Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Para ser uno de los hombres más peligrosos de la zona adriática, Aleksandar Perkovic pensó que era muy fácil entrar en casa de Savic.

Por supuesto lo había hecho el día de su boda, como invitado, aunque adentrarse en la casa familiar no estaba permitido.

Pero ahora que ellos no estaban en casa y que la vigilancia debía ser más férrea, sospechaba que probablemente Goran Savic no lo consideraba una amenaza.

Quizás incluso, era probable que quisiera que tuviera algún encuentro «casual» con su hermana Radmila.

Aleksandar se coló en la casa, por una de las ventanas de la planta baja, cubierto por sus hombres y utilizando los más sofisticados inhibidores de señales, le fue fácil desconectar las cámaras el tiempo necesario para pasar por delante de los guardias sin ser detectado.

No se arrugó el traje al entrar por la ventana del despacho y cuando salió, solo tuvo que asegurarse que el guardia apostado en el patio central no lo viera.

Al subir al primer piso, sus artes para abrir puertas que había cultivado desde la adolescencia, le sirvieron para alcanzar su objetivo: colarse en el apartamento de Radmila.

Sabía que ella no había ido con su hermano a la casa de Salvatore.

Nadie sabría lo increíblemente complacido que se había sentido al enterarse de aquel hecho.

Manipuló la cerradura y abrió la puerta sin hacer un solo ruido. Al entrar, volvió a cerrarla tras de sí.

Se quedó de pie, sin moverse, en silencio. Dejó que sus ojos se acostumbraran a la luz antes de dar un solo paso.

Escuchó con atención.

El sonido de un leve chapoteo llegó a sus oídos, y saliendo del estrecho recibidor, se quedó en la entrada del salón. Solo había una pequeña lámpara encendida, en una esquina, iluminando lo justo para que la casa no estuviera en la más absoluta penumbra.

Una sonrisa se le dibujó en la cara al comprobar que, mirando más allá del comedor y el salón, que se comunicaban por tres grandes arcos, las puertas correderas estaban abiertas, dejando entrar la brisa de la noche.

Otro chapoteo y el tarareo de una canción popular serbia le dijo a Aleksandar lo que quería saber.

Radmila estaba en la terraza, más concretamente en el jacuzzi.

Le alegró saber que seguramente no se bañaría con una pistola, por lo que tenía muchas menos probabilidades de que le pegara un tiro antes de poder hablar con ella.

Avanzó, con sus caros zapatos, pisando la alfombra persa. No podía decir que las hermanas Savic no tuvieran un gusto exquisito para la decoración.

Sorteó la mesa del comedor y se detuvo, junto a la cortina que se mecía por la brisa.

Un nuevo chapoteo, y la curiosidad de Aleksandar hizo que alzara la mano. El dedo índice y corazón se tensaron para apartar la fina tela y poder mirar hacia fuera.

La terraza era amplia, con una mesa rectangular de cristal y cuatro sillas. El suelo estaba forrado de madera, y en la esquina de la terraza, en la pared izquierda, había un jacuzzi que bien podrían caber cuatro personas, pero que en ese momento estaba ocupado solo por una.

Una mujer desnuda, bebiendo champán y disfrutando del espectáculo que eran las estrellas sobre su cabeza.

Aleksandar se quedó allí un rato más, observándola estirar sus largas piernas y bebiendo de una hermosa copa tallada.

A Aleksandar se le aceleró el pulso. Esa mujer…

no había podido dejar de pensar en ella desde que la vio en la boda de su hermano.

Por supuesto ya conocía su aspecto, pero no era su belleza lo que le atraía.

Había visto mujeres más hermosas, pero Radmila Savic era…

Gruñó. Un gruñido bajo que indicaba lo mucho que le cabreaba el hecho de que su polla palpitara solo al verla.

—Me decepcionas, Perkovic —escuchó que decía ella con una risa que hizo tintinear su voz—. Pensé que serías más valiente.

Aleksandar sonrió, aún sin moverse de donde estaba.

Radmila parecía tan relajada como antes de delatar que sabía que él se encontraba ahí. Tomó otro trago de champán, para después pensárselo mejor y apurar la copa. Al dejarla sobre el suelo, se revolvió en el agua hasta que sus brazos descansaron sobre el borde del jacuzzi.

Lo miró como quien espera a un amante.

Aleksandar dio un paso y después otro, hasta que salió a la terraza. La sonrisa gatuna de Radmila pareció darle la bienvenida.

—Querido Aleksandar, sinceramente te esperaba antes.

Ahora sí que él dejó que su prometida escuchara su risa.

—Lo hubiera hecho, pero tenía algunos asuntos que entender.

