Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Lizia salió de la ducha y se envolvió el cuerpo con una toalla.

No podía decir que no estuviera preocupada por la situación en la que estaba metida la familia… Su padre la había llamado, Leo había llegado a México, pero al parecer estaba algo indispuesto.

Cerró los ojos frustrada, seguramente había cabreado a alguien. Seguro.

Si era cierto que Salvatore le había dado una paliza, era muy probable que Leo hubiera cometido una falta muy grave, y quizás solo respirara por los años de trabajo de su padre. Antonio había sido muy leal al antiguo Don Salvatore.

Suspiró secándose el cabello.

Si Leo iba rumbo a México, quizás no regresara. Pero con sinceridad esperaba que aprendiera de la experiencia y dejara de comportarse como un gilipollas.

Tiró el secador sobre el mármol veteado de la piedra del lavabo y salió del baño.

Se peinó el cabello, pasándose sus dedos por la larga cabellera, y respiró hondo.

Al darse la vuelta para coger un camisón del armario, se llevó un susto de muerte.

—¡Joder!

Savic estaba apoyado contra el marco de la puerta del dormitorio. Esta estaba cerrada, así que llevaba bastante tiempo allí.

—Me has asustado —dijo ella viendo cómo él la observaba con fijeza—. Te hemos esperado para cenar, pero no has aparecido…

Dejó de hablar al ver que seguía contemplándola impasible.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Lizia.

—Quítate la toalla.

Las pupilas de su esposa se dilataron, él pudo verlo con claridad a esa distancia.

—¿Qué…?

No se movió, no hizo falta intimidarla, ella sintió un fogonazo de deseo creciendo en su vientre y calentando todo su cuerpo.

¿Siempre sería así?

¿Savic diría algo, y ella obedecería ciegamente?

Era posible.

Sin duda sentía un impulso irracional a obedecer, tal vez porque entendía que si lo hacía, sería recompensada… más que generosamente.

—La toalla —repitió.

Ella lo hizo sin protestar, mirándolo a los ojos y encarándolo para que la viera bien.

Tomó ambos extremos y la abrió hasta revelar su cuerpo desnudo. Después dejó caer la tela, hasta que se arremolinó en sus pies.

Vio cómo un nervio vibraba en el mentón de su esposo. Respiró hondo y fue consciente de cómo sus pechos subían y bajaban captando la atención de su marido.

—¿Algo más?

—Túmbate en la cama.

Lizia retrocedió tres pasos, hasta que sus piernas chocaron con los pies de la cama.

Dejó caer su trasero sobre ella y se inclinó hacia atrás apoyando el peso en las palmas de las manos, mientras sus brazos quedaban estirados.

Cruzó las piernas en una postura relajada, como si esperara a que él se acercara, o le diera instrucciones.

Savic no sonrió cuando fue a su encuentro.

Se paró frente a ella con las piernas separadas.

—Desabróchame.

Ni un mísero, por favor.

Lizia levantó una ceja y después alzó imperceptiblemente la comisura de los labios.

Sus delicadas manos se precipitaron sobre la hebilla del cinturón, la abrió y tiró de uno de los extremos. No hacía falta ser una experta amante para darse cuenta de que no tenía nada en los bolsillos y que lo que parecía vibrar en su pantalón no era precisamente el móvil.

Siguió desabrochando el botón y bajándole la cremallera. A pesar de ello, los pantalones siguieron bien posicionados en sus caderas. Lizia lo miró a los ojos y los vio arder.

Respiró con dificultad por la excitación que recorría su cuerpo, pero no paró. Tiró hacia abajo la cinturilla de sus boxes y su miembro dio un brinco. Ella apretó los labios para ahogar un gemido.

—¿Y ahora?

Savic alzó una ceja.

—Ahora… métetela en la boca.

Ella se dejó caer de rodillas al suelo y se humedeció los labios antes de obedecer.

Lo escuchó sisear cuando la punta de su polla tocó su paladar.

