Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

―¿Qué opinas de nuestro compromiso? ―preguntó Salvatore.

No la miró directamente mientras avanzaban con calma hacia uno de los jardines privados.

―Querrás decir sobre nuestra futura boda ―preguntó Marija, también sin atreverse a mirarle.

La propiedad era muy vasta, tenía un perímetro rodeado por altos muros, no muy diferente de la que ella vivía, pero desde allí, las vistas del mar eran espectaculares.

―¿Desearías haberte casado con Leo?

Ante la pregunta de Salvatore, Marija levantó el rostro y lo miró con horror. Sus miradas se quedaron unidas y ninguno la apartó mientras el silencio se instauraba entre ellos.

Habían parado de caminar, desde donde estaban podían ver la terraza trasera de la casa, pero no su interior, ni mucho menos a Savic y a Lizia.

Salvatore la tomó de la mano y tiró de ella para avanzar hacia un pino centenario. Cuando la espalda de Marija tocó el tronco rugoso, sus fosas nasales se dilataron con fuerza, al respirar profundamente.

No tenía miedo, algo extraño, puesto que Salvatore le sacaba casi dos cabezas. Marija apretó los labios, pero sus ojos seguían fijos en él.

―No me has contestado ―dijo él en un hilo de voz.

Ella bajó la cabeza y miró al suelo, donde sus tacones se hundían en el césped.

―Creo que la respuesta es más que evidente. No… no quería casarme con él.

―Y aun así, estabas dispuesta a ello ―le dijo él alzándole el mentón con el dedo índice y pulgar―, ¿por qué?

¿Se esperaba esa pregunta?

¿Por qué no?

Era lógico preguntar por qué uno de los cónyuges quería casarse con el otro.

Pero no tenía una respuesta preparada para él.

No podía decirle que despreció a Leo, en el mismo instante en que lo vio.

Por su actitud agresiva y prepotente. Era un hombre que no podía controlar sus bajos instintos, ni pasiones.

Supuso que además de colocar la mercancía, también abusaba de ella. Pero guardó sus opiniones para sí.

―Creo que todos nos sacrificamos para terminar con esta guerra absurda.

Giovanni se inclinó un poco más hacia ella. Marija era consciente de que estaba mirando sus labios, y ella se los humedeció en un gesto instintivo.

―Los matrimonios de las tres familias nos proporcionarán paz. Siempre y cuando todo salga bien.

Ella asintió, aun mirándole a los ojos.

―Yo… ―dudó al decirlo―, prometo ser una buena esposa.

La sonrisa de Giovanni le pareció tierna y genuina.

―No lo he dudado en ningún momento.

Le acarició la mejilla con la mano, deslizándola con suavidad por su mentón y después por su cuello. La vio apartarse cuando fue consciente de que él pretendía subir su mano por la otra mejilla, tocando su cicatriz que ella encontraba tan abominable.

―¿Por qué te apartas?

Ella fue incapaz de mirarla.

―No debe ser agradable tocarme. ―La mano de Salvatore quedó suspendida en el aire, cerca de su rostro―. Sé cómo soy. Yo…

―Eres preciosa ―le dijo sin más―. No hay nada malo en ti.

El dorso de su mano acarició la larga cicatriz, parcialmente oculta por el maquillaje, y los ojos de Marija se humedecieron.

Tragó saliva.

Quizás debería decir algo, pero no lo hizo. Solo disfrutó de la sensación. Alguien que no era sus hermanos la estaba tocando, como si fuera algo valioso. Como si realmente quisiera hacerlo con un acto de cariño.

―Yo… ―dijo en un hilo de voz―, te agradezco que me trates así.

Salvatore se inclinó un poco más.

―¿Cómo?

―Con respeto ―dijo siendo valiente y alzando la mirada hacia él.

Estaban apenas a un suspiro de distancia.

―Todo el mundo te tratará con respeto de ahora en adelante, sin excepción. ―Salvatore había endurecido su tono―. Si alguien se atreve a ofenderte, te juro que pagará muy cara las consecuencias.

