Capítulo 19
Puede que no fueran dos minutos, pero en tres, Lizia ya estaba en el coche, sentada en el asiento del copiloto.
Su madre lloraba junto a Antonio, que la tenía rodeada con un firme brazo.
Por supuesto, Leo no había salido a despedirse.
La paliza lo había dejado agotado. No podía entender por qué lo enviaban a Méjico, pero tenía la esperanza de que su marido la informara sobre ello.
Cuando Savic arrancó el BMW, Lizia aún se estaba despidiendo de su madre con la mano.
—¿Qué está pasando? —Quiso saber.
Antes de que él pudiera responder, Lizia se desabrochó el cinturón para poder encararlo y mirarle de frente.
—¿Estás loca? ¡Ponte el puto cinturón!
Parpadeó sorprendida, pero lo ignoró.
—No hasta que me respondas.
Savic frenó, haciendo que el coche quedara parado en la cuneta.
—¡Nunca vuelvas a hacer eso! —le gritó.
La tomó de la nuca y acercó su rostro al de ella. Lizia parpadeó sin saber muy bien a qué venía semejante exageración.
—No, deberías tranquilizarte.
—Si hubiéramos tenido un accidente, quizás habrías salido disparada por el parabrisas…
Ella abrió la boca para rebatir eso, pero no pudo hacerlo. Savic la atrajo hacia él y la besó en un arranque posesivo que ella no supo, ni quiso esquivar.
Cuando él se apartó, volvían a temblarle las piernas y respiraba con dificultad.
—Estábamos hablando de mi hermano —dijo ella intentando recuperarse del inesperado ataque pasional.
—Tu hermano —bufó Savic—. Para tu desgracia, lo es.
—Yo no lo veo así.
—¿No? ¿No preferirías tener un hermano que no os pusiera en peligro cabreando a Salvatore?
Los ojos de Lizia se agrandaron. Ahora todo tenía sentido, y por eso papá estaba tan disgustado y triste…
—¿Él le pegó una paliza? —Quiso confirmar.
—Sí, he hablado con tu padre.
—¿Y el motivo?
Savic gruñó.
—No lo sé, pero por las consecuencias…
—La ha cagado mucho.
Sin duda el exilio era toda una declaración de intenciones.
Salvatore no quería a su hermano cerca. Ni tan siquiera lo quería cerca de los que hasta ahora habían sido sus enemigos.
No se fiaba de él. Y ella... lo entendía.
Si Leo la cagaba, podría poner en peligro toda la estabilidad de la organización, no solo la suya, sino también la de los serbios y de rebote a los croatas.
Y aun así, Lizia especuló con los motivos.
—¿Tiene algo que ver con la boda?
—No te preocupes por eso.
Ella resopló poniendo los ojos en blanco. Y cuando él se dio cuenta le recriminó.
—¡Y no pongas los ojos en blanco!
—Es difícil no hacerlo cuando mi esposo no me da respuestas y me trata como a un adorno.
La sonrisa ladeada de Savic la puso en preaviso, pero no tuvo tiempo de apartarse. Volvió a asaltar su boca y esta vez, el beso se volvió mucho más profundo y carnal.
Cuando la mano de Goran empezó a subir por sus muslos y tocó la parte sensible de su anatomía, ella lo empujó con fuerza. No llevaba bragas y el toque le había resultado demasiado íntimo como para poder soportarlo mientras estaban aparcados en la cuneta.
—No me distraigas de esa manera —dijo ella, volviendo a ponerse el cinturón y dando por terminado el interludio.
Miró al frente.
Savic volvió a fijar su mirada en la carretera y arrancó el coche.
—Y tú no vuelvas a distraerme de esa manera.
—¿Yo? —boqueó como un pez.
—No llevas bragas.
—¿Qué? —se indignó—. ¿Y de quién es la culpa?
La sonrisa de Savic hizo que resoplara.
Aceleró el coche para incorporarse a la carretera.
Cuando llegaron a casa, Savic salió del coche y su actitud había cambiado.
—Reúne a los hombres.
Lizia parpadeó al escucharle.
¿Qué demonios estaba pasando?
Marija y Radmila escogieron ese momento para salir por la puerta, alertadas por el frenazo que había dado su hermano delante de la puerta de casa.
