Capítulo 15 #2
Esa conversación quedaría pendiente, pensó Radmila. Pues querría saber quién demonios se habría atrevido a hacerle sentir mal.
Tomaron el desayuno entre conversaciones acerca de los invitados, de los vestidos de las damas, la comida, la música… A Marija se le borró la sonrisa en una ocasión, y no lo pasó por alto Lizia, pero enseguida volvió a su encanto habitual.
Tímida y recatada, era todo lo contrario que Radmila.
Cuando hubieron terminado de desayunar, Dana volvió para recoger las bandejas, junto a dos muchachas más.
Lizia las miró detenidamente, y se enfadó consigo misma por estar evaluándolas como competencia.
—Me gustaría ir a buscar un par de cosas a casa de mi padre —dijo Lizia para desviar la atención y no sentirse más estúpida de lo que ya se sentía al mirar a las chicas del servicio.
Vio a Goran asentir.
—Kalev te acompañará, yo tengo asuntos que resolver esta mañana.
—Kalev…
—Es el bastardo de mi padre, pero tiene un rango elevado en la familia —dijo Savic.
Sí, lo recordaba.
Hermanastro de Savic.
—Fingen que se odian —le informó Radmila—, pero todo el mundo sabe que se adoran. Es dos años mayor que Goran, pero al ser bastardo…
—En serio, sin dramas familiares en el desayuno —dijo Marija.
—En fin —la ignoró su hermana—, está durmiendo, no lo verás antes de la comida —dijo Radmila—. Por cierto, hoy comeremos tarde, a las dos.
Su hermano asintió.
Lizia los miraba algo desconcertada.
Parecían una familia normal, con sus bromas internas y problemas. Marija fue quien más la sorprendió. Parecía a gusto con sus hermanos, nada que ver con su actitud retraída de la cena de compromiso, y mucho menos de la boda.
Después de limpiarse los labios con la servilleta, Savic hizo el intento de ponerse en pie, pero la mirada de su hermana lo detuvo.
—Por cierto, tenemos que hablar —dijo Radmila.
Frunció el ceño, pues rara vez su hermana tenía problemas para hablar de cualquier cosa, aunque no estuvieran en privado. Pero, al parecer, su matrimonio también había cambiado eso.
Miró a Lizia y después a ella y asintió.
—No es urgente, pasaré a verte al despacho dentro de un rato.
Él asintió, después miró a su esposa y le dijo:
—Te pondré dos escoltas.
—¿Cómo? —Eso le había sorprendido.
—Hoy te acompañaré a casa de tu padre, pero después… —pareció vacilar, como si no estuviera acostumbrado a dar explicaciones—, cada vez que salgas después de hoy… me lo comunicarás, a mí o al jefe de seguridad. Seguramente Zoran será tu guardaespaldas.
Radmila soltó una risotada y se disculpó.
—Lo siento. Zoran es un gran tipo. Un buen guardaespaldas.
Había algo ahí, pero Lizia no supo qué era.
—También Iván —añadió Savic.
Radmila alzó el pulgar en señal de aprobación.
Lizia los miró desconcertada. ¿Dos guardaespaldas? Si el único peligro que había en las calles de Bari eran las vendettas entre los hombres de los Salvatore y los de su esposo, debería ser seguro andar sola por ahí, ahora que todo se había solucionado gracias a la boda.
—¿Crees que es necesario que tenga guardaespaldas?
—Lo es.
Pues vale, no había nada más que hablar.
—No te asustes —le dijo Radmila—, son hombres muy silenciosos y muy guapos. Ni te darás cuenta de que estás en una jaula de oro.
—¡Radmila! —le advirtió su hermano.
Pero Lizia sabía qué quería decir.
—¿A partir de ahora tendré que dar cuenta de dónde voy y con quién?
Él alzó una ceja como si fuera evidente y Marija se inquietó. Ya que no quería que discutieran por tonterías.
—¿Acaso quieres ir a ver a alguien…?
—Si lo dices así, es como si insinuaras que tengo un amante. Y no es cierto.
Radmila se rio antes de tomar otro sorbito de café. Pero a Lizia no le pareció nada divertido.
Estaba dispuesta a ignorarla.
—Tengo amigas, ¿sabes?
—Ni te esfuerces —dijo Radmila viendo cómo los esposos se sostenían la mirada—. Yo también tenía, y las perdí. A mi hermano no le importa que languidezcamos solas en esta casa enorme mientras él juega al señor de la guerra.
Goran la fulminó con la mirada.
—¿Cuándo no has hecho tú, tu endemoniada voluntad?
Radmila no respondió, pero su sonrisa se volvió más amplia.
—Además no es cierto lo que dices —se defendió él mirándola con fijeza—. ¿Quieres que te encierre en una jaula de oro? Quizás así reduzcas los gastos en el club nocturno que vas tres veces a la semana, o las compras de lujo que me obligas a pagar.
—No seas así —bufó Radmila—, yo también trabajo para la familia, es normal que tenga algún beneficio.
¿Trabajaba para la familia? Lizia sabía que se dedicaban al narcotráfico, mercancías de todo tipo, menos la humana. A Savic no le gustaban esas cosas, y creía que Marija tenía algo que ver en eso.
—Nos veremos a la hora de la comida —dijo Goran a nadie en particular.
Se inclinó y besó la mejilla de Marija. Radmila por su parte le hizo un gesto con la cabeza que indicaba que iba hacia su despacho y que lo esperaba ahí para hablar.
Cuando todos se levantaron de la mesa, Goran la tomó de la muñeca y dejó que sus hermanas salieran. Lizia sintió cómo su corazón latía más fuerte, y sus mejillas se calentaban.
¿Esa sería su primera reprimenda? ¿Su primera orden directa?
Esperó con la mirada fija en él, que hablara.
Él dio la vuelta a la mesa y puso una mano sobre el respaldo de su silla. Lizia no se movió.
—Me gustaría…
—¿Que no expresara mi opinión delante de nadie? ¿Que no saliera, ni tuviera amigas? —Bueno, eso ha sido un poco injusto, reconoció Lizia, pero no pensaba quedarse ahí como una de sus antigüedades, que todo el mundo miraba y nadie podía tocar.
Savic apretó los labios y no dijo nada durante varios segundos. Tampoco dejó de mirarla.
—No iba a decir nada de eso. —Lizia entreabrió los labios, pero no habló, en cambio Savic alzó la mirada y le dijo sin tapujos—: Me gustaría que no miraras con fijeza las cicatrices de mi hermana Marija.
—¿Qué?
Eso la dejó clavada en el sitio.
—No le gusta, es demasiado buena para decírtelo. No lo hagas, se pone triste. Y a mí, no me gusta que se ponga triste, dragi.
Ella parpadeó, sintiéndose culpable.
—Lo… lo siento. Te juro que no fue mi intención. Ni siquiera me di cuenta…
—Lo sé. —Goran asintió y dio media vuelta—. Llamaré a los hombres para que te acompañen a casa de tu padre.
Ella iba a decir algo, pero su esposo ya había desaparecido por el pasillo.
Se quedó sola y miró en derredor como si no supiera muy bien qué hacer y cuál era su lugar. Una sensación que mucho se temía, iba a perseguirla.