Capítulo 23
No sabía cuán nerviosa estaba Marija por esa cena, pero Giovanni Salvatore esperó en el recibidor con la mirada fija en la puerta principal, aún cerrada.
Su tío lo miraba con cierta expectación.
―¿No quieres que me quede a cenar con tu enemigo y tu futura esposa? ―preguntó Damian Salvatore.
Iba impecablemente vestido, con un traje gris perla, hecho a medida. Su cabello peinado hacia atrás dejaba visible una frente ancha y unos ojos tan oscuros como los de él.
Giovanni alzó la cabeza, pero mientras jugueteaba con su anillo de sello en su dedo anular, negó con la cabeza.
―No es mi enemigo, ahora ya no. Y no ha venido con sus hombres, por lo que sería una grosería invitarte a la cena cuando no ha traído ni siquiera a su hermana Radmila.
―Esa mujer ―movió la cabeza―, es un peligro para todos.
―No lo es ―murmuró Salvatore―. Se casará con Aleksandar y cumplirán el pacto como cumplimos nosotros.
―Tu padre debería estar aquí.
No discutió eso.
Su padre, Giuseppe Salvatore, estaba enfermo, quizás demasiado como para aguantar una cena frente a Goran Savic y que mañana, media Italia y los Balcanes no supieran lo enfermo que estaba. Esa era la razón principal por la que Giovanni había ascendido al poder, pero nadie debía saberlo.
Una plácida retirada era mejor que la afirmación de que uno de los hombres más poderosos de la mafia italiana sucumbía a la enfermedad.
―Retírate ―le pidió Salvatore a su tío Damian.
―Diré a Francesca que los invitados ya han llegado, para que empiece a prepararse para servir la cena.
Se dio cuenta de que Giovanni no lo escuchaba y sonrió.
Retrocediendo un paso y después otro, se perdió por el corredor que daba a la puerta de servicio, cerca de las cocinas.
Cuando Giovanni se acercó a las robustas puertas dobles de entrada, miró a los dos hombres que custodiaban la casa. Impecablemente vestidos de negro y con sus pistolas enfundadas bajo su chaqueta, eran su guardia personal dentro de su hogar.
Asintió cuando estuvo preparado y los dos hombres Se movieron con rapidez y abrieron las puertas.
Sonrió dando un paso y después otro, y la sonrisa se le congeló en la cara al ver a Marija Savic.
En sus oídos retumbaba el sonido de su corazón.
Carraspeó consciente de que su respiración se aceleraba, al igual que su pulso.
Desvió la mirada hacia Savic y su esposa que acababan de subir el primer peldaño hacia él.
Extendió la mano por pura cortesía y Goran, para su sorpresa, la estrechó sin demasiados problemas.
―Bienvenidos.
―Gracias por la invitación ―el tono de Savic fue seco, pero al menos no pareció disgustado por encontrarse allí, en casa del que había sido su enemigo hasta no hacía mucho.
―Estás muy hermosa esta noche, Lizia ―la saludó con familiaridad y el rostro de Savic se volvió más pétreo.
Parecía olvidar que Lizia y él se conocían desde siempre.
―Un placer volver a verte, Salvatore. Espero que tu padre se encuentre bien.
―Así es, pero lamentablemente no podrá acompañarnos, está en Rimini tomándose unas merecidas vacaciones.
Si a Savic le sorprendió esa afirmación no lo pareció. Seguía molesto por el halago que le había dedicado a su esposa.
Por fin Marija, junto a su hermano, se adelantó un paso y ambas miradas se cruzaron.
―Marija, saluda a nuestro anfitrión. ―La voz de Goran se volvió agradable, como si no concibiera que pudiera hablarle de otra manera a su hermana.
―Buenas noches, gracias por la invitación.
―Es un honor que estés en esta casa. ―¿Lo había dicho sin tartamudear? Sí, Giovanni esperaba que así hubiera sido. Marija… lo ponía nervioso, hacía que su cuerpo se tensara como la cuerda de un violín.
Consideraba estar en su presencia como un privilegio del que tenía que estar agradecido.
―Estás especialmente hermosa. ―Se acercó a ella y tomó su mano, llevándosela a los labios.