No podía decirse que fuera una experta, pero desde luego si hubiera experimentado ese poder en su boca, no le hubiera importado convertirse en una adicta a las mamadas.

Gimió cuando él le acarició el cabello húmedo y succionó, chupó con fuerza. Se la masajeó con ambas manos, era grande, demasiado como para poder metérsela entera en la boca, aunque poco a poco iba ganando terreno, metiéndosela más y más a fondo.

Lo escuchó jadear, y al abrir los ojos, observó con los puños apretados, el cuerpo tenso y la cabeza echada hacia atrás.

La lamió de la base a la punta, capturando con la lengua el fluido que amenazaba con derramarse de un momento a otro.

—Suficiente.

—¿Qué? —Ella parpadeó confusa—. ¿No lo he hecho bien?

La sonrisa de Savic fue devastadora cuando la miró desde su altura.

La tomó de la nuca y la obligó a levantarse.

El beso… o más bien el asalto a su boca, la dejó con las rodillas temblando.

—Lo has hecho más que bien —dijo en un siseo—, ahora es mi jodido turno.

La empujó sobre la cama sin demasiados miramientos y ella tragó saliva. Lo vio quitarse la ropa, desnudándose por completo. Su miembro aún seguía erguido. Desde luego no había perdido nada de su vigor.

Jadeó al ver cómo trepaba sobre su cuerpo. Desde tan cerca pudo observar con detalle y fascinación todos los tatuajes que adornaban su cuerpo. Desde su vientre hasta el cuello, sus brazos y manos, y otro más en el muslo. Estaba convencida de que su espalda padecía del mismo horror bacui.

—¿Te molestan? —le dijo él haciendo que abriera más las piernas.

—Son fascinantes.

—Luego los podrás observar mejor. —La sonrisa lobuna de Savic había vuelto y ella le correspondió—. Ahora mírame a mí, a los ojos, y no apartes la mirada.

Ella asintió, esperando, anhelado que la tomara.

La mano tatuada de Goran acarició sus piernas, desde los tobillos, hasta las rodillas, que abrió empujando la parte interior hacia afuera. Su sexo quedó expuesto y los ojos de su esposo se centraron en él.

—Tan suave… tan húmedo —gimió—. Tan mío.

Mientras otra mano ascendía por el interior del muslo hasta rozar sus labios inferiores, y después su clítoris, la otra reptó por su vientre, por sus pechos… hasta que apretó uno sin piedad.

—Eres jodidamente hermosa, ¿lo sabías?

Ella negó imperceptiblemente con la cabeza, y él se inclinó más hacia ella, hasta que sus caderas encajaron y su miembro erecto reposó contra su abdomen.

La boca de Savic reclamó la suya y todo dejó de existir cuando su lengua la saboreó, la dominó por completo.

Lizia subió las piernas para enroscarlas en su cintura, mientras disfrutaba de ese beso embriagador. Su mano cobró vida y buscó su miembro para empezar a acariciarle, pero a él no le pareció una buena idea. Tomó su muñeca, primero una, y después la otra y se las sujetó sobre la cabeza.

—Terminaría demasiado pronto —dijo mordiéndose el labio inferior—. Y no queremos eso, ¿verdad?

—No, no queremos —gimió ella al notar que su polla tanteaba su obertura.

Se arqueó y él descendió su cabeza para morderle el hombro y bajar por la suave piel de sus senos. Se entretuvo con un pezón, succionándolo, mordiéndolo… cuando la escuchó gimotear, la miró a la cara.

Era un ángel.

Algo demasiado hermoso para arrojarlo a un monstruo como él. Y no obstante ya era tarde.

Era suya.

No iba a dejarla marchar jamás.

Sus labios descendieron por la piel de su abdomen, más y más abajo.

Hasta que llegó a su centro, Lizia había podido controlarse bien, pero cuando notó la boca de Savic ahí…

su cuerpo convulsionó. Bajó las manos y las hundió en el cabello de Savic.

