Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

No podía creer que la hubiera convencido para hacer eso.

Cuando Lizia lo miró por encima del hombro se convenció de que su marido la estaba pervirtiendo. No llevaban ni medio día casados y ya la había convencido, prácticamente sin palabras, de tener sexo en el baño. No se suponía que su noche de bodas debiera ser así.

Abrió la puerta de la cocina, y por un momento todo quedó en silencio, más allá del ruido de las ollas y las cacerolas al fuego.

Las mejillas de la novia se sonrojaron cuando aceleró el paso para salir por el otro extremo, un pasillo largo, con dos hombres fumando mientras se tomaban un descanso y que tiraron el pitillo nada más verla llegar con su marido.

No pidió disculpas, agachó más la cabeza y salieron por el otro extremo, a una terraza privada. Savic la tomó de la muñeca.

—Por aquí.

—No puedes decirlo en serio —dijo cuando la arrastró dentro de uno de los baños, cerca de la piscina.

—No he dicho nada, todavía —se mofó él.

Pero nada más entrar y abrir las luces, su expresión mudó. Pasó de ser un gato que acababa de cazar un canario, a la de un letal depredador cuya única presa era ella.

—Aún faltan los postres, no podemos…

—Sssshh… —La hizo callar y ella abrió la boca dispuesta a protestar.

No pudo hacerlo.

La lengua de Savic la tomó por completo, arrasó el interior, saboreándola, conquistándola, haciéndola suya.

Sin comprender qué sucedía, ella dejó de sentir sus labios. Su cuerpo había girado hasta ponerse de cara al espejo del lavabo, mientras las manos de Savic buceaban bajo su falda.

—No, no, no… —Lizia se retorció—, se supone que nos daríamos tiempo para conocernos, el uno al… ¡joder!

Gritó al sentir sus bragas rasgarse bajo la impaciencia de su esposo.

—Cariño, eso es precisamente lo que quiero, conocerte mejor. —Goran se rio contra su oído—. Pon tus manos sobre el lavabo —le ordenó.

Ella obedeció agarrándose al mármol blanco.

Se retorció mordiéndose el labio mientras sentía cómo la mano derecha apretaba su coño. Unos segundos después, unos lametones ardientes en su cuello le hicieron aflojar las rodillas.

—Separa las piernas.

—Savic…

No hubo más protestas cuando uno de sus dedos se abrió paso entre sus pliegues húmedos y la llenó.

—¡Oh! ¡Por favor!

Él gruñó contra su oído, mientras introducía un segundo dedo.

La cabeza de Lizia cayó hacia delante, convencida de que no había caído al suelo porque el fuerte brazo de su esposo la sujetaba con firmeza, mientras su otra mano jugueteaba con ella, dándole un placer indescriptible.

¡Maldita sea! ¿Cuándo había sido ella una mujer que se dejara arrastrar por sus instintos? Al parecer desde que se había casado con el jefe de la mafia serbia.

—Te gusta —no era una pregunta. La voz de Savic sonaba demasiado satisfecha como para que lo fuera.

Cuando el pulgar rozó su clítoris, ella abrió la boca, pero no articuló sonido alguno, no pudo hacerlo, no podía respirar, eso era demasiado bueno. ¡Joder! Iba a correrse contra la mano de su marido.

—Por favor… no me creo… mmmm… —Se retorció contra esa mano descarada—. Savic… Tenemos que irnos… Dios, ah, debemos cortar la tarta.

Él le mordió la nuca.

—Que se joda la puta tarta.

Él empujó las caderas contra ella, si la falda de su vestido no fuera tan vaporosa, estaba convencido de que podría notar el tamaño de su miembro.

Miró hacia el espejo frente a ellos, y la vio boquear como un pez. Era endiabladamente hermosa. Lo había vuelto loco en menos de veinticuatro horas. Quizás casarse con ella no había sido tan buena idea. Una mujer que le hiciera perder así la cabeza…

Miró los nudillos blancos de su esposa, y sintió cómo cerraba las piernas, atrapándolo en su interior. Al desplazar su mirada de nuevo por su rostro, este se contraía de placer.

Podía notar cómo llegaba su orgasmo.

—En serio, voy a…

—Sí, señora Savic —ronroneó contra su cuello—, eso es lo que quiero que hagas. Córrete para mí.

Entre gemidos parecidos a los sollozos, ella se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el pecho de su esposo.

Se dejó llevar, gimiendo y con la boca abierta, se dejó llevar.

No fue consciente de que él volvía a inclinarla hacia delante y la sujetaba para que no cayera al suelo como una muñeca desmadejada.

—¿Ya, mi señora?

Ella parpadeó, aún confusa por lo que acababa de experimentar.

Lo miró a los ojos a través del espejo. Aún sentía su mano entre los muslos, y maldito fuera, sintió su ausencia cuando sacó los dedos de su interior.

Le sostuvo la mirada.

—Ahora querrás…

—Nada. —Savic la cortó dándole un beso en el cuello.

—¿Por qué? —preguntó ella mientras intentaba retomar el aliento.

¿No iba a tomarla? Era su esposo.

—Solo quería que supieras lo mucho que me deseas. —Esa maldita sonrisa arrogante hizo que ella apretara los dientes—. Quiero que seas muy consciente de ello, y no me niegues lo que es mío.

Lizia se quedó en silencio mientras él tomaba una toalla y la limpiaba entre los muslos. Después dio un paso atrás y soltó las faldas de su vestido.

