Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Aquí es donde vas a vivir, hermanita? —Bella abrió la boca mientras miraba por la ventana de la limusina.

—Eso parece —dijo Lizia.

Su padre la tomó de la mano y la miró como si ella estuviera haciendo un gran sacrificio.

—No te preocupes, papá, todo saldrá bien.

Y para su sorpresa, era lo que realmente pensaba.

Después de haber conocido a Goran Savic, no podía decir que no estuviera algo… ansiosa para iniciar esa aventura que era el matrimonio con uno de sus enemigos.

Intentó que su respiración no se alterara, pero fue difícil hacerlo cuando estaba pensando en la mano de su futuro esposo buceando entre sus piernas.

Le había gustado su descaro, la seguridad en sí mismo… era un depredador, un hombre acostumbrado a que todo el mundo bailara al son que él tocaba, pero… ella iba a encargarse en que se diera cuenta que no todo el mundo haría su santa voluntad. Al menos no su esposa.

Sonrió mientras en la caseta del guarda de seguridad, este les abría la verja y les sonreía.

El interior del recinto era aún más espectacular que el exterior.

—¿Tiene un lago con patos? —preguntó Bianca.

Lizia se encogió de hombros.

—No tengo ni idea.

—Pues ya te digo yo que tiene patos.

—Y cisnes —añadió su otra hermana.

Ambas estaban sentadas una al lado de la otra, ya habían cumplido la mayoría de edad, pero sus caritas angelicales las hacían parecer unas niñas.

Cerró los ojos y sonrió. Las iba a echar terriblemente de menos, pero mientras estuvieran en la misma ciudad, podría seguir disfrutando de su compañía, o eso esperaba.

Aún tenía la mano de su padre entre las suyas, y podía captar su nerviosismo cuando apretaba imperceptiblemente su mano y miraba más allá de las ventanillas.

Su madre ya no lloraba, menos mal. Pero prefería el llanto a la mirada cargada de odio de Leo.

Como si sus hermanas le hubieran leído el pensamiento preguntaron:

—Leo, cuando te cases con la hermana de Savic, ¿vas a vivir aquí?

No respondió a la pregunta de Bianca, se limitó a rechinar los dientes y a mirar por la ventana.

Si por él fuera podrían irse todos al infierno, pero al negarse a cumplir con la palabra de su padre, se le pondría una diana en la espalda, sería un paria sin dinero, ni familia.

Así que no tenía escapatoria, pero eso no significaba que fuera al matadero sin protestar.

Su boda se realizaría en pocas semanas, al igual que la de Radmila Savic con Aleksandar Perkovic.

—Ya hemos llegado —dijo su madre al ver el enorme recibimiento de sirvientes y hombres armados que había delante de la casa.

Era una mansión grandiosa, un poco más grande que la de su padre, por el camino de gravilla se llegaba a una rotonda con una fuente en medio, los escalones de piedra blanca ascendían a una especie de pórtico con columnas, unas robustas puertas de madera daban la bienvenida al recibidor de la casa.

Lizia suspiró, ese sería su hogar, al parecer en los próximos dos meses.

Junto con el matrimonio, Savic había adquirido derechos comerciales. Al parecer, como regalo de bodas, Salvatore le había regalado una colaboración. Las embarcaciones de los serbios servirían para distribuir el producto con el que traficaba Giuseppe Salvatore, o mejor dicho, su hijo Giovanni.

Lizia seguía sin comprender cómo un país sin mar podría haber tenido una flota tan grande.

El secreto sin duda estaba en los tentáculos de la mafia serbia que había llegado a la costa oriental de España, a Cerdeña y Baleares, donde en Mallorca habían iniciado un blanqueo de capital a gran escala.

Los precios desorbitados de los inmuebles era la clave para poder hacerlo.

Cuando el coche se detuvo, Leo fue el primero en bajar, ayudó a su madre que parecía haber abusado de los calmantes.

Sus hermanas, mucho más entusiasmadas por todo lo que veían se quedaron boquiabiertas ante el lujo de la entrada.

Finalmente, su padre salió y le ofreció la mano para salir de la limusina.

—¿Preparada?

Ella asintió mientras ponía un pie fuera del coche.

—Que empiece el espectáculo.

—Cualquiera diría que eres un colegial enamorado —dijo Kalev al ver el nerviosismo de su hermanastro.

—En serio, voy a patearte esa boca y haré que te tragues todos los dientes como no te calles —le dijo Savic de pie, en el altar improvisado repleto de flores blancas.

