Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 9 #2
25%

Capítulo 9 #2

Dos empujones más y se escuchó el sonido de pisadas. La muchacha con el uniforme de sirvienta salió al sendero bajándose la falda negra de tubo y arreglándose el pañuelo del cuello.

—¡Jesús! —Contuvo un grito al verle parado allí, estático—. Señor Salvatore…

Él se puso el dedo índice estirado sobre su propio labio, en señal de que guardara silencio.

La chica tenía lágrimas en los ojos, quizás porque temía las consecuencias de lo que había hecho, o tal vez porque no había sido del todo consentido.

Sus dedos empezaron a hormiguearle, algo que solía suceder cuando quería cerrarlos en un puño y darles rienda suelta.

—¿Todo bien?

Ella asintió, pero miró hacia los arbustos. Cuando Leo Manzini salió borracho de allí, abrochándose la bragueta, Salvatore respiró hondo mientras su puño se cerraba hasta volver blancos sus nudillos.

—Siempre dando el espectáculo. —Respiró hondo después de sus palabras.

—¡Salvatore! —dijo Leo, sorprendido de su presencia.

Después, Manzini rio bobamente, como si se hubiera encontrado a un viejo amigo. Pero que no se equivocara, pensó Giovanni, no eran amigos.

Él no se relacionaba con ratas.

La muchacha los miró a ambos y murmuró algo en tono de disculpa, para después salir corriendo rumbo a la fiesta, donde seguramente la esperaban para servir bebidas.

—¿Llevas mucho tiempo ahí? —le preguntó Leo sin borrar su estúpida sonrisa.

—¿Y tú?

—¡Na! —dijo con desprecio y después se rio con estridencia—. Apenas unos minutos, pagué a esa zorra por un polvo rápido. Me aburría.

Salvatore puso los ojos en blanco y empezó a alejarse de él.

No le gustaba la compañía de Leo Manzini, y solo pensar que cuando Antonio faltara debía sucederle…

No iba a ser uno de sus capos, eso podía darlo por seguro.

Necesitaba a hombres fiables, no a niñatos engreídos que le buscaran problemas siendo unos incompetentes y buscando reyertas para su propio beneficio.

—Espera, espera… —escuchó a Leo.

¿Desde cuándo tenían tanta confianza para que lo tuteara?

Salvatore escuchó pasos acelerados a su espalda. Leo iba tras él, trotando hasta alcanzarlo. Luego caminó de lado mirándole a la cara, mientras Salvatore fingía que tenía prisa por llegar a un lugar concreto.

—Por favor, ¿puedo preguntarte algo?

Llegaron a un claro del jardín, presidido por una fuente de agua.

Salvatore lo miró fijamente.

—Es sobre mi boda —dijo frotándose las manos. Estaba nervioso, lo apreció en la manera de moverse y dar saltitos. O eso, o iba muy colocado.

Puso los ojos en blanco, ese imbécil había vuelto a abusar de la cocaína.

—Me preguntaba si habría una manera de librarme del compromiso —dijo sin perder la sonrisa—.

Ya sabes… he conocido a la chica, por supuesto que no puede casarse con ningún capo, porque todos están casados, pero, no debo ser la única opción, ¿no?

—Negó con la cabeza y juntó las manos en una súplica—.

He visto ese monstruo esta tarde y… en serio, es demasiado sacrificio casarme con esa tullida.

Salvatore pensó en si Leo Manzini siempre le había causado tanta repugnancia, o esta se había acusado con el tiempo.

Era un joven guapo e… incompetente, arrogante, patético. Si lo agarraba de la garganta y apretaba con suficiente fuerza para aplastar su tráquea, dudaba que le llevara demasiado tiempo librarse de él.

Leo era demasiado estúpido para ver el peligro que corría. Si fuera más listo se habría dado cuenta de que Salvatore no estaba de ánimo para sus gilipolleces y se hubiera callado la boca, pero al parecer, la inteligencia brillaba por su ausencia en esa cabecita suya.

—¿Quieres morir?

Leo parpadeó como si no le hubiera entendido bien.

