Capítulo 30
Al llegar a casa, escoltada por sus guardaespaldas como había ordenado su marido, lo primero que hizo fue darse cuenta de que Savic no estaba en la casa. Pero Marija, sí.
La encontró recostada en el amplio sofá de color terroso, con un libro entre las manos y una sonrisa perene en la boca.
Lizia se dio cuenta de que su cuñada no estaba leyendo el libro, y que en el minuto que la había estado observando, su sonrisa había cambiado de intensidad, y su mirada se desplazaba desde la televisión apagada, a las obras de arte que ella misma había escogido.
—Buenas tardes, Marija.
Su sonrisa desapareció al instante y se incorporó con la espalda recta, para después volver a sonreír.
—Lizia, me has asustado.
—Lo siento —dijo acercándose a ella—. No era mi intención.
Se apoyó en el respaldo del sofá y le puso una mano sobre el hombro.
—¿Pasa algo?
Lizia suspiró.
—He recibido visita en la galería.
—Ah, ¿sí?
Su cuñada la miró curiosa, como si no supiera exactamente a qué se refería.
—Salvatore ha venido a verme, al parecer… está ansioso por poner fecha a la boda.
—¿De veras?
Los ojos de Marija se iluminaron.
Parecieron brillar con cierta intensidad, pero no porque hubiera lágrimas en ellos, más bien al contrario. Agachó la cabeza, como si aquella felicidad no pudiera estar bien considerada por nadie.
—¿Te ha hablado de mí?
—Un poco. —Marija alzó la cabeza súbitamente y la miró con atención, esperando que continuara hablando—. Dice que, quiere honrar el pacto.
—Ya… —Se revolvió incómoda. Seguramente es lo que quería, no es que estuviera ansioso por casarse con ella porque la quisiera, sino para honrar el pacto, dar ejemplo…
—Le gustas mucho, Marija.
La hermana de Savic sintió cómo su pulso se aceleraba.
—Vamos, las dos sabemos que eso no es posible.
—¿Por qué dices eso? —No le gustaba que su cuñada se menospreciara de esa manera—. Eres maravillosa, Marija, cualquier hombre se sentiría afortunado de tenerte como esposa.
Tomó el rostro de Marija por el mentón y lo alzó para que la mirara.
—Lo digo muy en serio.
—Eso es porque eres muy buena.
Negó con la cabeza y le acarició el sedoso cabello oscuro.
—Tú eres un ángel.
Marija rio.
—Hablas como Savic. —Le tomó la mano y la apretó con cariño—. Me alegro de que estés en esta casa como mi cuñada. Y sobra decir que mi hermano parece feliz.
—Solo algunas veces. —Sonrió al recordar las discusiones y reconciliaciones que habían tenido—. Pero no me cambies de tema, ¿te gustaría adelantar la boda?
Marija la miró tan nerviosa, como esperanzada.
—Supongo que esto es un sí.
—Sí —se apresuró a decir Marija.
—Salvatore quiere que sea este sábado. Y…
—¿Este sábado?
Marija se puso tan nerviosa que soltó el libro sobre los almohadones y se puso de rodillas, agarrando las manos de Lizia con fuerza. La sacudió como si esperara una información que ella no tenía.
—Hay mucho por hacer, el vestido… ¿podríamos ir mañana? Radmila y yo escogimos un par de ellos hace unos días, pero… no sé si me sentará bien. Y luego está el convite. Porque habrá convite, ¿verdad?
Lizia se rio con ganas, pero asintió a todo.
—Sí, de eso Salvatore se encargará. Su familia es legendaria para sus bodas. Estoy convencida de que ya lo tiene todo a punto. —Y si no lo tenía, pensó Lizia, nadie en su sano juicio decía que no a un Salvatore en Italia.
—Oh, esto es muy emocionante. —Miró a su cuñada con las manos unidas como en una oración. De pronto su semblante se ensombreció un poco—. Lo siento.
Lizia la miró con extrañeza.
—¿Por qué ibas a sentirlo?
—Porque… iba a casarme con tu hermano y ahora…
—Créeme —la tranquilizó Lizia—, es lo mejor. Me gusta que mi hermano esté vivo y sin duda, Savic lo habría matado de no tratarte con la consideración que te mereces.
Marija asintió sin despegar los labios, y entonces supo que Leo estaba bien en Méjico, lejos de ellos. Porque por la expresión en el rostro de Marija, se dio cuenta de que no se había comportado como ella merecía.
—Entonces… ¿el sábado?
—Hay que hablar con tu hermano.
—No va a oponerse. —Parpadeó sorprendida Marija—. Bueno, al fin y al cabo, nos casamos para fortalecer la alianza. Él se ha casado. Ahora nos toca a nosotras.
Lizia asintió, y no pudo pasar por alto el tono de su cuñada. Había algo que la entristecía, y suponía que era Radmila.