—¿Qué está pasando aquí? —exigió saber Radmila.
Miró a Lizia que se encogió de hombros, tan desconcertada como ellas.
—¿Ha ocurrido algo con los Manzini? —preguntó inocentemente Marija.
—Con los Manzini, no —respondió Savic, mientras esperaba que sus hombres trajeran los coches—. Pero vamos a hacerle una visita a Salvatore.
No pensaba esperar a que ese imbécil le llamara para averiguar qué estaba pasando y por qué había decidido, unilateralmente, poner fin al compromiso entre Leo Manzini y su hermana Marija.
—¿Qué? —Marija, siempre tan correcta se precipitó escaleras abajo para quedarse frente a su hermano—. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —exigió saber.
Goran la miró y ladeó la cabeza.
—¿Ha pasado algo? —dijo observándola.
Esperaba una respuesta, su hermana parecía inusualmente preocupada, o más bien interesada.
—No sé qué ha podido pasar —dijo inocentemente, llevándose ambas manos frente a la boca en señal de nerviosismo.
—Pues sin duda ha pasado algo.
—¿Con Giovanni?
—¿Giovanni? —preguntó suspicaz, Savic.
—Bueno, Salvatore puede ser su padre, pero como ahora él es el Don Salvatore, supongo…
—Marija —le cotó Savic—, ¿qué pasó en la boda?
Ella agachó la cabeza.
—No pasó nada. —Desvió la mirada—.
—Y una mierda. ¿Y por eso Salvatore… Giovanni —se corrigió—, le ha dado una paliza de muerte a Leo Manzini y lo ha exiliado a México?
—Joder —se sorprendió Radmila mirando a su hermana, como si descubriera de repente que la buena de Marija tenía secretos—. ¿Por qué lo haría?
—Eso me pregunto yo.
—¿Y yo tengo que saberlo? —Marija se puso a la defensiva—. Pues no lo sé.
—Yo tampoco —dijo Savic—, pero nadie rompe un pacto entre las familias sin un buen motivo, y voy a averiguar por qué…
y supongo que ese por qué tendrá algo que ver con que desaparecieras de la fiesta, con que Leo también lo hiciera y con el hecho de que el mismísimo Don se ensució las manos para estropear la bonita cara de uno de sus hombres.
Marija parpadeó.
—¿Está muy grave?
—Apenas puede andar, pero nos importa una mierda, al menos te has librado de casarte con esa escoria.
—¡Savic!
—¿Qué? —rugió cabreado. No se dio cuenta que quien le había llamado la atención era su esposa, la hermana de ese imbécil.
Cerró los ojos e hizo varias respiraciones.
—¡Nos vamos! —gritó a los hombres de traje y pistolas que estaban ahí.
Unos segundos después los tres coches negros desaparecían por la puerta de entrada.
—¿Sabéis algo de todo esto? —preguntó Lizia mirando a sus cuñadas e intentando encontrar una explicación lógica.
Radmila negó con la cabeza, y Marija empezó a sollozar.
No pasó ni dos segundos hasta que empezó a correr escaleras arriba hacia su habitación.
Savic pensó que, para haberse presentado sin avisar, la actitud del nuevo Don había sido de lo más civilizada. Solo siete hombres le estaban apuntando a la cabeza cuando salió del coche.
Giovanni Salvatore no salió a recibirlo, sin embargo, Damian, su tío y mano derecha, sí lo hizo.
—Supongo que no deberíamos sorprendernos por su visita.
—¿No? Eso es que habéis hecho algo para provocarla.
Ese maldito hombre de barba y cabello cano, salido de un anuncio de Emidio Tucci, lo sacaba de quicio.
Sin duda se había ganado su fama a pulso, mataba sin piedad a sus enemigos y aun así no perdía los estribos con facilidad.
Hubiera sido un gran Don, pero se había posicionado a favor de su sobrino, el hijo de Giuseppe Salvatore, como nuevo jefe.
—Creo que el Don también querrá hablar contigo.
—Qué suerte la mía —dijo mordaz.