Debería haberse asustado, ver que los ojos ambarinos del Don de la mafia italiana no mentían. Cualquiera que se atreviera a insultarla, pagaría con su vida el haberlo hecho.

―Salvatore… ―tragó saliva―, quiero casarme contigo, y no porque Leo Manzini fuera…

El mentón de Giovanni se endureció.

―Mataré a ese imbécil si es lo que quieres. No importa que sea hermano de Lizia, se merecía algo peor de lo que hice.

Los ojos de Marija se abrieron como platos al escuchar la verdad que ya sospechaba.

―Entonces, nos viste. Fuiste tú, ¿qué le hiciste?

Salvatore respiró hondo.

―Nada que no se merecería ―dijo secamente―. Aprenderá a comportarse, o de lo contrario, será comida para coyotes.

―No deberías haberlo enviado a Méjico.

―Era eso, o perder la paciencia y matarlo frente a su padre. Antonio Manzini no se merece eso, después de tantos años de servicio.

Ella asintió.

No quería hablar de Leo, no quería hablar de nada… Salvatore estaba tan cerca, y ella se sentía tan bien a su lado.

Las manos delicadas de ella se alzaron hasta que tocó los botones de su chaqueta, lo miró a los ojos, como si pidiera permiso para tocarle. O más bien, le diera permiso para besarla.

―Giovanni…

Él sonrió. Una sonrisa que le calentó el pecho.

Estaba jodido. Jodidamente perdido.

Marija sería su talón de Aquiles, iba a sufrir por ella como no había padecido por nadie más.

―Eres perfecta ―le dijo acariciando su larga cabellera―. Perfecta.

Sus labios se precipitaron sobre los de ella. Un impacto dulce. Salvatore alargó la suavidad de la caricia dos segundos hasta que su boca se abrió, sedienta, hambrienta de ella. Quería probarla, saborearla. Cuánto tiempo había deseado esos labios. Años.

La abrazó, apretándola contra su pecho y ella se dejó llevar. Marija alzó los brazos y envolvió su cuello para colgarse de él, con la presión justa para que Salvatore no pensara en retirarse.

Profundizó el beso, y la escuchó gemir contra su boca.

De adolescente la habían besado. Lo recordaba, recordaba qué se sentía al ser besada por un hombre que la creía hermosa, pero después del secuestro… No, no quería pensar en ello. Ahora estaba ahí, con su futuro marido, y la vida se le presentaba maravillosa.

Notó la presión del tronco del árbol en su espalda, cuando Giovanni avanzó un paso hacia ese cobijo. Sus manos apretaron su delicada cintura y cuando la escuchó jadear, acarició sus caderas y bajó hasta su perfecto trasero.

―Eres una delicia ―le susurró contra el oído.

Besó una y otra vez su cuello, dejando un reguero de besos hasta volver a perderse en su boca.

Se sintió tan inflamado, como ella aturdida.

Debían parar. Si a Savic se le ocurría salir a buscarlos…

Como si Salvatore hubiera tenido el mismo pensamiento, retrocedió un paso. La miró respirando con dificultad y ella sonrió, muy consciente de que debía estar luchando tan ferozmente como ella para no perderse de nuevo en un abrazo.

―Espero haberte dejado claro lo hermosa que eres para mí.

Marija no apartó la mirada y tomó la mano de Salvatore, cuando este se la tendió.

―Tú también me resultas muy hermoso, Salvatore.

―Me alegro de escucharlo.

Se inclinó sobre la mano que agarraba y la besó con delicadeza, tomándose su tiempo.

―Será mejor que regresemos, o tu hermano exigirá mi cabeza en una bandeja de plata.

Ella asintió, pero cuando se apartó del tronco del árbol, enredó sus dedos con los de su futuro marido, y avanzó sintiendo la calidez de su mano entre las suyas.

Por primera vez en la vida, todo parecía ir bien.

Salvatore recorrió el camino hacia la casa en silencio. Era imposible no volver la cabeza y mirar la belleza hipnótica de esa mujer. La cicatriz en su rostro era visible, pero esa dulzura en sus ojos, el rubor de sus mejillas al besarla… lo enloquecía.

