Capítulo 29
Cuando volvió a escuchar las puertas abrirse, Lizia pensó que Savic se habría dejado algo, por eso quedó tan sorprendida al ver a Giovanni Salvatore entrando en su galería.
—Buenos días.
—Menuda sorpresa, Gio —dijo ella inclinándose hacia él para recibir dos besos en las mejillas.
—Estaba cerca.
Ella suspiró.
—Savic ha estado aquí, hace solo cinco minutos.
Ambos sonrieron.
—Lástima.
—¿Seguro? —preguntó ella entrecerrando los ojos.
—Claro —sonrió más ampliamente—, ¿no te gustaría saber cómo hubiera reaccionado de encontrarme aquí con su esposa?
—Dios, espero no saberlo nunca.
—¿Tan territorial es?
—Hablemos de otra cosa —dijo sin rastro de mal humor.
Si no quería hablar de Savic era porque no había nada que decir. Los dos sabían cómo se las gastaba cuando tocaban algo que era de su propiedad, y por mucho que ella fuera su esposa, ese hombre de las cavernas pensaba en ella como una propiedad, estaba segura de ello.
—¿A qué debo el honor de tu visita?
Giovanni la miró unos segundos y después empezó a andar hacia la sala pequeña, más apartada del ruido de la calle.
—¡Tú dirás! —dejó caer cuando llegaron frente al cuadro más valioso de la exposición.
—Es sobre mi inminente boda.
Lizia se tensó al escuchar sus palabras.
Conocía a Giovanni desde siempre, era un tipo que no daba puntada sin hilo, es decir, que sabía exactamente qué hacer para dirigirse a una meta concreta.
Lo miró de reojo, era guapo como un arcángel, Giovanni tenía esa aura que encandilaba a las mujeres, sabía ser galante, sin ser baboso. Enérgico, sin ser déspota. Y… jodidamente letal sin que llegaras a sospechar de lo que era capaz.
Sus familias habían estado en la cúpula de la mafia de la zona, y por su padre, sabía muy bien que Giovanni había sido criado por Giuseppe sin que este escatimara en gastos para su educación.
Era impecablemente culto, pero, así como se había formado leyendo a los clásicos y sabía de aritmética, economía y lenguas clásicas, también se había formado en el arte de la guerra, o más bien en el arte de la extorsión, el blanqueo de capital, el tráfico de drogas y armas…
Era todo un princeps. Por eso Giovanni podía engañar a todo el mundo, hacer que sus enemigos lo subestimaran, pero ella sabía cómo pensaba… cómo maquinaba.
Había sido él quien había decidido que se formara una gran alianza adriática.
Meneó la cabeza casi imperceptiblemente al pensar en ello.
Seguro que se las había ingeniado para que Giuseppe hiciera lo que había hecho, reunir a sus hombres, hacer que Savic se instalara en Bari, y sacar a los croatas de su madriguera.
¿Con qué fin? No lo tenía claro, pero las ventajas del fin de la guerra y los beneficios económicos hablaban por sí solo.
—Estás muy pensativa.
—Pienso en que puedes querer hablar conmigo de tu boda.
Sí, como buen estratega sabía que Lizia se había metido a Savic en el bolsillo, o mejor dicho que Savic se había metido en sus bragas y estaba tan a gusto que podría manipularle.
Se equivocaba.
Savic era ingobernable.
—¿Deseas que acompañe a la novia a escoger su vestido? Porque iba a hacerlo de todos modos.
Giovanni alzó la comisura derecha de su boca.
—Eres un encanto, Lizia.
La forma en que lo dijo le erizó la piel. No lo había dicho en un tono marcadamente sexual, pero no saber qué pretendía la ponía nerviosa. ¿Tendría algo que ver con su hermano?
—¿Seguro que quieres hablar de la boda?, Leo…
—No hablemos de cosas feas —la interrumpió.
Salvatore sabía que debería haber matado a ese hijo de puta por hablar así de Marija, suerte tenía de seguir respirando, aunque fuera al otro lado del mundo.
—Tu hermano está vivo, y si se porta bien quizás no termine en un agujero en medio del desierto. Y eso es todo lo que puedo decir por ahora.
Ella asintió centrando la mirada en el cuadro que tenía delante. Un Bel Roig, increíblemente cotizado desde su exposición en el museo de arte moderno de Londres.
—¿Seguiremos contemplando obras de arte, o irás al grano? —Sonrió Lizia—. No es propio de ti irte por las ramas.
Entonces no lo haría, pensó Salvatore.
—Deseo celebrar esa boda cuanto antes.
Ella parpadeó, como si no fuera asunto suyo, y le sorprendiera que pudiera hacer algo en ese aspecto.
—¿Y me lo dices a mí?
—Te lo digo a ti porque enfrentarme a Savic y que me cabree, no es una opción.
A Lizia le sorprendió la dureza de su tono.
