Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 18
52%

Capítulo 18

Al salir de la biblioteca, su esposa lo interceptó enseguida.

—Lizia. —Le dedicó una radiante sonrisa, como si lo que estuviera hablando hacía escasos segundos con su padre fuera algo completamente banal.

—¿Qué ha pasado? —preguntó caminando al lado de Goran y esperando a recibir una respuesta sincera.

Esta no llegó.

—No ha pasado nada.

—Mientes. —Se enfureció ella.

Savic se paró en medio del pasillo y Lizia lo miró con fijeza.

El jefe de los serbios no lograba recordar cuándo fue la última vez que alguien le llamó mentiroso.

Sonrió de manera malévola y Lizia alzó la barbilla…

Maldita mocosa, ¿sería la única persona sobre la tierra que no le tuviera miedo al insultarle?

La tomó del antebrazo y la arrastró, abriendo la puerta de la derecha, el cuarto de la plancha… podría encontrar algo mejor, la siguiente puerta era un aseo, demasiado estrecho. Y la próxima…

—¿Qué demonios haces?

No le respondió, pero la arrastró hacia el interior de un despacho. Por los tonos pastel, estaban en el despacho de su suegra. Y por los pocos negocios que debía tener, entendía que nadie usaba aquella habitación.

Había un bonito escritorio, una antigüedad, que debía recordar llevarse a su casa. Dos sillones orejeros con un estampado floral, frente a una chimenea apagada y una otomana al fondo, junto a la ventana.

Lizia miró el mueble y se sonrojó, sin duda pensando en su noche de bodas.

—¿Qué hacemos aquí?

Goran la ignoró.

El escritorio serviría, ¿aguantaría el peso de su esposa? Por supuesto, no pesaba más que una pluma.

Alzó a Lizia cuyo trasero aterrizó sobre el bonito papel de carta que seguro su madre no había utilizado en la vida.

—Goran… —Miró sorprendida dónde la había puesto su marido.

Él la miró a los ojos con una sonrisa lobuna. Le olió el cuello cuando se metió entre sus piernas.

El calor que sintió entre sus muslos fue tan intenso que por un instante boqueó, quedándose tan impresionada que le costó pronunciar palabra.

—No podemos —su voz salió estrangulada.

—Oh, ya lo creo que podemos.

Las fuertes manos de Goran recorriendo sus muslos, subiéndole la falda y haciendo que ella se apoyara sobre las palmas de sus manos mientras miraba fascinada la piel expuesta donde la tocaba.

—Solo me estás distrayendo para que no te preocupe sobre Leo.

Le mostró una sonrisa ladeada.

—Desde luego no hablaré de tu hermano mientras te follo.

Ella resopló y puso los ojos en blanco.

—Gracias. ¡Ah! —gritó sorprendida cuando una mano le empujó el pecho para que se echara sobre el escritorio.

Acto seguido, Goran volvió a meterlas bajo su falda para encontrar sus bragas de encaje.

Se las bajó, deslizándolas con rapidez por sus blancas piernas; al enredarse en un tacón sufrieron un severo desgarro.

Enseguida las dejó sobre la mesa—. ¡Eres un salvaje!

Goran asintió sin dejar de mirarla. Sus manos acariciaron los muslos suaves de Lizia y agarrándola por las rodillas, le hizo abrir más las piernas.

Lizia sintió cómo su trasero se arrastraba hasta quedar al borde del escritorio y entonces escuchó el sonido de la hebilla del cinturón y la cremallera al bajarse.

—Un maldito bárbaro —susurró mientras se tendía de espaldas, acomodándose impaciente por la invasión que sabía que vendría.

Cerró los ojos y apretó con fuerza los labios para que no se escucharan sus gemidos.

No podía creer que se la follara en el despacho de su madre.

Notó la punta de su polla justo en la entrada y gimoteó.

—¿Siempre estarás tan dispuesta, esposa? —de nuevo ese acento tan sensual.

Qué podía contestar a esa maldita pregunta que no la delatara. Que no evidenciara el maldito deseo que, Goran Savic le despertaba a todas horas.

Lo escuchó resoplar, gimiendo de placer al notar cómo su humedad lo empapaba.

Goran empujó en su interior y la espalda de Lizia se arqueó al tiempo que cerraba los ojos.

