Capítulo 10
Radmila caminó descalza por el mármol de la planta baja.
Con las puertas y ventanales abiertos de par en par entraba la brisa fresca.
Había un hombre armado en cada entrada y vigilando con ojos de halcón desde el exterior.
Aunque algunos de los hombres de seguridad hubieran sido contratados por las otras familias, Savic y Perkovic, ninguno de ellos tenía acceso a la casa.
Goran se había encargado de ello. Y ella misma, también. Por supuesto.
Había bajado de su habitación después de cambiarse los zapatos. Ahora llevaba en la mano unas sandalias de color rojo, a juego con sus labios y su vestido, con un tacón mucho más plano.
Suspiró al sentir el frío mármol bajo sus pies, y le sonrió a Boris que estaba a cargo de la puerta principal.
Debía volver a la fiesta, pero antes tomaría una copa de su mejor vodka.
Se adentró en el salón y fue directo a la licorera, pero algo le llamó la atención.
Al fondo del pasillo, donde se encontraba el despacho de su hermano, la puerta estaba entreabierta.
Apenas el grosor de dos dedos, pero suficiente como para ver un hilo de luz salir de allí.
¿Qué hacía su hermano en el despacho a esas horas?
Dejó el vaso de cristal tallado que había cogido y su mano derecha voló al cuchillo que tenía oculto bajo la falda, atado a su muslo con una resistente tira de tela roja.
Las sandalias cayeron al suelo, sobre la alfombra persa, sin hacer ruido. No avisó a sus hombres, si había un intruso, era perfectamente capaz de hacerse cargo ella misma de él.
Al llegar frente a la negruzca madera, apretó el chuchillo, lo suficiente como para que su agarre fuera firme, y su cabeza se movió ojeando el interior del despacho.
Nadie tras el escritorio de su hermano, nadie de pie en el centro, ni rebuscando papeles en sus archivadores. Radmila empujó con el dedo corazón la puerta, casi imperceptiblemente, entonces lo vio.
Un hombre.
Un dios.
Sentado cómodamente en el sillón de madera y cuero, esperando a alguien.
Esperándola a ella.
—Buenas noches, Radmila.
Su corazón dio un vuelco, y empujó la puerta con fuerza, hasta que esta impactó contra la pared.
El hombre no iba armado, al menos no llevaba arma alguna en las manos, pero sí una copa del mejor whisky de Goran.
—No deberías tocar las cosas que no son tuyas. A mi hermano no le gustará.
Una sonrisa que podría haber hecho temblar las piernas a cualquier mujer, eso es lo que se encontró en ese rincón apartado del despacho de su hermano.
El hombre se puso aún más cómodo, abriendo más las piernas y apoyando la espalda en el respaldo de cuero. Bebió de nuevo un sorbo mientras sus ojos la recorrían de arriba abajo.
Radmila alzó una ceja. ¡Qué descaro! Pero, aunque en su rostro no se reflejó emoción alguna, por dentro sonreía. ¿No era consciente ese imbécil que podría clavarle el cuchillo en esas pelotas desde la distancia donde estaba?
Dio algunos pasos hacia él, y fue muy consciente de su mirada recorriéndole el cuerpo. Desde las uñas de los pies, pintadas de rojo, hasta su cabellera oscura que caía grácilmente sobre su hombro, tapando parcialmente el generoso escote.
—No deberías estar aquí. No admitimos visitas en esta ala de la casa.
El hombre de profunda mirada se inclinó hacia delante. Apuró el trago y la comisura del labio se estiró hacia arriba. Radmila permaneció atenta a cualquier movimiento brusco que él pudiera hacer, y a las vías de escape, puerta, ventanas… no parecía que ese hombre hubiera llegado con escolta.
—Tranquila, cariño. Estamos solos.
—¿Y eso debería tranquilizarme? —preguntó Radmila.
Ahora sí que él sonrió ampliamente.
