Capítulo 16
Apenas un minuto después, Goran entraba en su despacho, con semblante sombrío.
Suspiró al ver a Radmila.
Ella allí toqueteando las pequeñas esculturas de la repisa de la chimenea, significaba problemas. Desde luego no podía pasarle desapercibido el cambio de decoración, a causa del estropicio de la noche anterior.
—¿Y de qué querías hablarme?
Savic se sentó tras su escritorio de caoba y Radmila se paseó con sus pantalones ajustados y su top negro a juego.
Que su hermana enseñara el ombligo era algo que a Savic ya no le disgustaba, su ropa ajustada y provocativa era una auténtica batalla perdida.
Al menos cuando dejó de presionarla optó por los pantalones de cuero y no por minifaldas donde se le veía el trasero.
Un hombre no debería tener que ver a su hermana con según qué ropa.
—Verás… —Radmila se volvió hacia él y arrastró la palabra hasta en un tono que claramente decía que estaba pensando con detenimiento lo que iba a decirle.
Savic la vio avanzar hacia donde estaba. Optó por sentarse en la silla vacía frente a su mesa.
—¿Sí?
Radmila juntó las yemas de los dedos y respiró hondo.
—Bueno…
—Me estás poniendo nervioso —le gruñó.
—Aleksandar Perkovic —dijo a bocajarro.
No, no… no podía ser cierto que el desastre que Dona había tenido que recoger esa mañana se debía a que Radmila había matado a ese hombre.
Su hermano se inclinó en la silla y suspiró con disgusto.
—¿Está vivo?
Ella lo miró sorprendida.
—Sí, por supuesto —le sonrió con descaro—, ¿creías que me lo había cargado?
—Sinceramente, hermanita, con los años me he dado cuenta de que si me pongo en lo peor no me llevo muchas sorpresas.
—Pues, en este caso te equivocas, ese… hombre, sigue vivo.
A Savic no le pasó por algo que su hermana no sabía cómo describir a Aleksandar Perkovic, su futuro esposo.
—Me alegro, porque vas a casarte con él.
Ella chasqueó la lengua con disgusto, pero se encogió de hombros.
—Lo sé.
—Hablo en serio —dijo su hermano—. Creí que ya lo habíamos hablado. Tú estuviste de acuerdo en hacer el mismo sacrificio que yo para que la familia ganara en prestigio y posición. ¿Te olvidas la cantidad de dinero que traerá consigo estos acuerdos?
Radmila puso los ojos en blanco y levantó una mano para hacerle callar.
Nadie hacia eso, jamás.
Nadie era tan estúpido como para hacer callar a Goran Savic, el jefe de la mafia serbia del Adriático, pero Radmila sabía la predilección que él tenía por sus hermanas y se aprovechaba, no así se aprovechaba Marija, quien claramente tenía más influencia entre sus hermanos.
—Voy a casarme con Aleksandar —dijo ella resuelta—. De lo que quiero hablar es que anoche estuvo aquí, en este despacho.
—Ya lo suponía —dijo como si fuera evidente.
—Claro. —Cómo no saberlo. A Goran no se le escapaba nada.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Dana se encontró el desastre, esta mañana. —La miró fijamente—. ¿Os peleasteis?
—¿Esa es tu pregunta? —dijo Radmila ofendida—. Sabes que Aleksandar se coló en tu despacho y preguntas si nos peleamos.
—Parecía, palabras de Dana, como si un tornado hubiera devastado tu despacho. Así que sí, mi pregunta es esa. ¿Cómo de mal quedó la cosa? Veo que sigues viva, ¿está él herido de muerte? ¿Debo prepararme para una guerra contra los croatas?
Radmila juntó los labios e hizo un sonido despectivo.
—No. Solo… nos divertimos un poco. Rompimos un par de sillas y el espejo.
—Me encantaba ese espejo.
—Tú y tus gustos por las antigüedades… —Puso los ojos en blanco—. Lo que quiero decirte es que no tienes que preocuparte, me encargaré de él.
Savic alzó una ceja.
—¿Cómo?
—¡No voy a matarle! Qué poca fe tienes en mí.
—Ninguna cuando se trata de hacer algo que no quieres.
