Capítulo 33
Marija se retorcía las manos y apretaba los labios con nerviosismo.
Cuando su hermano le dijo que Salvatore iría esa noche a cenar, intentó no mostrarse ansiosa, ni dejarle ver a su hermano lo mucho que le había afectado su negativa a celebrar la boda.
Por supuesto tenía su lógica. Savic solo quería darle tiempo a que se adaptara a la idea de ser la prima donna de la mafia italiana.
Desde luego, Giovanni no era Leo Manzini.
Don Salvatore tenía una posición elevada dentro de la Familia. Y acorde a su posición, estaban sus enemigos que se contaban por centenas. Marija lo sabía, ahora ella también era un objetivo, y eso era lo que a su hermano le preocupaba realmente.
Respiró hondo cuando la puerta se abrió y dos guardias de su hermano entraron primero a la casa, refrescada por el aire acondicionado. Después entró su prometido.
Salvatore.
Nunca había visto un hombre tan atractivo.
De pie, en el centro de la escalera, Marija le sonrió ampliamente.
—Buenas noches.
Él asintió con su habitual sonrisa ladeada. Se llevó una mano a la solapa de la chaqueta y se la alisó, un gesto que Marija había deducido que hacía cuando se ponía nervioso.
Apretó los labios para no sonreír más de la cuenta y bajó los escalones para acercarse a él. Le tendió la mano y él se la llevó a los labios, agarrando con suavidad sus dedos y con la otra mano, acarició su muñeca. El corazón se le aceleró.
—Buenas noches, dolccesa.
Una risita nerviosa la delató. Pero no le importó lo más mínimo que Salvatore sintiera lo a gusto que se sentía a su lado.
—Me alegro de que hayas venido a cenar. Ha sido una agradable sorpresa.
Salvatore le ofreció el brazo y pasaron al salón donde ella se sentó a su lado en el sofá, le ofreció una copa. Bebieron en silencio, mirándose a los ojos.
Salvatore se había desabrochado la chaqueta al sentarse en el sofá y apoyado su musculoso brazo en el respaldo. Si estiraba los dedos podía rozar el hombro desnudo de Marija.
—Estás muy hermosa esta noche.
—¿Solo esta noche? —Sonrió con picardía antes de beber un sorbo de su Martini Bianco.
No esperaba que Giovanni se inclinara para acariciarle el rostro, y mucho menos susurrarle al oído, con sus labios rozando su piel.
—Siempre estás hermosa.
Marija dejó de fingir ser una mujer experimentada y tragó saliva al sentir cómo los dedos de su prometido apartaban su cabellera negra, que ella solía llevar hacia un lado para cubrir lo máximo posible la cicatriz de su rostro.
Cuando Salvatore le besó la cicatriz, apenas disimulada con el maquillaje, fue incapaz de moverse, ni respirar.
—Salvatore…
—Marija, es un privilegio estar contigo, cara.
Sus dedos se movieron sobre la piel de su rostro y descendieron sobre la del cuello, hasta rozar la tela rosácea de su elevado escote.
Llevaba una blusa con un corte a un lado, dejando ver sus elegantes pantalones y sus sandalias de tacón alto.
Tenía los brazos expuestos, la blusa no tenía mangas, y cuando continuó su caricia por ellos, Marija solo pudo mirar, sentir… vivir.
—Buenas noches.
La voz de Savic retumbó por el salón, y la incomodidad de Marija se hizo evidente. Se había levantado del sofá de un salto y fue incapaz de mirar a su hermano, por lo que clavó su mirada al suelo, mientras se movía nerviosa para que los dos hombres tuvieran espacio para saludarse.
A Savic no le pasó desapercibido su comportamiento, y finalmente Marija buscó su mirada, pidiéndole disculpas por su comportamiento en silencio.
—Buenas noches, Savic.
Los dos hombres se estrecharon la mano. Pero Savic no había llegado solo.
Lizia se unió a ellos, y al verla nerviosa la buscó hasta ponerse a su lado.
—¿Me pones una copa? —la pregunta solo quería distraerla. Hacer que se relajara.
