Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Lizia no sabía cómo su esposo tenía tanta paciencia como para soportar a sus parientes ruidosos.

Si los serbios eran fríos y gruñones, los italianos eran todo risas y alegría.

Solía ser así cuando se tomaban algunas copas de más, y ella sospechaba que con el alcohol que había en esa fiesta podría llenarse la piscina casi olímpica de los Savic.

—No pareces divertirte —le dijo ella mirando el grotesco espectáculo de sus parientes bailando sin chaqueta en medio de la pista.

—Te equivocas, dulzura, hacía tiempo que no veía un circo como este.

Por poco escupió el champán que se estaba intentando tragar. Lizia asintió sin poder ocultar la sonrisa, y él tampoco lo hizo.

Le encantaba verla sonreír. Lizia, antes Manzini, ahora Savic, era una auténtica belleza, pero cuando sonreía… sin duda su polla estaba dura como una piedra y era por su culpa.

—¿Cuándo crees que podemos desaparecer? —le dijo ella sin mirarlo directamente.

Él se revolvió en la silla.

—Ya somos marido y mujer, lo importante ya está hecho.

Era cierto, habían cumplido con su palabra.

—Tus antepasados deben estar retorciéndose en su tumba al ver cómo te casas con una italiana católica.

Él se llevó la copa de cristal tallado hacia sus labios y la detuvo al sonreír.

—Ya les daré explicaciones cuando los vea.

Ambos se miraron de reojo, sosteniéndose la mirada, hasta soltar una carcajada.

Quién sabe, quizás podría ser divertido estar casado con esa mujer y su lengua afilada, pensó Savic.

Al poco, perdieron su mirada por la pista de baile, observando a los invitados, atentos a que… no se mataran.

—Me sorprende que no haya empezado un baño de sangre —dijo Lizia.

—La boda aún no ha terminado —y cuando se miraron, las comisuras de sus labios se estiraron—, dales algo de tiempo.

Lizia lo tomó como una broma… pero no estaba del todo segura de que lo fuera.

—¿Crees que saldrá bien?

Savic bebió lo que quedaba en su copa y no supo qué contestar a eso. Ni siquiera sabía si se refería a su matrimonio, o al hecho de que sus familias y los croatas no se hubieran matado aún.

Se habían casado y cumplido su parte del trato.

Lo habían hecho frente al nuevo Don de la mafia, el joven Giovanni Salvatore, y también frente a los croatas enviados por Aleksandar.

Porque le habían dicho que ninguno de los presentes era Aleksandar.

Esos enlaces eran más que suficiente para saber que el cese de las hostilidades se había producido.

Eso le recordaba a Savic… los croatas.

Sus ojos se dirigieron a la mesa vacía, próxima a los novios. Lizia se dio cuenta de dónde iba su mirada.

—Sí, no están —dijo Lizia refiriéndose a los hombres que habían asistido a su fiesta en nombre de la tercera y misteriosa familia—, pero han venido a la ceremonia.

Savic asintió.

—He visto a los cuatro hombres, los conozco.

Ella lo miró sorprendida.

—Nadie conoce mucho a la familia Perkovic.

—Ni a los Novak, pero… por muy bueno que sean con sus juguetitos informáticos, las fotos en papel no se pueden borrar a menos que las quemes.

Ella abrió los ojos como platos.

—¿Sabes qué aspecto tiene Perkovic? —Savic asintió para mayor sorpresa de ella—. ¿Es ese tipo alto con coleta?

Él se limitó a morderse el interior de las mejillas.

—¿Por qué te has fijado en ese hombre?

Ella entrecerró los ojos.

—¿Aparte de que parece un dios vikingo y mide dos metros?

—¿No es porque es guapo?

La sonrisa de Lizia se amplió y la chispa de sus ojos lo puso en alerta.

—¿Te parece guapo, cariño? —le preguntó a su marido—. ¿Tengo que preocuparme?

La mano de Savic voló hacia la rodilla de su esposa, bajo la mesa, la apretó para que sintiera que se estaba metiendo en un lugar peligroso, pero ella no apartó la mirada de sus ojos.

—Cuidado, cariño —utilizó el mismo apelativo cariñoso y algo en su vientre se calentó.

Y se calentó aún más cuando le subió la falda y agarró la parte interior del mismo de su mujer.

Ya no sonreía.

—Savic… —le advirtió.

—¿Sí? ¿Decías? —Su mano fue ascendiendo hasta tocar sus bragas y se las apartó con un dedo, con la mirada aún clavada en sus pupilas—. ¿Te resulta atractivo la mano derecha de Aleksandar?