Se sentía un miserable mentiroso por no decirle la verdad. Pero, qué sentido tenía hacerlo.

Sería mejor no decir nada que la hiciera recordar.

No decirle que hacía años que se conocían, que él no había podido olvidarla. Giovanni cerró los ojos y disfrutó de la paz de la noche.

Miró hacia la casa y no vio a Savic ni a Lizia.

Seguro que se habían ausentado para dejarles algo de intimidad.

—Esto. No. ¡Oh! —Iba mordiendo cada palabra con cada embestida de Savic—. ¡Oh, Señor!

Goran rugió mientras se hundía profundamente en ella. La tenía atrapada contra la pared de la bodega de Salvatore.

Lizia lo había arrastrado hasta allí.

Le había abierto una puerta de madera de roble, tan vieja como la propia bodega. Bajaron en silencio y Savic supo enseguida que ella había estado allí antes. La arrinconó contra la pared, y no disfrutó de la vista de los botelleros, repletos de un vino que seguramente valdrían una pequeña fortuna.

—¿Te ha follado aquí abajo? —preguntó entrecortadamente Savic mientras ella se retorcía contra él.

—Eres un maldito enfermo —rugió ella antes de devorar su boca.

Savic apretó sus nalgas con fuerza, la tenía contra la pared, sosteniéndola sin que sus pies tocaran el suelo.

—Si me… si me entero que ese espagueti te ha tocado un solo cabello…

Lizia rio descaradamente.

Estaba celoso, jodidamente celoso.

Y a ella le encantaba.

Las manos de Savic volaron hacia su rostro, la besó profundamente y retrocedió un paso. Lizia gimió molesta cuando sus pies tocaron el suelo y su polla dejó de llenarla.

—¿Qué demonios haces? ¡Ah!

Gritó cuando su esposo la agarró del brazo y le dio la vuelta para que mirara hacia la pared de ladrillo. Sonrió sin poder evitarlo al sentir las manos de Savic trepar por sus piernas y separarle los muslos.

—Pon las manos contra la pared.

Ella obedeció ante la voz ronca, y antes de que se lo dijera abrió más las piernas al tiempo que él arremolinaba la tela de su vestido en su cintura.

La empaló con fuerza, propulsándola hacia delante y no pudo menos que gemir al golpearse la cabeza contra la pared. Rio cuando notó el leve dolor en su frente. Savic iba a provocarle unos buenos moratones como siguiera así, pero no iba a ser ella quien protestara.

—Oh, Savic… —Presionó los antebrazos contra la pared y siguió disfrutando de sus embestidas.

La bodega tenía una temperatura agradable, y la excitación que les proporcionaba el peligro de ser descubiertos…

¿A quién pretendía engañar? Seguro que los hombres de Salvatore sabían exactamente dónde estaban y qué hacían.

Era más que probable que ese malnacido tuviera cámaras en la despensa junto a la cocina.

Debía ordenar que las borraran, o tendría que matarlos a todos.

Nadie vería nunca a su mujer correrse, solo él.

Aumentó el ritmo y con ello los gemidos de Lizia.

—Vas a matarme. —Se rio ella mientras él empujaba con fuerza. Savic se inclinó para morderle la nuca, y sintió los primeros espasmos estrangulando su polla.

Ella se retorció, mordiéndose el labio inferior para no gritar.

Goran estaba muy complacido con lo que despertaba en ella. Rio contra su cuello, antes de morderlo.

Se corrió con un gruñido y ella se relajó al tiempo que la inundaba con su simiente.

Durante un buen rato solo escuchaban el sonido de sus respiraciones. Cuando él se apartó y el vestido de Lizia ocultó sus muslos húmedos, la escuchó hablar. Estaba sonriendo, aunque él no pudiera verlo.

—Ha sido muy práctico quitarme las bragas en el coche.

Le dio una palmada en el trasero antes de colocarse la ropa y subir los peldaños de vuelta al comedor.