Goran (Matrimonios de la mafia nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Cuando Lizia entró en el salón, su madre estaba llorando de nuevo. Tenía una copa entre sus manos y la cabeza agachada, estaba completamente derrotada, como si fuera ella y no su hija, la que debía sacrificarse por el bien familiar.

—Mamá —le dijo acercándose al sofá—, deja de llorar, vas a preocupar a mis hermanas.

Bella y Bianca, de dieciocho y veinte años, estaban demasiado ocupadas con sus TikTok, y siguiendo grupos coreanos de música para enterarse de lo que estaba pasando. A veces, incluso dudaba de que supieran realmente a qué se dedicaba la familia.

—Bella y Bianca están entusiasmadas con la boda —escupió Leo, que acababa de entrar junto a su padre.

Se fue directamente al minibar y se sirvió un generoso trago de whisky; cuando se lo terminó de un trago, volvió a rellenar la copa.

Su padre no dijo nada, solo movió la cabeza con disgusto. Su madre ni siquiera había levantado la cabeza.

—Es tan injusto.

Justo no era. Desde luego. Ella tenía planes de futuro. Había empezado a trabajar en una galería de arte y no pensaba dejarlo solo para contentar a su marido psicópata y príncipe del crimen organizado. De eso tendrían que hablar esa noche en la cena de compromiso.

—¡Para de beber! —amonestó su padre a Leo, cuando volvió a llenarse la copa.

—Vamos, no estoy más borracho que mamá.

Lizia se limitó a mirarlo con disgusto. Pero antes de que pudiera decir nada, Bella y Bianca entraron en el salón.

—Ya estamos listas! —gritaron al unísono.

Parecían mucho más mayores, con tanto maquillaje y esos vestiditos cortos que apenas dejaban lugar para la imaginación.

—Vestís como zorrones —se burló Leo.

Bella le sacó la lengua.

—Al menos no vamos bebidos a la cena de compromiso de nuestra hermana —le dijo Bianca burlándose.

Al ver que su hermano tiraba el whisky en su dirección intentando mojar su vestido, Bianca gritó:

—¡Papá! Dile algo a ese cromañón.

Lizia contemplaba la escena impasible.

Bueno… señoras y señores, la familia Manzini. Caótica, disfuncional… realmente unas caricaturas para poner en un libro sobre estereotipos. Pero no quería pensar en ellos. Al fin y al cabo, mañana se casaría y se iría de esa casa.

Al parecer Goran tenía una casa en Bari, que sería justo donde se celebraría la boda. Los altos señores de la mafia estaban invitados.

A pesar de las prisas, le habían comprado un vestido que estaba segura que podría pagar la sanidad de un país en vías de desarrollo.

Su madre había llorado cuando se lo puso, y volvió a llorar cuando se lo quitó.

Había empezado a beber desde entonces y ahora ella y Leo podían ir de la mano a esa cena de compromiso, para que finalmente ella y su futuro marido pudieran conocerse.

—¿Nos vamos? —preguntó, queriendo terminar con ello cuanto antes.

—Sí, vamos —dijo Bella colgándose del brazo de su hermana mayor.

Bianca hizo lo mismo con el otro brazo mientras daba saltitos.

Eso la hizo reír. Parecían realmente emocionadas.

—Oh, te vas a casar, ¿no es maravilloso?

—Una mujer independiente, con su propia casa…

No sabía si sería una mujer independiente, y mucho menos que pudiera hacer su santa voluntad en una casa que sería de su marido. Pero dejaría claro que iba a seguir trabajando, no pensaba renunciar a su puesto en la galería. Después de tantos años de estudio…

Escuchó que su madre aumentaba el volumen del llanto cuando su padre la tomó de la mano y se dirigieron hacia la entrada de la casa.

—Nos veremos allí —dijo su padre que había decidido ir en su propio coche.

Leo no dijo palabra, los adelantó y se fue. Era seguro que también iría en su coche, a pesar de no estar en condiciones.

—Vamos —dijo finalmente a sus hermanas—, el chofer nos espera.