Por instinto, Lizia levantó los brazos sobre su cabeza, y con ambas manos se agarró a la mesa. La sensación era maravillosa, pero no podía decir que no sintiera esa plenitud, como lo que era, una invasión jodidamente ruda y maravillosa.

—¡Oh! ¡Savic!

Él chistó para hacerla callar.

—¿En serio…? —se burló con cada embestida—. En… casa… de… tus… padres. —La taladró con cada palabra.

Escuchó sus gimoteos y la notó cómo su interior se apretaba cada vez más en torno a su miembro. Estaba a punto de alzar el vuelo y él se vio sonriendo.

—Oh, sí, preciosa.

A cada penetración la empujaba más hacia el precipicio, y finalmente una de sus manos dejó de agarrarle las caderas y la llevó al centro de su deseo, acarició los pliegues mojados y tocó el pequeño botón, duro y palpitante.

La escuchó gritar y la otra mano voló hacia su boca, silenciándola mientras él seguía con sus embestidas fieras.

Oía los grititos amortiguados y notaba las vibraciones contra su boca.

Las piernas de Lizia lo rodeaban, haciendo imposible que se apartara.

Echó la cabeza hacia atrás rugiendo. Como si él tuviera intención de dejarla marchar.

El pulgar frotó con más fuerza y mientras ella se corría con el roce de sus dedos y la penetración de su polla, Savic apretó los dientes para retrasar su orgasmo. Quería verla terminar.

Lizia convulsionó sobre la superficie de la mesa. Goran apartó la mano de su boca y la sujetó por las caderas, de nuevo embistiendo a un ritmo frenético.

Lo sintió correrse en su interior. Notó la simiente cálida llenándola por completo y volvió a remontar el orgasmo que ya casi había dado por finalizado.

—¡Joder! —gritó.

Él volvió a cubrir su boca, y a pesar de esa mano siguió gimiendo y gritando presa de un placer indescriptible.

Él se dejó arrastrar por esa ola de placer, penetrándola tres veces más, hasta haberse vaciado por completo.

Intentó recuperar la respiración y se dio cuenta que ella hacía lo mismo. La contempló sonriendo mientras sus manos rudas la acariciaban desde el cuello hasta sus tornadas piernas.

—Eres un jodido milagro —le dijo su esposo, intentando enfocar la visión—. Una maravilla.

Su sonrisa se ensanchó, pero era incapaz de moverse, a excepción de sus piernas que enroscaban la cintura de su marido, que cayeron a ambos lados de sus caderas. Se quedó tendida sobre el escritorio, con las piernas abiertas y colgando sin tocar el suelo.

Savic dio un paso atrás, recomponiéndose la ropa y abrochándose de nuevo el cinturón.

La miró, aún con la respiración agitada. Se moría de ganas de ver sus pechos sueltos, de verla desnuda por completo, pero tendrían que esperar a otra ocasión, que se juró no tardaría en producirse.

Cogió las bragas rotas de su esposa que había dejado sobre la mesa, y se las metió en el bolsillo.

—¿Qué haces? —preguntó incorporándose sobre sus codos—. Dámelas, no puedo ir por la casa de mis padres sin bragas.

Él sonrió como única respuesta sobre el tema.

—Baja. —Se inclinó y la tomó por la cintura, poniéndola en pie.

Las piernas de Lizia aún temblaron cuando se sintió de nuevo en posición vertical. Tuvo que apoyar una mano sobre el escritorio y miró a su esposo con desaprobación. Él era el único culpable de que fueran de gelatina.

—¿Has mandado recoger tu equipaje? —preguntó su esposo—. Nos vamos en dos minutos.

—Goran…

Él la besó, un beso que solo pretendía ser un roce de su boca, pero su lengua no pensaba lo mismo, quería saborearla de nuevo.

Sabiendo que si continuaba así estaría perdida de nuevo, lo empujó para apartarlo. Fue un empujón suave que solo consiguió su objetivo porque él se lo permitió.

—Dos minutos —dijo apartándose un poco más sin perder esa sonrisa de satisfacción.

Caminando hacia la puerta del despacho, la dejó sola. Ella apoyó ambas manos sobre el escritorio para no caerse.

—Maldito salvaje.

Tendrían que hablar sobre lo que un hombre podía y no podía hacer en casa de sus suegros.