Cuando hizo contacto con sus nudillos, Marija se tragó un jadeo, pero un hormigueo la recorrió por entero. Ese hombre, con su mirada del color ámbar, con unos ojos brillantes, casi sobrenaturales, la miraba, desarmándola.
Era como si pudiera ver en su interior y no se asustara de su exterior.
Era agradable sentir que sus palabras no eran vanas, que sus cicatrices no significaban mucho para él. Por primera vez en mucho tiempo, Marija sintió cómo un hombre la miraba creyéndola hermosa. O al menos, eso era lo que sentía en presencia de Giovanni Salvatore.
Era como si ya la conociera, y la adorara.
―Gra… gracias, Salvatore, me alegro de estar aquí esta noche.
Sonó a discurso ensayado, pensó Marija cuando sonrió y agachó la cabeza con timidez, aún con su mano entre las del Don.
―Me hubiera encantado cocinar yo mismo para vosotros, pero me temo que Francesca ha hecho el honor.
―¿Fetuccini? ―preguntó Savic con una sonrisa no del todo fingida.
―Fetuccini ―aseguró Giovanni, y dio media vuelta, brindándoles su hospitalidad.
Sin lugar a duda, la cena iba mucho mejor de lo que Savic había supuesto. No había tenido que morder a nadie, y a pesar de que Salvatore era un halagador profesional, no había sentido deseos de arrancarle la cabeza, cada vez que hablaba con su esposa.
Al parecer se conocían de toda la vida, no en vano sus familias estaban emparentadas mediante matrimonios: el padre de Lizia había sido el segundo al mando de Giuseppe Salvatore, y la relación era excelente.
Si debía juzgar la actitud del nuevo Don de la mafia, respecto a su hermana Marija… también era de los más correcta. Ensayada. Como si no quisiera desviarse del guion y exponer sus… ¿sentimientos?
―Lizia me comentó que te apasiona el arte.
Marija asintió.
Sentada frente a Giovanni, miraba sus ojos iluminados por la luz de las velas, que se habían encendido para dar al ambiente un toque más íntimo. La música era suave y la cena transcurrió en el salón contiguo a una gran terraza, también iluminada por farolillos y una gran piscina cercana.
―Me gusta el arte, sobre todo la escultura. Hay algo que me atrae de crear con las manos.
―¿Esculpes?
Ella rio, una risa que le recordaba a campanillas.
Giovanni no pudo evitar sentir un calor sedante en el pecho cuando vio su rostro iluminado por aquella sonrisa.
―No, yo solo me dedico a observar. Me gustan las cosas hermosas.
Giovanni asintió tomando una copa de champán entre sus dedos.
―Sí ―dijo mirándola a los ojos―, a mí también me gustan las cosas hermosas.
Lo dijo sin más y la respiración de Marija se interrumpió un momento.
Por supuesto Savic y Lizia se miraron, no se les había escapado nada.
Giovanni sentía un interés más que notorio por Marija y esta no parecía sentir rechazo por las atenciones recibidas por Salvatore.
Su hermano podía sentirse satisfecho, desde luego, harían más buena pareja con el Don, que con el imbécil de Leo.
No obstante… ser la mujer del Don, convertía a una en un blanco fácil.
Los enemigos de Salvatore tendrían un blanco más al que atacar.
¿Pero acaso no lo tendrían todos? Si el pacto de Corfú había creado algo, era una alianza entre las tres familias.
No pocos se sentirían amenazados por ese poder.
En especial los albaneses y los rusos que llevaban años intentando recuperar el terreno perdido en el Adriático.
―Tengo unas esculturas en el jardín privado que quizás te interesen ―dijo animándola a aceptar.
―Creo que me encantaría.
Salvatore se puso en pie, ignorado a Savic y a Lizia. Rodeó la mesa con los ojos fieros de Goran en su rostro, pero al llegar al lado de Marija, le tendió la mano a esta.
Sus miradas se encontraron y ella intentó disimular un escalofrío que subió por su columna vertebral.
―¿Damos un paseo?
