Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Damian asintió. Sin discutir. Con Leo lejos de allí, se ahorrarían tener que verle la cara.

—Hay un problema con su partida.

Giovanni escuchó las palabras de su segundo al mano y lo miró de reojo.

—Yo me encargaré de eso.

—Es demasiado joven para mí.

—Y eres el único soltero, ¿verdad?

Damian asintió, como si supiera que necesitaban otra cabeza de turco para que se casara con Marija Savic.

—Yo me encargaré de eso —dijo sin más.

—¿Seguro? —se sorprendió Damian.

—Sí, tú encárgate de esto. —Le dio una patada en las costillas y el bulto sanguinolento del suelo gimió, moviéndose a duras penas.

Tomó el velo rosáceo que había depositado sobre el borde de la fuente y se lo llevó a la nariz.

Cerró los ojos. Olía a ella.

—¿Giovanni? —preguntó Damian sorprendido.

—Llévatelo, tengo algo que hacer.

Marija se secó las lágrimas de las mejillas y sorbió por la nariz.

No sabía por qué lloraba, porque durante esos seis años, desde que la marcaron, había tenido tiempo de acostumbrarse a las miradas de la gente. Algunas de asco y rechazo, aunque las más dolorosas eran las de la compasión.

Había llorado amargamente, por sentirse tan horrible y poca cosa.

Pero ni todos los años de terapia, ni sus hermanos con su amor, habían podido sanar esas heridas.

El hombre que la violó había perdido su imperio a manos de su hermano, pero no la vida.

Ese monstruo seguía escondido en algún agujero, del que sabía que no debía volver a salir.

Cuando uno de los cabecillas de la Bratva, relacionado con los albaneses, la había secuestrado para presionar a su hermano para que le entregara el cargamento de armas proveniente de Turquía, Goran había accedido de inmediato.

Muertos sus padres, la única familia que le importaba eran ella y Radmila.

Por supuesto que cedió, con la esperanza de dar caza al ruso y descuartizarlo para tirar sus restos en el Adriático.

A pesar de que Goran estaba dispuesto a ceder, el primer mensaje del hombre de la Bratva llegó con el dedo meñique de ella en una bolsa.

Marija se acarició la prótesis, el pequeño guante de cuero rosa, anudado en la muñeca y que le cubría el meñique y el anular. Uno lo había perdido completamente, el otro estaba inservible después de que le dañaran los tendones.

Habían pasado más cosas, recuerdos imborrables en los que no quería pensar, pero que le asaltaban de noche.

Pesadillas, una tras otra que le recordaban lo rota que estaba.

También se lo recordaba la cicatriz de su muslo, y por supuesto la de la cara.

Por esta última, Leo Manzini le había dicho que era un monstruo.

No podía ocultarla por más que se cubriera parcialmente la cara con un velo. Velo que había perdido en algún momento de su huida.

Se quedó allí, detrás de las frondosas plantas de jazmín. Se sentó en la pared de piedra y respiró hondo, mirando hacia el cielo y viendo las estrellas de esa noche sin nubes, donde la música de la orquesta la envolvía.

Sonrió a pesar de todo.

Su hermano se había casado, y por cómo miraba a su esposa, había esperanzas de que fuera un matrimonio feliz.

Marija respiró hondo y dejó de llorar.

No debía afectarla que su prometido creyera que era un monstruo, ella también lo pensaba de sí misma.

Se encogió de hombros y se dejó llevar, soñando despierta a otro mundo de fantasía, donde no era una mujer marcada, donde nadie la despreciaba ni le tenía compasión.

Se dejó envolver por la música, las risas lejanas, la romántica de los farolillos que ella misma había insistido en poner en el jardín. Con el rostro hacia el cielo, parpadeó mirando las estrellas… Perfecto.

Hasta la luna llena parecía estar de acuerdo con ese matrimonio. Los había visto bailar tan compenetrados. Sentía envidia de su hermano, cómo algo que le había parecido tan atroz como un matrimonio de conveniencia, estaba saliendo tan bien.

Le gustaba Lizia, y quizás porque ahora se pasaba la vida observando a los demás sin decir nada, podía afirmar con seguridad que era una mujer fuerte e inteligente, alguien que se haría respetar, pero que también respetaría los límites y las necesidades de Goran.

El primer matrimonio del pacto de Corfú había llegado a buen puerto.

Ahora los Savic, los Novak y los Salvatore, tenían una alianza firme.

—Buenas noches.

La voz de un desconocido a su lado hizo que Marija se levantara y retrocediera un par de pasos.

—No te asustes —repitió.

Vio cómo el hombre se quedaba quieto donde estaba, dándole tiempo a recuperarse del susto.

—Buenas noches —respondió ella mirando alrededor. No quería quedarse sola con un hombre y mucho menos con uno tan alto como ese.

Marija se enorgullecía de conocer todos los secretos de las tres familias, era algo que formaba parte de su trabajo para la familia. Al alzar la mirada y posarla sobre el hermoso rostro de ese hombre, se dio cuenta de quién era.

Giovanni Salvatore.

Tragó saliva y dio otro pequeño pasito atrás.

—No te asustes.

