Capítulo 15
Horas después, Lizia no podía decir que se levantara descansada.
El sol entraba en la habitación y empezaba a hacer calor, por lo que ya habían pasado las primeras horas de la mañana.
Se vistió con un suave vestido blanco, holgado, para enfrentarse al calor del verano y a su nueva familia política.
No creía que hubiera mucho problema con eso, ya que sus cuñadas, que seguro irían a su encuentro para curiosear, parecían ser inofensivas. Una más que otra.
Cuando bajó los peldaños de la escalera principal y miró alrededor para decidir dónde debía dirigirse, una mujer captó su atención.
—Buenos días.
Lizia correspondió al saludo de la mujer.
Iba vestida con un vestido hasta por debajo de las rodillas, un delantal inmaculado y un velo que le cubría la cabeza.
Su sonrisa era genuina cuando le correspondió el saludo. Debía tener casi sesenta años, aunque su expresión feliz aniñaba su rostro. Tendría que ser Dana.
Llevaba una bandeja en las manos, con varias frutas.
—El desayuno está servido, la señorita Radmila acaba de bajar, y Marija les ha esperado para desayunar. Están en el comedor de desayuno. Sígame, señora —lo dijo con respeto y sin que su sonrisa desapareciera.
Lizia se encogió de hombros y la siguió.
Atravesaron el primer salón y se perdieron por uno de los pasillos que daba a otro salón, más abierto, con grandes ventanales hacia el exterior. Una de las cristaleras estaba abierta, y la temperatura era agradable cuando la brisa pasó por ella.
—Buenos días —se animó a decir Marija nada más verla entrar.
Dana dejó la fruta sobre la mesa, y Lizia se dio cuenta de que había absolutamente de todo. Parpadeó incrédula.
—Sí, el desayuno es la mejor comida del día —le dijo Marija amigable—. Siéntate, por favor.
Le ofreció la cabecera de la mesa y Lizia dudó, pero Marija insistió, golpeando el reposabrazos forrado con seda para que se animara.
—Ahora eres la señora de la casa, te corresponde.
Radmila bajó el periódico que tenía frente a su cara y le guiñó un ojo.
—Claro, ahora eres la señora de Goran Savic. —Le guiñó un ojo. Y aunque el tono no era nada burlón, sabía que ese comentario había sido hecho para evocar algo sexual.
Marija, sentada frente a su hermana, le hizo una mueca para que se comportara.
—Lo siento, aún no he tomado café.
—Mi hermana, Radmila, no habla si no toma café. Se levanta de mal humor.
Como si quisiera confirmar lo que decía Marija, Radmila continuó callada ojeando el periódico, y tomó un sorbo de café, fuerte y espeso.
Con timidez se sentó donde le indicaban. La mesa no era demasiado larga, quizás una para ocho comensales. Pero los asientos estaban dispuestos en cuadrícula, de manera que Radmila y Marija se sentaban una frente a la otra, y ella… frente a la silla vacía del otro extremo.
—¿No se ha levantado Savic?
Se dio cuenta de que había dicho algo que no debía cuando Radmila bajó el periódico y Marija se la quedó mirando con la boca entreabierta, como si quisiera preguntar algo y no se atreviera.
—¿Qué?
Radmila apuró el café y Lizia alzó una ceja, cuando su rostro se transformó. Parecía estar de mejor humor, y desde luego… podía hablar sin pelos en la lengua.
—¿Qué significa eso de que no sabes si mi hermano se ha levantado?
—No te entiendo. —Se hizo la inocente ante las palabras de su cuñada Radmila.
—Bueno, creo que, si hubieras dormido en la cama de mi hermano, sabrías si se ha levantado o no.
—¡Radmila! —la amonestó Marija.
—¿Qué? —Se inclinó hacia su hermana y susurró como si Lizia no estuviera delante—. No han dormido juntos —dijo en serbio.
—Eso no te importa.
—Claro que sí, y a ti —le dijo gesticulando con las manos—, debemos asegurarnos de que se lleven bien antes de largarnos de esta casa. Nuestro hermano es un poco… lento con las mujeres —esto último lo dijo mirando a Lizia.
Ella se encogió de hombros.
—No entiendo el serbio.
—Acabásemos. —Rio Radmila—. No te preocupes, solo intentamos averiguar qué tal te ha ido esta noche.
Lizia observó el despliegue de comida, dispuesta a ignorar a aquellas dos mujeres que seguro esperaban que su vida sexual les sirviera como entretenimiento.
—¿Y bien? —preguntó Radmila
—Déjala —la excusó Marija—. No tienes por qué contestar a sus interrogatorios.
—Pero podrías hacerlo —se burló—. Me alegrarías la mañana.
Lizia rio en contra de su voluntad. Radmila tenía un humor muy particular.
—Vamos, no seas así. —Hizo un mohín con los labios—. ¿Mi hermano te ha follado bien?
—¡Radmila! —se escandalizó Marija.
Pero no sirvió pues la mujer, sin atisbo de vergüenza, se encogió de hombros.
—Solo era por si querías que hablara con él. Algunos hombres no saben qué hacer con la boca o con…
—En serio —se quejó Marija y su hermana le lanzó una mirada de disculpa—. Debes parar.
Lizia soltó una risita por lo bajo, no pudo contenerse. Desde luego ese desayuno resultaba tan incómodo como divertido.
—Creo que fue bastante bien.