En la primera fila, Marija y Radmila lo miraban ocultando sus sonrisas.

Estaban hermosas; Radmila con un vestido rojo, ajustado y con un corte en la cadera que él, desde luego, no aprobaba.

Su escote en forma de corazón y su cabello oscuro cayéndole sobre un hombro, le hacían ser la mujer más hermosa y deseada de los presentes.

Marija, en contraste, llevaba un vestido túnica de color rosa pastel.

La suave seda la cubría del cuello hasta los pies, donde apenas asomaban sus sandalias con una pedicura perfecta.

Las mangas de su vestido estaban rematadas en pedrería, y alegraban el conjunto que, de ser de otra tela y color, no sería muy diferente a un saco.

Sobre su cabeza llevaba un pañuelo, que giraba sobre sí mismo cayéndole sobre un hombro y cubriéndole parcialmente la mejilla, donde todos sabían que tenía una profunda cicatriz. Las miró a ambas y asintió.

Pasados dos minutos, su pie empezó a golpear el suelo de manera casi imperceptible. Algo que sucedía cuando se ponía nervioso.

Bien, pensó él, era probable que estuviera algo nervioso, pero haría arder esa casa antes de demostrarlo. No podía entender cómo anhelaba de aquella manera desproporcionada, volver a ver a aquella mujer.

Tendría que ir con cuidado con Lizia Manzini, inminentemente Lizia Savic.

Le ponía nervioso, y le obsesionaba. Y un hombre obsesionado por una mujer, era peligroso y mucho más cuando él jamás se había interesado especialmente por ninguna.

Las mujeres servían para calentar su cama, y las que no, como sus hermanas, no las consideraba como tal, eran camarada en el sustento de su imperio criminal.

Observó a los invitados. Los italianos y sus pomposos trajes hechos a medida, mujeres hermosas, por lo general mucho más jóvenes que sus maridos.

Se odió por convertirse él mismo en un cliché.

Iba a casarse con Lizia, mucho más joven que él, pero a diferencia de esa escoria, él no lo hacía por lujuria, sino porque había dado su palabra.

De parte de la novia, en la primera fila pudo observar a su familia, sus dos hermanas que sin ser gemelas parecían compartir medio cerebro.

Su madre lo miraba con cierto temor, y una chispa de odio, no podía culparla.

A él tampoco le agradaría que su hija, de tenerla, se casara con un capo de la mafia serbia.

Leo… ese imbécil que iba a casarse con Marija, lo miraba con una mueca de asco en los labios, y Savic tuvo el deseo de bajar los dos peldaños que separaban el altar de la zona de césped y partirle la cara hasta que esa hermosura se convirtiera en una masa sanguinolenta.

Observó la silla vacía, del padre de Lizia, y cuando empezó a sonar la música, alzó la vista y la vio.

Dejó de respirar y se maldijo por ello. Pero la belleza de Lizia quitaba en verdad el aliento.

—Aún estás a tiempo de huir, yo puedo hacer el sacrificio en tu nombre y casarme con ella —dijo Kalev.

Cuando Goran lo miró de reojo, tuvo el buen tino de dar un paso atrás y levantar las manos. La risa de Radmila llegó a sus oídos y Savic le devolvió la sonrisa, también a Marija que estaba emocionada por esa boda.

Con la marcha nupcial, Antonio Manzini empezó a andar con su hija del brazo. Savic alzó la barbilla al darse cuenta de que él había tenido que tirar de ella, como si no quisiera avanzar hacia él. ¿Qué esperabas? Está obligada a cumplir con la palabra de su padre, se dijo Savic.

Lizia apenas podía respirar.

Se había quedado con los pies clavados en el suelo al ver la enorme figura de Goran Savic, esperándola en el altar de flores, con un juez a su lado y su hermanastro Kalev a su espalda, haciendo de padrino.

Cuando la música empezó a sonar y su padre se puso en movimiento, sintió un pequeño tirón en el brazo.

Sí, sí… tenía que andar hacia él, casarse con él… y que Dios la perdonara, pero estaba deseándolo. No por deber, o deseo… que lo había, sino porque… era lo más emocionante que había pasado en su vida.

Siempre se había refugiado en los libros, en los viajes y el arte para sentir algo de emoción.

Por lo general, su vida transcurría demasiado rápido, y en ella, Lizia solo era una observadora, era como si no sintiera emoción alguna por nada, como si no participara.

