Capítulo 32 #2
Savic iba vestido con un traje azul oscuro de tres piezas, podía ver su reloj de oro en la muñeca, que sobresalía de los puños inmaculados de su camisa, y esta a su vez de la chaqueta sin una arruga.
No se movió, siguió mirándola, aún con la mano cerca de su cara, con dos dedos apoyados en sus labios, en una postura que aparentaba estar relajada, pero que distaba de estarlo.
—Esperaré.
Su marido estaba tenso, y Lizia sospechaba que eso nada tenía que ver con ella.
Había pasado algo.
Respiró hondo, siendo muy consciente de que, si quería saber qué era, tendría que averiguarlo ella sola.
No sabía que podía ir mal. Al fin y al cabo, la paz parecía aguantar.
Desde hacía tiempo, los Salvatore estaban preocupados por la influencia de los serbios en su costa, y es que les iba bien, aunque su negocio se había extendido más allá de Cerdeña, hasta las costas de España.
Si tenían problemas, no podía ser con Salvatore, y menos cuando este estaba a punto de casarse con Marija.
¿Acaso tenía algo que ver que quisiera apresurar la boda?
Intentó no ponerse nerviosa, pero cuando Savic habló lo hizo en un tono que no admitía discusión.
—Kalev, mantenme informado de todo. Nos vemos la próxima semana.
La miró y se dio un toque en la oreja, donde llevaba un aparato inalámbrico. Se desconectó de la conferencia que tenía con varias personas y bajó la tapa del portátil.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que no estaba de buen humor. Eso le llevó a preguntarse si siempre había sido así, o el matrimonio le agriaba aún más el carácter a la hora de relacionar vida privada y negocios.
—¿Cómo has entrado?
—No culpes a tu secretaria, y mucho menos a Rigoberta, ha echado a correr detrás de mí como una auténtica gacela.
A pesar de que Savic quería estar enfadado con ella, la mueca que hizo no fue más que un burdo intento por ocultar una sonrisa.
—Te hace gracia que llame gacela a Rigoberta.
—Sin duda, la señora Clarita no es ninguna gacela. Pero me extraña que Iván y mis hombres te hayan permitido llegar hasta aquí. Recuérdame que los liquide a todos.
Lizia sonrió, pero por el tono, supo que quizás Savic fuera capaz de hacerlo.
—Iván me quiere —dijo sin más—, creo que le divierte que te haga latir el corazón más rápido, seguro que piensa que te mantendré sano muchos años.
Savic negó con la cabeza.
—Serás mi muerte.
La miró de arriba abajo. Iba escandalosamente vestida. Su esposa era bella y elegante, y no podía culpar a ese vestido ajustado de tener la polla dura, pero ¡maldita sea!, ayudaba bastante imaginar por qué no se le estaban marcando las bragas en ese espectacular trasero.
Lucía unos zapatos negros, relucientes, de suela roja. Sin media, hacía demasiado calor, pero en invierno, ese vestido con unas medias de una larga línea que estilizaran su figura desde la punta de los pies, hasta su culo apretado…
Gruñó sin ser consciente de ello. Sus manos volvieron a su boca, acariciándose los labios, pensando en las mil perversidades que podría hacerle en ese momento.
—Deberías marcharte. Tengo trabajo.
No la miró directamente, pero sabía que Lizia estaba sonriendo.
Su figura se movió por el despacho, hasta acercarse al escritorio de cristal y patas de hierro. Un estilo muy distinto al de su casa, pero ahí no estaba Marija para poder imponer sus gustos.
Carraspeó al acercarse hasta una esquina de la mesa. Savic se vio forzado a mirarla.
¡Santa mierda! El vestido era tan estrecho que apretaba sus pechos, alzándolos…
Joder, ya volvía a estar duro como una piedra. Al paso que iban no podría seguir con su trabajo. Llevaba una semana sin concentrarse en nada.
No había querido tocarla. Su esposa había sido cruel al insinuar que se había casado con él por obligación y que tal vez no disfrutaba tanto en la cama como él se creía.
La miró con fijeza y se recostó en la silla giratoria.
¡Mentirosa! Disfrutaba cada caricia y cada beso, cada roce de su lengua, y que estuviera allí, vestida de esa manera, era toda una declaración.
—Te veo muy pensativo —dijo Lizia acercándose a su espalda. Le puso las manos sobre los hombros.
—¿Eso es malo?
—No siempre, pero… —Se inclinó hasta susurrarle al oído—: No creo que sea por trabajo.
Sin pensarlo, la mano de Savic rodeó la muñeca de su esposa y tiró de ella. No le hizo daño, pero le indicaba claramente que quería que parara con sus juegos.
—¿A qué has venido, esposa?
Ella se apartó un poco y dejó caer el bolso sobre una de las sillas, frente al escritorio.
—Está bien. —Volvió junto a Savic y se limitó a sentarse sobre el escritorio de su marido—. Dejemos de jugar.
Cuando sus nalgas se asentaron sobre la superficie de cristal, Goran dejó de respirar. Y maldijo con unas palabras que ella no entendió. Pero no importaba, era música para sus oídos.
