Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Lizia había comido con sus cuñadas, por supuesto habían estado hablando sobre lo que sucedió en la boda, pero Marija no había querido hablar sobre lo realmente importante. El ataque de Leo y la visita posterior de Salvatore.

Marija aún no podía creerse que Giovanni Salvatore hubiera dado una paliza a su prometido, ahora exprometido.

Le había caído bien, cuando por fin se decidió a mirarle a los ojos, le dio la impresión de que era un hombre bastante transparente, todo lo transparente que podía ser un capo de la mafia.

Marija sabía que se había hecho cargo de los negocios de la familia.

Se rumoreaba que su padre estaba más enfermo de lo que nadie querría admitir, así que él se había convertido en el jefe indiscutible de la mafia italiana en el Adriático.

—Lo que no acabo de entender —dijo Radmila—, es por qué simplemente no lo liquidó.

Marija abrió los ojos como platos y miró después a Lizia.

—¿Sabes que hablas de mi hermano?

—Joder, lo siento. —Radmila hizo una mueca—. Ya sé que es tu hermano, pero…

Mejor no decir que era también un despojo.

—Sea como sea, es evidente que el Don ha dado por terminado vuestro compromiso —dijo Lizia.

Gracias a Dios, pensó Marija.

—Bueno, esperemos a ver qué noticias nos trae Savic.

Pero Goran no apareció para la comida, ni tampoco para la cena. No obstante, sabían que no había pasado nada malo.

Radmila se había encargado de hablar con Iván, quien la había mantenido informada en todo momento.

Lizia empezó a darse cuenta de que la hermana de Savic no era un florero, era una mujer con obligaciones dentro de la organización, y aunque no tenía muy claro cuál era su papel, los hombres la respetaban.

No en vano, corría el rumor que Radmila Savic podía ser mucho más despiadada que su hermano, casi sin proponérselo.

Para sus adentros, pensó que no era demasiado conveniente juntar esa bomba de relojería con Aleksandar Perkovic, pero para su fortuna, no le correspondía a ella decidir.

Después de haber estado hablando con Salvatore, Savic se reunió con Kalev en una de las embarcaciones. Al parecer tenían un ladrón.

—¿Qué clase de ladrón?

—Uno que sustrae poco dinero a la vez, de manera casi imperceptible.

—¿Estamos hablando de pequeñas transferencias?, ¿de sustracción de capital de nuestras cuentas?

Kalev negó con la cabeza.

—Nada tan sofisticado, son pequeños hurtos.

—¿En los clubs?

Los serbios, además del transporte y suministro de estupefacientes, tenían dos clubs donde blanquear dinero.

De ellos se encargaba Radmila, un auténtico coco para los números, y…

demasiado irascible cuando alguien intentaba tomarle el pelo.

Una vez pilló a uno de los empleados robando en el club de juego… no acabó bien.

—No, los clubs están limpios. —Kalev tuvo el descaro de sonreír, pensando en lo que haría Radmila—. Han desaparecido algunos fardos, jamás en el mismo viaje, cantidades pequeñas, pero… ya sabemos cómo es Sava, se toma muy en serio su trabajo. Nunca se equivocaría contando la mercancía.

Savic respiró hondo.

—¿Sospechas de alguien?

—Sí.

—Interesante.

Estuvieron hablando durante horas.

Quizás después de perder tanto el tiempo, hubiera sido mejor pegarles un tiro a los tripulantes que habían coincidido en aquellos envíos, pero a Kalev no le gustaba matar sin una buena causa.

Después de decidir qué trampa pondrían al traidor, Goran decidió que ese día de mierda debía llegar a su fin.

—Encárgate de todo.

—Lo haré.

Savic lo miró a los ojos mientras se ponía en pie y se dirigía a la cubierta del barco.

—Por cierto, casi se me olvida —la mirada reprobatoria que le lanzó puso a Kalev en alerta—, tenemos un asunto pendiente del que hablar.