Pero desde hacía unos días, cuando sabía que su vida iba a cambiar radicalmente…

¿sería posible que empezara a vivir de verdad después de iniciar esta aventura?

Miró a los invitados.

Por supuesto estaba toda su familia, muchos más invitados de la parte de los italianos que de la parte de su esposo. Algunos no habrían querido hacer el esfuerzo de viajar a Bari para la ceremonia, ni Goran lo tomaría como un insulto. Y aun así, eran casi doscientos asistentes.

Reconoció algunos proveedores de su padre, y por supuesto los capos que rendían pleitesía a Salvatore, pero… si alguien destacaba entre esa masa de gente, eran los croatas.

Sabía que su padre les había dado un lugar privilegiado en la ceremonia y que por supuesto, como otra de las familias metidas en los pactos de Corfú, debían estar presentes.

Savic también les había ofrecido su lugar en las primeras filas, pero ahí estaban.

Cuatro hombres, al cual más atractivo y peligroso, se sentaban despreocupadamente con las piernas abiertas y los codos en los respaldos de las sillas vecinas.

Lizia miró a un tipo que, de pie, podría medir perfectamente dos metros, llevaba el pelo castaño claro, recogido en un moño sobre la cabeza, su barba bien cuidada y sus ojos azules…

Dios, era un espectáculo para la vista. Al igual que los dos hombres que lo flanqueaban, dos hombres…

idénticos. Sin duda los gemelos Novak. Branko y Marko, y si custodiaban a ese hombre, no podía ser otro que Aleksandar Perkovic, el demonio de Zadar.

El cuarto hombre la recorrió con la mirada de arriba abajo, mucho más serio que los demás, con una gran cicatriz en el lado derecho de su rostro.

Era endiabladamente atractivo… y peligroso.

Desconocía su nombre. Al fin y al cabo, todo lo que rodeaba la cúpula de los croatas, era un misterio.

Siguió avanzando, forzándose a sonreír.

Miró al que sería su marido. Si algo era Goran Savic, era peligro. Cualquiera podía notarlo, incluso los que no sabían que era un miembro destacado de la mafia serbia.

Se quedó mirando sus grandes manos, tatuadas y con el sello de oro blanco de los Savic.

A su lado, su hermano Kalev, le ganaba en hermosura, de una forma angelical, pero no en altura.

Goran era de pelo castaño y ojos color ámbar.

Su mirada parecía de otro mundo y Lizia pudo comprobarlo cuando avanzó del brazo de su padre hasta el altar improvisado.

Entreabrió los labios cuando llegó al altar. La sala estaba hermosamente decorada, pero él musulmán y ella católica, se casaban por lo civil. Por supuesto el matrimonio sería válido para todas las familias, por eso accedieron.

Cuando su padre la entregó, Goran le tomó la mano, rozó sus dedos y le dio un pequeño tirón para que se posicionara a su lado.

Sintió un cosquilleo arrasar su vientre cuando esos ojos prácticamente sobrenaturales se posaron sobre los suyos.

Sí, esa mirada, su sonrisa ladeada… hizo que quisiera darse media vuelta y salir corriendo.

—Tranquila —escuchó esa voz cavernosa e increíblemente erótica—. No te morderé.

Ella lo miró sin parpadear y él se inclinó para derramar en su oído la última palabra.

—De momento.

Se miraron a los ojos, y para desgracia de Lizia, mantuvo esa sonrisa canalla en sus labios, como si le dijera sin palabras lo que iba a suceder después, cuando estuvieran a solas. Y maldita sea, lo estaba deseando.

La ceremonia fue breve, nada religiosa, sin tópicos, sin velo… Solo el cliché más esperado.

—Puedes besar a la novia.

Cuando ella abrió los ojos, expectante, Goran Savic se inclinó hacia su mejilla. Con gran desilusión pensó que se la besaría, y que eso sería todo.

¡Qué poco conocía a su marido!

—Y ya eres mía, señora Savic.

El cuerpo de Lizia se estremeció de la cabeza a los pies y cuando vislumbró el color de los ojos de su esposo, entreabrió los labios, esperando decirle algo ingenioso, que no llegó. Pues su esposo la silenció con un beso.

Supo que estaba perdida, desde el momento en que los labios de Savic se apoderaron de su boca. Pensó que delante de la familia sería discreto, pero Goran Savic tomó, degustó y arrasó lo que a partir de ese momento pensó que le pertenecía por derecho.

Y ella disfrutó cada instante.