Capítulo 26
Domenico, el hombre que tenía infiltrado en la casa de Savic, cerró la puerta que el servicio utilizaba para entrar de la calle al jardín trasero.
Se desabrochó el botón de su chaqueta entallada y a los dos segundos el coche negro redujo la velocidad para detenerse frente a él.
Aleksandar abrió la puerta sin esperar a que su chofer lo hiciera.
Esa noche, Sicario lo acompañaba, así que no estaba muy acostumbrado a ser gentil con nadie.
Era uno de los hombres más leales que tenía.
Por supuesto, no se llamaba Sicario, pero así era como todo el mundo lo llamaba, porque se encargaba de liquidar a los enemigos más escurridizos.
Para torturar tenía a Marko y a Branko Novak, pero su gigante de metro noventa y larga cabellera rubia era uno de sus chicos favoritos.
Su Sicario arrancó en el mismo momento en que Perkovic cerró la puerta, ya sentado en la parte trasera.
Aleksandar tuvo que recolocarse su polla. No le gustaba no dar rienda suelta a sus instintos. Cuando llegara a Zadar tendría que llamar a Marissa, para que le enviara alguna de las chicas que estaban dispuestas a acostarse con él por un incentivo suculento.
Miró Bari por la ventanilla del coche. Su polla seguía latiendo al visualizar los rojos labios de Radmila. Esa mujer conseguía excitarlo como ninguna otra. Incluso le había quitado horas de sueño. Algunas noches no podía dormir pensando en todo lo que le haría una vez estuviera bajo su mismo techo.
—Llegamos al avión en catorce minutos. —Otro gruñido fue la única respuesta de Perkovic—. ¿Ha conseguido lo que quería, jefe?
Esta vez sonrió de manera malévola.
—Lo conseguiré.
Asintió de manera imperceptible.
Cuando el coche que esperaba fuera del complejo de los Savic se puso en marcha, Aleksandar se juró que la próxima vez que fuera a Bari, no se marcharía solo.
Radmila Savic se iría con él.
Era eso o perder la cabeza por completo.
Cuando llegaron a la casa, Lizia no notó nada extraño en su esposo.
Aunque ninguna de las familias hubiera deseado nunca un pacto como el de Corfú, estaba convencida de que al menos Savic entendía lo beneficioso que sería para él haberse casado con ella. Al igual que lo sería fortalecer esos lazos, con la boda de Marija.
Su cuñada parecía haber aceptado de buen grado casarse con Salvatore. ¿Qué mujer con ojos en la cara no querría un hombre así? Giovanni era un espécimen simplemente perfecto, alto, fuerte… peligroso. No creía que Savic supiera cuánto.
Con Giovanni Salvatore no se bromeaba. Uno no podía jugar frente a él con sus lealtades.
Marija debía casarse con él cuanto antes, Lizia había notado su ansiedad, y Savic también. No era tonto. Pero si empezaba a conocer a su esposo, diría que estaba nervioso porque no sabía el porqué de esa prisa, ni del deseo que Giovanni sentía por Marija.
Evidentemente, era hermosa. Pero había algo más y Lizia también lo había notado.
El coche se detuvo frente a la puerta, después de haber recorrido la distancia de las grandes verjas dobles, hacia la casa.
Marija bajó del coche en el instante en el que ella y Savic lo hicieron.
—Buenas noches.
Lizia le sonrió. Estaba realmente feliz.
—Buenas noches, Marija —le dijo esperanzada de que todo aquello saliera bien—, que descanses.
Savic besó a su hermana en la mejilla y subió con ella los escalones hasta la puerta de entrada, custodiada por dos guardias armados.
—Buenas noches, hermano.
Savic no habló, la retuvo demasiado tiempo, pero le acarició los nudillos, mirándola con el profundo amor que siempre había sentido por ella.
—Si después de esta noche, no estás segura…
—Lo estoy.
No hacía falta que ninguno de los dos dijera de qué estaban hablando. La boda se celebraría, porque así se había pactado y porque Marija estaba más que deseosa de ser la esposa de Salvatore.
Savic le soltó la mano y le sonrió fugazmente, viéndola subir las escaleras hacia su apartamento del primer piso.
—Parece contenta con el acuerdo —dijo Lizia a su espalda.
Savic la miró por encima de su hombro, y simplemente asintió.
—Eso parece. —Al llegar hasta su esposa, la besó en el cuello—. Voy a hablar con mis hombres. Buenas noches.
Lizia no protestó, simplemente enfiló las escaleras, respirando hondo.
No sabía si esa noche Savic había decidido que habían tenido suficiente sexo y dormiría sola, o bien la fiesta estaba a punto de empezar.
Savic vio a Lizia perderse en el piso superior, y se acercó a uno de sus hombres.
—Infórmame.
—Aleksandar ha estado aquí.
