Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando llegaron a casa de los Manzini, a Lizia le sorprendió que su madre saliera corriendo de la casa. Descendió los escasos peldaños de mármol que separaban el camino de adoquines grises y la mansión de los Manzini.

Goran salía del coche cuando Lizia ya caminaba hacia su madre. No iba a permitir que le abriera la puerta, seguía enfadada con él.

—¡Cara mia! —Su madre se echó a sus brazos.

—Mamá… ni siquiera ha pasado un día.

—Un día es una eternidad —dijo hipando—, y más cuando una sabe que estás en territorio enemigo —esto último lo dijo apenas en un susurro contra su oído.

Lizia miró a su esposo que saludó a su madre, pero no recibió respuesta por parte de Deyanira. La beldad rubia lo miró como a un insecto y se dio media vuelta sin soltar la mano de su hija.

—Entrad, tomaremos un café y… —miró a Savic—, con un poco de suerte, Leo podrá ponerse en pie y acompañarnos.

Los recién casados se miraron, ¿de qué demonios estaba hablando su madre?

No tardó mucho en averiguarlo.

Mientras les servían café en el saloncito, veinte minutos después, Antonio Manzini guardaba silencio al ver cómo Leo aparecía con unas muletas y con el rostro tan hinchado que parecía irreconocible.

Lizia se puso en pie de inmediato y Goran alzó las cejas.

Joder… ¿qué cojones había pasado en su boda? ¿Y por qué nadie le había informado? Tendría que hablar con Kalev, para que se pusiera las pilas, no quedaba bien no enterarse de lo que pasaba bajo su propio techo.

—Parece que lo pasaste en grande en la boda —le dijo Goran a Leo.

Lizia se tensó a su lado y le lanzó una mirada de desaprobación, pero Savic se limitó a encogerse de hombros mientras apoyaba el tobillo sobre su rodilla y se relajaba en el sofá de casa de sus suegros. Una familia encantadora, sobre todo su cuñado que lo miró como si todo hubiera sido culpa suya.

—¿Qué ha pasado? —Lizia abandonó el sitio que ocupaba en el sofá junto a su esposo y se acercó a Leo, este le dio un manotazo en la mano cuando iba a tocarle la cara, para comprobar los daños.

Savic se puso en tensión.

Apretó los puños y lo dejó pasar, de momento.

Nadie trataba mal a su esposa, ni siquiera el hermano imbécil que al parecer había cabreado a alguien, lo suficiente para darle una paliza.

—¿Quién fue? —Lizia miró a Savic por encima del hombro.

Y él le devolvió la mirada incrédula.

—No fui yo, querida. Si hubiera sido yo, no estaría de pie, sino bajo tierra.

—¡Oh! —Su madre se echó a llorar y su padre siguió guardando silencio, pero realmente molesto por todo el lamentable espectáculo.

Por lo que pudo captar Savic, su suegro sí tenía muy claro quién le había hecho aquello a su bonita cara.

Lo miró y pareció querer comentarlo con él. Quizás fuera eso, o el llanto de su esposa quien lo empujó a ponerse en movimiento, mientras su hijo se sentaba, quejándose de sus costillas rotas y su traumatismo craneal.

—Si nos disculpáis —dijo Antonio Manzini dirigiendo una mirada a Savic.

Este se levantó y se encaminó tras él, hacia su despacho privado.

—¿Dónde vais? —Lizia los miró a ambos y después a su hermano.

¿Iban a hablar de lo sucedido, y sin ella? No sabía por qué se extrañaba.

—Volveremos enseguida, vamos a tomarnos un whisky, querida —le dijo a su hija.

Savic desapareció tras Manzini, guiñándole un ojo a su esposa, que estaba aún más furiosa que cuando llegó.

La puerta del despacho se cerró sin ruido alguno y su suegro le ofreció asiento en uno de los sillones de la biblioteca.

—Es imposible que hayan sido mis hombres y que yo no me haya enterado.

Fueron las primeras palabras que salieron de la boca de Savic, mientras Antonio Manzini servía un par de copas. Estiró el brazo para que tomara el vaso de cristal tallado y luego se sentó frente a él.

—Ni fueron tus hombres.

Después de unos segundos de silencio, Antonio empezó a hablar.

Se le veía cansado, tenía bolsas bajo los ojos y su tono de piel distaba mucho de ser el ideal.