—Me alegro —se apresuró a decirle Marija—. Y no te dejes intimidar por mi hermana.
—Sí, sí —se ofendió la otra—. Pero mi oferta de hablar con mi hermano sigue en pie.
—Gracias, cuñada. Pero creo que no será necesario.
—¿Qué no será necesario?
Como si le hubieran invocado, Goran apareció por la puerta.
—Ahí está el novio —dijo Radmila, estirando el brazo y cediéndole el periódico—. No te preocupes, solo hablábamos de tu vida sexual —dijo su hermana mientras él se desabrochaba un botón de su impecable traje para sentarse en la cabecera de la mesa, frente a su esposa.
La miró a los ojos, como si valorara si habría sido capaz de hablar de su noche de bodas con sus hermanas. Desde luego Radmila habría querido sonsacarle información.
—Cállate, aún no he tomado el café.
—En eso somos iguales —le dijo Radmila a su nueva cuñada—. No somos de buen despertar.
Goran tomó un sorbo de café que Marija se apresuró a servirle, quizás para recuperar el habla, en lugar de lanzar gruñidos.
Se miraron a los ojos, como si sus hermanas no estuvieran presentes, pero a ninguna de las dos le pasó por alto la tensión que había entre ellos. Una tensión que no tenía por qué ser mala.
Radmila sonrió mientras sus ojos danzaban del uno al otro.
¿Por qué la miraba así? ¿Se estaba perdiendo algo? ¿Querría que fuera ella quien le sirviera?
Como esposa… ¡Dios!
Los serbios eran tan retrógrados…
Se sintió incómoda de pronto y apartó la vista mientras se llevaba un trozo de pan con aceite de oliva a la boca y Marija le alcanzaba las bandejas de comida a su hermano.
Se sirvió de la fuente de huevos revueltos y tomó pan y aceitunas…
cuando tuvo su plato lleno, miró al de ella que seguía vacío.
—Cambiemos de tema —dijo Marija—. Fue una boda muy bonita, y… —Miró a Lizia sonriente y le rozó la mano con cariño—. Estoy muy contenta de tenerte en esta casa, traerás aire fresco y risas, estoy segura.
—¡Oye! —se ofendió Radmila—. Lo dices como si necesitaras a alguien más. ¿No te basto yo?
Marija le siguió la broma.
—Siempre es agradable tener alguien nuevo con quién hablar.
Lizia le devolvió la sonrisa, pero aún era consciente de la mirada de Goran sobre ellas tres, como si estuviera evaluando la situación.
Desde luego debía ser extraño levantarse una mañana y ver que se había casado.
Apenas había pasado una semana desde que su padre le anunció su compromiso.
Quizás para él fue igual de sorpresivo el hecho de que las tres familias aceptaran esas bodas.
—Come —le dijo Goran, como si fuera una orden y no una sugerencia.
Ella lo miró sorprendida, pero se sirvió algo más de comida en el plato.
—Está obsesionado con la comida —susurró Radmila—. Te acostumbrarás.
Marija asintió también y le sirvió algo de café y le pasó más pan y queso.
—Gracias. —Lizia los miró a todos—. Veo que en esta casa se desayuna fuerte.
—Es importante —fue lo único que dijo su esposo antes de volver a centrar su atención en el plato.
No sabía qué esperar de los Savic, pero la cosa parecía ir mucho mejor de lo que se había imaginado.
Goran observaba a su esposa.
Esposa en todos los sentidos. Los papeles habían sido registrados y el matrimonio consumado. Aunque… lo de anoche lo había dejado con ganas de más.
Savic se revolvió en su cama durante horas, sintiendo la necesidad de volver a estar con ella.
Pero no le pareció correcto forzarla a estar con él de nuevo.
No cuando apenas se conocían, y seguro que ella necesitaría más tiempo para querer cierta intimidad.
Se había quedado escuchando los sonidos de la habitación contigua.
Escuchó el agua de la ducha correr, sin duda después de su clímax, lo necesitaba.
Había sido increíble. ¿Lo recordaría ella así?
Cuando ella lo miró con fijeza, carraspeó y se removió en la silla.
No era propio de él tener una erección en el desayuno frente a sus hermanas. La culpa era suya, debería haberse aliviado esa mañana, igual que lo había hecho dos veces la noche anterior, pero… no estaba acostumbrado a que el deseo lo asaltara sin avisar, de ese modo.
Sin duda estar casado le llevaría a tener nuevas e inesperadas experiencias.
Le lanzó una mirada por encima de la taza de café, y ella la sostuvo algunos segundos, para después acabar apartándola.
¿Se avergonzaba? Se preguntó Savic, ¿por eso acababa de rehuir su mirada?
—Estáis muy tensos esta mañana —bromeó Radmila.
—No es así —la cortó su hermano.
Ella levantó la palma de la mano.
—Tranquilo, no he dicho nada. —Pero no pudo borrar la sonrisa de su cara, mientras su hermano fruncía aún más el ceño.
El resto del desayuno transcurrió con relativa normalidad.
Marija le sonrió con ternura, dándole conversación. Era preciosa si no fuera por esa larga cicatriz de la mejilla que ascendía hacia el ojo. Por suerte sus preciosos ojos de un azul violáceo estaban intactos.
—¿Te divertiste en la boda, mali lane? —le preguntó en algún momento su hermano.
Marija asintió.
—Bien.
Pero tanto Radmila como Lizia se dieron cuenta de que, por algún motivo, no había sido así.