Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 9 #3
27%

Capítulo 9 #3

—Creo que mis cuñadas… tampoco son muy decorativas —Lizia siguió hablando antes de que pudiera malinterpretarla—. No me refiero a su aspecto, sino que al parecer están muy puestas en los temas de la familia, y no veo a Radmila Savic obedecer ciegamente a su hermano en todo.

—Esa mujer es peligrosa, Lizia. No debes tenerla como enemiga.

—No pienso crearme enemigos en mi propia casa —le dijo apoyando la palma de la mano sobre el pecho de su padre.

Él asintió. Confiaba en ella. Era inteligente, sin duda le iría bien. No podía decir lo mismo de Leo.

—Me gustaría que le echaras un ojo a tu hermano. Cuando se case con la hermana de Savic… debe comportarse.

Ella resopló, como si aquella hazaña le pareciera imposible de realizar.

—Savic adora a su hermana, si Leo no se comporta… lo cortará en pedazos y ni tú ni yo vamos a poder hacer nada para que no acabe en el fondo del mar.

Bailaron en silencio, disfrutando de la música, como cuando ella era pequeña y bailaban en las bodas o cenas familiares importantes.

Lizia recordó que su padre la dejaba fumar a escondidas, algo que jamás le gustó, pero que en esas ocasiones sí le permitía porque le hacía sentirse mayor, importante.

Apoyó la cabeza sobre el hombro de su padre y lo escuchó suspirar.

Le sorprendió que Lizia sacara el tema de las bodas de nuevo, pero al parecer su hija era muy lista, y quería que lo supiera antes de marcharse.

—No me ha pasado desapercibido el hecho de que los Savic casan a tres de sus miembros con las familias italianas y croatas. —Su padre se puso rígido—. ¿A quién va a casar Salvatore con los croatas? ¿Qué candidatos hay?

Su padre carraspeó.

—No te preocupes por eso, tesoro.

—No dejaré que Bianca y Bella se casen con esos monstruos, papá. No cuando apenas son unas niñas.

—No lo harán hasta cumplir los veintiuno.

Lizia cerró los ojos al confirmar lo que ya sospechaba.

—Maldita sea…

—Todos tenemos que hacer sacrificios. Además, irá bien —dijo Antonio convencido—. Se casarán con los croatas, estarán a salvo. Todos estaremos a salvo porque nadie se atreverá a alzar un arma contra su propia familia.

Lizia respiró hondo. Iba a morderse la lengua. A rezar para que fuera como su padre decía, y que los rumores del sadismo de los croatas, fuera solo eso, rumores.

—Tranquila, tu marido no hubiera dejado a su hermana Radmila en brazos de Aleksander Perkovic, si eso significara una condena a muerte.

Ella asintió. Dispuesta a olvidarse por el momento de los croatas, pero, anotando en su agenda de cosas que averiguar, quién demonios eran los futuros maridos de sus hermanas, y cuáles eran sus puntos débiles.

Cuando Antonio Manzini se alejó de su hija, la miró de reojo.

La mirada que le dedicó a su esposo le hizo pensar a Antonio que ese no tenía por qué ser un mal matrimonio.

¿Acaso no todas las mujeres de la familia tenían más o menos ese mismo final?

Obligadas a casarse con alguien para fortalecer los lazos con aquellos que aportaban beneficios.

Pero… se sintió feliz de comprobar que la boda con su enemigo no tenía por qué ser un completo desastre. Lizia había aceptado ser la esposa de Goran Savic, y este… parecía más complacido de lo que cabría esperar.

Se alejó hasta situarse junto a su esposa, que empezó a llorar en silencio.

—Cara mía, ¿otra vez?

Deyanira se encogió de hombros.

—Es que no puedo evitarlo.

—Tu hija está bien.

—No solo lloro por ella —dijo mirándolo a los ojos—. También por ti. No puedo creer que nos quede tan poco tiempo juntos.

Antonio le acarició la mejilla.

—Tu hija cuidará de ti, Deyanira. Ahora que se ha casado con Savic, aunque yo no esté, no te va a faltar de nada.

—Me faltarás tú —dijo abrazándose a él, rodeando su cuello con ambos brazos.

Los Manzini empezaron a moverse al ritmo de la música.

Le quedaba poco tiempo, los terribles dolores de estómago cada vez eran peores.

Se moría sin remedio, la metástasis había llegado a los huesos.

Pero antes de morir, se enorgullecía de haber puesto sus asuntos en orden y haber colaborado con el nuevo Don, para dar algo de paz y estabilidad a la familia.

—Padre… —Leo se plantó a su lado, interrumpiendo el baile y haciendo que hiciera una mueca de cansancio—. Quiero hablar con usted.

—Estás muy serio, hijo. ¿Qué te pasa?

Leo chasqueó la lengua como si fuera evidente, y su padre retrocedió un paso, pero sin soltar la mano de su esposa.

—¿Qué?

—Dime que es una treta de Salvatore, que los matará a todos en la boda.

—¿Qué dices, hijo? —Su madre lo miró horrorizada.

—No puedo creerme que hayamos emparentado con esta familia de monstruos —dijo Leo entre dientes.

Su padre suspiró, nunca había estado tan avergonzado de su hijo. Sabía que no tenía cabida en la cúpula de la familia y que, si no cambiaba su actitud, Salvatore lo haría picadillo.

—Papá, no voy a casarme con esa tullida —escupió Leo.

La bofetada que su padre le dio a Leo hizo que se llevara la mano a la mejilla. Su madre se cubrió la boca molesta por el espectáculo que empezaba a convertirlos en el blanco de miradas indiscretas.

—Lo harás —dijo Antonio apretando los dientes—, o a quien eliminarán en esta boda será a ti.

Leo guardó silencio, y no tuvo más remedio que retroceder con el rabo entre las piernas.