No podía haberse excedido tanto en la fiesta, pues Savic sabía que no se había retirado excesivamente tarde.

Todo ello sumado a que su mujer parecía tener los nervios destrozados, y que su hijo había recibido una paliza de muerte…

le hizo sospechar al jefe de los serbios que había algo que andaba realmente mal.

—Verás… —no sabía por dónde empezar—. Me estoy muriendo.

Joder. Esa frase a bocajarro… Goran sabía que el asombro se había reflejado en su rostro, pero por fortuna, no había nadie más en la habitación para apreciarlo.

—Sí, sé que la noticia no ha trascendido, quizás porque no es algo que llame la atención cuando las vidas de las tres familias están cambiando tanto.

Savic asintió, pero no dijo nada.

Tomó un trago del licor y apoyó la espalda contra el respaldo del sillón, esperando la explicación de su suegro.

—Me diagnosticaron cáncer de hígado, hace un mes. —Tosió después de tomar un trago de licor, y finalmente optó por dejar el vaso en la mesa baja que estaba entre ambos—. Me dieron tres meses de vida. Me quedan dos… o bueno, tal vez dos semanas sería más ajustado ¿no crees?

—Lo lamento.

Y se sorprendió lamentándolo de veras.

Lizia sufriría, y eso le disgustaba de veras.

—Quería dejar mis asuntos en orden.

—Y por eso se ofreció tan rápidamente a ceder a su hija en matrimonio.

Antonio asintió.

—Y no me arrepiento. Os vi bailar anoche. —Savic se esforzó por no demostrar nada de lo que sentía, pero no quería mentir al hombre que tenía frente a él, no se lo merecía.

—Está a salvo conmigo.

—Lo sé, por eso acepté el trato. Hice feliz a Salvatore uniéndome a tu familia. Sabía que si me pasaba algo, Lizia estaría protegida, y que ella, al ser la más inteligente, haría lo que fuera necesario para proteger a sus hermanas.

Savic asintió.

—Ahora somos familia, también estarán protegidas, y su mujer —dijo alzando la comisura de la boca—, aunque me odie.

—Creo que no es odio, es miedo. No te conoce.

—Tú tampoco.

—Pero protegerás a Lizia.

Savic apretó el cristal con fuerza, como si le cabreara que alguien lo dudara.

—Lo haré.

—Bien, bien… entonces solo me quedaría… Leo.

El drogadicto, inútil y rastrero.

Con sumo gusto le pegaría un tiro para que dejara de sufrir, pero mejor guardarse su opinión, se dijo Savic. Por muy imbécil que fuera Leo, seguía siendo su hijo.

—Al parecer ha tenido un pequeño problema.

—Ha tenido un gran problema —le dijo a Savic—, con Salvatore.

Savic echó el cuerpo hacia delante, sorprendido e interesado en el asunto.

—¿Qué pasó?

—Le dio una paliza.

—Eso es bastante obvio. Apenas puede caminar, y respira con cierta dificultad.

—Sí —asintió Antonio—. Cuatro costillas rotas, hematomas, le saltaron cuatro dientes. Pero está vivo, acaba de salir del hospital, alta voluntaria. Se marcha esta tarde a Méjico.

Savic asimiló toda aquella información.

Salvatore tenía tratos con los mejicanos que le proporcionaban la materia prima para distribuir en sus locales y en toda la zona de la costa.

Mendizábal, el jefe mejicano, tenía fama de guerrillero, un hombre duro al que no le gustaban las tonterías.

Si el imbécil de Leo seguía como hasta ahora, lo devolverían en una bolsa, o simplemente desaparecería en el desierto. Su padre lo sabía, y debía mirar hacia otro lado.

—¿Has advertido a Leo que puede ser una sentencia de muerte?

Antonio asintió.

—Sí, y lo lamento, es mi hijo —dijo perdiendo la mirada por la ventana.

—¿Eso significa que el compromiso con mi hermana debe cancelarse?

Antonio respiró hondo.

—Al parecer Giovanni Salvatore quiere hacer un cambio. Algo que cree que te agradará y que puede que Aleksandar también acepte.

Los ojos de Savic se agrandaron.

—¿Va a ofrecerse a sí mismo para el sacrificio?

—¿Por qué no? —dijo Manzini—. Lo que me extraña es que tanto tú, como Perkovic no le hubierais obligado…

—No era el Don, su padre hizo el cambio de poder después de Corfú. Y con sinceridad, no hay mujeres en la familia Perkovic y Novak, y casar a una de mis hermanas con Salvatore… me pareció impensable. Los italianos suelen casarse con miembros de la familia, para eso educan a sus hijas.

