Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

La casa no era como se imaginaba. Después de la ceremonia y las fotos de rigor, Lizia había accedido al interior de la vivienda, a la parte privada, vetada a los invitados.

Su marido tenía que hacer unas llamadas y ella necesitaba un baño con urgencia.

Al salir, se encontró sola. Había hombres armados en cada puerta que daba acceso al exterior, pero ni rastro de su recién estrenado marido.

Caminó hacia la entrada y admiró la vivienda que compartiría con Goran Savic.

La planta baja era amplia, abierta, con una sala de estar en tonos beige, dorados y ocres. No se veía como la casa de un mafioso, sino de alguien elegante y con buen gusto

Observó los cuadros en las paredes, auténticas obras de arte.

Quizás Savic coleccionara arte, tal vez como inversión o para blanquear dinero.

Se paró junto al cuadro de una artista armenia.

Reconoció sus tonos cálidos, sus diestras pinceladas.

Tal vez podía ayudar en algo a las finanzas de su esposo con la galería de arte. Podría ser un buen negocio.

Alzó una ceja, y se sorprendió cómo ya había metido a ese hombre arrogante en sus planes de futuro, en su familia.

Caminó hacia el interior de la sala, y el hombre armado de la puerta principal solo la miró, y asintió levemente a modo de saludo.

Por supuesto que no la detendría, ahora ella era la señora de la casa, ¿no?

La sala, elegante y cálida, estaba decorada en tonos apagados, nada estridente. Era una maravilla ver las diferentes esculturas iluminadas a la perfección en cada rincón de la estancia, como si fuera un museo. Adoró cada objeto.

Aparte del gran sofá beige, donde podría sentarse una familia entera, destacaba la gran chimenea que ocupaba el lado izquierdo, era preciosa, romántica.

Se paró en medio de ese salón y observó las paredes, más obras de arte. Lizzia se dio cuenta que había más bustos, libros antiguos, una alfombra que seguro valía más que su vestido de novia y el de todas las damas de honor juntas.

Su respiración se aceleró.

Me encantará vivir en esta casa. De pronto miró a su espalda como si se hubiera percatado de la presencia de alguien. Unos ojos observando su reacción con detenimiento.

Vio a su marido acercarse por el patio interior de la casa. A este, iban a parar los dos grandes salones y los dos largos pasillos, que tenían sus paredes interiores de cristal y daban a ese pequeño recinto a cielo abierto, lleno de plantas y flores.

Savic avanzó hacia ella, con las manos a su espalda, y antes de entrar, se paró para hablar con uno de los hombres armados que custodiaba el patio.

Quizás le pone al día, o le da instrucciones de dónde puedo y no puedo entrar. Al fin y al cabo, no me queda del todo claro que no seamos enemigos.

El hombre armado asintió ante las palabras de Savic. No parecía que hubiera novedades.

Dio unos pasos más hacia uno de los pasillos, admirando el arte que se exponía.

A cada extremo del salón había dos pasillos que rodeaban el atrio de la casa.

Esa ala, era de planta cuadrada, y seguro que, sobre sus cabezas, en el ala superior, estaban los dormitorios, que también debían dar al patio interior con grandes arcos de piedra.

Lizia se inclinó hacia una de las ventanas, y admiró la arquitectura árabe de la parte de arriba, era una preciosidad.

Como vivir en un palacio medieval, pero con todas las comodidades.

—Esto es una puta maravilla —susurró.

¿Cómo un hombre tan rudo puede tener tan buen gusto? Esculturas femeninas, tonos cálidos… El cuerpo de Lizia se tensó al darse cuenta de que ese no podía ser el gusto de su marido, era el de una mujer.

Toda su alegría desapareció de golpe, y respiró hondo por la nariz.

Cómo no, un hombre como él tendría infinidad de amantes, ¿sería posible que una de ellas hubiera decorado su casa? O lo que era aún peor, estuviera viviendo allí.

—Mierda.

—¿No te complace la decoración?

Lizia se volvió hacia la voz femenina que había captado su atención. Sus ojos se abrieron por la sorpresa y después sonrió al ver que ya conocía a esa mujer.

—Marija…

La muchacha le devolvió la sonrisa con calidez.

Iba vestida con un bonito vestido que la cubría de la cabeza a los pies, un estilo árabe, pero con un cierto aire que le daba el aspecto de una diosa griega, quizás fuera el cinturón de joyas engarzadas que abrazaba su cintura.

Su cabellera negra y el velo rosáceo que cubría parcialmente la cabeza, también cubría parte del rostro.

La miró con demasiada intensidad, y al darse cuenta desvió la mirada.

