Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Había dejado su cuarto hecho un desastre.

Marija había vaciado todo su armario para encontrar un vestido especial para esa cena. No lo había encontrado. Por primera vez en su vida quiso verse hermosa, destacar. No esconderse detrás de una tela y un velo para que no vieran sus cicatrices.

Apretó los labios al verse frente al espejo.

Llevaba unos bonitos pantalones holgados, de un blanco inmaculado, con unas sandalias doradas de tacón alto.

La blusa asimétrica, con un corte desde su pecho hasta las rodillas, se abría para dejar ver un top ajustado, que realzaba su figura, cintura estrecha y caderas anchas.

Su escote era inexistente, pues la blusa en forma de capa nacía bajo su cuello, pero con los accesorios adecuados, un brazalete de oro y un collar de brillantes; se veía hermosa.

Se había esmerado con el maquillaje, para disimular lo máximo posible la horrenda cicatriz, y casi lo había conseguido.

Aquella noche no llevaría velo, solo su cabello negro y largo que prácticamente le cubría hasta la cintura.

Se sintió bella y elegante, y eso no pasaba todos los días. Pero se preguntó si sería suficiente para que Giovanni Salvatore le prestara atención, para que no sintiera repulsión y decidiera proponerle matrimonio.

Cerró los ojos frente al espejo de cuerpo entero.

―Por favor ―suplicó―, que no me rechace.

Como si hubiera invocado a alguien, Radmila abrió la puerta de su dormitorio y asomó la cabeza.

―¿Estás…? ―Sus palabras murieron en sus labios―. Estás espectacular.

―¿Tú crees?

Radmila se acercó a ella y la abrazó.

―¿Estás de broma? Eres un ángel. ―Le besó la mejilla, y sonrió al ver que su pintalabios, rojo sangre, no le había manchado la mejilla.

―¿Seguro que no quieres venir?

―¿Y contenerme para no arrancarle la cabeza a los hombres? No, gracias.

Marija la miró ocultando una sonrisa.

―¿Estás mejor? Parecías tan enfadada.

Radmila volvió a besarla.

Sí, estaba mejor, pero podría estarlo todavía más.

No se fiaba de Salvatore, de hecho, de ningún hombre que se acercara a su hermana. Ella era tan delicada, no debería vivir en ese mundo corrupto.

―Estarás con Lizia, parece que domina bastante bien a Savic.

Marija se echó a reír.

―Me cae bien ―dijo devolviéndole la mirada a Radmila―. Creo que el matrimonio le sentará bien a Savic. No sé… cuando los veo juntos, parece que se gustan.

―Ya lo creo.

Radmila había podido escuchar algunos gritos de su cuñada. Vivían en apartamentos separados, pero no era sorda.

―Me pregunto si nosotras tendremos tanta suerte.

Radmila respiró hondo.

―Tú la tendrás. ―Ella se encargaría de ella, sería tratada con respeto, aunque tuviera que degollar al mismísimo Don de la mafia italiana.

―¿Y tú? ―Marija se dio la vuelta para mirarla directamente―. Ese Aleksandar me da miedo.

Marija agachó la cabeza como si hubiera dicho algo que no debía.

―Lo siento.

―No te disculpes. ―Radmila le acarició la mejilla―. Créeme que no ha nacido croata que pueda conmigo. Te prometo que seré feliz. Seguro que, en un par de años, soy la reina de la costa adriática.

―De ti me espero cualquier cosa.

Marija no mentía, si alguien podía casarse con un demonio y sacarle provecho esa era Radmila.

Se abrazaron un instante, antes de ponerse en marcha de nuevo.

―Ya puede temblar el demonio de Zadar ―dijo Radmila. Después añadió―: También puede hacerlo Giovanni Salvatore, creo que el Don no sabe la suerte que tiene de casarse contigo.

Eso arrancó una sonrisa tímida a Marija.

―Si todos pudieran verme con vuestros ojos.

―Es lo mínimo que te mereces. ―Le alzó la barbilla y le sonrió mientras asentía―. Eres la mejor de todos nosotros, Marija. Que se enteren los italianos, los serbios y los croatas.

Y Marija no sabía cuán ciertas eran esas palabras, pues si los Savic se habían sacrificado, era para que su hermana estuviera a salvo.

La guerra se había recrudecido y nadie estaba a salvo de las bombas de los croatas, o las emboscadas de los italianos.

Casarse y firmar la paz, salvaría a Marija.

Pero si Radmila se enteraba de que su hermana lloraba por culpa de su futuro esposo o de cualquier hombre…

habría guerra, y no se acabaría con nada.

Cinco minutos después, Savic alzó la vista y se quedó sin respiración.

―Estás radiante, Marija ―le dijo Lizia que se adelantó a saludarla.

Savic se quedó quieto en el recibidor, intentando encontrar las palabras y averiguar por qué Marija se veía tan diferente.

¿Era por sus ropas? Parecía tan recatada como siempre. Su piel lucía esplendoroso, y la cicatriz se percibía a duras penas.

¡Sus ojos! Sus ojos brillaban con un fulgor que no había visto nunca.

―Prilicno.

Marija besó a su hermano en la mejilla, y se dirigió hacia la puerta, donde dos guardaespaldas los esperaban.

Fueron en dos coches.

Savic y Lizia cogieron uno, con su chofer habitual y un guardaespaldas en el asiento del copiloto. Marija fue en el segundo coche con tres guardaespaldas. Savic no pensaba entrar en la casa de su enemigo sin escolta.

