Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Radmila estaba con el trasero apoyado sobre el escritorio de caoba de su hermano. Contemplaba al intruso, mientras ella jugaba con el cuchillo de mango metálico y lo hacía girar despreocupadamente, mientras sus ojos seguían clavados en los de Aleksandar Perkovic.

Dioses, quiso murmurar, era realmente un espécimen único.

No le pasó desapercibida la cicatriz en su mentón, ni tampoco los fuertes brazos al descubierto, después de que se hubiera arremangado la camisa, dejando ver algunos tatuajes tribales, muchos menos que cualquiera de los hombres de su hermano, pero igual de hermosos.

Ella le sonrió al ver que se levantaba de la butaca y se quedaba de pie, en silencio.

—Esta conversación es de lo más interesante.

—Mucho más de lo que crees —le dijo.

Al fin y al cabo, no había ido a hablar. Había ido a conocer dónde se había metido.

A pesar de su palabra dada, Aleksandar no hacía nada que no quisiera. Aunque Savic se hubiera casado con la hija de Manzini y las alianzas estuvieran a punto de sucederse en tiempos próximos, no pensaba llevarse esa mujer a casa, sin saber de qué pasta estaba hecha.

Había pensado que sería una mujer asustadiza y frágil, algo más parecido a Marija, pero…

se había llevado una sorpresa, y es que debería haber hecho caso a sus informes: Radmila Savic era una asesina, una mujer capaz de controlar el imperio de su hermano cuando este faltara.

Y Aleksandar podía asegurar que si ese trío de los Savic no estuviera tan bien avenido, hubiera habido un derramamiento de sangre por el poder, y es que una mujer como Radmila no iba a conformarse con ser una mera gacela perseguida por un león.

No, Radmila era una depredadora, lo veía en su mirada, en cómo vibraba cada fibra de su ser, jugando con ese cuchillo que de seguro querría clavarle en cualquier parte de su cuerpo y verlo sangrar.

Sonrió.

La maldita zorra, le hizo sonreír… y empalmarse.

¿Había visto a una mujer de fuego antes? No lo recordaba. Frente a Radmila, cualquier hombre podría olvidar a las mujeres que había conocido a lo largo de su vida.

—Tengo que irme —dijo Aleksandar, solo tenía una hora antes de que sus hombres irrumpieran en la casa buscándolo.

—¿Tan pronto? —se burló ella.

Él se acercó un paso, y después otro, hasta que Radmila se tensó de manera imperceptible para cualquier ojo que no fuera experto.

Se reincorporó con ambos pies sobre la lujosa alfombra, pero eso no detuvo el avance de Aleksandar, ni el cuchillo en su mano, tampoco.

Le dedicó una sonrisa ladeada, cargada de intención y ella refrenó el impulso de chasquear la lengua.

Cuando los caros zapatos negros de Aleksandar se plantaron junto a los pies descalzos, él observó su pedicura, la suave curva de su pantorrilla perderse bajo la tela de seda, y siguió lamiendo con la mirada el muslo expuesto, la redondez de sus caderas, el vientre plano y su generoso escote.

Cuando por fin llegó a sus ojos, las pupilas de Radmila estaban dilatadas.

—¿Te gusta lo que ves?

Él no le respondió, simplemente se llevó una mano bajo la americana y ella reaccionó tensándose. Al notarlo, la mano masculina salió despacio de debajo de la tela. En ella había un abultado sobre, lleno de un fajo de billetes. Una generosa suma.

—Tranquila —le dijo sin apartar sus ojos de los de ella, pero siendo consciente de ese cuchillo aún en su mano—. Es para tu hermano.

—¿Negocios?

—La… compra de una mercancía —dijo enigmático—, de la que me acabo de dar cuenta de que voy a disfrutar muchísimo.

Los dientes de Radmila se apretaron, y media sonrisa se volvió falsa, ofendida por las palabras de él.

Alzó una ceja queriendo respuestas.

—¿Mercancía?

Él asintió y la soberbia de su cara la impulsó a clavarle el cuchillo en un ojo. Pero hasta ella sabía que aquello podría ser contraproducente.

Bueno… ¿sabes qué? ¡Al infierno!

El cuchillo se levantó hacia su cara y cortó el aire antes de rajar la piel del demonio de Zadar.

Aleksandar dio un paso atrás, mientras la mirada de ella brillaba con intensidad al igual que su sonrisa.

Volvió a la carga apuñalando el aire, cerca de las costillas.

Cuando agarró la muñeca de Radmila, ella hizo una circunferencia con el brazo y se liberó.

Otro ataque más, un primer corte en la chaqueta y una risa tintineante, hasta que…

Aleksandar la agarró del cuello y la alzó del suelo estampando su espalda contra el escritorio, con su otra mano bloqueó la muñeca de Radmila, evitando que le cortara el cuello.

Apretó con fuerza, pero ella no cedió, no dejó caer el cuchillo.

Alzó la pierna y puso su pie desnudo contra el pecho de Perkovic.

Era la lucha más jodidamente erótica que había tenido nunca. Se moría de ganas de repetirla, una vez casados, desnudos… y por supuesto, él sabiendo quién sería el vencedor y todo lo que le haría a la vencida.

La pierna de Radmila ejerció presión en su pecho y lo hizo retroceder dos pasos.

Llevó su trasero hasta el borde de la mesa y se incorporó. Lo vio relamerse el labio inferior.