—¿Domenico le ha dejado entrar?
El hombre armado asintió.
—Tal y como usted le ordenó.
—Bien, bien… ¿dónde está ahora?
—En la cocina —le informó haciendo un gesto con la cabeza.
Savic no dijo más, sus pasos le llevaron a atravesar el salón y meterse en la cocina, donde Domenico le esperaba.
Cualquiera podría pensar que Domenico era un postadolescente sin cerebro, ambicioso y asustadizo, pero Savic sabía que era un asesino letal, y que si alguien podía mediar entre Perkovic y él, ese era su hombre.
—Buenas noches, señor.
—Primo —le dijo Aleksandar.
Domenico sonrió, hacía siglos que no lo llamaba así.
—¿Tienes algo que contarme?
Domenico mojó una de las galletas en su vaso de leche.
—Sí, aunque seguramente tu hermanita te lo contará cuando decidas hablar con ella.
—¿Así que a eso ha venido? ¿A visitar a Radmila?
Domenico masticó la galleta y antes de contestar se bebió dos sorbos de leche.
—Desde luego no ha venido a verte a ti.
Savic suspiró.
—¿Se supone que debo saber qué significa eso?
La ceja de su primo se alzó como si diera a entender que era un idiota si no lo sabía.
—Están prometidos, quizás echaba de menos a su prometida.
Savic ignoró el comentario.
—¿De qué han hablado?
Se abstuvo de informarle cómo había recibido Radmila a Perkovic, pero no de lo que se dijeron.
—El resumen es que han fijado una fecha de la boda.
Eso sorprendió a Goran.
—¿De veras? —No pensaba que fueran a fijar una fecha entre ellos, sin su beneplácito, pero, si lo pensaba bien, Aleksandar no necesitaba el beneplácito de nadie, cuando ya había quedado claro cómo serían los pactos en Corfú—. ¿Cuándo?
—Le ha dado tiempo a Radmila, hasta que se case Marija. Creo que tu hermana no quería perderse la elección del vestido, ni la ceremonia. Luego…
—¿Luego?
—Básicamente la meterá en un saco y se la llevará.
—¿Eso ha dicho?
Domenico sonrió, y negó con la cabeza.
—No, pero se me da bien leer entre líneas.
El suspiro de Savic y su mirada fija en el mueble de enfrente, le decía claramente a Domenico que Savic tenía mucho en qué pensar.
—Entendido.
Savic maldijo en serbio y se sentó a su lado en la isla de la cocina. Cogió unas galletas y se las metió en la boca.
—¿Salvatore no te ha dado de comer?
—No me hables, los italianos y su obsesión por la pasta y las raciones pequeñas.
La risa de Domenico se escuchó por toda la cocina.
Comieron en silencio unos minutos más, hasta que Savic preguntó.
—Supongo que Aleksandar sabe que lo sé.
La sonrisa de su primo se ensanchó.
—Supongo que Aleksandar sabe que, tú sabes, que yo trabajo para él. —Los dos se miraron—. Tenéis demasiado orgullo. Realmente los dos sabéis que soy un intermediario entre vosotros, y que solo se cuela la información que cualquiera de los dos queréis que el otro sepa.
—Es complicado.
Domenico se encogió de hombros.
—Vais a ser familia, arregladlo entre vosotros, estoy harto de hacerme pasar por jardinero cuando él viene por aquí.
—Lo arreglaremos —dijo Savic—. Quizás puedas marcharte con Radmila, así la protegerás cuando se marche a Zadar.
El aludido se encogió de hombros.
La inminente marcha de Radmila no era algo que no pudiera manejar. Ya había buscado un buen contable para sus negocios legales, y Radmila le estaba enseñando todo lo necesario para paliar su ausencia.
—Quizás sea divertido cambiar de aires.
Savic se puso serio de pronto.
—No bajes la guardia, Aleksandar no es un hombre del que te puedas fiar, y mucho menos burlar.
La expresión de Domenico cambió, su cabeza se inclinó y sus ojos marrones parecieron oscurecerse aún más.
—Descuida, primo, he trabajado toda mi vida como asesino. Te agradezco que hace unos meses me recibieras en tu casa, sin duda necesitaba un lugar donde calmarme. Pero no olvides que, por muy encantador que te parezca, sigo siendo un asesino despiadado. —Domenico le palmeó la espalda.
—No lo olvidaré.
Savic se levantó del taburete y miró a su primo sobre el hombro.
—Piensa en eso de trasladarte a Zadar.
—Quizás a Aleksandar no le guste.
—Oh, pero yo sé que sabrás hacerle cambiar de opinión.
Domenico sonrió y se encogió de hombros.
—Si no me necesitas… —Él también se puso en pie y salió al jardín, desapareciendo en la noche.
Savic, por su parte, subió las escaleras, rumbo al dormitorio… aunque no tenía claro cuál.