Ella se mordió el labio para evitar un jadeo.

—Pensaba que él era Aleksandar.

Savic negó con la cabeza, y cuando un dedo se introdujo en su mujer, ella dio un respingo y él agarró con fuerza el respaldo de su silla, inclinándose sobre su esposa para que no osara moverse.

—No vas a mirar a ningún otro hombre, ¿entiendes?

—¿Por qué?

Cualquiera que hubiera mirado la expresión de Savic se hubiera imaginado que se estaba divirtiendo al contarle cosas a su mujer, pero quien mirara a sus ojos… vería que hablaba muy en serio, y no había nada de divertido.

—¿Tengo que explicártelo?

Ella abrió la boca y la cerró para atragantarse con un jadeo, mientras el pulgar llegó a rozar su clítoris.

—Así que nada de mirar… a otros hombres.

—¿Te parece bien?

Joder, sí. Mientras su mano hiciera aquellas maravillas, no miraría absolutamente a nadie.

—Sí.

—Bien.

Como si realmente estuviera complacido, apartó la mano de inmediato y se sentó erguido en la silla, mirando a la orquesta del otro extremo del salón.

Cuando miró de reojo a su esposa, esta estaba con las mejillas encendidas y apenas podía respirar. Se bebió de un trago el champán y él soltó una arrogante risa, que le valió una mirada furiosa.

Si no hubiera estado tan condenadamente hermosa, quizás podría haberlo dejado pasar. Pero… para su desgracia, Lizia lo alteraba demasiado. Y cuando se alteraba, las cosas no salían bien, para nadie.

Se inclinó sobre su oído, y el aliento cálido de Savic le rozó el cuello.

—Levántate y ve al baño —le susurró.

—¿Qué?

Le había escuchado perfectamente, pero no podía creer que… ¿por qué la enviaba allí? No iban a… Tragó saliva y lo miró con intensidad.

Él solo añadió.

—De inmediato.

Ella lo miró con los ojos desorbitados, antes de responder balbuceó, y finalmente soltó una negación estrangulada.

—No.

La sonrisa de Savic se ensanchó.

—Sí —no admitió resistencia alguna—. Ahora, Lizia.

Cuando la mano de su esposo se posó sobre su muslo, ella se levantó de un salto.

Lo miró y empezó a andar hacia la salida. No sabía a qué baño se refería, pero sin duda la seguía, así que realmente, no importaba.

Habían dejado claro que nada de armas en la fiesta, pero también que las bodas se celebrarían a la vez, para que todo fuera más equitativo y que nadie pudiera echarse atrás.

Por alguna razón, la reunión de Corfú había cambiado las cosas.

Goran Savic había aceptado ser el primero en casarse, y el motivo era darles tiempo a sus hermanas a hacerse a la idea de sus inminentes nupcias.

Con esas ceremonias, los serbios se llevaban la mejor parte.

Tenían las puertas abiertas a los puertos croatas y a los de prácticamente todo el mar Adriático, quizás por eso su sacrificio era mayor, y no asumían una, sino tres bodas.

Como aquella era la primera boda, se había pactado que la seguridad corría a cargo de las tres familias, lo que significaba que los croatas también tenían hombres en las puertas.

Aleksandar Perkovic y sus hombres observaban todo a su alrededor con ojos de halcón. Al entrar en la mansión, no hizo falta enseñar sus invitaciones, Iván, uno de sus hombres estaba junto a otro de los Savic. Aleksandar no necesitaba presentación.

En la boda, habían declinado sentarse en los primeros puestos, pero desde atrás, cubriendo todo el campo visual se sentían más a gusto. Puede que fueran menos numerosos, pero no por ello estaban en desventaja. Sus pistolas pesaban bajo sus chaquetas.

—¿Y bien? —preguntó Ante Babic, el sicario principal de Aleksandar.

Miraba a su jefe, y este a su vez, observaba a las personas que engullían comida y litros de alcohol, para después hacer el ridículo en la pista de baile.

—Cualquiera diría que es un matrimonio pactado —dijo uno de los gemelos.

—Creo haber visto a la novia marcharse precipitadamente, y por la mirada de depredador del novio, creo que el matrimonio va a consumarse antes de que la orquesta deje de tocar.

Una sonrisa genuina curvó los labios de Aleksandar, su cicatriz pareció volverse más blanca, y destacar más sobre su bronceada piel.

—¿Nos vamos? —preguntó Ante, aburrido de estar allí, esperando que alguien empezara a disparar. Al parecer esa noche no habría mucha diversión.