—Por supuesto.
Lizia agarró de la mano a Marija y la apartó de los hombres.
—Deja que hablen de sus cosas —dijo Lizia mirando a Savic por encima del hombro de Marija, mientras esta ponía hielo en su Martini y una aceituna—. Al parecer tu hermano está receptivo.
Ella alzó la cabeza de golpe.
—¿Tú crees?
Asintió.
—Indudablemente hoy fijarán la fecha.
Eso le parecía… increíble. Marija intentó tranquilizarse.
No es que estuviera enamorada de Salvatore, y quisiera convertirse en su esposa cuanto antes.
Eso sería una locura, apenas se conocían.
Pero… ese hombre… Era como si algo la uniera a él.
Como si él la comprendiera. Se sentía a salvo y segura, y para una persona como ella, llena de inseguridades, sin duda alguien como Salvatore podría hacerle mucho bien, ¿no?
Brindó con su cuñada, para después, disimuladamente, observar a los hombres, hasta que Danna entró con su habitual sigilo y anunció la cena.
No se habló de trabajo, ni de política, ni tampoco de la boda. Marija empezaba a sospechar que todo aquello era una farsa, solo para seguir perdiendo el tiempo, y que la fecha de la boda se atrasara. Pero…
—Ahora que hemos dado buena cuenta de esta deliciosa cena —empezó diciendo Savic—, me gustaría proponer un brindis.
Marija miró a Salvatore y al igual que él, tomó su copa de champán.
Lizia le guiñó un ojo a Marija, como si supiera qué vendría a continuación.
—Me gustaría brindar por los pactos de Corfú, por las alianzas y sobre todo por los matrimonios que se irán forjando a partir de ahora. —Marija se humedeció los labios ante las palabras de su hermano. Sintió cómo Salvatore a su lado le estrechaba la mano y se la llevaba a los labios.
La risa de Radmila no empañó el momento. Marija se preocupó por ella. Era evidente que nadie en su sano juicio querría casarse con el demonio de Zadar, pero cuando Radmila le lanzó un beso y elevó la copa para brindar, ella solo pudo corresponder al gesto con una gran sonrisa.
—Brindemos por la futura pareja, que este domingo se casará en los jardines de esta casa.
Salvatore miró a Savic, por una parte, contento de que la boda se celebrara tan pronto y por la otra, furioso porque fuera en los jardines de esa casa.
Savic lo miró fijamente, esperando una renuncia, pero Salvatore asintió y como todos, bebió un largo trago, esperando la felicidad en su boda.
Cuando Marija se volvió radiante hacia él, no esperaba que Salvatore se inclinara y sus labios impactaran contra los suyos. Por la cara que puso Savic, y la mano de Lizia que voló hacia la de su esposo. Nadie lo esperaba.
El beso fue más bien casto, pero eso no quitaba que un hombre estaba besando a su hermana delante del hombre más peligroso de los Balcanes.
—Creo que ya es suficiente —dijo Savic entre dientes, mientras Radmila soltaba una risa incontrolable.
Lizia tranquilizó los ánimos.
—¿Qué tal si las mujeres nos retiramos a la terraza para tomar un licor dulce, y vosotros… discutís los pormenores de la boda? Quizás… podríais llamar a alguien.
La llamada a Aleksandar colgaba sobre sus cabezas.
Radmila fingió no entender lo que significaban esas palabras, pero más pensativa, fue la primera en abandonar el comedor y acudir a las terrazas traseras, esperando que el licor rebajara su tensión al pensar que ella sería la siguiente en casarse, después de Marija.
La mirada que se echaron Giovanni y Savic decía claramente que esa llamada no podía retrasarse más.
—¿Un whisky? —preguntó Savic dirigiéndose hacia su despacho.
—Por supuesto.
Quince minutos después, sentados frente a la pantalla del ordenador, Savic apretaba los dientes con fuerza y Salvatore miraba a la pantalla con tanta ira que podría haberla derretido.
—¿Qué gano yo? —preguntó Aleksandar.