Empezó a subirse la falda hasta casi mostrar su ropa interior, o eso pensaba Goran.
—¿Qué haces? Vienes ahora a enseñarme las bragas… —Apretó los dientes con fuerza cuando ella abrió las piernas y se dio cuenta de que no llevaba ropa interior—. ¡Mísera mierda!
Su polla dio un brinco dentro de sus pantalones.
En su mente, Savic ya la había tirado sobre el escritorio mucho antes de que sus manos fueran hacia arriba para apretar sus pechos. Y se la había follado a conciencia antes de que ella pudiera pronunciar palabra, pero en realidad apretó los dientes y gruñó.
—¿Eso es que no te alegras de verme?
—No es el lugar, ni el momento.
—¿El momento sería de noche?, y el lugar… ¿en tu cama? —dijo ella bajándose de la mesa—, porque estos días no has parecido muy receptivo.
Él alzó una ceja, prestándole toda su atención.
—No has hecho muchos intentos para rebajar el nivel de tu orgullo.
Ella rechinó los dientes, pero lejos de bajarse de la mesa, sus manos se apoyaron en el cristal, inclinándose un poco hacia atrás.
—Lizia… Tengo asuntos urgentes que tratar.
—¿Más que follarte a tu esposa? —Ella se humedeció los labios esperando que dijera que no.
—Mucho más.
Esas palabras borraron la chispa en los ojos de Lizia.
—Como quieras. —Se bajó de la mesa y se acomodó la falda mientras Savic la miraba con expectación—. Pensé que habías dicho que no querías un matrimonio abierto —añadió como si tal cosa.
Eso lo cambió todo.
Los ojos de Savic se oscurecieron y ella le dio la espalda, sonriendo al saber que eso le había afectado.
—Lizia… —le advirtió aún sin moverse.
—Como quieras. —Dio un paso hacia la puerta—. Me buscaré a otro que me entretenga mientras te decides.
No pudo seguir avanzando porque el brazo de Savic le rodeó la cintura y la atrajo contra su cuerpo, presionándola con fuerza para que sintiera su deseo.
Podía notar el miembro duro de su marido contra sus nalgas. Lizia contuvo la respiración, orgullosa de que no se le hubiera escapado ningún gemido de placer que la hubiera delatado.
Su sonrisa se ensanchó cuando lo escuchó hablar con esa voz ronca, profunda.
—Hazlo —ladró Savic—. Búscate a alguien que te satisfaga.
—¿De veras?
—Sí —mordió la palabra—, y en pocas horas tendré su puta cabeza, o lo que quede de ella en una caja, como regalo para ti.
Ella no se dejó amedrentar mientras disfrutaba del aliento de su esposo en el cuello.
—Eso ha sido jodidamente romántico, Goran.
Las manos de Savic se desplazaron sobre su cuerpo, acariciando la tela elástica de su vestido, hasta encontrar la piel bronceada de sus piernas.
La hizo respirar con dificultad, pero estuvo orgullosa de sí misma cuando habló de nuevo, sin que su voz temblara.
—Gracias por el aviso. —Consiguió que pareciera como si no le importara—. Me buscaré a un tipo que no me caiga especialmente bien. Al fin y al cabo, solo lo quiero para cubrir las necesidades básicas que mi marido me niega.
—Joder…
Le mordió la piel sensible de la nuca, hasta hacer que se recostara contra él. Cuando la tuvo a su merced, le hizo darse la vuelta entre sus brazos. Ella pudo ver lo cabreado que estaba, y procuró no sonreír y mostrar su satisfacción.
No hablaron, mientras Savic deslizaba sus manos por las caderas de su esposa, hasta agarrarla del trasero. Apretó con fuerza y la alzó del suelo, lo suficiente para dar dos pasos hacia la mesa y volver a sentarla sobre la superficie acristalada.
—Nadie va a satisfacerte, sino yo.
Le faltó tiempo para que las carpetas de ese lado de la mesa salieran disparadas hacia el suelo, mientras su mano se colaba bajo el vestido, acariciando su piel sensible y disfrutando de la evidencia de lo bien preparada que estaba para él.
—¿Me has entendido? —Goran empezó a rozar su sexo.
—Sí, cariño —dijo sin aliento mirándole a los ojos y disfrutando de esa caricia. ¡Dios! Lo había echado tanto de menos, su roce, su tacto… esa boca. ¡Oh! Se moría por esa boca en su coño, en sus pechos, por todas partes.
Lo abrazó con fuerza. Sus brazos alrededor de su cuello y su angelical rostro hundido bajo la zona sensible de su oreja.
—Lo que tú digas, esposo.
Savic no se dejó seducir. Había metido bien la parada, y le enseñaría quién mandaba. Puede que en su oficina no fuera el mejor momento, pero después, en casa… tenía un cinturón de cuero que llevaba su nombre.
—Voy a tener que castigarte, dulzura.
Eso la excitó más que esa caricia entre sus piernas.
—¿Sí?
Él asintió atrapando su labio inferior entre sus dientes. La escuchó gemir al meter uno de sus dedos en el interior de su cavidad.