La sonrisa de Damian enseñó sus dientes perfectos, y aunque sus ojos estaban escondidos detrás de unas gafas de sol último modelo, estaba seguro de que brillaban por la anticipación de lo que vendría. Se iban a divertir, pensó Savic.
—Dejadle entrar.
—¿Armado? —preguntó uno de sus hombres.
Damian se encogió de hombros.
—Si no deja la pistola, entrará solo.
Savic no esperó a que lo cachearan, siguió a Damian al interior, haciendo un gesto con la cabeza a sus hombres para que lo esperaran junto al coche.
La casa de Salvatore no era muy distinta a la suya, planta baja, limpia y luminosa, quizás un poco más diáfana que la suya, olía a flores.
Destacaban las obras de arte y esculturas.
Contra todo pronóstico, en lugar de concentrarse estando en casa de su enemigo, Savic pensó en su esposa. A Lizia le gustaría esa casa.
Suspiró pensando que era un maldito gilipollas. Un día casado y su primer pensamiento cuando veía algo que le gustaba era pensar en si a su mujer también le gustaría.
—Hay que joderse.
—¿Decías? —peguntó Damian, pero Goran se limitó a gruñir de nuevo.
—¿Dónde está?
—Creo que me buscas a mí —dijo Giovanni bajando con parsimonia la gran escalera principal.
Descendió con una sonrisa los peldaños que le faltaban hasta llegar al recibidor y después estiró el brazo para señalarle uno de los pasillos que flanqueaban la escalera.
—¿Hablamos en mi despacho?
Salvatore lo miró con cara de pocos amigos, y no dijo nada mientras hacía un gesto con la cabeza para que se adelantara.
—Eres un hombre muy precavido —dijo Salvatore avanzando hacia el fondo del pasillo.
Abrió las dobles puertas correderas y entró sin más.
Los hombres del Don se habían quedado fuera, quizás vigilando a los suyos y Damian era el único que lo acompañó hasta su despacho.
—¿Puedo confiar en que os deje a solas?
Savic lo miró por encima del hombro y este le sonrió.
A diferencia de los serbios, los italianos parecían estar dispuestos a sonreír todo el puto día, y eso no los hacía menos temibles.
Giuseppe se había encargado de labrarse una reputación en sus años dorados y se había pasado décadas sonriendo a sus enemigos, por el simple hecho de que podía hacerlo e infundir el mismo terror de siempre.
¿Su hijo…? Savic miró al joven Salvatore, de casi su misma edad.
Sí, era posible que él también pudiera sonreír sin parecer débil.
—Déjanos —habló Giovanni, y su tío asintió, cerrando las puertas dobles y dejándolos a solas.
Savic no esperó invitación y se sentó en el sofá, con las piernas abiertas y sus codos apoyándose en sus rodillas.
—¿Una copa?
Savic puso los ojos en blanco.
—No, gracias. —Lo miró de reojo mientras este se acercaba al mueble bar—. Ya he tomado una en casa de mi suegro.
—¿Haciendo una visita a la familia después de la boda? Pensé que te quedarías en casa comiendo pastel de bodas antes de meterte de lleno en los negocios.
—Eso es lo que tú querrías, ¿no? —preguntó fingidamente divertido—. Para que no pudiera enterarme de que has roto el pacto.
Salvatore dejó de echarse licor en su vaso y aun sosteniendo la botella de cristal tallado, lo miró con fijeza.
—Yo no he roto nada, el pacto sigue en pie.
—Y según tú… ¿cómo va a poder casarse Leo Manzini con mi hermana, si apenas puede caminar y sale esta misma tarde rumbo a México?
Así que se ha enterado, pensó Salvatore.
—¿Has conocido a mi hermana?
No pensaba responder a esa pregunta, así que la esquivó.
—No tiene nada que ver con ella —mintió—. Simplemente ese idiota va a conseguir que nos matemos los unos a los otros. En Méjico no molestará.
—Si cabrea a Mendizábal…
Los dos sabían que pasaría.
—Ese es su puto problema. —Se encogió de hombros.
—Si se libra de él no tendrás que hacerlo tú.
—O tú.
A ninguno de los dos le importaba demasiado que Leo Manzini volviera o no.
Salvatore dejó la botella y cogió el vaso, se sentó en silencio frente al que hasta hacía poco era su enemigo mortal.