—No. —La miró a los ojos con intensidad—. Por supuesto que no.
Ella respiró hondo, como si supiera cuál era su juego. Estaba segura que era un hombre acostumbrado a intimidar, a salirse con la suya. Qué pena que ella fuera una mujer… acostumbrada a intimidar, a salirse con la suya.
Otro paso hacia él y podría ver con más detenimiento el color de su iris.
—Me alegro de que no me tengas miedo, Radmila.
Ella no se detuvo, consciente de que tenía un cuchillo en la mano, y él no.
—¿Querías estar a solas conmigo?
Él asintió.
—Para que nos conociéramos mejor, ¿no es obvio? —se burló.
Ella respiró con fuerza por la nariz.
No hacía falta preguntar quién era, pero de todas maneras él se lo dijo.
—Soy Aleksandar Perkovic, y es un placer conocer a mi prometida.
Todos parecían pasárselo en grande. Lo cierto es que difícilmente podría decirse que allí presentes había tres de las familias más mal avenidas de Europa.
Al parecer, la idea de Giovanni Salvatore había sido todo un acierto.
Para las familias, pero no estaba tan seguro que también lo fuera para los implicados, desde luego, para Leo Manzini, no lo era.
Miró con rabia a la gente con sonrisas amplias en sus rostros. Hasta su hermana parecía feliz bailando con su marido, encantada con la expectativa de abrirse de piernas para su esposo, esa misma noche.
Se había resignado muy rápido. ¿Y él? ¿Se resignaría?
No, no iba a hacerlo.
Buscó con la mirada a su futura esposa. Y la encontró en un rincón, cerca del inicio del jardín privado donde había arrastrado a la camarera. Había sido consciente de su presencia allí, antes de arrastrar a esa zorra bajo el sauce llorón. ¿Se habría excitado el monstruo ante el espectáculo?
La miró de nuevo, ahora estaba apoyada contra un árbol y miraba embelesada a su hermano, sonreír abiertamente a su esposa.
Patético.
Leo avanzó furioso hasta donde estaba Marija Savic.
Era difícil no verla. Destacaba por su atuendo, el vestido largo hasta los pies, las mangas holgadas a pesar del insoportable calor, y ese velo decorativo cubriéndole la cabeza, y dejando caer uno de sus lados a lo largo de media cara. Evidentemente para esconder sus horrendas cicatrices.
Leo se paró a su lado, y se inclinó sobre su oído.
Se tambaleó ligeramente al echarle el aliento en la cara.
Por supuesto, se cuidó mucho de que nadie lo viera, pero, tener una prometida tímida que se escondía en los rincones oscuros, tenía sus ventajas.
—Te he visto largarte con pasos acelerados —le dijo él con una sonrisa perversa—. Sé que me has visto follarme a una mujer de verdad.
Marija retrocedió, agrandando los ojos por la sorpresa y el estupor. Nunca nadie la había tratado así en su propia casa. Y pensar que tendría que casarse con ese hombre.
Se estremeció de la cabeza a los pies y soltó un jadeo de dolor cuando la garra de Leo apretó más su brazo.
—Dime… ¿eres una mirona, Marija? ¿Te gusta ver follar a los demás?
Sus mejillas se cubrieron de un intenso rubor.
—Yo…
—¿Sí? —La sacudió arrastrándola unos pasos hacia los arbustos, aún más lejos de la gente.
—No, yo…
Se paralizó y Leo disfrutó de su terror.
La arrastró hacia el sendero que daba a la fuente, donde Giovanni le había reprendido por culpa de esa zorra.
Cuando llegó allí, la empujó contra uno de los árboles. No era un sauce, no quedaban ocultos por sus ramas, pero estaba lo suficientemente oscuro para pasar desapercibidos.
—Nunca he visto semejante monstruosidad en una mujer —dijo leo arrebatándole el velo de la cabeza y agarrando su barbilla para alzarla.