La imagen de la pantalla, en penumbra, dejaba entrever a un hombre de fuerte mentón, cabello más bien claro, oscurecido por la poca luz de la llamada online, y unos ojos que todos los presentes sabían que eran azules y fríos como los glaciales.
—¿Qué coño ganas tú? —Savic escupió las palabras—. Mi hermana deja de casarse con un imbécil y lo hace con Salvatore, no vas a ganar una mierda.
Savic se retorció en la silla. ¿De verdad le habían convencido de casar a su hermana Radmila con ese depredador?
Giovanni cerró los ojos y respiró hondo. Si Savic y sus arrebatos acababan por lo que había estado luchando durante años, iba a estrangularle ahí mismo.
—Aleksandar —dijo Giovanni sin perder la calma—.
El pacto no ha cambiado, Leo Manzini es un imbécil y nos jodería a todos.
Solo me caso con ella para que el pacto sea más estable —mintió.
Y lo bueno, es que los dos hombres parecieron creerle—.
En esencia decidimos unir nuestros descendientes con sangre.
Bien. Tus hijos serán mis sobrinos. Es un hecho.
Por no olvidarnos de todos los acuerdos, aparte del que estamos haciendo.
Libre paso por nuestros territorios, ayuda mutua…
—Quizás no me gusten esos tratos —dijo Perkovic juntando las yemas de los dedos frente a la pantalla.
¡Y una mierda que no le gustaba! Lo que pasaba es que a Aleksandar le encantaba sacar a la gente de sus casillas en cuanto tenía ocasión.
Savic lo miró como si se le acabara la paciencia a pesar de los intentos de Salvatore.
—Acepta de una puta vez, para que podamos volver a nuestros asuntos —dijo, aunque más bien sonó a una orden.
—Oh, cuñado —se burló Aleksandar—. ¿No quieres seguir hablando conmigo? —Se acercó a la cámara, tapando el fondo blanco que no era más que la pared que había a su espalda—. Para estar a punto de ser mi cuñado, no pareces muy inclinado a fraternizar conmigo. Y eso me ofende.
Su tono burlón lo sacaba de quicio.
Savic meneó la cabeza. Era muy probable que, si le hablara así a Radmila, le arrancaba la cabeza en menos de una semana. La gente parecía ignorar adrede que Radmila no tenía tanta paciencia como él.
—Me suda la po…
Salvatore alzó la mano.
—Por Dios, esto no es un patio de colegio. Centrémonos. —Miró a la cámara directamente—. Dinos qué quieres.
Aleksandar se encogió de hombros.
—Es sencillo —dijo como si creyera que ellos dos eran imbéciles—. ¿Por qué él puede tener a su novia tan cerca y yo la tengo tan lejos?
En Bari, los dos hombres sentados frente a la pantalla, parpadearon.
—¿Qué coño quieres decir? —Savic mordía cada palabra. Y no añadió nada más, esperando en silencio su respuesta.
Aleksandar se encogió de hombros.
—Quiero casarme y ser feliz. ¡Como vosotros!
—se burló con notoria ironía—. Tener muchos niños…
os daré sobrinitos —dijo burlón. Ahora fue él quien se inclinó y miró a la cámara para que lo vieran bien—.
No me parece justo que solo folléis a vuestras mujeres y yo esté aquí, solo en Croacia, sin la mía. ¿No os parece?
—Jodido hijo de puta —escupió Savic.
La carcajada de Aleksandar le decía claramente que se estaba divirtiendo.
—Las bodas se celebrarán de inmediato, no esperaremos más —dicho esto, la sonrisa de Aleksandar desapareció.
Ya no estaba bromeando.
Ya no era una jodida sugerencia.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Salvatore.
—Porque soy un hombre voluble, mi querido amigo —dijo con rencor—. Podría impacientarme, presentarme en Bari y robarme a mi novia, ¿os gustaría eso? —rio de nuevo—, seguro que no. Mejor mándamela, o yo mandaré a mis hombres.
Nadie dijo nada en varios segundos que se hicieron eternos. Salvatore miró a Savic de reojo, y no estaba muy convencido de que no mandara los tratos a la mierda.