—¿Qué? —preguntó desconcertado.

—¿Que si quieres morir?

Leo se echó un paso hacia atrás al reconocer esa mirada. La de un hombre impasible que no le importa quitarse de en medio a nada ni nadie que le moleste.

Lo agarró del cuello con tanta fuerza que Manzini pensó que era hombre muerto. Sin apenas poder respirar, sus rodillas se doblaron en dos, y cayó a los pies de Salvatore.

No dijo nada al escuchar sus palabras.

—Vas a dejar de ser una puta molestia, o te juro que no me importará quién sea tu padre. Vas a cerrar el pico, obedecer, y tratar a la hermana de Goran Savic con el respeto que se merece. ¿He sido claro?

Él asintió y empezó a toser, cayendo al suelo boca abajo.

En la noche solo se escuchó el murmullo del agua, los gemidos agónicos de Leo y los pasos de Giovanni alejándose para no matar al imbécil de Manzini.

Lizia apenas podía mirar a su marido a los ojos.

Respiraba erráticamente, intentando mantener su respiración calmada. Era un esfuerzo hercúleo. Cada roce de los dedos de Savic en su espalda, en su brazo… recorriendo la piel que dejaba expuesto su vestido de bodas…

—Dios…

Goran inclinó la cabeza hacia atrás para ver mejor el rostro de su mujer.

—¿Invocas a los dioses, esposa?

La vio apretar los labios, mientras sus mejillas se sonrojaban y él disfrutó de cada momento.

Volvió a estrechar su cintura y atraerla contra su pecho.

—Deberías dejar de tratarme tan amorosamente.

—¿Y eso por qué? —preguntó él.

—La gente pensará que soy importante para ti.

—Tal vez lo seas. —Volvió a mirarla a los ojos y ambos se quedaron en silencio contemplándose sin hablar.

Fue Lizia quien rompió el silencio.

—Espero que no sea así.

—¿Por qué?

—Me convertirías en un blanco fácil de tus enemigos.

Savic sonrió.

—¿Sabes que todos mis enemigos están ahora mismo en mi boda?

Ella desplazó la mano por su espalda, notando la dureza de sus músculos y desconcentrándose hasta el punto de abrir los labios y no saber qué decir.

—Las bodas de las familias del Adriático van a despertar envidias, pero… puedo asegurar —dijo colocándole un mechón suelto tras su oreja—, que tienen más ventajas que otra cosa.

—Al menos no nos mataremos, y podremos ir a los clubs a bailar sin preocuparnos de salir en una bolsa.

El recuerdo de que los Savic habían matado a un primo de ella por haberse metido donde no le llamaban, le hizo sonreír.

—Eres un sádico.

—Los sádicos disfrutan infringiendo dolor, yo no disfruto, simplemente hago lo que tengo que hacer.

—Me alegra saber que no disfrutas descuartizando a la gente.

Él sonrió ante las palabras de su esposa.

—Disfruto con otras cosas —le dijo acariciando su cuello con el dedo índice sin soltar su mano mientras bailaban.

—No sé si quiero saberlo.

—Oh, espero que quieras…

Hablaba de sexo. ¡Maldita sea! Y cuando él hablaba, su cuerpo respondía.

Abrió la boca para decir algo, pero su padre los interrumpió.

—Tesoro.

—Papá. —Le sonrió apartándose ligeramente de Savic.

—¿Me permitirás bailar con mi hija, una última vez?

Savic asintió, aunque reticente. Si hubiera sido otro hombre, ya habría un agujero en el suelo y tendría un manto de tierra sobre él. Pero no podía negárselo a su padre.

—Estaré cerca.

Ella le sonrió.

—No lo dudo.

Cuando su padre la tomó en brazos para bailar, ambos se sonrieron mutuamente.

—Un hombre posesivo.

—Sí —suspiró Lizia—, es un defecto de muchos de los hombres presentes, creer que las mujeres somos objetos sin voluntad, nacidas solo para su disfrute.

—Pero tú te encargarás de hacerle ver a tu marido que no eres solo un objeto decorativo.

Ella asintió, sin perder la sonrisa.