Le sorprendió la suavidad, y se incorporó para ver la erótica estampa de él succionando su clítoris, lamiendo su coño hasta enloquecerla.

—Para —le ordenó.

Pero él no se detuvo, siguió atormentándola, introduciendo uno de sus dedos, después otro…

—¡Savic! —gritó cuando los espasmos empezaron, cuando no pudo controlarse por más tiempo. Un sinfín de colores parecían estallar tras sus párpados cerrados. Su cuerpo se tensó como un arco, para después relajarse y obligarla a respirar.

Cuando abrió los ojos, Savic volvía a estar sobre ella, apoyándose en sus codos para repartir el peso de su cuerpo.

—Empecemos.

¿Empezar? Ella no sabría lo que quería decir hasta que la noche hubo terminado, pero sí que empezó. Empezó la suave penetración, tan lenta y jodidamente perfecta, que Lizia pensó que volvería a correrse antes de que él llegara a llenarla hasta el fondo.

Le rodeó las caderas con las piernas.

Entonces su marido empezó a bombear en ella.

Enterró el rostro en el hueco de su cuello y le agarró con fuerza las caderas.

Se introdujo en ella con un ritmo cada vez más acelerado, hasta que la cópula se volvió salvaje.

Ella se corrió de nuevo, antes de que lo hiciera él, y se dio cuenta de que se estaba conteniendo.

—No lo hagas —le suplicó, mientras la llenaba otra vez a un ritmo más lento.

—Hacer qué.

—No te contengas, quiero que te corras.

Él sonrió, y aumentó el ritmo, acariciando su cuerpo, mientras sus caderas se impulsaban hacia delante, una y otra vez, como el fuerte golpeteo de un martillo.

—¡Ah! —gritó cuando él le acarició su clítoris, sensible y duro—. Por favor.

La tomó del cuello y apretó, se asfixiaba, le faltaba el aire… pero el orgasmo jamás fue tan intenso y placentero.

Lo escuchó gemir y después notó la sacudida de su cuerpo cuando se derramó en su interior. La embistió algunas veces más, mientras poco a poco caía sobre ella.

Sus cuerpos ardían.

Lizia sintió el calor del cuerpo de Savic cuando la aplastó con él.

Una mano seguía acariciando su cuello, la misma que le había privado de aire mientras se corría.

¡Joder! Savic era retorcido, y sabía trucos que ningún amante se había atrevido a usar con ella.

¿Qué más cosas podría hacerle en la cama? ¿Alguna perversidad?

Lo abrazó con brazos y piernas y respiró todo lo hondo que pudo.

Los labios de Savic le besaron los párpados cerrados, el cuello, que seguía acariciando con el pulgar. Notó un beso en el cabello enmarañado.

—¿Te ha gustado?

—Ha sido jodidamente perfecto —respondió ella.

Él no contestó, le preocupaba que su esposa lo hubiera encontrado demasiado intenso. De verdad que se había contenido para no asustarla, pero… iba a repetir. Iba a tener que tomarla de nuevo. Su polla ya se estaba hinchando con solo respirar su aroma.

—Voy a follarte otra vez.

Apoyó el peso sobre sus manos y rodillas y la miró esperando ver algo de temor en sus ojos, pero estos parecían brillar expectantes.

Lizia se mordió el labio inferior y asintió.

—Todas las que quieras.

—Quizás no sea… suave.

Ella alzó una ceja y sonrió.

—¿Eso significa que jamás lo he sido? —preguntó burlón.

—Lo que has sido siempre, es maravilloso. —Le acarició la mejilla con una mano y él la atrapó con la suya y la mordió.

—Me alegro de que pienses así. —Se metió dos dedos de ella en la boca y los chupó—. Y ahora date la vuelta, quiero ver ese culito que tienes.

Ella se rio, mientras la sonrisa perversa de Savic acompañaba sus movimientos para hacer girar sus caderas y tumbarla boca abajo.

Fue una noche tan larga como placentera.