—Hablaré con Radmila —dijo finalmente.
Ahora quien no decía nada fue Aleksandar.
—Estoy empezando a sospechar quién lleva los pantalones en casa, Savic.
—Puedes chuparme la polla cuando gustes, puto psicópata. —Alzó una ceja y lo miró fijamente con desprecio. Si quería insinuar que debería obligar a Radmila a ir con él por la fuerza, es que no tenía ni puta idea de cómo se organizaba la familia Savic.
Giovanni lo miró de nuevo, con una clara advertencia de que debía tranquilizarse.
Maldijo en serbio y respiró hondo, para después poder hablar como si no quisiera abrir a Perkovic en canal y sacarle las tripas.
—Dijimos que esperarías a que arregláramos nuestros asuntos —comentó fingiéndose sereno.
Miró a Salvatore como diciendo: Ves qué jodidamente sereno estoy.
No lo estaba, sin duda.
—Lo lamento, pero desde que conocía a tu hermana… uff —su gruñido fue algo obsceno—. No puedo dejar de pensar en ella. Seguro que a Salvatore le pasa lo mismo con Marija, ¿no es así, espagueti?
Savic se levantó de la silla.
—Hablas de mis hermanas, pedazo de mierda.
Salvatore puso una mano sobre el pecho de Savic para que no se abalanzara contra el portátil y lo despedazara.
—Pienso como Savic —dijo Giovanni—, puedes comerme la polla cuando gustes.
—¡Qué poco delicados! —se quejó divertido—. Pero ¿sabes quién me la comerá a mí?
—¡Ya es suficiente! —dijo Savic mientras Aleksandar se lo pasaba en grande.
Ese cabrón tenía un sentido del humor de lo más retorcido.
—Lo es. —Aleksandar dio una palmada y se puso en pie. Redirigió la cámara para que le vieran la cara y dijo—. Habla con tu hermana, dile que la quiero en Zadar, este domingo. Estáis invitados a la boda. Traed bañadores, si hace calor o simplemente me cabreáis, puede que acabéis en el mar.
—Mi boda es este sábado, capullo.
Aleksandar soltó una risotada y luego, simplemente colgó.
—Joder. Savic se levantó y tiró la botella contra la pared. Esta se hizo mil añicos.
—Al menos no ha dicho que no. Los pactos siguen adelante.
Pero ¿a qué precio?
—Sabías que Radmila se casaría con él.
—Pero pensaba en tener más tiempo.
—¿Para qué? —preguntó sin saber a dónde iba esa discusión.
—Para que ella entendiera que no puede matarle sin perjudicarnos a todos.
Salvatore no parpadeó. Lo miró como si evaluara si estaba jugando o no. Pero… no. Al parecer Savic creía que Radmila sería muy capaz de quedarse viuda el día de la boda.
—¿Se atrevería?
—Joder, Salvatore. —Alzó la mano en una señal de que estaba perdiendo la paciencia—. Mi hermana es Radmila Savic, dudo que con lo cabreada que está por haber tenido que aceptar este pacto, no intente estrangularlo con sus propias manos en la noche de bodas.
—Yo no puedo esperar a casarme con Marija.
Savic lo miró. No comprendía la prisa. O quizás sí. Al fin y al cabo, los pactos de Corfú no eran nada sin una alianza sólida.
—No me jodas, Giovanni —masculló entre dientes—.
Quitémonos esta mierda de encima. —Lo miró con fijeza—.
No hace falta decir que si alguna de mis hermanas sufre algún daño…
el pacto se cancela y nos reiremos de la destrucción que sembramos en el Adriático apenas hace unas semanas.
Juro que me vengaré, y no amenazo en vano.
No. Salvatore sabía que no lo hacía.
Cada uno tenía sus propios planes. El suyo pasaba por casarse con Marija, y podía arder todo el Adriático, hasta Roma, pero sería suya.
Salieron del despacho con un semblante serio, y después de aquello, hubo poco que decir.
La cena terminó rápido.