—Ya te dije que me sacrificaría si con ello conseguíamos poner a salvo a la familia. —Hubo unos instantes de silencio, hasta que añadió—: Estoy más que dispuesta a casarme con él, y no porque me caiga simpático, de hecho, tendré que esforzarme mucho para no abrirlo en canal…
—¡Radmila!
—Lo sé, lo sé… te prometo que me comportaré tan bien como Perkovic se comporte.
—Eso no me consuela.
—A mí lo que me preocupa —dijo poniéndose más seria— es Marija.
Los dos se miraron en silencio, no porque tuvieran miedo de hablar de ello, pero la preocupación por su hermana pequeña era evidente, y ambos sabían que era su talón de Aquiles.
Si Radmila tuviera problemas con Aleksandar, Goran sabía que de alguna manera se las arreglaría. O bien domándolo o bien matándolo, pero con Marija… Si el imbécil de Leo se atrevía a hacerle algo… él tendría que matar a su cuñado, y eso disgustaría a Lizia.
—La vigilaremos —dijo finalmente Savic—. Pondré a un hombre en su casa.
—¿Será suficiente? Porque no pareció que anoche tuviera mucho problema para entrar en tu despacho.
—¿Qué propones? —preguntó Savic.
—Quizás dejarle claro a tu cuñado que si toca un pelo a nuestra hermana… perderá algo más que la mano.
—A Salvatore no le gustará que amenace a uno de sus hombres nada más convertirnos en familia.
Radmila lo miró, expresando sin palabras que le importaba una mierda Giovanni Salvatore, y que el nuevo Don tendría que hacer que su hombre se comportara o se quedaría sin uno de sus capos.
—Algo se nos ocurrirá —dijo Goran—. ¿Algo más?
Radmila sonrió enigmática.
Dio la vuelta a la mesa y al apoyar su trasero sobre la superficie, sacó de su bolso el fajo de billetes que le había dado Aleksandar la noche anterior.
Goran enarcó una ceja.
—Dijo algo de un pago por la mercancía, o algo así… —Radmila no perdió la sonrisa, pero había un deje de cabreo en su voz—. Insinuó que la mercancía era yo…
—¿Y le reventaste la cabeza contra el espejo? —preguntó curioso.
—Fue un accidente, no pensé en cargármelo antes de la boda.
Savic no sonrió ante la broma de su hermana, lo cual quería decir que estaba preocupado. La escuchó suspirar y Radmila volvió a ponerse en pie para, acto seguido, alejarse de la mesa.
—Ten mucho cuidado con él.
Radmila se limitó a mirarlo una última vez por encima del hombro antes de salir del despacho.
—Haz un buen trato con él. —Fue una advertencia para su hermano—.
No seré prisionera de ese psicópata. Es mejor que lo sepa de antemano.
—Esperaba que su hermano la entendiera—.
Prefiero ser viuda a tener un maniático del control respirando en mi nuca.
Voy a seguir trabajando, Goran. Tú eres el jefe, pero te aseguro que nadie me quitará lo que tantos años me ha costado conseguir.
Savic estaba seguro de que, si ella hubiera nacido hombre, le hubiera sido realmente difícil que la familia no se pusiera de su lado para que llevara las riendas de los negocios.
Radmila era implacable. Mucho más calculadora que él, avispada, sabía atar los cabos sueltos de cualquier negocio y anticiparse a los problemas.
Sabía que cuando se marchara a Zadar, tendría dificultades para cubrir su puesto.
—Será un buen trato y tú mi mano derecha en Croacia. Ahora que nos dejarán amarrar nuestras embarcaciones sin problemas en sus costas…
No le dijo nada más, pero Radmila esperaba que el trato cumpliera unos mínimos requisitos, como que ella pudiera seguir trabajando para la familia, algo que hacía jodidamente bien. Savic no quería renunciar a ella, por lo que también esperaba que Aleksander no se opusiera.
Por supuesto, Radmila haría lo que quisiera, pero le preocupaba las consecuencias.
—Y una última cosa —dijo cuando ella tomó el pomo.
—¿Sí?
—No vuelvas a inquietar a mi mujer, hablándole de jaulas de oro.
Radmila sonrió.
Una sonrisa sincera.
—Descuida, no lo haré.
No le pasó desapercibido que su hermano se había preocupado por los tiernos sentimientos de su mujer.