—Sí, ambas os casaréis, pero vivirás muy cerca de aquí.
—Yo sí. Pero mi hermana…
—Sí, Radmila deberá ir con su esposo, pero, estoy segura de que se las apañará.
—Radmila siempre se las apaña —dijo Marija—, pero eso no significa que no la vaya a echar de menos.
La mano cariñosa de Lizia volvió a acariciarle el rostro.
—Disfrutemos de los preparativos de tu boda. Lo demás lo pensaremos en otro momento.
—Me caso el sábado. ¡Qué emocionante!
Lizia rio junto a su cuñada, hasta que la voz atronadora de Savic resonó en el salón.
—¿Se puede saber qué me he perdido?
Hasta Marija pudo ver que no era una buena idea darle conversación.
Lizia pensó que tendría más tiempo para hablar con su esposo y hacerle ver que aquella no era una propuesta tan descabellada.
—¿Me explicáis por qué se ha fijado la fecha de la boda de mi hermana, sin mí?
—Lo siento, Savic —dijo Marija poniéndose en pie—, Salvatore ha visitado a Lizia…
Su voz se fue apagando al ver la mirada de su hermano precipitarse sobre su esposa, que cerró los ojos como si la acabaran de meter en un buen lío.
—Lo siento, Lizia.
—No te preocupes. —Lizia empezó a andar, pasando por delante de Savic y subiendo la escalera hacia su apartamento privado.
—¿Se puede saber a dónde vas? —la voz atronadora de su esposo se escuchó por toda la planta baja. Seguía en la entrada del salón, y cuando miró a su hermana, le dijo—: Tú y yo hablaremos después.
Lizia puso los ojos en blanco al escuchar esas palabras.
¡Como si hubiera sido culpa de la pobre Marija!
Pero, claro, debería esperar a estar arriba, a solas con él, para poder gritarle a placer.
Como princesa de la mafia, sabía lo frágil que era el ego de un hombre.
No iba a avergonzar a su esposo frente a sus hombres, pero ella no había nacido para obedecer y callar.
Pensaba decirle todo lo que pensaba de su comportamiento.
Los pasos rápidos de Savic por la escalera anunciaron su presencia, antes siquiera de que se abriera la puerta del apartamento.
Lizia estaba sentada en el reposabrazos del sofá, con las piernas y los brazos cruzados. No había una cálida sonrisa de recibimiento, aunque sabía de sobra que se cazaban más moscas con miel que con vinagre.
—¿Y bien? —Savic cerró de un portazo y se paró frente a ella—. ¿Vas a explicarme qué está sucediendo?
—No.
Él abrió los labios y después parpadeó, como si se acabara de darse cuenta que no había recibido la respuesta afirmativa que esperaba.
—¿No?
—No voy a decirte nada hasta que cambies de actitud.
Savic respiró hondo por la nariz, sus aletas se dilataron. ¿Cómo se atrevía su esposa a cuestionar su actitud?
—Yo —dijo acercándose hasta que su esposa quedó a un suspiro de él—. ¿Yo soy quien debe cambiar de actitud?
La punta de los zapatos de Savic tocaron los de su esposa. Sus piernas rozaron las de su esposa y la vio tragar saliva, al parecer no estaba tan tranquila como pretendía hacerle ver.
—¿Me tienes miedo?
Ella alzó una ceja y su respiración se aceleró.
Mierda, pensó Savic. No era miedo. Estaba…
—¿Estás excitada?
—¿Qué eres? —se quejó ella apartando la mirada—, ¿un perro que puede olerme?
La tomó por los brazos, con mucha más delicadeza de lo que Lizia hubiera esperado.
La alzó hasta que ambos quedaron de pie. A pesar de los tacones altos, Savic seguía siendo mucho más alto que ella.
—¿Vas a contármelo? —Su tono era mortalmente calmo y Lizia hizo un mohín con la boca. Exasperada, pero derrotada.
—Salvatore ha venido a verme a la galería, justo cuando tú te has marchado.
—¿Y pensabas decírmelo?
Ella se envaró de nuevo.
—Por supuesto —se ofendió—. Iba a hacerlo, pero te recuerdo que te has comportado como un ogro nada más entrar en el salón.
—¿Y no entiendes el por qué?
—Porque no lo tienes todo bajo control.
Él la atrajo con fuerza contra su pecho y acarició sus labios con el dedo pulgar.
—Exacto, Lizia. —Su voz era ronca y sensual—. Y para que todo funcione, yo debo tenerlo todo bajo control.
—Salvatore no es tu enemigo.
—No, pero que hable con mi mujer a mis espaldas, para que intente convencer a mi hermana y adelantar la boda… créeme que no lo deja en buen lugar.