—Todavía no. Debo… felicitar al novio y… quizás reclamar a mi prometida.

Los tres hombres que lo acompañaban lo miraron de reojo, pero ninguno se atrevió a abrir la boca.

—¿Crees que es prudente?

—Prudente, no lo sé. Pero sí necesario —sentenció, y no iba a dar explicaciones a nadie.

Aleksandar Perkovic buscó con la mirada un vestido rojo.

La había visto en la primera fila durante la ceremonia y se había quedado con las ganas de ver a su futura esposa, más de cerca.

Radmila Savic era una zorra. En todos los sentidos de la palabra.

Astuta, ágil, hermosa… y sobre todo no le importaba enseñar su cuerpo, más de lo necesario.

Eso iba a tener que cambiar. No podía estar matando a cada hombre que pusiera sus ojos sobre ese culo redondeado, esas piernas largas y bien torneadas, y esos pechos que, aunque pequeños, le provocaban un hormigueo continuo por el deseo y la necesidad de querer tocarlos.

Entreabrió los labios y dejó de existir nada más ver ese fogonazo rojo pasar entre las mesas y abandonar el baile. Su polla reaccionó a esas caderas y un sutil gruñido se escapó de sus labios.

—¿Qué quieres que hagamos nosotros? —preguntó Ante.

—Vigilad la casa, mientras yo me ocupo de mi mujer.

A ninguno le pasó por alto que la había llamado su mujer, aunque en realidad solo era su prometida, con quien no había cruzado una palabra.

Eso iba a tener que solucionarlo.

Ante no estaba muy convencido de dejarlo solo, cuando la zorra Savic empezó a detenerse en cada mesa para hablar con los invitados, posaba su mano en el hombro de algún que otro caballero, le sonreía, los miraba con coquetería…

Aleksandar apretó los dientes y se tocó la larga cicatriz de la cara.

Era una tontería, pero cuando se alteraba, esta parecía latir, recordándole lo que sucedía cuando perdía el control.

—Jefe…

—No me cabreéis, hoy no es el día —dijo empezando a estar de mal humor—. ¿Dónde está Miran? —preguntó refiriéndose a uno de los hombres de seguridad que había apostado cerca de la casa.

—Entrada norte —dijo Marko, el mayor de los gemelos. Al mirar a su hermano se dio cuenta de que él también pensaba lo mismo: Aleksander iba a meterse en la boca del lobo.

Soltó el cigarrillo que se estaba fumando y los miró a los tres.

—Haced lo que queráis, yo tengo cosas que hacer. Nos vemos en una hora, junto a la entrada de Ivan. Si no he llegado, venid a buscarme.

El gigante se quedó al lado de Aleksandar, esperando que cambiara de opinión. No lo hizo.

—¿Finalmente vas a felicitar a los novios?

—Debería, al parecer… Goran Savic parece muy conforme con esta boda.

Todos sabían que él no lo estaría tanto a la hora de casarse con Radmila, o eso pensaban, de momento.

—Aún no puedo creer que prometieras casarte con la hermana de Savic.

—Bueno, eso les dará acceso libre a nuestros puertos, y a nosotros un suculento descuento en su mercancía y por supuesto abrir las vías comerciales del este, para poder traer nuestras armas. Tienen demasiado bien montado su negocio de transporte para que no vea los beneficios de este matrimonio.

El gigante asintió.

—Y ahora largo. —Miró a Ante de reojo y los dos gemelos rieron por lo bajo.

Sabía exactamente con quién iba a hablar y no les parecía mal que el frío corazón de Perkovic latiera por algo. Quien no estaba tan convencido era Ante, quien sabía que estaban en un nido de víboras.

—Aleksan…

Pero Aleksandar alzó la mano para hacerle callar.

—Fuera. Una hora. —A sus hombres no les quedó más remedio que obedecer.

Se quedó allí cinco minutos más, viéndola coquetear con los invitados.

Observó a Radmila dirigirse a la salida del salón.

Se fijó en esa abundante melena oscura, con reflejos cobrizos y esos labios rojos que reclamaban ser besados.

Sonrió con anticipación, sin duda esa cabellera terminaría en su puño y esa boca abierta sobre su polla.

Al seguirla pensó que iba a tomar aire, pero en realidad enfiló el camino empedrado hacia su residencia privada. Aleksandar dio media vuelta, desapareciendo en los jardines privados de la casa.

Era tan buen momento como cualquiera para hacer una pedida de mano.