Por supuesto, nadie se atrevía a cabrear a Savic, su marido… tenía una reputación letal, aunque ella no lo hubiera visto en acción. Pero sí sabía de las cosas que había hecho Giovanni. Y tenía razón. Savic no podía cabrearle, y que Salvatore se cabreara solo, tampoco auguraría nada bueno.
Quería casarse con Marija, rápidamente. Lizia intuyó que había algo oculto en aquella ansia por verse esposado con su cuñada, pero no sabía qué era. Y ciertamente, apreciaba demasiado su vida, como para preguntar.
—No sabía que estabas tan impaciente para la boda.
Salvatore no habló durante unos segundos que se hicieron eternos.
—Es hora de cerrar el trato.
Lizia respiró hondo y se volvió hacia él para mirarlo a los ojos. Se cruzó de brazos y Salvatore la miró. Era una mujer impresionante, debía reconocerlo. Una auténtica princesa de la mafia. Bella e inteligente.
—Yo ya estoy casada con Savic —le sorprendió diciendo—, el pacto es sólido.
—No he insinuado lo contrario.
Por la forma en que Giovanni apretó los puños, no estaba muy convencido de ello.
—Giovanni… —se sorprendió por su enfado.
—Disculpame, Lizia, pero… convence a tu marido para que esta semana se celebre la boda.
—¿Tan pronto? —Parpadeó confusa.
—El sábado me parece un buen día.
Ella rio incrédula.
—¿De verdad crees que tengo poder alguno sobre Goran Savic?
Giovanni no respondió de inmediato. Pero sí. Los había visto juntos. Jodidamente, Lizia tenía poder sobre Savic, como Marija lo tenía sobre él.
—Es lunes, Giovanni.
—Pues tienes casi toda la semana. —Su mirada le dijo que no admitiría un no como respuesta.
Lizia tuvo el buen tino de guardar silencio. Su intuición le decía que Salvatore quería casarse con Marija cuanto antes, por un motivo que desconocía por completo y quizás a Savic no le iba a gustar.
—¿Debo preocuparme por Marija?
Eso pareció acabar con la poca paciencia que ese día tenía Salvatore.
Lo vio cerrar los ojos y respirar profundamente. Cuando volvió a mirarla, el fuego ardía en su mirada, pero su tono fue agradablemente calmo.
—Creo firmemente que no has querido ofenderme con esa pregunta.
—¡Por supuesto que no! Pero…
Sin peros, la tensión del momento se lo decía claramente. Puede que ella se hubiera casado con el lobo de Belgrado, pero seguía siendo de la familia. Una italiana que rendía cuentas al Don.
—Soy un hombre paciente, pero al César, lo que es del César. Y Marija es mía.
El tono posesivo de su voz la hizo estremecer.
—Sí, Salvatore.
—Habla con tu marido y hazle ver que lo correcto es que nos casemos ya. Díselo a Marija, ella también te ayudará a convencerlo.
Lizia desconocía por qué Salvatore sabía que su prometida quería acelerar la boda, pero quizás… ya era algo que habían hablado entre los dos.
A Marija no le desagradó la idea de convertirse en su esposa, por lo que era probable que al saber que Giovanni quería casarse con ella el sábado, la misma Marija se atreviera a enfrentarse a su hermano.
No sería la primera vez.
Y Savic no podía negarle nada a su hermana favorita.
Cuando Lizia abrió la boca para hablar, Giovanni ya se había dado la vuelta y avanzaba hacia la salida a grandes zancadas.
—El sábado, Lizia —le gritó por encima de su hombro.
Parpadeó, al tiempo que miraba a su asistente y esta se encogía de hombros.
¿Qué demonios acababa de pasar?
Salvatore estaba más jodidamente furioso de lo que pensaba. A duras penas podía controlarse.
—Vamos al almacén. ¿Ha llegado la mercancía? —preguntó a Demetrio, su chofer.
—Está esperando.
Salvatore se estiró el puño de la camisa, aunque lo que realmente quería hacer era quitarse los gemelos y poder arremangarse para que el trabajo fuera más fácil. Iba a hacer cantar a uno de los rusos.
Por supuesto, la Bratva no se enteraría, habían hundido la embarcación, haciéndola pasar por un accidente.
Por supuesto los rusos no dirían nada, ya que eso sería confesar que intentaban joderlos a todos.
Pero Salvatore estaba seguro de que pensarían que los habían matado sin más, pero no…
él quería jugar. Había hecho salir a ese pobre infeliz, para intentar averiguar qué estaba planeando el nuevo señor de la Bratva, junto con los albaneses.
La perspectiva de torturar a alguien le agradaba. Nada mejor que unos gritos de agonía para hacer que se sintiera mejor.
Su padre, Giuseppe Salvatore, había hecho un buen trabajo con él. Le gustaba el placer, y le gustaba el dolor. Y a veces, sobre todo en la cama, solía confundirlos.