Kalev hizo una mueca.

—¿Perkovic?

—¿Cómo coño se te pasó por alto su presencia?

Por la expresión en el rostro de Kalev, ese error le dolió tanto como si su hermano le hubiera dado una paliza.

—No volverá a ocurrir.

—Claro que no —dijo Goran sonriente.

No lo pasó por alto, se quitó la chaqueta y se arremangó los puños.

—¿En serio? —protestó Kalev quien ya sabía lo que pretendía Goran—. Si me dejas muy maltrecho, no podré hacer bien mi trabajo.

Goran se encogió de hombros.

—Qué pena —se subió la otra manga de la camisa—, porque si no puedes hacer tu trabajo no me sirves de nada.

El puñetazo de Goran lo dejó tendido en el suelo.

—Joder —gimió Kalev. Acto seguido escupió en el suelo.

Goran le sonrió.

—Que no vuelva a pasar. —Le dio la espalda dejándolo aún aturdido—. Ahora sí, ya hemos terminado. —Antes de desaparecer le dijo—: Ya sabes lo que tienes que hacer.

Caminó por la pasarela de madera, rumbo al aparcamiento.

Tenía un mal presentimiento, hasta ese día, ninguno de sus empleados, al menos los más leales que trabajaban en sus barcos y no en los clubs, había sido tan estúpido como para robarle.

Lamentaría matar a alguno de los hombres que siempre les había servido fielmente, así que Kalev se encargaría de ponerles una trampa.

Arrancó el motor de su BMW negro y pisó el acelerador. Lo único que deseaba era llegar a casa y… ver a su mujer.

Cuando la puerta del apartamento privado se abrió, Lizia se puso de pie.

Había estado esperando a su esposo para la cena, pero al retrasarse, sus cuñadas y ella habían decidido cenar sin esperarlo.

De todas formas, Dana le había guardado un plato de comida en la cocina, por si tenía hambre al llegar.

—Buenas noches —dijo viéndolo quitarse la chaqueta.

Él no respondió, la miró y fue directamente al mueble bar.

Así que estaba cabreado.

—¿No vas a decirme dónde has estado?

—Sabes dónde he estado. —Se refería a su visita a Salvatore.

—Por eso me gustaría que me dijeras en qué situación estamos.

Savic suspiró y se dio la vuelta para encararla.

Era tan hermosa que por un instante se le entrecortó la respiración. Llevaba el cabello suelto, y el vestido, blanco, como siempre, caía sobre sus muslos. El escote era holgado y disimulaba sus grandes pechos. Tragó el whisky sin dejar de mirarla.

Por supuesto ella se dio cuenta y volvió a sentarse en el sofá, esperando de él una explicación a todo el asunto que también concernía a su hermano.

—¿Has estado en casa de Giovanni Salvatore?

—Sí —dijo Savic tragando el licor y sirviéndose otra copa—, y estoy de una pieza.

—Genial —dijo Lizia con sarcasmo—, debería servirme un trago para brindar por ello.

Goran rio sin humor.

—Sí, desde luego es motivo de celebración. —Llenó dos vasos y le ofreció uno a su mujer, que lo aceptó mirándole con fijeza—. Si alguien me hubiera dicho hace unos días que podría entrar en casa de Giovanni Salvatore y salir de una sola pieza…

—Te entiendo. Estar en guerra no fue agradable.

—Tampoco ha sido agradable que tu hermano se intentara cargar la tregua.

Lizia se tensó.

—¿Vas a contarme qué ha pasado? —Supo que su esposo había ido a averiguar algo. Había supuesto que su hermano Leo había cabreado a alguien, muy probablemente a Salvatore, pero ¿por qué?

—Es tu hermano —le confirmó.

—¿Qué ha hecho? —Como Savic estaba tardando en contestar, insistió—. Algo grave, si le han exiliado a Méjico.

—Eso lo ha decidido Salvatore, no yo —dijo antes de que ella pensara que tenía algo que ver—.