Caminaron hacia la salida. Bianca y Bella se pusieron a hablar de moda, sobre sus vestidos y sobre el de Lizia, que creían demasiado recatado.

Llevaba un vestido blanco, hasta los pies, ajustado en el pecho y con dos delgados tirantes que dejaban ver sus clavículas desnudas.

Su cabello castaño estaba recogido en un moño alto, con unos adornos de flores.

—Pareces la diosa atenea —le había dicho Bianca.

No respondió, siguió andando hasta que el coche las recogió en la puerta.

Cuando entró para sentarse, su pierna quedó al descubierto por el sensual corte lateral. El cinturón de pedrería le daba un toque elegante y festivo. Podría haber sido perfectamente su vestido de novia, si su madre no hubiera querido para la ceremonia algo más ostentoso.

Su pulso se fue acelerando mientras avanzaban hacia el restaurante. Hacia Goran Savic.

El restaurante estaba vacío, por petición expresa de Savic. Había reservado todo el salón, y había cuatro mesas redondas, preparadas para que pudieran disfrutar de la velada.

—Me sigue pareciendo la decisión más estúpida que has tomado en la vida —le dijo Kalev sentado a su lado. Tomo un sorbo de whisky mientras miraba alrededor.

Sus hombres de confianza estaban allí, al igual que sus hermanas. Radmila había decidido vestir de negro, con un vestido ajustado, hasta las rodillas. Marija había escogido uno de sus vestidos túnica, bonito y elegante, pero sin forma. Su rostro permanecía medio oculto por su larga melena morena.

Las dos estaban en la barra, hablando de sus cosas, mientras no quitaban ojo a la puerta. Seguro que estaban tan impacientes de conocer a su futura cuñada como él.

Cinco de sus primos ocupaban una mesa adyacente, mientras Kalev esperaba a su lado.

Miró con insistencia la pared de cristal al otro lado del salón.

Savic irguió la espalda al ver cómo la puerta de entrada se abría para dejar entrar a Antonio Manzini. No llegaba solo, lo hacía con su esposa. Una mujer alta, rubia y hubiera dicho elegante, si no fuera por su estado de embriaguez.

—Qué bonita estampa —dijo Kalev.

—Cállate —le respondió a su hermanastro.

Luego todo pareció quedar en silencio. Entraron tres chicas, a cada cual más hermosa, y Kalev alzó una ceja para después mirarlo como si le hubiera tocado la lotería.

—Joder, igual… me replanteo…

El puñetazo que Goran le dio a Kalev en el estómago lo dejó un instante sin aliento, pero no le quitó las ganas de burlarse de él, ya que empezó a reír y a toser, cuando el jefe de la mafia serbia se puso en pie para recibir a sus invitados.

Cuando Lizia lo vio, supo de inmediato que era él.

Lo observó abrocharse el botón de su chaqueta.

No avanzó hacia ella, sino que esperó a que ella fuera en su busca.

Había otro hombre sentado en su mesa, que no se levantó y que la miró por encima del hombro, su sonrisa andaba entre la admiración y el desprecio.

Sabía que era bonita, muchos hombres habían tenido la osadía de decírselo, hasta que se habían enterado de quién era hija.

Sospechaba que con Savic no tendría ese problema, él ya sabía que su padre era un mafioso, y con sinceridad diría que le importaba un bledo.

No era de los hombres que se mordían la lengua a la hora de dejar claras las cosas.

Lo sabía porque lo había investigado.

Y no era tan ingenua como para no saber que él también la habría investigado. ¿Qué pondría su ficha? Mujer de veinticinco años, licenciada en Bellas Artes, con un trabajo conseguido por papá, seguramente bajo coacción o soborno… Sí, no era demasiado buena en nada, salvo en ser la hija de papá.

Pero le importaba un bledo lo que pensara la gente, el arte era su pasión. Hubiera sido feliz viviendo en la galería, pero… alguien había decidido sacrificarla para poder poner paz en una guerra absurda empezada por tipos con demasiada testosterona y tiempo libre.

Miró a su prometido, de pie junto a la mesa.