No quería incomodarla, pero era bella y esa belleza no tendría ninguna tara si no fuera por la larga cicatriz que surcaba la parte derecha del rostro.

—La decoración es impecable —se animó a decir para relajar el ambiente. Aunque en ningún momento Marija la había hecho sentir fuera de lugar.

—Celebro que te guste. Aunque el mérito no es solo mío, Savic compró algunas piezas. Ama el arte, ¿sabes?

Pues, en realidad, no. No lo sabía.

Le sonrió con timidez y vio cómo daba un paso hacia atrás. Quizás asustada, quizás incómoda cuando entró su hermano.

—Hermano…

Era impresionante el efecto que causaba Goran cuando entraba en una habitación.

El tiempo pareció detenerse, no solo para Lizia, sino que también pudo comprobar cómo a Marija se le iluminaba la cara.

Parecía como si verle no fuera algo cotidiano, sino comparable a la alegría que se siente cuando uno regresa a casa después de un largo viaje.

Lizia había escuchado que Marija era la favorita de su hermano, al igual que lo era de Radmila, y empezaba a comprender que era por su carácter dulce y amable.

—Marija… —Goran se acercó a ella, tomándola de ambas manos y besándola con adoración. Después se inclinó para besarle la mejilla parcialmente oculta.

—Enhorabuena —le dijo con la voz cargada de felicidad.

—Deja que te presente a mi esposa como es debido —dijo Goran.

Por supuesto se habían visto el día anterior en la cena de compromiso, pero se habló poco, pues solo Savic y el padre de Lizia parecían lo suficientemente interesados en hablar. Marija se acercó a ella, acompañada por Goran.

Cuando posó los ojos en su esposo, se encontró con una mirada de advertencia, como si debiera tratarla con cuidado.

—Ya nos conocemos, Goran.

—A partir de ahora, seréis hermanas, me gustaría que os llevarais bien —dijo él.

Otra vez Lizia sintió esa mirada de advertencia. Elevó una ceja molesta, como si entendiera que su esposo pensaba que podría hacer algún comentario grosero a su hermana. ¿De dónde demonios había sacado esa idea?

—Savic tiene razón —dijo a Marija con una sonrisa que intentó ser lo más encantadora posible. Vio cómo su marido se relajaba ante sus palabras—. Creo que nos llevaremos muy bien. Es un placer poder llamarte hermana.

Marija se sonrojó y asintió agradecida por sus palabras.

—Bienvenida a la familia, Lizia —dijo mirándola con cariño—. Aunque las circunstancias no hayan sido las mejores, estoy segura de que podremos trabajar para la paz de nuestras familias.

—Yo también lo creo.

Savic respiró hondo y dio una palmada.

—¿No es maravilloso? Yo creo que sí.

El ambiente festivo no decayó cuando la voz de otra mujer se escuchó en el salón.

—¡Yo también lo creo! Vaya estampa de familia feliz.

—Hermanita… —la regañó Savic, como si la diera por imposible.

Cuando Radmila entró en el salón con su impresionante vestido rojo, sonrió.

Es hermosa a morir, pero dura… muy dura. Lizia se dio cuenta de que las dos hermanas no podían ser más diferentes. La santa y la guerrera.

Quizás debería casarse Radmila con mi hermano, seguramente lo destrozaría y le quitaría los vicios de una buena vez.

Marija, en el parecer de Lizia, sería incapaz de imponerse a Leo.

Se sintió mal por ella. Su hermano Leo era un sinvergüenza, egoísta y cruel cuando el niño mimado que era no obtenía lo que quería.

No obstante, Lizia se esforzó por sonreír cuando sintió la mirada de Radmila, fija en ella.

—Bienvenida a esta casa, hermanita —se burló la hermana guerrera.

—Radmila…

—Esa soy yo, la maravillosa Radmila. —Se acercó para besarle ambas mejillas.

Lizia resistió llevarse el dorso de la mano a la mejilla, no para limpiarse el beso, sino porque pensó que esos labios rojos seguro que desteñían. Era tan endiabladamente espectacular, que se quedó sin palabras.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Radmila se besó la mano para mostrársela.

—No destiñe. Solo el mejor maquillaje. —Le guiñó un ojo—. Puedes cogerlo cuando quieras, al fin y al cabo, ya somos hermanitas, ¿no, Goran?

Él solo respiró profundamente, pidiendo paciencia al dios que parecía haberle abandonado.

—Un día te morderás la lengua, y te envenenarás.

—Pero mientras llega ese día —se burló Radmila—, bailaremos y beberemos en honor de mi hermano y su mujercita.

Lizia no tenía muy claro si aceptó el tono condescendiente y que la llamara mujercita. Lo dejaría pasar de momento.