―Parece que va a refrescar ―dijo Savic en tono duro para que Salvatore notara la amenaza implícita. «Haz daño a mi hermanita y te mataré de formas creativas y dolorosas».
―La temperatura del jardín es ideal, hermano ―dijo Marija mirándole a los ojos.
Savic parpadeó, sorprendido porque la respuesta de ella fuera firme y directa.
Quizás quería conocer mejor a su futuro marido, era lo mínimo que podía hacer por ella, apoyarla en su decisión de conocer un poco mejor al que era su nuevo prometido impuesto por ambas familias. Eso le recordó que necesitaban el visto bueno de Perkovic, pero los problemas, de uno en uno.
―No cojas frío.
―Descuida.
Tomó la mano que le ofrecía Salvatore, y este la puso en su antebrazo mientras se dirigían hacia la terraza.
Abrieron los cristales blindados y después cerró la puerta corredera tras él.
―Lo has hecho muy bien ―dijo Lizia burlándose de su marido―. Por un instante pensé que le saltarías a la yugular, pero no ha sido así.
―Marija… por algún motivo se siente a gusto con él.
Lizia alzó una ceja.
¿Por algún motivo?
El motivo era más que evidente, difícilmente una mujer encontraría a Giovanni repulsivo, era un hombre espléndido, de modales impecables, de gusto exquisitos para el arte y la música.
Entendía perfectamente por qué Marija había estado atenta a cada mirada, y no era porque tuviera que casarse con él en breve.
Si hubieran coincidido en cualquier otra parte, la galantería de Salvatore, sin duda, la habría subyugado.
A pesar de sus palabras, Savic siguió observando a la pareja que caminaba lentamente por la terraza. Apretó los dientes cuando vio que se dirigían a una zona del jardín mucho más oscura y apartada.
—No hará nada.
—Por supuesto que no —dijo Savic retorciéndose en la silla―, porque si no, lo mataré.
Lizia puso los ojos en blanco.
—No creo que tu futuro cuñado se deje.
Al mirar hacia su esposa, ella le sonrió un poco más y se reclinó en la silla. Una postura relajada que incitaba a que él se acercara un poco. Sentado a su lado, Savic le acarició la pierna por debajo de la mesa.
―Espero que no me dé motivos para acabar con él.
―No te los darás, igual que tú no se los has dado a mi padre ―dijo ella apurando la copa y sin apartar los ojos de él.
―Nunca te haría daño. ―La mano subió un poco más y Lizia descruzó las piernas, para volver a cruzarlas con la otra pierna encima.
―¿Puedes darles media hora?
Savic no estaba muy conforme.
―Es demasiado tiempo.
Ella hizo una mueca.
―Si les das media hora, nosotros también la tendríamos.
Las pupilas de Goran se agrandaron. Bebió un trago largo de champán y la miró como si esas palabras hubieran significado algo más.
―¿Estás intentando seducirme, esposa?
―Tal vez.
―Algo sorprendente cuando apenas hace dos horas querías arrancarme la cabeza.
Ella se encogió de hombros.
―No me parece justo que te quedes tan impasible cuando yo…
―¿Cuándo te he hecho tocar el cielo? ―se jactó.
―Yo también podría hacerte tocar el cielo. ―Miró por encima de su hombro, buscando algún lugar apartado.
Conocía aquella casa, había estado varias veces allí, con su padre.
―¿Qué tienes en mente?
Ella alzó las cejas y se puso en pie.
―Me apasiona la obsesión que tiene Salvatore por el buen vino. Tiene una pequeña bodega en el sótano, junto a la cocina.
Savic respiró hondo y se levantó, echando un último vistazo a Marija y Salvatore que caminaban pausadamente sobre el césped. Su hermana sonreía con la cabeza un poco inclinada hacia delante, y el cuerpo de Giovanni a la vez inclinado hacia el de Marija.
―¿Vienes? ―lo distrajo Lizia.
Él asintió.
Todo fuera por descubrir la maldita colección de vino gran reserva de Salvatore.
Cuando su mirada se desvió hacia su esposa, esta contoneaba las caderas hacia fuera del comedor, deslizándose por el pasillo hasta la oculta bodega de vinos.