Si las palabras disgustaron a Antonio, no lo demostró.

—Sea como sea, os llamará. Estoy seguro de que lo hará en breve, no es negligencia —lo excusó el padre de Lizia—, quizás pensó que un día después de la boda no era lo apropiado.

Savic chasqueó la lengua con disgusto.

No le gustaba una mierda no saber qué coño estaba pasado. Porque estaba claro que había pasado algo, estaba seguro. ¿Qué demonios había hecho Leo para que Salvatore lo despachara de esa manera? ¿Y el nuevo Don de la mafia italiana? ¿Por qué demonios se ofrecía para casarse con Marija?

—¿Cómo es a nivel personal, Giovanni Salvatore?

Si iba a casarse con su hermana, quería saberlo.

—Sinceramente… Giovanni es un buen hombre, culto y educado, pero…

—¿Pero?

—Pero he visto a hienas tener más piedad de sus víctimas que él. Es despiadado cuando se trata de proteger lo que es suyo.

—¿Lo dices por lo que les hizo a los Savino?

—No tocó a las mujeres, viven exiliadas en Chicago, pero… a los hombres que osaron oponerse a su ascenso… digamos que no fue lento.

—Entiendo. —Sonrió Savic para sorpresa de su suegro—. Nos caeremos bien.

Quizás sí, pensó Manzini. Dos auténticos lobos hambrientos de poder, y dispuestos a lo que sea para proteger su territorio.

—Referente a Leo —dijo Antonio—, demos por terminado el compromiso.

Savic asintió.

—Mi hijo… nunca sirvió para ser algo más que un soldado raso. Demasiada ira incontrolada, es caprichoso y tiene muy poco cerebro. Ojalá Lizia hubiera sido un hombre. Ella sí hubiera mantenido en alto el apellido de los Manzini.

Pero había nacido mujer, y Savic no podía estar más feliz de eso.

—La cuidaré, y cuando usted falte a su mujer y a sus demás hijas no les faltará de nada, al menos hasta que se casen con los croatas.

—Eso me lleva a pedirte otro favor.

No le gustaba hacer favores a la gente, en parte porque solían ser cosas que no quería hacer y que le reportaban poco beneficio.

—¿Y qué es?

—Sé que Radmila se casará con Aleksandar Perkovic.

Así sería, si su hermana llegaba al altar y no lo mataba antes.

—¿Y?

—Sé que los gemelos con quienes mis hijas deben casarse son los brazos ejecutores de Aleksandar, seguro que pasarán tiempo juntas, y creo entender que tu hermana Radmila es una mujer que sabe cuidarse sola.

Lo era.

—Sin duda.

—Solo quiero que le eche un vistazo.

¿Pedía protección para Bianca y Bella?

Savic no iba a proponérselo a su hermana, sería contraproducente. Pero tenía muy clara una cosa. Si a Radmila las hermanas de Lizia le caían bien, le daría igual quiénes fueran los gemelos Novak, las protegería, aunque significara tener que partir un par de huesos y enfrentarse a su marido.

—Creo que no puedo pedirle a mi hermana que se ponga en contra de los hombres de su esposo —dijo Savic y vio la expresión desolada de Antonio—, pero créame que Radmila cuida de los suyos, si algo es mi hermana, es leal.

Dudo que consienta que las hermanas de su cuñada sufran a manos de alguien, aunque esos sean sus maridos.

Antonio asintió y le dedicó una preocupada sonrisa.

—Me conformo con eso y lo agradezco.

Pero Savic podía ver que, ante sí, había un hombre preocupado por su familia. Una familia que tendría que dejar mucho antes de lo esperado.

—En cuanto a Lizia… —dijo Antonio mirándolo con fijeza.

Savic asintió.

—Estará a salvo y si alguien intenta algo contra ella —la mano de Goran se estrechó en un fuerte puño, hasta que sus nudillos se pusieron blancos—, morirá. Y no será rápido.

Le tendió la mano a su suegro y este la tomó.

Había una gratitud infinita en su mirada, y Savic se sintió satisfecho al haber prometido cosas, que en realidad no habría hecho falta ni mencionar.

Los Manzini ahora eran como su familia, y si la manzana podrida no volvía, todo iría bien.