Si le preguntaba, Lizia diría que Savic hacía bien en sospechar, puesto que las razones por las que Giovanni quería adelantar la boda eran un misterio para ella. Aunque…
—Quizás solo quiera que la alianza sea fuerte.
Él gruñó.
—Es fuerte. —Tiró de nuevo de ella y la aplastó contra su cuerpo—. No necesito precipitar la boda de mi hermana Marija, y hacerle pasar un mal trago.
Lizia no pudo evitar reírse.
—¿Qué?
—¿Estuviste en la misma cena que yo, Savic? Nadie obligará a Marija a nada.
Él siseó, no le gustaba que ella tuviera razón.
—Deja de preocuparte, y habla con Salvatore.
Savic arqueó una ceja.
—Si hablo ahora con Salvatore, no habrá boda, ni putos pactos de Corfú que valgan —dijo rechinando los dientes y retrocediendo hasta que la espalda de Lizia rozó la pared—.
Estoy que me lleva el demonio. Ese puto espagueti se ha atrevido a asaltar a mi esposa en su trabajo, trabajo que por cierto no quiero que haga, porque lo único que debería hacer es…
—¿Abrirme de piernas y criar a tus hijos?
Savic apretó su muslo con fuerza y subió la palma hacia arriba hasta romper sus bragas.
—No me hables como si eso no te pusiera jodidamente caliente.
Lizia se revolvió, apenas podía respirar. Y sí, joder, estaba tan excitada como siempre que Goran posaba sus manos sobre ella.
—No te cargues lo que has construido —le dijo Lizia, tragando saliva e intentando olvidar que la mano de su esposo buceaba debajo de sus bragas—. Salvatore es mucho más peligroso de lo que crees. Hasta su padre le tenía un respeto reverencial.
Savic frunció el ceño.
—No hables de Salvatore mientras te toco así.
Lizia le agarró la muñeca.
—Pues no me toques, vamos a aclarar esto.
—Ya lo hemos aclarado —dijo Savic—. Tú no volverás a ver a ese hombre a solas, en la vida, o yo me encargaré de que lo entienda.
—Eres tan jodidamente posesivo.
Savic sonrió e introdujo un dedo en la lúbrica cavidad. Lizia echó la cabeza hacia atrás y jadeó con fuerza.
—No hables como si no te gustara. Sé que lo hace.
Cuando Savic hundió la nariz en el cuello de su esposa, ella lo agarró por los hombros y miró sus ojos.
—Hablo en serio, Goran. No insultes a Salvatore.
Él apretó los dientes.
—Ha sido el Don quien me ha insultado.
—Solo quería sugerir una fecha para la boda.
—Para Salvatore es un puto hecho, no me creas un idiota como para no darme cuenta —enfadado añadió—: Tú eres mi esposa, no puedes tomar decisiones sin consultarme.
—¿Y tú si puedes? ¿Comprando el local donde está la galería?
Él apretó los dientes. ¿Cómo se habría enterado?
—Era un puto regalo. —No le gustó que ella no agradeciera su gesto.
—Una inversión para blanqueo de dinero.
—¡También! Joder, ¿debo recordarte que eres la esposa de un mafioso? —Lizia era la única capaz de sacarle de quicio sin demasiadas consecuencias, aparte de sus hermanas, claro—. Te sugiero que en público cambies tu actitud.
—Como me obligas a recordarte, no te casaste con ninguna estúpida. —Jamás lo desafiaría en público.
No le gustaba el hecho de estar atrapada entre aquellos dos hombres poderosos. Por supuesto que Goran era su esposo, pero Salvatore… el Don de la mafia…
—¿Debo preocuparme por dormir con mi enemiga? —la sorprendió preguntando.
—No soy tu enemiga.
—Tal vez no, pero no sé si me es leal a mí o a su antiguo capo. —Después de clavarla en el suelo con la mirada, añadió—: Te advierto, Lizia… nadie me traiciona y vive para contarlo.
Lizia permaneció en silencio, lo empujó hasta que él se vio obligado a apartarse.
—Sigo sin ser una estúpida.
Sabía lo que significaría traicionar a Savic, y… no quería hacerlo. ¡Maldito fuera! No se daba cuenta de que… Resopló y dio un paso hacia su dormitorio.
—Dormirás conmigo —le ordenó Savic.
Ella se detuvo, y se dio la vuelta lentamente.
—¿Sí?
Él alzó al mentón, ambos batiéndose en duelo en silencio.
—No te resistas demasiado, no ganarás.
Esas palabras la ofendieron.
—No me tomarás a la fuerza.
Con dos grandes zancadas él la apretó contra su cuerpo.
—No tomo mujeres a la fuerza, Lizia. Y no me gusta que mi propia esposa lo insinúe.
—Entonces…
—Dormirás en mi cama. Lo que pase en ella lo decidiremos los dos.
Lo empujó, consiguiendo alejarse de él.