—Eres una zorra muy bien entrenada.

—Estoy entrenada, demonio. Pero no amaestrada.

—Eso déjamelo a mí.

—Dudo que puedas hacer nada —lo desafió.

Cuando él volvió a la carga, los movimientos de Radmila se hicieron más rápidos, y Aleksandar empleó más fuerza en sus golpes y agarres. Destrozaron la lámpara Tiffany’s que iluminaba el escritorio, y solo fue el principio del estropicio.

Cuando cinco minutos después hubieron destrozado dos lámparas más, dos sillas y el espejo de pared del otro lado de la habitación, ambos estaban jadeando, enganchados el uno con el otro.

Aleksandar tenía su mano agarrando el cuello de su prometida, y Radmila lo agarraba de las pelotas.

Apretó con fuerza y él gruñó enseñando los dientes.

—Vuelve a insinuar que me has comprado como una puta, y será lo último que hagas.

—El dinero —dijo aflojando un poco la presión de su cuello e inclinándose para hablarse rozando su mejilla—, es su parte por el intercambio de armas del norte. Y… por supuesto, la señal de que acepto los pactos de Corfú, y… a ti.

Radmila también dejó de apretar con saña sus testículos, pero volteó la cara buscando su mirada.

—No te confundas, imbécil. Yo también he tenido que aceptar el trato. Ninguno de los dos teníamos opción.

Eso le hizo sonreír.

—No hago nada que no quiera hacer. Así que… enorgullécete, has despertado mi interés, zorra Savic.

Lejos de ofenderse, ella le sonrió de oreja a oreja, volviendo a apretar un poco más el bulto en sus pantalones.

—Tú también has despertado mi interés. Y ahora sé bueno, y lárgate de mi vista.

No era idiota, sabía que nadie le hablaba así al demonio de Zadar, pero tenía que marcar los límites, dejar las cosas claras.

Ella no era mercancía.

Merecía su respeto, y lo obtendría por las buenas o por las malas.

Aleksandar le agarró la muñeca, su contacto le había empalmado hasta el punto de doler, y no podía consentir que siguiera provocándolo o tendría que follársela sobre la mesa de su hermano, y conociendo la reputación de Savic, dudaba que se lo llegara a perdonar.

Metió una pierna entre los muslos de ella, haciendo imposible que su mano se colara entre ambos cuerpos y apretara su bien más preciado.

Le sonrió al tiempo que retorcía su brazo para sujetarlo a su espalda y así inmovilizarla contra el escritorio y su pecho.

La vio entreabrir los labios, muy pegados a los suyos.

Se quedaron jadeando unos instantes, apenas un minuto, el tiempo suficiente para que ambos se calmaran.

Él la soltó y ambos quedaron de pie, el uno frente la otra.

—Debo irme. —Le sonrió tocándole la barbilla con el dedo índice.

Radmila lo vio morderse el labio inferior y su mirada ardió.

—Estoy deseando que seas mi esposa, señora Perkovic.

Eso la hizo alzar una ceja con incredulidad.

—Tu madre será la única señora Perkovic. No voy a llevar un apellido que cada vez que lo pronuncie me den ganas de escupir.

Él alzó la barbilla, le sacaba más de una cabeza sin sus tacones, y maldijo no llevarlos.

La agarró del cuello y tiró de ella para que sus bocas se rozaran.

—Tu lucha será inútil. Voy a disfrutar doblegándote.

De pronto Aleksandar apretó los labios y respiró súbitamente por la nariz. La afilada hoja de su cuchillo estaba peligrosamente cerca de su erección. Pinchándola.

—Será inútil —siseó ella, pinchando un poco más y disfrutando de la presión de Aleksandar en su cuello—. Tan inútil como quedará tu polla como intentes someterme. ¿Nos entendemos?

Él sacó la lengua y lamió el labio inferior tintado de carmín con la punta.

—Nos entenderemos a la perfección —dijo apartándose súbitamente.

Radmila lo vio marchar hacia la ventana, la abrió y desapareció de su vista antes de que pudiera recuperarse de la conmoción que le había provocado ese hombre.

Joder.

No había hecho falta lanzarles un vistazo a sus pantalones para cerciorarse de su estado. Él estaba empalmado y ella mojada, como no lo había estado nunca.

Iba a ser un matrimonio consumado en el jodido infierno.

Una hora después, Aleksandar estaba en puerta de entrada, tal y como había prometido a sus hombres. Tuvo que concentrarse para no sonreír, y por primera vez en muchos años, deseaba hacerlo y sin cinismo alguno.

Radmila había resultado ser una caja de sorpresas.

Capítulo 12

Salvatore se limpió las manos llenas de sangre en la fuente. Miró a Damian que suspiró, no estando muy conforme con haber dejado inútil a un miembro de la familia, o eso le había parecido a Giovanni hasta que dijo:

—Quizás lo mejor hubiera sido que le pegásemos un tiro y lo lleváramos al mar.

—Demasiadas preguntas —dijo Giovanni estando más o menos de acuerdo.

Su padre, Manzini, se merecía un respeto, pero su hijo no iba a durar mucho en la familia como si siguiera así.

—Llama a Lucho —miró a Damian—, dile que le envío uno de nuestros hombres para que le ayude en los trabajos más pesados.

—¿Crees que es prudente enviarle con los mejicanos?

—¿Enviarle al otro lado del mundo donde todo puede pasar? —se encogió de hombros—, me lo parece.