Ella no respondió enseguida, lo miró de arriba abajo, observando su traje hecho a mano, que le sentaba como un guante, sus zapatos de marca, el cuello de su camisa abierto, sin corbata, y unos pequeños tatuajes acariciando su cuello.

Miró sus manos, pero estaban desprovistas de ellos.

Pero sus brazos y pechos… le hubiera encantado ver lo que tenía ahí escondido para ella.

Aleksandar también pareció mirarla como si quisiera averiguar qué tenía para él.

Como si le hubiera leído el pensamiento, se puso en pie, sin dejar de mirarle a los ojos.

Su cabello largo y oscuro chorreaba sobre sus pechos jóvenes y firmes.

Aleksandar sintió cómo su polla se inflamaba, hasta provocarle una erección que sería difícil de esconder.

De hecho, la sonrisa de su prometida indicaba que se había dado perfecta cuenta de ello, a pesar de la oscuridad reinante en la terraza, solo rota por unas velas aromáticas.

—¿Has venido a ver a mi hermano? —Aleksandar negó con la cabeza mientras se acercaba hasta ella—. Me lo temía

Radmila sonrió saliendo del jacuzzi.

Alcanzó una bata de seda para cubrir su desnudez, pero sin ninguna prisa.

—He venido a verte a ti.

Era muy consciente del efecto que causaba sobre su prometido.

La deseaba.

Pero ni jodidamente me desea más que yo a él.

Aleksandar había conseguido embrujarla. No llegaba la noche sin que no pensara en él.

En su cama sus juguetes y su mano trabajaban como frustrante sucedáneo de lo que él tenía entre las piernas.

Quería ser suya. E iba a serlo, no tenía ninguna duda, pero…

ella marcaría el tiempo. No pensaba ser una esclava, una mujer florero condenada a casarse bajo amenazas, para después ser olvidada en una jaula de oro.

Sonrió muy ampliamente mientras se anudaba la bata.

No. Ella iba a seguir siendo Radmila Savic y él tendría que aceptar que no sería una sumisa esposa de la mafia.

Aleksandar avanzó hacia ella. Se quedaron uno frente a la otra.

Radmila no retrocedió, pero tuvo que estirar el cuello, Aleksandar, sin que ella usara tacones, le sacaba prácticamente dos cabezas.

Sonrió satisfecho por esa ventaja.

—¿Y qué deseas de mí?

Una nueva sonrisa, más lobuna, más depredadora.

La mano de Aleksandar se alzó para tomar entre sus dedos el extremo del lazo que acababa de atarse. Lo acarició, seda de primera calidad. Cuando sus ojos azules dejaron la bata, para posarse en sus ojos, tiró del lazo, deshaciendo el nudo.

Radmila respiró hondo, intentando fingir que ese acto no la hacía arder.

—Me temo que no tienes derecho a hacer esto sin permiso.

—Pronto serás mi esposa —dijo Aleksandar colando la mano bajo la tela y acariciando el vientre húmedo de Radmila.

—Aunque sea tu esposa, no tendrás derecho a ello.

La mano de Aleksandar se detuvo y sus ojos parecieron golpearla exigiendo una explicación.

—Yo creo que sí.

Radmila rio, y como para dejarle claro lo que pensaba, dio un paso hacia atrás y volvió a cerrarse la bata.

—Ya te digo que jamás sin mi permiso.

Ahora el que rio fue él.

—No ha habido mujer que me lo haya negado.

—Descubrirás que yo no soy como las demás, no bailaré al son que toques por miedo.

Cuando Aleksandar cubrió la distancia entre sus cuerpos y la apretó contra él, Radmila respiró hondo por la nariz, pero se juró que no iba a retroceder frente a él.

—No lo harás por miedo, Radmila. Lo harás porque desearás que te toque… como todas.

—Ya te he dicho que no seré como todas. —Lo empujó, pero su pecho parecía tan sólido como una pared de granito. La ancha sonrisa de Aleksandar indicaba que le gustaba ese juego y que de momento le permitiría jugar a él.

—Ya sé que no serás como todas.

—¿Y eso has venido a decirme? —preguntó ella alzando el mentón—, pensé que te lo había dejado claro la última vez que nos vimos.

Aleksandar asintió.

—No he venido por eso, solo a decirte que pronto reclamaré lo que es mío.

Se odió por la humedad que esas palabras generaron entre sus piernas. Era poco probable que se resistiera a ese cuerpo, pero se resistiría a ser ignorada, a ser una marioneta.

La lucha sería feroz, sin duda. Y ella disfrutaría de cada batalla.

—Primero se casará Marija.

