Capítulo 13
Faltaban un par de horas para el amanecer.
La fiesta se le había ido de las manos, y Lizia estaba agotada.
Aún había invitados, y por supuesto los italianos eran los más ruidosos y ahí seguían anegados en alcohol.
Su padre se había ido pronto con su madre y de Leo no había vuelto a saber nada.
Su actitud no era la adecuada, y tendría que hablar con él para que no diera problemas.
Cuando abandonaron la fiesta, lo hicieron en silencio. Lizia se descalzó y pisó la hierba húmeda, sintiendo un profundo alivio en sus pies cansados. Mientras con una mano llevaba sus zapatos, su esposo enredó sus dedos en la otra y caminaron juntos hacia la parte privada.
Si a alguno de los dos le pareció extraño ese gesto cariñoso, no dijeron nada.
Al llegar a la puerta principal, el hombre de seguridad de Savic informó de que no había habido novedades.
—Perfecto, ¿mis hermanas han vuelto?
—Ambas lo han hecho hace menos de una hora.
—Entonces, cerrad la casa —dijo Savic sin soltar la mano de su esposa—. Que los del turno de mañana os releven e id a descansar.
—Gracias jefe, y enhorabuena —dijo haciendo un gesto con la cabeza.
Lizia vio a su marido asentir y los dos se fueron hacia la escalera principal de la casa.
Así que aquí es donde voy a vivir, rodeada de seguridad, lujo y buen gusto.
Sintió que la mano de Goran se soltaba para que ella pudiera agarrarse al pasamanos.
Mientras subía fue detrás de su esposo.
¿Qué ocurriría? Estaba ciertamente agotada, pero se le encendieron las mejillas de solo pensar lo que esa misma noche, temprano, habían estado haciendo en el baño, cerca de la cocina.
Quizás no estaba tan cansada.
Frunció los labios por si él miraba, que no la encontrara con una bobalicona sonrisa en la cara.
Goran arrastró los pies hasta la parte de arriba. Si pensaba en ese día, la cosa no había ido tan mal.
De hecho, había ido mejor que bien.
Cierto que había tenido que hablar con más gente de la que probablemente hablaría en un mes, aparte de estrechar manos sudorosas y cerrar acuerdos, nada despreciables.
Sí, pensó echando un vistazo sobre su hombro, casarse con Lizia Manzini había sido todo un acierto. No solo había puesto fin a la guerra entre las tres familias, sino que se habían comprometido con negocios muy ventajosos para todos.
Quién hubiera dicho que, para terminar con el derramamiento de sangre en el Adriático, solo tendrían que sacrificarse a un matrimonio sin amor.
La música procedente del jardín los persiguió hasta llegar al primer piso. Abajo empezaron a cerrar ventanas y las puertas que daban al jardín.
Al llegar al piso de arriba, Lizia se dio cuenta de que no había un espacio diáfano, la escalera acababa en un ancho replano con dos puertas, una a cada lado. Como si una finca de pisos se tratara. Ella miró a su marido extrañada.
—La parte superior es la de nuestro espacio exclusivo —le informó—, son dos apartamentos independientes, uno da al este y el otro al oeste.
La del este es de mis hermanas, de momento —añadió con un extraño timbre en la voz, sabiendo que pronto les tocaría a ellas cumplir con sus deberes y casarse con las parejas que le habían sido escogidas.
—¿La oeste… es nuestra? —preguntó Lizia parándose junto a su esposo y frente a la puerta cerrada.
Él asintió y de su bolsillo sacó una llave que hizo tintinear frente a su rostro. Lizia sonrió y extendió la palma para que la dejara caer.
Al agarrarla se fijó mejor en el llavero de plata, con la insignia de un lobo en la medalla.
—Un lobo… —El lobo de Belgrado, así lo llamaban y a ella le pareció bien. Hermoso, ágil y fuerte como un lobo.
Apretó los labios para no suspirar.
—Solo tú y yo tenemos la llave, nadie entra sin mi permiso. Aunque Dana viene cada mañana a limpiar y a hacerme la comida.
Ella parpadeó, no sabía si le gustaría que Dana husmeara en sus cosas y atendiera a su marido ahora que ella había llegado a la casa.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó mientras metía la llave en la cerradura.
Savic se mordió el interior de la mejilla para no sonreír, ¿sería posible que su esposa estuviera celosa? No iba a preguntárselo, pero le complació igual.
—Es una muchacha encantadora, trabaja para mí, para pagarse la universidad…
Las manos de su esposa se quedaron heladas sobre la manecilla y lo miró de reojo con una expresión que no había visto hasta ahora.
A Goran no le fue posible aguantar la risa.
—Dana fue mi niñera, tiene sesenta y cinco años y ninguna intención de jubilarse, es la única con permiso para tocar mis cosas.
Lizia alzó la barbilla y no sonrió, al contrario, entrecerró los ojos.
—¿Te parece divertido?
Él se encogió de hombros y cuando abrió la puerta se metió las manos en los pantalones, mirando el hermoso trasero que le hacía el vestido de novia a su mujer.
—Debería haberte llevado en brazos.
—Aún puedo andar.
—Hoy sí, mañana…
Ella lo miró por encima del hombro. Desde luego, su marido estaba espléndido esa noche. Hasta hacía bromas.
Lizia resopló para deleite de Savic. Estaba realmente hermosa cuando algo le molestaba. Se había dado cuenta porque las arrugas alrededor de los ojos le parecieron muy sexys, desangelaban su rostro y la hacían más madura. Más mujer. Sintió un tirón en la ingle ante ese pensamiento.