—Nos gusta nuestra nueva cuñada, solo para que lo sepas —dijo antes de cerrar la puerta.
—Sí —dijo a nadie—, a mí también me gusta.
Cuando Savic salió de su despacho, se alegró de que al menos su hermana Radmila estuviera tranquila.
No sabía cuán delicado había sido ese encontronazo con los croatas, pero conociendo a su hermana Radmila, estaba convencido de que Aleksandar sabría con qué clase de mujer se casaba.
Ahora solo tenía que dejarle claro que, si la tocaba, lo despedazaría lentamente. Puede que fuera uno de los hombres más peligrosos de los Balcanes, pero Radmila era su hermana, su sangre… nadie tocaba a su familia.
Y hablando de familia, cuando Savic llegó a la entrada principal de la casa, la puerta estaba abierta de par en par y su esposa parecía enfrascada en discutir con Iván.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó Goran acercándose.
Lizia se volvió hacia él y lo fulminó con la mirada.
—¿Cuatro?
Él la miró sin entender.
—¿Cuatro guardaespaldas?
Goran alzó una ceja y se abrochó la chaqueta bajando los escalones hacia el coche que esperaba.
Había tres hombres rodeándolo, más Iván que la miraba como si se hubiera vuelto loca, eran cuatro.
Y a él le parecían insuficientes.
Sí, entendía que, a los ojos del mundo, igual cuatro hombres escoltando a su mujer para ir a ver a sus padres era un poco exagerado, pero solo dos…
esa mañana había decidido que no podía ser.
Al fin y al cabo, su esposa ahora era una Savic, y mientras el pacto de Corfú no se cumpliera en su totalidad, no creía prudente dejar al destino las buenas intenciones de Giovanni Salvatore y Aleksandar Perkovic.
Abrió la puerta del piloto y miró a su mujer.
—Sube. —Ella parpadeó confusa, después miró a Iván que se cuadró más de lo que Goran creía posible y descendió los peldaños—. La llevaré yo. No os necesito. Vigilad la casa.
Ella se acercó al coche y agarró la manija de la puerta. La abrió de un tirón mientras fulminaba a los hombres con la mirada.
—Ridículo —escuchó que murmuraba.
Savic la ignoró, y sus hombres abrieron los ojos sorprendidos cuando su jefe sonrió sin poder controlarse.
—Iván —le llamó antes de subir al coche.
—¿Jefe?
—Averigua qué pasó anoche en la casa. Hubo una visita inesperada.
Iván asintió como si ya lo supiera.
—Sí.
—Hablaremos cuando vuelva, averigua cómo comunicarte con Perkovic, quiero hablar con él.
—Claro, jefe.
Los hombres formaron tras el coche, y se dispersaron cuando Goran salió disparado por el camino de grava.
—Cuatro hombres, eso es… —Lizia dejó de hablar al ver que su enfado le divertía—. Eres increíble.
—Lo soy.
Guardaron silencio varios minutos. Solo tardarían cinco más en llegar a casa de sus padres, una mansión con vistas al mar, como la de Savic, pero en otra zona de la ciudad, donde siempre había vivido su familia, más cerca de casa de los Salvatore.
—¿Vas a decirme a qué venía eso de la seguridad de la casa?
—Nada de lo que debas preocuparte.
Ella lo miró, pero la vista de Goran seguía fija en la carretera.
—Acabaré enterándome de todos modos.
—Perfecto, pero no será por mí —le dijo—. No voy a perder tiempo hablando de negocios contigo.
Lizia se mostró ofendida.
—¿Por qué no lo entendería?
—Porque contigo prefiero hablar de otras cosas.
La mano de Savic se puso sobre su muslo, y ella parpadeó incrédula. No hizo ademán de descruzar sus brazos, que tenía fuertemente apretados contra su pecho, pero miró la mano de su esposo.
Notó su palma calentar el muslo y al final empezó a respirar con cierta dificultad.
Por la sonrisa que lucía en su cara, estaba muy orgulloso de sí mismo.
Lizia descruzó los brazos y pisó su mano sobre la de él, para apartarla.
No tuvo éxito, y después de un intento fallido, la dejó ahí, sobre la de él, agarrando sus dedos, menos el pulgar que empezó a trazar círculos sobre el vestido de gasa.
Mierda. La respiración de Lizia se volvió más errática.