La mano de Aleksandar alcanzó el rostro de Radmila. Ella pensó que la acariciaría con el dorso de la mano, pero agarró su mentón y le clavó los dedos en la carne.

—No sé si tengo tanta paciencia.

Ella se libró de un manotazo.

—La tendrás —se soltó—. No pienso perderme la boda de mi hermana para irme a Zagreb.

—A Zadar… —arrastró las palabras—, te encantará la ciudad… Si te portas bien, te dejaré nadar desnuda en el mar.

Sus facciones no se movieron ni un ápice, y aun así, pareció relamerse al imaginársela desnuda en las aguas del Adriático.

—Vendrás conmigo a finales de semana.

Ella soltó una carcajada y volvió a alejarse.

—Será divertido ver cómo lo intentas.

Aleksandar seguía con su obstinada expresión.

—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas.

—¡Por las malas! —se burló ella—. Será mucho más divertido.

No tuvo tiempo de reaccionar, a pesar de todo su entrenamiento, no hizo absolutamente nada cuando él la atrapó entre sus brazos y le aplastó los labios contra su boca.

La besó con fuerza, con una pasión desmedida que no había saboreado nunca en los labios de otro hombre, quizás porque todos los demás la habían tratado con reverencia o miedo.

Gimió retorciéndose, y se dijo que su cuerpo traicionero no lo hacía con demasiadas ganas, le encantaba estar subyugado a él. Como si hubiera encontrado su hogar. Como si entre los brazos de Aleksandar Perkovic era donde tuviera que estar.

Su lengua acarició el interior de su boca, o más bien arrasó con ella. Radmila gimió involuntariamente, pero sus manos se elevaron hasta que sus dedos se enterraron en ese cabello abundante y tan endiabladamente suave. Olía a limón.

Las manos de Aleksandar la recorrieron bajo la bata, rozando su piel con la punta de los dedos, hasta llegar a su trasero. Agarró sus nalgas con fuerza y las apretó para que se echara hacia delante, para que notara su erección contra su estómago.

Cuando Radmila se tambaleó sobre sus piernas, que de pronto parecían de gelatina, se dio cuenta que el calor del cuerpo de Aleksandar había desaparecido.

Estaba a dos pasos de ella, con cara de pocos amigos.

Furioso, o quizás solo frustrado, porque no tenía intención de tomarla en el suelo de la terraza, aprovechando que Goran Savic estaba fuera de casa.

Radmila sonrió con descaro a pesar de que le hubiera encantado que se la follara contra la barandilla o en el jacuzzi.

Gruñó sin apartar la mirada de él. Ya tendrían tiempo para probar todo lo que su mente era capaz de imaginar.

—¿Te vas tan pronto? —Rio ella.

Él apretó los dientes.

—Eres una zorra astuta.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Lo es —dijo enigmático.

Se observaron un minuto en silencio, hasta que ella supo que Aleksandar había recuperado el sentido común. Hizo una mueca y volvió a atarse la bata. Al parecer tendría que esperar.

Aleksandar se volvió para irse, deshaciendo el camino hacia el interior del apartamento, pero antes de salir de la terraza se volvió para mirarla.

—Te reclamaré en el precioso momento en que tu hermana se case. Quedas advertida.

Una ceja perfectamente delineada se elevó escéptica.

—No respondo bien a las amenazas.

—No me preocupa —dijo Aleksandar—. Y no es una amenaza, es solo una información que te hago llegar. Un hecho, si lo prefieres.

Radmila hizo una mueca.

—Gracias por la información, pero como ya te he dicho, asistiré a la boda de mi hermana, y después hablaremos.

No iban a hablar una mierda, se dijo Aleksandar, y si ella quería ignorar sus deseos, allá ella.

Pronto se daría cuenta de que Aleksandar Perkovic conseguía mucho más pronto que tarde, todo cuanto deseaba. Y en aquellos momentos, no había nada que deseara más que a esa mujer.

Radmila se acercó a la mesa y encendió uno de sus largos pitillos. Se sentó, aun observándolo de pie, inmóvil, deleitándose con el cuerpo de ella. Que supiera que bajo la bata estaba desnuda, lo hacía más excitante.

Vio cómo Aleksandar iba a darse la vuelta, hasta que sentada en la silla, Radmila abrió las piernas, dejando que la tela se abriera por encima de sus muslos. Cuando apartó la mirada de ahí, lo hizo para mirarla a los ojos.

Unos segundos después de que sus pulsos se aceleraran. Aleksandar sonrió, y meneó la cabeza, como si lo hubiera hecho muy a su pesar.

—Adiós, zorra.

Ella le devolvió la sonrisa, y levantó su dedo corazón hacia él, mientras exhalaba una bocanada de humo.

—Ciao, demonio.