—Marija —le dijo a Lizia mientras entrelazó su brazo con la de su hermana—, pronto será tu hermana por partida doble, ya que se casará con el partidazo de Leo Manzini —lo dijo como si supiera exactamente quién era su hermano, o la clase de persona que era.

Sintió una punzada de malestar en el estómago. No me gusta la idea de Leo con Marija, de esa unión no podrá salir nada bueno.

Por alguna razón, sintió un afán de protección hacia Marija, y le fue fácil comprender por qué los Savic siempre estaban pendiente de ella.

Era dulce y buena como pocas personas. No entiendo por qué Savic consiente ese matrimonio con Leo.

Entonces se puso nerviosa. Lo entendería si Goran no tuviera ninguna intención de casarla con Leo.

Lo miró y vio cómo él alzaba una ceja, sin saber hacia dónde iban sus pensamientos. ¿Sería capaz su marido de hacer desaparecer a su hermano?

¡Dios santo! Esperaba que no.

—Todos vamos a tener que hacer sacrificios —dijo Radmila con un tono de voz más apagado, sintiendo verdaderamente que se podían estar cometiendo errores—. Espero que ninguno tengamos que arrepentirnos de haber dado nuestra palabra.

A Lizia no se le pasaba por alto que Radmila miraba con disimulo hacia su hermano, que no abrió la boca.

—También vas a casarte, ¿verdad? —dijo Lizia, aunque sabía perfectamente la respuesta.

—Sí, alguien tuvo la brillante idea de que me casara con uno de los supremacistas croatas —lo dijo como una broma, pero todos sabían que iba muy en serio.

—¡Radmila! —Marija se inquietó y Goran apretó los párpados con fuerza.

—Oh, ¿no es así? ¿No somos mercancía?

Savic gruñó, frunció el ceño, y su esposa se dio cuenta de que tenía mucha paciencia con sus hermanas, o de lo contrario, Radmila ya hubiera recibido un buen bofetón.

Eso la tranquilizó de algún modo, siempre había pensado que los serbios no se andaban con tonterías y trataban a sus mujeres peor que al ganado.

Se alegraba de haberse equivocado. Al menos eso parecía.

—Todos nos hemos sacrificado aquí —le dijo Savic.

Radmila entrecerró los ojos para mirarle un segundo, y después desplazar su mirada hacia Lizia. La examinó de arriba abajo, para después volverse hacia Goran que le suplicaba con la mirada que parara.

No le hizo caso.

—Unos se sacrifican más que otros, por lo que veo.

Eso debe ser un cumplido para mí, pensó, pero se sintió inquieta, ¿qué hubiera pasado si Goran hubiese sido un monstruo, como seguro que es el demonio de Zadar?

Lizia agachó la cabeza, queriendo dar por finalizada esa reunión familiar.

—Será mejor que salgamos —dijo Goran—. Los invitados deben estar en la zona de aperitivo.

Lizia asintió. Eso era al otro lado de la casa, en el ala sur, desde donde los invitados podían hacer todo el ruido que quisieran y no afectaría a esa parte privada de la casa.

—Sí, deben estar esperándoos —dijo Marija, que arrastró a su hermana Radmila fuera del salón—. No tardéis.

—¿Qué? —le susurró Radmila a Marija, pero Lizia logró escucharla—. ¿Vas a dejarla sola con Goran? Eres mala, Marija.

La dulce chica apretó el paso.

—Mis hermanas… —suspiró Savic. Por un momento pensó que le daría su parecer sobre estas, pero finalmente no lo hizo, y añadió—. Ya las conocerás.

Sintió que la miraba como si quisiera averiguar qué pensaba de sus hermanas, pero solo consiguió que Lizia le sonriera, intentando esconder lo desconcertada y nerviosa que se sentía.

—Es una casa muy hermosa —dijo para disipar la tensión. Pero apenas lo consiguió, su marido se acercaba. Su mirada era demasiado analítica, profunda… la hizo respirar entrecortadamente.

—Espero que la consideres tu hogar —le escuchó decir.

No contestó, pero movió la cabeza con un asentimiento.

Ojalá pueda llegar a sentirlo así.

—¿Vamos?

Savic no le ofreció el brazo, simplemente señaló la entrada con la palma de la mano abierta.

Se adelantó unos pasos para pasar a la zona ajardinada.

Lizia no pudo pasar por alto la mano de su esposo en su espalda, la dejó ahí un largo rato hasta después de haber recorrido la distancia que separaba esa ala de la casa, a la zona de cócteles.

Si le preguntaran, Lizia admitiría que se sentía mucho más nerviosa andando por el jardín con el tacto de su palma en la espalda, que durante la ceremonia.