Ella lo miró dubitativa. Por supuesto no tenía por qué asustarse. Si Salvatore, el nuevo Don de la mafia la quisiera muerta, jamás hubiera consentido unir sus familias mediante matrimonio.

—Creo que esto es tuyo.

Marija parpadeó cuando él le ofreció la prenda, la tomó con manos temblorosas y mantuvo la mirada en el suelo.

—Gracias.

Pensó que se iría después de aquello, pero al parecer el Don tenía otros planes.

Se sentó en el banco de piedra con un suspiro y Marija lo miró como si fuera una rareza de la naturaleza.

Era un hombre de metro noventa, con unos ojos oscuros y un pelo negro azabache, iba perfectamente afeitado y los pantalones de su traje enmarcaban una cintura estrecha, en contraste con sus hombros anchos.

No era tan joven como ella, pasaba la treintena, pero Marija jamás había visto a alguien con ese magnetismo.

No pudo apartar la mirada de él y se dio cuenta de que tenía los labios entrecerrados.

—He venido a disculparme.

Ella parpadeó sin comprender.

—¿Qué?

—Por el lamentable espectáculo que Leo Manzini ha dado esta noche.

La sola mención de ese hombre la hizo estremecer.

—Lo siento —dijo agachando la cabeza y juntando las manos con las que agarraba el velo—. No quiero que haya problemas entre las familias por mi culpa.

—De haber problemas, no sería por tu culpa —y Giovanni lo decía totalmente en serio—. Que Leo no se sepa comportar con una mujer como tú, no es excusable.

¿Una mujer como yo?

Alzó la mirada para leer en sus ojos qué era lo que quería decirle exactamente.

Se llevó una mano a la cabeza y estiró sus largos mechones negros frente a la parte marcada de su rostro. Al ver el gesto, Giovanni dio un paso hacia ella.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que la estaba tomando de la mano para impedirle en un gesto que ocultara su cara.

—No lo hagas —dijo Giovanni.

Quizás fue una orden, pero a ella le pareció más una petición.

Al tomarla de la mano, acarició con el pulgar sus nudillos, sin rozar la prótesis que llevaba. Se sintió inquieta por ese gesto que parecía demasiado íntimo para que él lo hiciera. No se conocían, no eran familia.

Se le entrecortó la respiración, si sus hermanos la vieran, quizás sí que las familias tendrían problemas por su culpa.

—No ocultes tu rostro —le susurró en una voz cavernosa y que le erizó el vello de los brazos y la nuca—. Eres hermosa tal como eres.

Esa afirmación, tan inesperada, la hizo alzar la cabeza de repente.

—¿Qué? —gimió.

La sonrisa de Giovanni no parecía falsa, más bien era… ¿encantador?

Pero ¿por qué?

Se llevó la mano a los labios y le besó los nudillos.

No parecía molestarle su prótesis, no la miró ni mencionó, y ella solo pudo morderse el interior de la mejilla mientras su corazón palpitaba con fuerza.

—No volverá a tocarte. —De pronto la mirada de Salvatore se endureció—. Ningún hombre volverá a tocarte, ni a hacerte daño. Te lo prometo.

Las cejas de Marija se alzaron hasta tocar el cuero cabelludo. Abrió la boca sorprendida e intentó balbucear algunas palabras que, de haber salido, seguro que no habrían tenido ninguna clase de sentido.

De nuevo le besó la mano antes de soltarla.

—Hablaré con Savic, Leo Manzini está camino al exilio y no te casarás con él.

Fue tajante, incuestionable.

—Pero… —Se puso nerviosa. Si no se casaba… ¿Qué consecuencias podría tener para ella, para su familia?—. El pacto…

—Seguirá en pie.

—¿Cómo?

—Te buscaremos otro marido —le dijo sin parpadear.

Estaba tan cerca, ella podía oler su colonia, a madera con ¿jazmín? Extraña para un hombre, pero tan embriagadora que estaba segura de que en parte, sus piernas temblaban por culpa de ese aroma que la atraía.

¡Dios santo!

Se sentía atraída por Giovanni Salvatore.

Tragó saliva e intentó retroceder, pero él no se lo permitió. Rodeó su cintura y se meció. ¿Qué estaba haciendo?

Ella puso ambas manos sobre sus hombros y casi soltó una carcajada al darse cuenta de que él se movía al ritmo de la música.

—¿Me has entendido, Marija?

Ella no contestó, perdida en la profundidad de sus ojos.

—Yo… ¿con quién debería casarme?

Entonces lo supo.

Cuando él alzó la cabeza, y ella tuvo que inclinarse tanto hacia atrás para seguir mirando sus ojos, lo supo.

Giovanni Salvatore se había encaprichado de ella. ¿Por qué? Era un auténtico misterio para Marija.

—Te casarás conmigo, bella.

Ella abrió la boca para decir algo, era posible que para oponerse, pero cuando los labios de Giovanni rozaron los suyos en un beso tierno y nada exigente, se olvidó de las palabras que danzaban en su mente.

Se olvidó del rechazo que le provocaban los hombres, y se olvidó de sus cicatrices y de que era imposible que alguien tan hermoso como él sintiera afecto por una mujer marcada, a la que apenas conocía.

Se dejó llevar, solo para sentirse una mujer deseada.