Capítulo 32
De acuerdo, Goran Savic tenía razón y ella estaba equivocada, pensó Lizia.
Indudablemente, había subestimado el deseo que sentía hacia su esposo. Estaba claro que una mujer podía vivir sin comer chocolate, antiguamente se hacía, pero… ella lo había probado y ahora… sabía qué gusto tenía el puto paraíso, y no podía pasar un día más renunciando a él.
Chasqueó la lengua mientras escogía el vestido ajustado que iba a ponerse.
Sonrió al mirarse frente al espejo.
Lo sentía por Savic, pero iba a follársela y cuando acabara, ni siquiera sabría qué le había golpeado.
Se pintó los labios de rojo, y se puso unos tacones que sin duda no le harían parecer una miniatura cuando se pusiera de pie junto a él.
—Voy a por mi chocolate —le dijo al espejo.
Había pasado más de una semana desde la absurda discusión y aunque dormían en la misma cama, y sentía la polla dura de su marido contra ella cuando la abrazaba desde atrás, no habían vuelto a tener relaciones.
Por supuesto se habían mirado, midiéndose, uno esperando que el otro claudicara.
No pasó.
Pero el muy bastardo sabía cómo encenderla. Una mirada, un roce… ¿por qué demonios él no la necesitaba tanto como ella a él?
Era imposible de creer.
No es que se creyera la mujer más sexy del mundo, pero Savic la deseaba, podía verlo en el bulto de sus pantalones, y en el fuego de su mirada.
Y a pesar de todo ello, no había vuelto a arrinconarla contra una pared o mesa.
No había vuelto a rozar sus labios en la curvatura de su cuello, y aunque sus manos rozaban distraídamente su brazo, o su trasero cuando pasaba distraídamente por su lado, no había vuelto a agarrarla con la clara intención de hacerla suya.
Y eso era lo que la tenía furiosa.
En la galería no se podía concentrar, miraba la pared donde Savic se la había follado, y cuando estaba en casa, cada rincón era un recordatorio de que allí podría estar haciendo el amor con él, o mejor dicho, tener sexo salvaje. Porque necesitaba que la follara, duro, muy duro.
Abrió la boca y reprimió un jadeo mientras frotaba sus muslos, buscando alivio.
La otra opción era comprarse un arsenal de vibradores, como los que le había dicho su cuñada que tenía. Radmila sí que sabía pasárselo bien. Ella, por su parte, debía sobrevivir a esos días interminables sin la polla de su marido.
Bajó los peldaños de la escalera central y los dos hombres de guardia alzaron la vista cuando salió al exterior.
—Decidle a Dimitar que traiga el coche.
Como si lo hubiera invocado, Dimitar apareció, con su tez fina y pálida, a pesar de los rayos de sol que caían sin piedad sobre Bari. Se retiró un mechón oscuro que le caía sobre la frente y ella asintió.
Al joven le faltó tiempo para abrirle la puerta del coche y después ocupar el asiento del piloto. Por supuesto, lo hizo después de lanzar una mirada a los dos guardaespaldas que le seguirían en otro coche.
—¿A la galería, señora?
Lizia lo miró por el espejo retrovisor y negó con la cabeza.
—No, llévame al despacho de mi marido. Quiero darle una sorpresa.
Dimitar se sorprendió por el destino inesperado. Pero no dijo nada, al menos a ella. Con unos dedos ágiles tecleó en su teléfono móvil, sin lugar a duda, avisando a los guardaespaldas de su siguiente parada.
Aunque normalmente Savic trabajaba en casa, los negocios, supuestamente legales que tenía en Bari, habían reclamado su presencia.
Por eso Iván estaba tan ausente en la casa, y Savic tenía que decidir con toda la información que tenía, cuál de los negocios impulsaba primero.
Sin duda casarse con ella había facilitado mucho instalarse en Italia.
Si echaba de menos Belgrado, ella no escuchaba queja alguna de su boca.
Se pusieron en marcha por las calles de Bari que tan bien conocía.
Lizia tenía que admitir que una mujer podía retractarse si se equivocaba, y no sería tan estúpida de privarse de comer chocolate, aunque antes hubiera dicho que no le gustaba.
Así aprendería a mantener la boca cerrada.
Se adentraron por el centro, para después llegar a la Piazza Mercantile. La ciudad olía a mar, el verano estaba en su pleno apogeo. Amaba esa ciudad.
Se quitó las gafas de sol cuando su chofer aparcó en la calle peatonal. Ser hija de la mafia tenía sus ventajas. Nadie iría a molestar, y aun así…
—Puedes irte, Dimitar —le dijo después de que él le abriera la puerta del coche y saliera de él.
Lucía sus piernas bronceadas y un escote recatado, ya que, con el vestido tan ceñido, hubiera tenido problemas. Y quería seducir a su marido, no cabrearlo.
El otro coche negro se paró, y dos hombres salieron de él, raudos para alcanzarla.
—Podéis tomar algo, voy a tardar una media hora.
Los tres se miraron, y señalaron al bar de enfrente, dispuestos a ser obedientes y esperarla tomando un cappuccino.
Entró en el edificio, escondiendo sus gafas de sol en su estuche. La recepcionista no supo disimular que sabía perfectamente quién era.
—Señora Savic —dijo nerviosa.
La mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido y un traje chaqueta que no le restaba atractivo, la condujo a la sala de descanso.
—Avisaré a su marido de que ha venido de visita.
No estaba acostumbrada a esperar, pero se dijo que mientras su marido se debatía en si aceptar su visita o no, podría echar un vistazo a las instalaciones.
Cuando la mujer se fue, Lizia se alzó de la silla donde la habían acomodado y se escabulló por la puerta del fondo.
Unas amplias oficinas bien iluminadas, con diez ordenadores y varios trabajadores dando lo mejor de sí, la recibieron.
Cuando irrumpió, todo el mundo siguió en sus puestos de trabajo. Por supuesto las oficinas eran una tapadera, un holding inmobiliario donde se blanqueaba dinero a manos llenas. El centro de operaciones de su esposo en Bari.
Al fondo de la sala no pudo menos que fijarse en una cabeza plateada, unos hombros anchos, al igual que sus brazos que intentaban reventar una camiseta negra ajustada.
Iván era todo un hombre, con letras mayúsculas.
Alzó una ceja al ver cómo la mujer de la limpieza se mordía el labio inferior viéndolo prepararse un café.
Era evidente que, si él quisiera, esa mujer podría limpiarle a fondo cualquier cosa que él le pidiera.
Se acercó a Iván, y las miradas de los presentes se desplazaron rápidamente a ella.
Debió notar cómo los murmullos disminuían, y solo se escuchaba el sonido persistente de algunos teléfonos, porque a medio camino, Iván alzó la vista y la clavó en ella.
Soplando el café que acababa de hacerse, le sonrió como si le encantaran los problemas.
—Querida señora… cómo te gustan los problemas.
Lizia no pudo evitar reírse al apoyar su trasero sobre la mesa donde estaba la cafetera, y algunas otras chucherías de cortesía.
—Yo también me alegro de verte. —Le guiñó un ojo.
—¿Has venido a cabrear a tu marido?
Ella rio más fuerte, y fue consciente de que los murmullos disminuyeron aún más su volumen.
—No especialmente —dijo enigmática— ¿Dónde está su despacho? La recepcionista parecía realmente nerviosa por mi presencia. Creo que ha ido a avisarle de que se esconda.
—Savic no se esconde de nadie, pero… —alzó una ceja mirándola de arriba abajo—, quizás quería ahorrarte un mal trago cuando te grite por entrar en sus dominios.
Lizia hizo una mueca, y un gesto con la mano que indicaba que no le preocupaba lo más mínimo.
—Soy hija de Manzini, créeme que sé lo que es que la habitación se quede en silencio cuando entras, y que te echen de las cosas que se suponen que solo son de hombres.
—Y aun así… —dijo divertido.
—Oh, mi padre aprendió que las cosas de hombres me interesaban —dijo enigmática—. Mi marido también lo aprenderá.
—Esa puerta recorre el pasillo hasta el fondo a la derecha. Su bonito despacho te espera. Aunque creo que deberías darte prisa —dijo Iván al ver entrar a la secretaria de Savic—. Doña Clarita acaba de entrar y te está buscando.
—¿Doña Clarita? —le preguntó divertida.
—Se llama Rigoberta, demasiado impronunciable para mí —dijo en italiano con su marcado acento serbio.
—Gracias.
No miró sobre su hombro, si la información e Iván era cierta. Escapó por la puerta que le había dicho, consciente de que seguramente Savic había ordenado que su secretaria le dijera que no le molestara.
¡Como si ella necesitara invitación!
—¡Señora Savic!
Al escuchar la voz de Rigoberta tras de sí, optó por ignorarla. Por supuesto que iba a detenerla, pero no se lo pondría fácil. Ni a ella, ni a su marido.
Recorrió el pasillo. Era un edificio antiguo, pero recién reformado, por supuesto ya que eso generaría facturas que podrían inflar a voluntad.
Las ventanas a su derecha, con suaves arcos, le recordó a las de su casa.
¿Su casa? Sí. ¿Cuándo había empezado a considerar esa su casa?
Quizás cuando se casó con Savic. No, no era cierto.
Lo hizo cuando sus cuñadas la empezaron a tratar como una más de la familia, cuando se dio cuenta de que no se había casado con Savic, tan obligada como quería aparentar.
Escuchó el taconeo de Rigoberta a su espalda, pero ella ya había llegado al fondo del pasillo. Empujó una de las puertas dobles, después de bajar la manija y entró en la antesala de lo que se suponía era el despacho de su marido.
Su secretaria se puso en pie de inmediato, la miró con el ceño fruncido.
—Señora Savic, su marido está ocupado con una conferencia muy impor… ¡Señora Savic!
Ni siquiera se molestó en dirigirse a ella, cuando abrió de un tirón y se coló en el despacho, lo último que vio antes de cerrar la puerta fueron las caras de las dos mujeres que se miraban cómplices, como si no entendieran que la señora pudiera hacer eso, sin miedo a las represalias.
Represalias. Esa palabra le vino a la mente cuando su marido, sin moverse un ápice, levantó la mirada hacia ella y la dejó fija, mientras apretaba el mute en el teclado del ordenador.
—Estoy ocupado.
Y ella estaba increíblemente feliz de haber ido hasta allí.