Eso le llevó a dejar de sonreír.
Si los rusos iban tras ellos, necesitaba adelantar esa boda, tener a Marija en su casa, protegida y a salvo.
Sabía que Savic la protegería con su vida, pero no era suficiente.
Debía casarse antes de que su hermano se enterara de lo que estaba pasando, apenas tenía unos días, antes de que los serbios supieran que la Bratva estaba inquieta. Los rusos y también los albaneses no habían visto la alianza de las tres familias con buenos ojos. Y habían movido ficha.
Si se lo decía a Savic y a Perkovic, los tres podrían cubrirse las espaldas, pero también sabía que Savic mostraría más reticencia a la hora de soltar a su hermana.
Así que solo le quedaba moverse rápido, contener a sus enemigos, casarse cuanto antes y hacer funcionar la alianza de las tres familias.
Llegaron al almacén, que solían usar para acontecimientos como aquellos.
Entró y el eco del lugar hizo que sus pasos resonaran. Al llegar al fondo, abrió una de las puertas y los gritos le golpearon como si fueran físicos.
—Hicimos bien en insonorizar este lugar —dijo Giovanni como si estuviera cansado.
Aunque lo que estaba era frustrado.
Su tío había empezado sin él.
—Sobrino.
—Tío Damiano, no sabía que estabas aquí.
Él se encogió ligeramente de hombros. Su traje de un gris perla estaba salpicado de sangre, y cuando se volvió hacia Salvatore, este pudo ver cómo su camisa estaba completamente arruinada.
—Veo que te has esmerado.
Damian Salvatore, a sus cincuenta años, era uno de los hombres de confianza de su padre. Se había ganado el respeto de todos los hombres de la mafia, desde el Piamonte, hasta Calabria. Giovanni confiaba en él, hasta el punto de que le entregaría su vida.
Verlo allí, le daba una pista de lo que podía significar tener a la Bratva rusa en aguas del Adriático.
—¿Ha dicho algo?
—Nada que no supiéramos.
Un gimoteo llegó a sus oídos, y Giovanni chasqueó la lengua.
Damian lo había roto, estaba lloriqueando y en el suelo la sangre se mezclaba con otros fluidos.
—Quería divertirme un rato.
Damian sonrió y señaló el pequeño carro sobre el cual había una gran variedad de punzones y objetos cortantes.
—Yo he empezado por los dedos —le palmeó la espalda—, puedes seguir, pero no creo que saques nada nuevo.
Giovanni se acercó al carro, y tomó un cuchillo afilado.
—Por… favor…
Salvatore se inclinó al hombre que no debería tener más de treinta años.
—Pensé que los hombres de la Bratva eran duros e inquebrantables, Recuerdo que fuisteis de mis primeros trabajos. Mi padre se sentía muy orgulloso de mí cuando os arrancaba la verdad a golpes.
—Por favor, no sé nada. Solo...
—¿Solo?
—Edmond Cyna está hablando con los rusos, yo soy lituano. No debería haber estado ahí.
Giovanni miró a su tío y este se encogió de hombros.
—¿Lituano? —Ambos se rieron.
—Quizás una avanzadilla —dijo Damian—, para averiguar qué podría pasarles.
Durante los próximos cuarenta minutos, Salvatore jugó como un perro rabioso con el pobre mortal.
Iba darle una muerte rápida, al fin y al cabo ese pobre diablo no sabía nada.
Pero había osado entrar en su territorio, pasar armas y drogas por el mar Adriático, de los rusos, para los albaneses.
No podía permitir que semejante falta de respeto quedara impune, por mucho que hubieran contratado a varios hombres, la Bratva debería saber que no necesitaba pruebas para cabrearse y prepararse para atacar.
El color rojo lo teñía todo cuando acabó con él. Apenas respiraba. No debería dar rienda suelta al monstruo que llevaba dentro, pero solo pensar que la alianza pudiera estar en peligro, que… Marija pudiera estar en peligro.
Sacó la pistola de su funda, y apuntó a la cabeza. Sus sesos salieron disparados hacia atrás, y reinó el silencio.
Al volverse, su tío estaba allí, limpiándose las gafas de sol con un pañuelo de hilo.
—Si has terminado, podemos ir al club a divertirnos un rato.
Recuperando el aliento, Salvatore negó con la cabeza.
—Creo que no. Pero gracias.
Giovanni se alejó del tipo, y se acercó a su tío. Miró a los cuatro hombres que vigilaban desde las cuatro esquinas de la sala.
—Limpiad esto —ordenó Salvatore— y deshaceros de él, menos de sus manos y la cabeza… las enviaremos como recordatorio. No deben olvidar quién es la familia Salvatore.
Sus hombres, trajeados, completamente de negro, asintieron con el respeto que su nuevo líder les infundía.
Giovanni Salvatore era cruel y despiadado a la hora de proteger los intereses de la familia, por eso era el Capo di tutti capi.