Él era una cabeza más alta que ella.
Marija empezó a llorar y a temblar, pensando en que su prometido era un hombre cruel y despiadado, y quizás cuando se casaran, se encontraría con ello cada día del resto de su vida.
—¿No hablas… monstruito? —se burló echándole el aliento desagradable en la cara.
Marija se encogió de miedo.
Sabía qué clase de hombre era Leo. De los hombres crueles que se creen mejor que las mujeres, de los que abusan de ellas porque pueden.
Ojalá no tuviera que casarse con él. Ojalá le hubiera tocado a su hermana. No porque le deseara ningún mal a Radmila, sino porque su hermana sabría manejarlo.
Radmila lo habría cogido por el cuello y le habría partido todos los dedos de la mano mientras le hacía luchar por respirar.
Pero al parecer el demonio de Zadar era mucho peor que Leo Manzini, y una mujer como ella no habría podido sobrevivir al croata.
—¿Te cortaron la lengua, además de la cara?
Ella empezó a sollozar.
—Yo…
—¿Yo? Yo, yo… —se burló apoyando ambas manos en la corteza del árbol, al lado de su cabeza.
Marija sintió cómo su corazón se desbocaba por el miedo, era incapaz de alzar la mirada, y todo cuanto le había enseñado su hermana sobre defensa personal se había quedado olvidado en un rincón de su mente, bien cerrado dentro de un cajón que jamás abriría, porque sabía el dolor que podrían causarle si se rebelaba.
—No sé en qué estaría pensando mi padre al aceptar que me casara con un monstruo como tú.
Ella empezó a hipar.
—Yo, lo siento…
—¿Lo sientes? —esa disculpa no parecía ser suficiente—. Has hecho que mi jefe se cabreara conmigo. ¿Eso es lo que harás cuando seas mi esposa? ¿Dejarme mal frente a mis hombres?
La agarró del cabello y tiró con fuerza.
—No, no… de verdad, lo siento.
—Mmm… —gimió riendo como una hiena contra su mejilla húmeda por las lágrimas— ¿Cuánto lo sientes?
La miró de arriba abajo.
Por supuesto la cicatriz de su mejilla era horrenda, pero… quizás el resto no estuviera tan mal. Una de las manos bajó hasta uno de sus pechos y lo apretó con crueldad, hasta hacer que soltara un pequeño grito que enseguida silenció cubriéndole la boca.
—¿Hay algo que valga la pena ahí abajo? —le preguntó en italiano.
—No te entiendo —dijo ella en un acento que a él le pareció desagradable.
Palpó su cintura estrecha y sus caderas y volvió a sus pechos generosos. No porque el vestido fuera recatado, le había pasado desapercibido el tamaño de sus pechos.
—Bueno… quizás no seas un desastre por completo.
Antes de poder apartarse, Leo extendió una mano, que agarró de nuevo uno de sus pechos, pellizcándolo sin compasión.
Marija se dobló en dos y se cubrió con ambas manos. Retrocedió con lágrimas en los ojos, apartándose del árbol y de su agresor. Le faltó tiempo para empezar a correr con todas sus fuerzas, dejando el velo a los pies de Leo.
Las carcajadas de Leo duraron el tiempo que tardó ella en desaparecer. En ese momento una sombra se movió a su espalda y él notó su presencia, quedándose helado en el sitio.
—¿Miedo, Manzini? —preguntó Salvatore al tiempo que lo vio volverse lentamente hacia él.
—¿Jefe?
Leo tragó saliva.
Vio al Don mirarle con unos ojos fríos como el acero. No iba solo, a su lado Damian, su mano derecha también lo observaba haciéndole entender que era bastante inútil que corriera.
Se escuchó el chasquido de la pistola cuando Giovanni le quitó el seguro.
—Jefe… por favor —levantó las manos—, solo… era una broma. Al fin y al cabo, es mi prometida.
