Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Para cuando acabaron los postres, y la conversación no pudo ser más aburrida, Goran se levantó dejando la anécdota de su hermanastro Kalev, que le importaba una mierda, a medio terminar.

Sus pasos elegantes lo llevaron al otro lado de la mesa redonda, y tendió la mano a su prometida.

—Tomemos café en el reservado, hay algo de lo que quiero hablarte.

Lizia desvió la mirada de sus ojos azules hacia el rostro de su padre, que nervioso por ese gesto inesperado, la miró preocupado, pero finalmente asintió.

No le estaba pidiendo permiso, pensó ella. Solo quería ver cuán peligroso era ese hombre, si su padre se fiaba de dejarla a solas.

Cerró los ojos por un instante. ¿Y qué si no se fiaba? ¿Acaso podía desobedecer a Salvatore? ¿Romper la promesa que había hecho en Corfú?

—Vamos —asintió ella, dejando que él tomara su mano y dejando a la mesa principal en un silencio absoluto.

Más allá de las puertas espejo del fondo del salón se hallaban dos reservados.

Lizia no tardó en atar cabos, por supuesto, el restaurante era de Savic. En ese lugar apartado estaba segura de que se llevaban a cabo grandes cenas de negocios. Estaban diseñadas de tal forma que podían observar a todos los comensales del salón, pero que nadie podía verlos.

Los sofás con respaldo alto eran circulares, de un color negro muy intenso, tapizados con terciopelo, no cuero. La mesa en el centro había sido sacada y Lizia intuía que la habían quitado para poder estar más cómodos.

—Siéntate.

La voz de Savic llegó de su espalda cuando la hizo pasar al reservado. Cerró la puerta espejo y se quedaron a solas, iluminados por unas tenues luces. Románticas. Demasiado para ella.

Lizia se acomodó en el centro del sofá en forma de media luna y Savic tomó su lugar junto a ella, quizás demasiado cerca.

Cuando la camarera entró con un par de copas, ella se sorprendió de que fuera su cóctel preferido, un negroni.

Cuando la chica se retiró, se dio cuenta de lo pequeño que era ese reservado y de lo grande que era Goran Savic.

Tomó la copa y se la llevó a la boca. Le encantó su sabor y lo miró mientras se lamía el labio inferior.

—¿Debo suponer que lo sabes todo de mí?

—Puedes suponer lo que quieras —dijo él tomando su whisky con hielo y mirándola por encima del borde mientras bebía su primer trago.

Savic esperaba que se sintiera intimidada, que se acobardara ante su persona, al fin y al cabo, él era un señor de la mafia y ella, una mujer tan sensible, como para estudiar arte.

No obstante, Lizia lo miró con fijeza, esperando en parte que él llevara el peso de la conversación, que le dijera claramente lo que quería y esperaba de ella, o más bien de esa farsa de matrimonio.

Al ver que no hablaba, ella se sintió impulsada a hacerlo.

—¿Hablamos de la farsa de nuestro matrimonio?

Lejos de mostrarse sorprendido, Savic se rio, como si aquella situación fuera divertida y no algo por lo que su madre llevaba días llorando.

—No esperaba que fueras tan…

—¿Directa?

—Hermosa —dijo él ladeando la cabeza y lamiéndose de los labios el resto del licor.

Vaya, ella tampoco esperaba esa respuesta.

Se recuperó pronto, apartando la vista y tocando con el dedo índice la condensación del cristal de su bebida.

—Usted tampoco es lo que esperaba.

—Si vamos a casarnos, deberíamos tutearnos, y empezar a hablar.

Lizia era consciente de la mirada escrutadora sobre su rostro, pero también cómo la había deslizado hacia sus pechos, hacia el corte de su vestido, donde asomaba media pierna.

Tragó saliva cuando se armó de valor para mirarlo a la cara.

Savic apoyó un codo en el respaldo del sofá, cerca de la cabeza de ella. Su mano tatuada y con el sello de la familia acarició su mentón y después sus labios, en un gesto pensativo, mientras la mirada le recorría el rostro, quizás en busca de imperfecciones. No había ninguna.

—¿Finges siempre tanta serenidad, Lizia?

Ella le sonrió.

—¿Quién dice que esté fingiendo?

Bien, bien… le gustaba su novia.

—Empezamos a conocernos mejor.

Algo en esa frase hizo que sonaran las alarmas en su cabeza, su sonrisa coqueta desapareció de su rostro y fulminó a Savic con la mirada, que parpadeó confuso.

—¿Cómo de bien quieres conocerme hoy?

Le había mal interpretado, pero no importaba. Sería mejor que dejara las cosas claras.

—Todo lo bien que pueda.

—No pienso permitirte nada indecoroso antes de la boda.

Él se echó a reír.

—¿Nada indecoroso? Vaya… me gusta que pienses que tienes opción.

—La tengo —dijo mordiendo cada palabra.

—¿Crees que puedes deshacerte de mi compromiso?

—Yo no he dicho que me desharía de nada —lo encaró mirando directamente sus ojos azules que parecían estudiarla—. Pero te digo que no vas a obligarme hacer nada que no quiera.

—Oh —dijo con un humor mal disimulado—. Yo jamás obligaría a hacer nada a una mujer. Me gustan más cuando vienen a mí por voluntad propia. Preferiblemente de rodillas y desnudas.

Ella tomó aire por la nariz, sus aletas se dilataron ofendidas, y Savic se esforzó por no mostrarse tan complacido como se sentía.

—No vendré a ti de esa manera, jamás.

Sus ojos azules parecieron oscurecerse al decirle:

—Lo harás.

