Capítulo 28
Savic estaba molesto consigo mismo, jamás pensó dejar de trabajar, solo para escaparse a ver a su mujer, pero ya había pasado un mes desde la boda. Un puto mes donde ella lo había vuelto loco con esas curvas sensuales y esos labios carnosos que no podía dejar de desear morder.
—Espérame aquí —le dijo al chofer mientras subía los tres escalones que separaban la acera de la galería de arte.
Estaba en el centro. Era pequeña, nada que ver con las grandes galerías de Roma o Milán, pero para lo que le servía al padre de Lizia, estaba bien.
Blanqueo de capital.
Ahora que se había casado con Lizia, las ventajas de emparentar con los Salvatore y Manzini eran muchas, entre ellas, los tratos que beneficiaban a las tres partes.
Goran había pedido blanquear dinero en la galería, o más bien lo había exigido, pero ese día no estaba allí para ver qué provecho podía sacar de las pinturas contemporáneas y otras obras que seguramente valdrían menos que nada, pero que le harían blanquear una cantidad de dinero considerable, a la vez.
Cuando Savic entró, alzó la mano a la secretaria de su esposa. La había visto en la boda, pero no se molestó en saber su nombre, ni ahora tampoco le importaba.
Alzó la mano cuando ella iba a saludarle con amabilidad y es que los ojos de Goran se quedaron prendados en su esposa. Estaba al fondo de la galería, donde había una mesa sin silla, encima de dos caballetes. Estaba de espaldas y era evidente que ojeaba un catálogo.
Avanzó con paso firme y mientras llegaba hasta ella, observó sus curvas.
Ese cuerpo de infarto que ya había saboreado de manera enfermiza, una y otra vez.
Lleva un traje de dos piezas, una chaqueta blanca y su falda de tubo hasta más debajo de las rodillas.
La odiaba, no podría quitársela con facilidad y cuando le exigiera abrir las piernas no podría hacerlo hasta subírsela hasta la cintura. Nota mental: rajar esa estúpida falda.
Gruñó y como si Lizia lo hubiera percibido, se dio la vuelta antes de que Savic llegara hasta ella.
—Buenos días, esposa.
Ella respiró por la nariz y aunque intentó disimular una sonrisa, no lo consiguió del todo.
—Savic —dijo como si regañara a un niño pequeño—. ¿Qué haces aquí?
—¿Por qué me lo preguntas? ¿Acaso no puedo echar de menos a mi mujer?
Ella no contestó, porque los labios de Savic se precipitaron sobre los suyos.
Normalmente no era tan apasionado en público, no le gustaban los espectáculos, pero ese día solo estaba la silenciosa secretaria y ellos estaban en el fondo de la galería, donde podrían disfrutar de cierta privacidad.
Sabía dejarla sin aliento. Cuando Lizia se abandonó por completo a aquel beso espontáneo, jadeó contra la boca de su marido, mientras se sostenía sobre las puntas de sus zapatos de tacón.
—Aquí no —gimió ella contra su boca.
—Pues vamos —le ordenó, con un tono que no admitía discusión—. Llévame donde sí podamos.
—Savic.
Al ver que se resistía la tomó de la mano y la arrastró hacia otra de las salas. La risa de ella lo persiguió.
—Derecha —dijo riendo—, mostrándole una puerta blanca disimulada en la pared, sin molduras.
—¿Tu cuarto secreto?
Ella asintió.
Cuando Savic abrió la puerta se encontró una sala de altos techos y paredes blancas desnudas. Había cuadros y lienzos, pero todos ellos apilados verticalmente en grandes soportes.
—¿Tu alijo?
Ella rio mientras le echaba los brazos al cuello.
—Sí.
No le importaba lo más mínimo, se inclinó sobre ella, atrapándola contra su pecho.
Besó aquellos labios que lo enloquecía, tan blandos y jugosos.
Hundió la lengua en su interior para poder saborearla, sabía a café con caramelo, indiscutiblemente un sabor que ya empezaba a relacionar con ella. Lo adoraba, joder.
Los gemidos y suspiros no tardaron en llegar.
—Savic —protestó ella cuando le tiró la chaqueta blanca al suelo—. No puedes venir aquí.
—Oh, sí que puedo —se burló—, privilegio de esposo.
—¿Y yo? —preguntó ella quitándole la chaqueta y la corbata—, ¿no tengo privilegios?
—Te daré todos los que quieras sobre mi cuerpo —dijo arrastrándola contra la pared.
Sus manos se abrieron sobre sus pechos y los apretó con fuerza, haciéndola jadear.
—Maldición —exclamó frustrada.
Savic se rio por lo bajo, al ver que ella no podía abrir las piernas por culpa de esa estúpida falda.
—Voy a quemarte esto, lo juro.
Pero antes de seguir frustrándose, Lizia se la desabrochó y la dejó caer a sus pies. Se quitó las bragas y rodeó las caderas de Savic con sus piernas.
—Fóllame rápido —le exigió—, tengo un cliente en media hora y necesito…
—Sé lo que necesitas.
Savic la empaló haciéndola gritar por la súbita invasión, ni siquiera se había dado cuenta de que se había desabrochado los pantalones.
—Joder —gimió echando la cabeza hacia atrás.
Se abrazó con brazos y piernas y movió las caderas, dispuesta a montarlo, una y otra vez.
Cuando se abotonó la chaqueta del traje, ya volvía a descender los tres escalones del exterior de la galería.
Su hombre lo esperaba junto al coche, aparcado a la sombra.
—Jefe.
—A casa —le exigió—, llama a Drovilo, que traiga dos hombres más y velen para que a mi esposa no le pase nada.
Dos guardaespaldas más quizás fuera un poco exagerado, pero no iba a correr riesgos, por nada del mundo iba a permitir que a su mujer le pasara nada.
Cuando se acomodó en la parte trasera del coche, con el aire acondicionado refrescando su piel que Lizia había hecho arder, se tomó su tiempo para llamar a Kalev.
Su hermanastro estaba en Cerdeña, pero al parecer, regresaría pronto.
—Kalev.
—Joder.
Savic soltó una risa seca.
—¿Va así de bien?
—Como la mierda, pero lo estoy solucionando.
Al parecer alguien había decidido que una familia de serbios nada tenía que hacer en Cerdeña. Pobrecitos, cómo se equivocaban. Desde luego, Kalev les estaba dejando claro que los serbios podrían hacer lo que quisieran, tanto en Cerdeña, como en Mallorca.
—¿Cuándo vuelves?
—Creo que en unas dos semanas lo tengo solucionado.
—Que sea antes.
—Claro —dijo dejando claro que milagros a la virgen de Lourdes.