—Verás, Savic… —empezó apoyando uno de sus brazos contra el respaldo del sofá— no querrías que ese despojo se casara con tu hermana.
El aludido alzó una ceja.
—¿Y por qué no querría?
—No puede estar cerca de una mujer sin ofenderla. Y tendrías que matarlo en menos de…
—¿Tres días?
—Tres horas —le corrigió Salvatore.
Ese imbécil no habría llegado vivo a su noche de bodas.
El muy inútil seguro habría dicho algo del aspecto de Marija, la habría insultado, probablemente golpeado antes de terminar la ceremonia siquiera.
Y entonces… tendrían problemas con los serbios.
Eso es lo que se decía Salvatore, para no confesarse la verdad a sí mismo.
Y esta era, que no iba a permitir que nadie se burlara, ni tocara a esa mujer.
Apretó los dientes.
—Te he hecho un puto favor —dijo bebiéndose de un trago el contenido del vaso.
Savic lo miró, sin entender por qué esas palabras le parecían tan sinceras.
—Así que no habrá boda con Leo Manzini. Mi cuñado saltaría de alegría, si pudiera saltar —le dijo relajándose al ver que Salvatore estaba comunicativo—. ¿Y qué has pensado?
—He pensado… —vaciló, apartando la mirada de Goran y buscando las palabras correctas—. He decidido que, si haces el sacrificio por tu familia, yo y no el imbécil de Leo Manzini es quien tiene que cumplir con el pacto.
Savic soltó una carcajada por la mal fingida despreocupación.
—¿Eso has decidido?
—Tú te has casado con una Manzini, Perkovic lo hará con tu hermana. La razón porque yo no me ofrecí a casarme con Marija, fue porque mi padre tenía otros planes para mí.
—Vosotros y vuestra jodida endogamia.
Salvatore se tragó la risa.
—A la que pondré fin solo por ti. Me casaré con Marija si lo creéis conveniente. Y nuestros acuerdos seguirán intactos.
Por supuesto que cambiar a Leo Manzini por el mismísimo Don Salvatore, era todo un cambio para bien.
Uno era un puto inútil y el otro… peligroso.
Pero aun así, prefería mil veces a alguien que veías venir de frente y que probablemente trataría con respeto a su hermana y al que no tendría que descuartizar.
—Me sorprende tu propuesta —dijo evitando darle su aprobación de inmediato—. Leo era un imbécil antes, y tu padre, seguro que sigue siendo de la opinión de que te cases con una belleza italiana que sepa preparar fetuccinis.
—Yo preparo mis propios fetuccinis, Savic. No necesito a nadie en mi cocina —de repente su mirada se volvió fría como el acero—, y tampoco necesito la aprobación de nadie para hacer mi santa voluntad, ni siquiera la de mi padre.
Había captado el mensaje.
—Ahora yo soy el nuevo Don.
Y sí, él era el nuevo Don y nadie le iba a decir qué podía y no podía hacer. Pero Marija era su hermana y al igual que hubiera matado a Leo, el nuevo jefe italiano debía saber que también podría cargárselo a él.
—No llevo bien que mis hermanas se sientan tristes.
Después de la última masacre para rescatar a Marija de los rusos y albaneses, a Salvatore, le había quedado jodidamente claro.
—No las pongamos tristes, entonces.
Savic alzó una ceja, esperando lo que podría ser una proposición interesante.
—Invítame a cenar, o mejor… ven a probar mis fetuccinis. Trae a Marija y si ella acepta mi propuesta, no se pondrá triste, y nadie tendrá por qué matar a nadie.
Savic alzó la cabeza sorprendido y lo miró fijamente.
—¿Y si dice que no?
—Si dice que no, el matrimonio con mi prima Liza Manzini será más que suficiente para sellar nuestros acuerdos.
Savic tanteó si lo decía en serio o no, pero no le parecía que Salvatore era un hombre que fuera de farol.
—¿Tenemos un trato?
El Don asintió.
—¿Esta noche?
—Mañana. —Quería hablar primero con Marija.
—A las siete, llegad con hambre —dijo Salvatore levantándose del sofá y dando por terminada la conversación.