Maldito arrogante, se mostraba tan seguro de sí mismo.

—Acabas de decirme que no me obligarías…

—Te he dicho mi preferencia, pero… —la inclinó un poco más sobre ella para derramar sus palabras cerca de su oído—, puedo asegurarte de que calentarás mi cama. Esto no será un matrimonio de pega. Al fin y al cabo, el pacto es para tener hijos y unir nuestras familias con sangre.

Ella clavó la mirada en los espejos, allí, en el salón, su padre parecía hablar con Kalev, mientras su madre con la cabeza sobre la mesa, dormitaba. Sus hermanas y las de Savic cotorreaban, sin duda Radmila se lo pasaba bien, reía. O bien con ellas o de ellas, pero se divertía.

¿Así serían sus cenas familiares? Bueno, no parecía tan terrible.

—¿Cuántos años tienes?

Ella volvió la cabeza hacia él, sorprendida por la inesperada pregunta.

—Creí que lo sabías todo de mí.

—Prefiero que me lo cuentes tú.

De nuevo esa voz grave y sensual que le erizaba el vello de los brazos.

—Tengo veinticinco, ¿y tú?

—Treinta y cuatro. —Le sonrió al ver que ella estudiaba sus facciones y no perdía detalle—. ¿Demasiado viejo?

—Nueve años tampoco son tantos.

—¿Qué pensaste cuando tu padre volvió de Corfú y te explicó lo que se había decidido?

Ella no dudó.

—Que estabais completamente locos.

La risa se expandió por el reservado, y ella lo miró, nuevamente con sorpresa. La comisura de sus labios se estiró hacia arriba.

Su marido parecía tener sentido del humor.

—Matrimonios entre señores de la mafia… Pensé que sacrificaríais a peones, no que vosotros mismos os llevaríais al matadero.

—He decidido que casarme contigo no es ir al matadero.

—Me lo tomaré como un cumplido.

Lo es, pensó Savic.

Lizia ladeó la cabeza y dejó que él acariciara su piel con la mirada. La deseaba, podía notarlo en el ambiente. ¿Y ella? Sí, joder. Cruzó las piernas y apretó sus muslos sintiendo un pequeño latido entre ellas.

Goran Savic era muy peligroso.

—¿No pusiste resistencia al compromiso? —Quiso saber Savic.

—No.

—¿Por qué?

Ella parpadeó.

—Porque estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por mi familia.

—Una mujer leal.

—Lo soy —dijo ofendida ante el tono incrédulo de su prometido—. ¿Por qué no iba a serlo? Mi familia me ha hecho lo que soy, me ha dado lo que tengo. Para bien o para mal, le debo todo.

Lo escuchó respirar hondo y acabar su copa.

—Así que aceptaste sin condiciones.

Ella movió de nuevo las piernas y sus rodillas apuntaran en su dirección. Algo en esas palabras la había enfadado. Lo veía en su mirada, mucho más penetrante que hacía unos segundos. Savic estiró el cuello y sonrió.

—¿Y bien?

—No sé qué crees que va a ser esto…

—Solo un matrimonio —dijo él—. Uno muy real.

Ella empezó a reírse.

—Te aseguro que mi marido, uno hipotéticamente muy real, respetará mis deseos. Hay cosas en las que no voy a transigir.

Lo miró mordiéndose el labio, como si ya hubiera decidido que cualquier cosa que él le dijera, le importaba una mierda, porque haría su santa voluntad. Eso no le gustó, siempre y cuando no le beneficiara.

—¿Como por ejemplo?

—Seguiré trabajando en mi galería.

Ya veremos.

—¿Algo más?

—Nimiedades para un italiano, pero quizás un serbio…

—Oh, los serbios —se burló él—. Créeme que notarás la diferencia.

—Tú también la notarás —le amenazó—. No voy a dejarme arrastrar por tus caprichos. Serás mi esposo, pero no mi carcelero, y mucho menos mi dueño.

En eso te equivocas, preciosa.

Sonrió.

—Si intentas dejarme o huir de mí después de que hayas jurado casarte conmigo y ser mía, en todos los aspectos… —arrastró las palabras mientras el dedo pulgar se estiraba hacia su rostro, le recorrió la mejilla en lo que parecía más una caricia que la amenaza que ella pensaba le estaba dando.

—¿Sí?

—Te encontrarás la desagradable sorpresa de que no podrás hacerlo.

—¿Me perseguirás? —intentaba parecer despreocupada, pero nadie, absolutamente nadie quería ser perseguida por el lobo de Belgrado.

—Te daré caza, y no encontrarás refugio donde esconderte. —Ahora le acarició la mejilla y el cuello con todos los dedos de la mano derecha. Su mirada siguió el toque de su piel y cuando llegó al escote de su vestido apartó la mano y la miró a los ojos con una sonrisa que la humedeció por completo.

—Entendido.

—Qué bien, que lo entiendas.

—Ahora me toca a mí —dijo Lizia.

Le sorprendió que ella se pusiera de rodillas sobre el sofá y que se acercara tanto a él hasta que su cabeza quedó a escasos centímetros de la suya. El mechón rebelde tocó el hombro de Savic.

—No soy una muñeca de porcelana. No soy un florero.

Podemos llegar a un acuerdo como personas civilizadas, pero…

si haces algo —ahora fue la mano de Lizia quien acarició su frente y bajó hasta pasar el dedo índice por su mentón—, indebido, inapropiado…

me aseguraré de que entiendas que me has dado carta blanca para hacerte lo mismo.

—¿Eso entenderé?

Ella asintió y su sonrisa no fue dulce ni miedosa.