Y te recuerdo que Giovanni es vuestro jefe.

Tu padre le debe lealtad, y tu hermano… —gruñó y le dio la espalda para alejarse de ella, señal de que no quería seguir discutiendo, pero fue inevitable decir—: Ese imbécil no puede ser leal ni a sí mismo.

Salvatore lo vio de lejos, no trataría bien a Marija, y si no la trata bien a ella, lo hubiera matado.

—¡Savic!

—Sí, sí —se bebió la copa de un trago—, es tu hermano. Lo sé. Lamento que ese hecho no lo haga menos imbécil.

Ella se levantó furiosa del sofá.

Puede que tuviera razón, pero el poco tacto con que trataba un tema tan delicado, iba a sacarla de sus casillas más pronto que tarde.

—Leo es…

—No voy a hablar de mi cuñado —Savic escupió la palabra como si hubiera intentado por todos los medios que no lo fuera.

—De acuerdo —gruñó ella—, pero… ¿estás bien?

Savic la miró por encima del hombro como si le sorprendiera la pregunta.

—Es decir… ¿vas a tomar represalias contra Leo?

—¿Yo?, ¿por qué?

Ella se encogió de hombros y esquivó su mirada. Para Lizia estaba claro. Si Salvatore creía que no iba a tratar bien a Marija, es que había visto o presenciado algo. Algún mal gesto de Leo.

Y si así hubiera sido… si Leo había tratado mal a Marija en presencia de Salvatore… Conociendo a Savic era predecible que el Don lo hubiera mandado lejos para que no lo matara y acabar así con los pactos entre las tres familias.

¿Debería hablar con Marija?

Pobre, suspiró Lizia. Quizás se sintiera feliz de que su hermano se hubiera marchado. Y no podía culparla.

—¿Qué estás pensando?

De pronto la habitación pareció bajar la temperatura un par de grados. Lizia vio la mirada fría de su esposo.

Mierda, no lo había pensado siquiera. Pero ahora que ella lo había mencionado, sí, debía haber visto algo para que Giovanni decidiera que él podría matar a Leo.

—Hablaré con Marija.

Lizia se incorporó.

—No, mejor no. Es un tema delicado y…

—¿Y qué? —rugió él—, ¿crees que no tengo tacto para tratar con mi hermana?

Ella resopló ante lo que parecía evidente.

—Cuando te pones así, eres imposible.

—Solo llevamos un día casados, no tienes ni idea de cómo me pongo.

Ella se alejó de él.

—¡Puedo deducirlo! Te vuelves un patán, ciego y sordo que solo trabaja para hacer su voluntad.

Savic estrelló el vaso contra el suelo.

Desde luego, Dana debía tener mucho trabajo en esa casa.

—Si tu hermano le ha puesto la mano encima, si le ha hecho algo a mi hermana….

Lizia se paró en seco y lo miró desde la distancia.

No había visto esa faceta de su marido, pero… ¿qué esperaba? Al fin y al cabo era el lobo de Belgrado.

—Si la ha ofendido, el exilio es suficiente castigo.

Él dio unos pasos hacia ella y la encaró.

—Depende de cómo la haya ofendido, Lizia.

Ella tragó saliva. Sabía lo que quería decir. Pero su hermano no se habría atrevido a tanto.

—Leo no es tan idiota.

—¿No? —rugió Savic. La hizo retroceder contra la pared—. Si ha sido jodidamente idiota, lo mataré.

—¡Goran!

Él no cedió.

—Si ha tocado a mi hermana, lo mataré.

Y al parecer aquella iba a ser su última palabra.

Vio lágrimas en los ojos de Lizia, cuando ella se alejó con rapidez. Le dio la espalda y huyó hacia su habitación.

Savic escuchó el portazo y clamó al cielo.

Mierda.

Y pensar que después de la escena en casa de sus padres, el día había empezado siendo prometedor.