El corto pasillo que hace de recibidor estaba en penumbras. Cuando Lizia llegó al salón principal se quedó observando la amplia habitación apenas iluminada por varias lámparas de sal, estratégicamente colocadas.
—Las lámparas son cosa de Marija —dijo Savic, sin que ese comentario pareciera algo bueno o malo—. Ya te darás cuenta, ella es muy… ¿zen?
Lizia dejó el ceño fruncido al pensar en la hermana de su esposo y asintió.
Sí, Marija era muy dulce y calmada.
—Todo lo contrario que Radmila —dijo Lizia.
—No te quepa duda. —Ahora sí que rio.
Realmente sus hermanas eran como el agua y el aceite. Pero las adoraba a las dos y daría su vida por cada una de ellas.
Goran apoyó el hombro en la pared del pasillo.
Se quedó allí observándola a contraluz. El bonito vestido blanco agarraba sus caderas y le hacía el cuerpo de una guitarra. Ese trasero era escandalosamente perfecto. Respiró hondo mientras ella daba una vuelta sobre sí misma para observar su nuevo hogar.
—¿Te gusta?
Ella lo vio acercarse, pero no la tocó, se inclinó hacia un lado para prender la luz de otra lámpara de pie.
Al encenderla, la habitación obtuvo un tono más cálido.
Estaba tan bien decorada como el salón de la planta de abajo.
Quizás con un poco más de objetos de coleccionista, pero igual de exquisita y fascinante.
Se le aceleró el corazón al ver que todas las paredes del salón estaban forradas con estanterías y libros antiguos, intercalándose con pequeñas esculturas y pequeños objetos centenarios enmarcados en cristal.
—Parece una sala a medio camino entre un museo y una biblioteca.
Él respiró hondo.
—Podrás cambiar lo que gustes.
—¿Cambiar? —Se volvió hacia él y lo vio con las manos metidas en sus bolsillos, mirándola. En algún momento se había abierto otro botón de su camisa, ya hacía tiempo que había perdido la corbata. Lo miró a los ojos y como un acto reflejo se humedeció los labios.
—Sí, supongo que querrás ponerlo a tu gusto.
—Este es mi gusto —habló mientras su pulso se iba acelerando—. No podría gustarme más.
—Trabajas en una galería, quizás quieras poner algún cuadro.
Ella asintió complacida de que al menos la tuviera en cuenta en las cosas aparentemente inofensivas.
—Lo hablaremos cuando encuentre algún cuadro fascinante. —Le dio la espalda y se acercó a las estanterías. Pasó la mano sobre los lomos y suspiró de placer—. Me encantan los libros antiguos.
—Lo sé —dijo acercándose al minibar y sirviendo dos copas de licor.
Se volvió hacia ella y le tendió una copa.
Lizia obvió el hecho de que ya habían bebido suficiente esa noche, y aceptó el vaso.
—¿Lo sabes?
—No sabía qué regalarte como regalo de bodas, e intenté averiguar cosas sobre ti.
—Parece lógico querer saber con quién te casas —dijo llevándose la copa a los labios—. ¿Y qué has averiguado? Y lo más importante —sonrió pícara—, ¿qué me has regalado?
—Quizás mañana te dé mi regalo.
—¿Hay condiciones para obtener mi regalo?
Él apuró la copa y la forma en que la miró, hizo que se le entrecortara la respiración. Su pulso se aceleró.
Al parecer la copa sí que ha sido una buena idea, pensó que sería ideal para calmar sus nervios.
—Me complacerá darte mi regalo mañana, independientemente de…
Ella alzó una ceja.
¿Estaban hablando de sexo?
Sintió cómo le ardía la cara, y apartó la mirada hacia los libros. Los libros antiguos no eran un peligro como podía serlo Savic, ahí estaría segura, en conversaciones de libros polvorientos y reliquias antiguas.
—¿Cómo te gusta?
Se atragantó con el licor y se quedó quieta mirando los lomos forrados en cuero.
¿Había entendido bien? ¿Cómo le gustaba qué?
—¿Perdón? —La pilló por sorpresa.
Cuando se atrevió a mirarlo por encima del hombro, Savic ya estaba a su espalda, y sintió su mano calentar su cintura cuando la acarició el costado. Después la desplazó por la cadera y ella miró nuevamente al frente.
—Me refiero… al sexo. ¿Cómo te gusta?
Joder… no se anda por las ramas, pensó asombrada de que su marido fuera tan directo.
—Yo… ¿qué tengo que responder a eso?
Ella se dio la vuelta y lo encaró. Apoyó la espalda en las baldas de los libros, y él no retrocedió ni un ápice, presionando sus caderas contra las de ella.
—No quiero hacer de esto un drama —dijo Goran.
Podía entenderlo, pero aun así…
—Yo tampoco quiero que sea un drama —dijo ella algo nerviosa y humedeciéndose los labios—, pero esperaba que pudiéramos acostumbrarnos el uno al otro.
—¿Eso esperabas? —Se apartó varios pasos y ella sintió la pérdida—. ¿En serio? ¿Después de lo que ha pasado esta noche en el baño?
La ceja derecha de Lizia se alzó.
—Suena a reproche.
—No salen reproches de mis labios, querida.
Se aguantaron las miradas un largo instante. Savic fue el primero en romper el tenso silencio.