A pesar de la oscuridad, vio a Salvatore apretar los dientes. Su mandíbula pareció palpitar.
—Giovanni… —la voz de Damian pareció quedarse a medio camino entre una súplica y una advertencia.
Damian tenía cincuenta años, había servido fielmente al padre de Giovanni la mayor parte de su vida, y pronunciando su nombre solo quería que no disparara el gatillo y alertara a todos los invitados.
Hubiera sido un escándalo matar al hijo de Manzini cuando Antonio había servido fielmente a la familia.
—Leonardo Manzini… —dijo Giovanni arrastrando las palabras.
—No lo mates aquí —dijo Damian.
Los ojos aterrorizados de Manzini se abrieron de golpe.
—No, no. No me mate —suplicó—, ni aquí ni en ningún sitio.
Como si se hubiera compadecido de él, Giovanni volvió a poner el seguro a su arma y se la guardó en la cintura del pantalón, en la parte trasera. Se quitó la chaqueta sin dejar de mirar a Leo.
—Gracias, jefe… de verdad que lo siento mucho.
Ajeno a sus palabras le tendió la chaqueta a Damian que puso los ojos en blanco.
Salvatore se quitó los gemelos de su camisa, que después se guardó en su bolsillo derecho. Se desabotonó los puños hasta arremangarse.
Leo tragó saliva. Sabía lo que vendría después.
El primer puñetazo lo dobló en dos y cayó sobre su rodilla. Sintió el gusto metálico de la sangre en su boca, y escupió algo más que saliva y sangre. Un diente aterrizó junto a su mano.
—Joder… —Empezó a asustarse.
El miedo desapareció al segundo puñetazo, cuando Salvatore lo dejó medio inconsciente haciendo que su cabeza se estrellara contra el sendero de piedra.
Alguien lo levantó por el cuello de su camisa, y otro golpe cayó en su rostro, cerca de su ojo, después en su nariz, en la comisura de su labio partido… pronto dejó de sentir dolor.
—Giovanni, suficiente.
—Yo diré cuándo es suficiente. Y para este hijo de puta no lo es.
Sacó una navaja de su pantalón, pequeña y de mango curvo, la acercó al cuerpo semiinconsciente de Leo y la pasó de arriba abajo por su cara. Su rostro empezó a sangrar mientras seguía escupiendo sangre y temblando.
El corte desde la frente a la barbilla, cortándole parcialmente el párpado, lo dejó desfigurado, la misma marca que Marija Savic tenía en su rostro, y por lo que tanto se había burlado Leo, ahora estaba plasmada en su cara.
—Debes dar las gracias por dejarte con vida —dijo Giovanni acercándolo a su cara—, ¿me has oído?
Le golpeó la mejilla para que reaccionara.
Leo balbuceó algo.
—Gr… gracias.
—Buen chico. —Le dio dos bofetadas en la parte de la cara donde no tenía el corte y lo tiró al suelo, dejando que se desmayara.
Giovanni se limpió la sangre en la chaqueta de Leo y después se puso en pie para volver a colocarse la suya. La mirada de Damian se clavó en el rostro del nuevo Don de la mafia italiana.
—¿Algo que decir?
Damian alzó una ceja ante las palabras de su jefe.
—No sabía que eras un artista.
Miró la cara de Leo, desfigurada sin remedio.
—Un imbécil tan vanidoso, creo que sufrirá más con ese rostro que con una muerte rápida. —Damian estuvo de acuerdo—. Y me he ahorrado tener de enemigo a Antonio Manzini.
—No sería tu enemigo mucho tiempo.
Giovanni lo miró extrañado.
—¿Qué quieres decir?
Damian lo miró en silencio y el Don alzó una ceja.
—Se muere, apenas dos meses de vida.
Giovanni contuvo el aliento. ¿Habría algún secreto de la mafia que no conociera Damian D’Angelo?