Lizia lo miró de reojo, intentando averiguar sus pensamientos.

―Dimitar ―avisó Savic a su chofer, y antes de que Lizia pudiera darse cuenta, la mampara opaca que insonorizaba el vehículo subió hasta el techo, separándolos de sus hombres.

Savic le devolvió la mirada a Lizia, y ella apretó los labios esperando que hablara.

Al pasar un minuto, Lizia resopló.

―¡Suéltalo de una vez! ―dijo mirando por la ventana.

No se esperó el agarre de Savic que la obligó a volverse, ni el beso apasionado que la dejó sin respiración.

Ella parpadeó incrédula cuando él volvió a acomodarse la corbata.

―¿Y eso?

―Eres mi mujer, me apetecía.

Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.

―Esta noche es importante ―dijo Savic.

―Lo dices como si no supiera comportarme ―le espetó Lizia, aún aturdida por el beso―. Te recuerdo que me criaron para esto.

―¿Para cenas con enemigos?

―Para ser la mujer de un jefe. Llevo toda mi vida preparada para cenas en las que unos quieren arrancarles los ojos a otros. ―Savic no dijo nada, pero se revolvió inquieto―. No permitiré que esto pase esta noche.

―¿Por qué no quieres que acabe con tu Don?

―Porque no quiero que Marija sufra ―le dijo sin embustes―. Y tú tampoco quieres eso, así que… vas a sonreír, vas a comportarte. No matarás a nadie y nos iremos a casa con una fecha para la boda de tu hermana y unos fetuccinis deliciosos en el estómago.

Su esposo se inclinó sobre ella, atrapando su mirada con la suya.

Entreabrió los labios para decir algo, pero después los cerró, hasta que su lengua pasó sobre el labio inferior. Lizia tragó saliva al sentir el deseo entre sus piernas.

Savic también pareció notarlo, pues llevó una de sus manos tatuadas hacia sus muslos.

―Estás impresionante esta noche, princeza ―su acento serbio la cautivó.

Tragó saliva y volvió la mirada hacia la ventanilla. Pero el calor no desapareció de su muslo. Savic tenía la mano donde la había dejado, y su dedo pulgar trazaba círculos, de manera intencionada, para acelerar el pulso de su mujer.

―Savic. ―Lo miró cuando su respiración se volvió irregular.

Subió la mano un poco más, haciendo girar su muñeca para meterla entre sus muslos.

Lizia jadeó, e involuntariamente apretó los muslos, atrapando su mano.

Él rio, una risa ronca y baja que le disparó las pulsaciones.

―Lizia, me estás cortando la circulación.

Sonrosada por la vergüenza, abrió las piernas para liberar su mano, pero su esposo no tenía ninguna intención de sacarla de ahí, es más, aprovechó el espacio que ella le daba y se inclinó contra su costado, haciendo que su mano se posara sobre su sexo, que ya palpitaba.

―¡Savic!

―Nos quedan diez minutos para llegar ―le susurró al oído, antes de atrapar su lóbulo con los labios.

La besó en la parte de atrás de la oreja, y su lengua humedeció el cuello de Lizia mientras ella se tragaba un jadeo.

―Basta, estamos…

―Solos ―sentenció él.

La mano que estaba entre sus piernas tiró de las bragas de seda y se las sacó por los pies. Miró cómo la delicada tela se enganchaba en un tacón de diez centímetros y su polla dio un brinco, palpitante.

Se apoderó de su boca, haciendo que se moviera contra él. Lo agarró de las solapas de su traje y tiró con fuerza. Lo necesitaba. No sabía cuándo había pasado, pero anhelaba tenerle dentro.

―¡Ah!

Como si hubiera escuchado su súplica, Lizia sintió cómo uno de los dedos de Savic se metía en su interior. Encontrando un camino húmedo y bien dispuesto.

―Savic, por favor…

El pulgar presionó su clítoris, haciendo que jadeara contra su boca.

Cuando el segundo dedo entró en ella, Lizia supo que se iba a correr ahí, en el asiento trasero del coche de su marido mafioso.

Lo increíblemente perturbador es que también llegaría a reconocer que podría hacerlo en cualquier parte que él le dijera.

Nunca había deseado tanto nada, como a Goran Savic.

―¡Por favor!

―Cinco minutos ―dijo antes de meter la lengua en la boca y devorarla―. Córrete, ahora.

Como si esperara su orden, Lizia echó la cabeza hacia atrás y movió las caderas montando la mano de su esposo.

Gimoteó cuando las olas del orgasmo la dejaron sin capacidad de pensar, ni de hablar. Solo puso sollozar mientras él le sonreía.

El maldito parecía mucho más feliz que cuando habían salido de su casa.

Se derrumbó contra el asiento, totalmente desmadejada. Sus músculos relajados, y una estúpida sonrisa de felicidad en el rostro.

―Me estás corrompiendo ―dijo mientras el coche empezaba a frenar.

―Será mejor que te recompongas ―lo dijo con seriedad, pero no pudo evitar esa sonrisa ladeada, burlona.

―Te odio ―le dijo juntando las piernas y pasándose los dedos por el pelo.

Él no le respondió, pero nada más llegar, tomó las bragas del suelo para metérselas en el bolsillo y abrió la puerta para salir.

―Serás…

No escuchó las palabras de su mujer, porque cerró de un portazo. Aún sonreía cuando el coche de Marija aparcó tras ellos.