos entre sí, consciente de que su sexo palpitaba, llamándole la atención.
Su coño no quería la polla de Savic en su boca, la quería bien enterrada dentro de él.
Pero habría tiempo para eso. Una vez volvieran a instaurar una rutina de sexo sano…
o quizás insano, podría disfrutar de todo el cuerpo de Savic, a su antojo. Estaba segura.
—Dices… ¿así? —Se la metió en la boca, chupándola con devoción, hasta que paró y se la introdujo un poco más.
—Oh. —Él apretó los puños—. Descarada lujuriosa.
Al sacarla de su boca, la vio sonreír, pero de nuevo volvió a introducirse en su interior.
—Así, oh, joder… Traga —le ordenó echando la cabeza hacia atrás y disfrutando de las sensaciones que provocaba sentir su polla en el nacimiento de su garganta—. Hasta el fondo, pequeña.
Lizia se retorció, elevó su posición y sus manos fueron a parar en las caderas de Savic.
Lo miró lamiendo la punta de su miembro, para después sujetarle con fuerza para que no se moviera.
Ella empezó a introducírsela poco a poco, deseando que la llenara, hasta que su nariz rozara su pétreo abdomen.
Lo había visto en películas, podía hacerlo.
Podía metérselo hasta el fondo, quizás no la primera vez, pero…
Oh, estaba muy mojada, notó cómo la humedad bombeaba entre sus piernas.
Savic notó la humedad y el calor rodeando su miembro, casi por completo.
Lo estaba haciendo jodidamente bien.
—Lizia —mordió la palabra—. Así, un poco más.
La agarró de la nuca y la miró. Tenía los ojos cerrados mientras se la tragaba casi por completo. Al abrirlo pudo ver sus lágrimas. Pero no paró.
—Así —le ordenó Savic en un siseo—. No intentes respirar cuando la tenga en tu garganta. Sigue.
La polla se deslizó por la lengua hasta el fondo, provocándole una arcada. Se detuvo, pero al mirarle de nuevo, volvió a la carga.
Savic deseó agarrarle la cabeza y follarle la boca a conciencia.
Oh, lo deseaba. Ansiaba moverse dentro de esa boca, empujar con fuerza hasta su garganta.
Lizia lo sabía. Sabía que era lo que su esposo deseaba, y ella también quería hacerlo.
Abrió los muslos, apoyándose mejor en el suelo, sobre sus rodillas.
Sus manos apretaron las nalgas de Savic, aún enfundadas en su caro traje hecho a medida.
Cuando lo miró a los ojos, lo hizo con determinación.
Respiró, pero después dejó de hacerlo, mientras hacía avanzar el miembro de Savic de nuevo hasta el fondo. La chupó a buen ritmo, hasta que dejó de hacerlo, y consiguió que llegara muy atrás.
—¡Joder, sí!
La polla de Savic palpitaba con fuerza, y soltó un rugido mientras la asió por la trenza, guiándola. Los dos a la vez se movieron al unísono para alcanzar lo que querían.
—No entres en pánico —le dijo Savic con suavidad. Bajo sus manos podía notar los músculos tensos de sus glúteos—. Tómala. Trágatela, Lizia. Así… Oh, nena.
Sintió cómo estaba en su garganta, y ella trabajaba precisamente para eso, para tragársela hasta el fondo, sin importar que las lágrimas provocadas por la sensación de ahogo recorrieran sus mejillas. Al verlo, Savic estuvo a punto de correrse.
—Ah, así. ¡Sí!
La polla entró por entero en ella, y él acarició su trenza, mirando el espectáculo que era los labios de su mujer, rodeando la base de su miembro, marcándolo ligeramente del color rosáceo de sus labios. Eso era tan jodidamente puta y virginal. Jodidamente perfecta.
Cuando la sacó para respirar, Lizia tragó con fuerza y volvió a la carga.
Se la comió entera, llegando de nuevo a la base, apretando su nariz contra el abdomen de su esposo.
Lo miró con las lágrimas suspendidas en las pestañas, y esa visión lo hizo estremecer.
Lo vio doblar apenas las rodillas y supo que estaba cerca, que quería correrse en su boca.
Y se lo iba a permitir. Es más, se lo iba a exigir.
—Voy a follarte la boca. ¿Sí?