Capítulo 13 #2
—Si fuera por mí, podría darte todo el tiempo del mundo.
Sus palabras la desconcertaron.
—¿Tenemos que darle a alguien más explicaciones de si nos acostamos o no?
—Me temo que sí. —La comisura de sus labios se estiró hacia arriba—. ¿Qué dirían mis hombres si supieran que no he podido consumar mi matrimonio?
Ese hombre era un pecador, y a ella le fascinaba, su mirada directa, la forma en que su boca pronunciaba las palabras, ese acento… tan jodidamente sexy.
—Sí, pobrecito —se burló ella—, ¿qué dirían?
La risa ronca de él calentó su estómago.
—Entonces… no hay mucho más que añadir. —Se quitó la chaqueta y ella observó sus movimientos elegantes. La camisa blanca del traje se tensaba sobre su fornido torso y eso hizo que se humedeciera aún más—. No te preocupes, sé que no eres virgen.
Y el imbécil acabó de romper la magia.
—Sí, ya supongo que tampoco tú lo eres.
Goran se pasó la lengua por el interior de los molares, como queriendo parecer despreocupado, aunque el hecho de que ella hubiera estado con otros hombres lo sacaba irracionalmente de quicio.
Pero, los tiempos cambiaban, uno tenía que adaptarse a esos cambios.
Ni siquiera sus hermanas lo eran. Y no podía darle más igual.
¿Por qué con su mujer era diferente? Probablemente porque eres un puto neandertal.
Como todos los hombres que conocía de la familia, eran territoriales y machistas. Su esposo, al parecer, no iba a ser una excepción. Pero no pensaba perder tiempo en su noche de bodas pensando en la virginidad de las mujeres.
A Lizia le dieron ganas de reír, desde luego, Radmila, no parece una mujer que se prive de lo que le da placer. Marija… bueno, todo el mundo sabe lo que le pasó.
—No puedo pretender que las cosas sigan como en el siglo xiii —siguió diciendo Goran.
—Y, aun así —dijo Lizia—, estoy convencida de que te hubiera gustado ser dueño y señor en ese siglo, incluso tener un harén a tu disposición.
Lo vio meterse las manos en los bolsillos y su mirada voló hacia esa zona montañosa.
—Empiezas a conocerme bien.
Respiró con fuerza, y se acercó un paso. Se detuvo cuando ella le dio la espalda. No fue hasta que se apartó el cabello de la nuca, que él entendió que debía desabrocharle el vestido, todos esos inútiles botones.
Rozó su piel y comprobó cómo se le erizaba el vello de la nuca. No pudo resistirse a posar sus labios en la sensible zona. Se tomó su tiempo para desabrocharle el vestido, no porque no tuviera prisa por sentirla desnuda contra él, sino porque los botones eran un auténtico suplicio.
Cuando hubo terminado, lo miró por encima del hombro y sus manos se deslizaron por los hombros, bajo la tela, dejando que su vestido de novia cayera al suelo sin hacer apenas ruido.
Goran apoyó las manos contra la estantería, aprisionándola entre sus brazos.
No se esperaba semejante perfección.
La miró como si bebiera de ella.
Sus largas piernas enfundadas en unas finas medias de seda, atadas al muslo con un liguero. El corpiño blanco, su ropa interior, cubriendo solo parcialmente ese trasero hecho por los dioses… Sintió un tirón en la ingle, y la sangre empezó a bombear hacia esa parte de su anatomía.
Había intuido que era hermosa, pero… gruñó sin poder controlarse.
Ella se soltó la hermosa cabellera morena, hasta que rozó sus caderas cuando las horquillas salieron volando en todas direcciones.
Se dio la vuelta entre sus brazos y le puso las manos sobre el pecho, empujándolo hasta hacerlo retroceder.
Cuando, algunos pasos después se pararon cerca del diván, Lizia se alejó de él.
—Podemos hacerlo en una cama, o aquí. —Ella no paró de mirarle a los ojos, pero se puso de rodillas sobre el diván.
Se inclinó hacia delante, mirándolo por encima del hombro y Goran se mordió el labio inferior con fuerza.
¿Tenía idea de lo que le hacía sentir?
Iba a explotar.
—Esposa… —volvió a gruñir.
Al repartir su peso entre las rodillas y las palmas de las manos, sintió la presencia de su esposo, tras de ella.
El calor que irradiaba el cuerpo de Goran se sintió en sus piernas y caderas. Escuchó el cierre de la cremallera de su pantalón y cerró los ojos.
Mejor así, se dijo Lizia, algo rápido. Mejor arrancar la tirita de un solo tirón.
Pero su esposo parecía tener otros planes, no la penetró sin más, sino que tanteó para cerciorarse de que estuviera preparada.
Lizia tragó saliva al sentir los dedos de Goran rozar las costuras de sus bragas. Las apartó para dejar su sexo expuesto y ella apretó los labios para que no saliera un gemido.
Falló en su intento.
—Oh, Savic…
¡Dios! ¡Desde luego eso había sonado como un gemido de placer!
Su corazón bombeaba a toda velocidad y lo sentía entre sus piernas.
La excitación que le provocaba ese hombre, hacía tiempo que no se la provocaba nadie. O quizás solo estuviera nerviosa porque…
—Oh… Sí. —Apretó los labios con fuerza para no delatarse.
No, no eran nervios.
Cuando él indagó con el dedo corazón para notar su humedad, se dio cuenta cuánto lo necesitaba en su interior.
—Estás mojada.
Nada podía decir contra esa obviedad.
—Sí.
Él rio. Al menos su esposa era sincera.
De espaldas, Lizia no podía ver a su marido, pero escuchaba su respiración, tan alocada como la de ella.
Pasaron otros preciados segundos y dio un respingo al notar la suavidad y dureza de su miembro acariciar la piel sensible de sus muslos. Abrió la boca y se agarró con fuerza al brazo del diván cuando su miembro empezó a pasearse por sus nalgas, hasta tocar la entrada de su sexo.
—¿Segura que no quieres ir a la cama?
¡¿Y esperar?! ¡No! Joder, necesitaba su polla dentro. En ese momento, sin preliminares.
—No.
—¿No?
—Ahora. No lo pensemos más —gimió ella con los ojos muy abiertos y moviendo su trasero hacia atrás buscando su contacto.
La agarró con fuerza de las nalgas para detenerla.
Escuchó un sonido, el resoplido frustrado de su esposa y eso le hizo sonreír. Pero no lo hizo por mucho más tiempo, ella separó un poco más las piernas y no pudo resistirse a avanzar, ni aunque solo fuera un poco.
Necesitaba comprobar que estuviera preparada.
—Consumemos de una vez —gimió impaciente.
Una suave risa acompañó el movimiento de las caderas de Lizia, pero él volvió a sujetarla con más fuerza.
—Tus deseos son órdenes para mí, princesa.
Pero a pesar de sus palabras y sus ganas, no la invadió con la polla, sino que la hizo gemir al sentir uno de sus dedos entrar en su interior, suavemente, pero hasta el fondo. Cuando volvió a meter un segundo dedo, ella apretó los labios y un jadeo involuntario subió por su garganta.
—Estás lista.
Joder, eso podría habérselo dicho ella.
—Sí. Yo… —iba a decir que lo estaba, que la tomara, pero no fue necesario.