En ese momento, ella fue muy consciente de que solo ella había obtenido placer, esa vez.

—Tranquila, voy a darte todo el tiempo que precises. —Quedaba claro a qué se refería. Para dejarlo aún más claro, añadió—: Yo no fuerzo a las mujeres a que se acuesten conmigo, y no tolero esa clase de abuso en mis hombres.

Lizia asintió, como si quisiera que él supiera que lo había entendido.

—Tómate tu tiempo, y… ahora, cortemos la puta tarta.

Lizia lo vio salir del baño y ella se arregló el cabello y el vestido, pero nadie, ni siquiera ella podría quitarle el rubor de sus mejillas y el brillo de sus ojos.

¡Maldita sea!

¡Ese matrimonio no debía ser así!

Viendo lo bien que estaba transcurriendo todo a su alrededor, Giovanni Salvatore estaba convencido de que el pacto de Corfú daría buenos frutos.

Los italianos se beneficiarían de nuevas rutas, que se abrirían para ellos sin obstáculos.

Con dos enemigos menos, el dinero llegaría a manos llenas.

Savic era el que más se beneficiaba, era evidente que tener la base de operaciones en el Adriático, y no en la parte occidental del Mediterráneo, sería una ventaja para él.

Respecto a los croatas, esos sigilosos hijos de puta siempre habían respirado en su nuca.

Cuando la hermana de Savic se casara con ellos, se reforzaría el pacto de no agresión.

Y su lazo con los croatas… aún no se había hecho oficial, porque las esposas elegidas para ellos eran demasiado jóvenes para casarse aún con las dos bestias gemelas de Sibenik.

Los inmaculados zapatos de Salvatore pisaron el camino empedrado hacia la parte tranquila de la casa.

Allí había parejas bebiendo y bailando sobre una tarima de madera, algo apartados del bullicio del salón.

Habían sacado la tarta hacía escasos minutos y una a una las parejas volvían sobre sus pasos para ver a los novios y recibir su pedazo del pastel.

Pegó una calada a su cigarrillo y miró en derredor para asegurarse que todo estuviera en orden. Exhaló el humo lentamente, esperando encontrar algo fuera de lugar. Le costaba creer que todo hubiera salido tan bien.

Entonces… parpadeó al escuchar el sonido característico de una pareja teniendo sexo.

Salvatore alzó una ceja y sonrió al tiempo que tiraba el cigarrillo al suelo y lo aplastaba con la punta del zapato.

Aquella noche parecía estar plagada de sorpresas.

Quizás de una boda saliera otra boda.

Sí, siguió recorriendo el sendero y fuera de este, bajo uno de los sauces llorones del jardín, una pareja estaba en plena faena. Escuchó los gemidos apresurados de la mujer y después su voz.

—Señor Manzini.

Parpadeó sorprendido.

Joder, pensó Giovanni, Antonio Manzini jamás le pondría los cuernos a su mujer, era uno de esos hombres extraños que creían en la fidelidad. A pesar de que dudaba que estuviera enamorado de su mujer, después de tantos años, sí respetaba el sacramento del matrimonio.

Así que, si no era Manzini…

—Leo —gimió la muchacha de nuevo y Salvatore puso los ojos en blanco—. Debo regresar.

Por supuesto que el insensato de Leo Manzini estaba tirándose a alguien en los arbustos, en la boda de su hermana.

Imbécil e irresponsable, le pegaba. Solo rezaba para que nadie lo pillara.

Era el prometido de Marija Savic. Entrecerró los ojos.

¡Dios! Esperaba que no se le hubiera pasado por la cabeza…

Aunque, ni siquiera Leo Manzini era tan imbécil como para follarse a la hermana de su anfitrión entre los arbustos.

Si fuese así, Giovanni tendría que intervenir y cambiar los planes antes de tiempo.

Como si en ese momento los dioses quisieran confirmarle que la chica bajo el sauce llorón no era Marija Savic, a unos pasos más allá del sendero, algo captó su atención.

No estaba solo en aquel lugar.

Además de la pareja había una figura inmóvil, cerca de otro de los árboles, oculta parcialmente por los arbustos. Era sin duda una mujer. Alguien que ya había visto.

Marija.

Distinguió su vestido, el velo cayéndole por una parte del rostro y no habría hecho absolutamente nada, más que seguir su camino, si no la hubiera visto llorar.

Salvatore entrecerró los ojos y vio sus lágrimas, entendió por qué en el mismo instante en que se escuchó la voz de los amantes.

—Joder… tú sí que eres una mujer —jadeó el hombre mientras el golpeteo fuerte e incesante se dejaba escuchar en la noche—, y no como el monstruo… con quien me obligan a casarme.

Las aletas de la nariz de Giovanni se ensancharon al tomar aire y darse cuenta de que Marija se daba la vuelta y salía corriendo, después de haber visto a su prometido follarse a otra mujer.

Gruñó cabreado, sin saber por qué eso le molestaba tanto. Pero el hecho es que lo hacía.

—¡Auch! Se… ¡Leo!, se preguntarán dónde estoy. —Escuchó la voz de la mujer que seguía bajo la copa del sauce, oculta tras sus delgadas ramas y hojas que colgaban a su alrededor como una cortina.

Sin duda Leo follaba como un animal, y no en el buen sentido.

—Cállate, zorra. Ya termino.

Joder, era un jodido caballero.