Era guapo, nadie podría decir lo contrario, y a pesar del traje…

era un hombre peligroso. Eso desprendía cada poro de su piel.

Miró sus manos unidas, se estaba acariciando el sello de oro blanco mientras la recorría con la mirada.

Manos grandes, con tinta, dibujos que no podía distinguir.

Sus ojos volaron hacia el cuello de su camisa, también había tinta allí, pero escasa, como si el dibujo hubiera querido morir en su cuello.

Un cuello fuerte, igual que su mentón cuadrado.

Tragó saliva al ver sus ojos de un azul intenso. Eso la hizo suspirar involuntariamente.

—Está buenísimo.

—Qué gusto tienes, hermana.

Las chicas rieron, sin llegar a entender que estaban allí prácticamente en contra de su voluntad. Y que ella no tenía gusto alguno, porque ni siquiera lo conocía, o había tenido voz en ese asunto.

—Lizia —la voz de su padre la pilló desprevenida e hizo que apartara los ojos de su prometido.

Todos se acercaron a la mesa, y desde el fondo del local vio cómo dos mujeres también lo hacían, las hermanas de Goran Savic, sin duda.

Cuando todos se pararon frente a la mesa, Manzini hizo las presentaciones.

Empezó por su esposa, y sus hijas Bianca y Bella.

Cuando la presentó a ella, su tono fue más duro, como si le doliera hacer ese honor.

—Mi hija Lizia Manzini. —La tomó de la mano al tiempo que ella levantaba la otra para ofrecérsela a Savic—. Él es… Goran Savic.

Si había pretendido añadir algo más tras su nombre, no lo dijo. Apretó los labios y guardó silencio mientras los futuros esposos se miraban con intensidad, arrullados por el llanto de nuevo inesperado de Deyanira Manzini.

Era alta para ser una mujer, pensó Savic.

Si daba un paso hacia ella, su boca quedaría justo a la altura ideal para besarle la frente.

No lo haría por supuesto, pero… esa posibilidad quedó grabada en su mente.

Su largo cabello oscuro estaba recogido en un moño, y un mechón rebelde cayó sobre su frente, a lo largo de su mejilla, rozando uno de sus generosos pechos.

Apartó la mirada de allí, aunque estaba convencido de que alguno de sus hombres no lo había hecho, sintió el impulso de matarlos a todos.

Su vestido era exquisito, elegante, sensual…

Carraspeó e intentó recuperar la compostura.

—Un placer.

—Lo mismo digo —dijo Kalev antes de que ella pudiera responder.

Goran lo fulminó con la mirada. ¿Qué haces imbécil?

Sonriendo, Kalev alzó las manos y dio un paso atrás, quedando entre sus dos hermanastras que miraban a Lizia con curiosidad.

—Esto no irá bien —refunfuñó Radmila inclinándose hacia Kalev.

—¿Apostamos?

Marija los hizo callar con una mirada de reproche. Ambos se rieron, pero no volvieron a abrir la boca.

Diez minutos después todos estaban sentados en la mesa. El único que no había aparecido era Leo Manzini, pero nadie lo echaba en falta.

Marija se había sentado con la espalda recta y durante mucho tiempo había mirado la silla vacía, para fortuna del imbécil de Leo, su hermana no parecía molesta, ni triste. Al contrario, hubiera sido muy triste tener que abrirlo en canal en su cena de compromiso, pensó Goran.

Lizia observaba a los comensales en silencio.

Desde luego su padre y Savic llevaban la voz cantante, hablando de sus relaciones comerciales, negocios legales, etc.

, mientras los demás se esforzaban por aparentar que todo aquel despropósito era normal.

Bueno, unos se esforzaban más que otros, porque las hermanas de Lizia parecían encantadas con los canapés y el primer plato de solomillo, y por supuesto el vino que irrigaba toda la mesa desde que se habían sentado a cenar.

Por otra parte, su madre no se esforzaba en lo más mínimo para parecer agradable.

Lloraba en silencio, y otras veces no tanto.

Kalev Savic, para burlarse de ella o compadecerse, le iba rellenando la copa.

En el segundo plato su aspecto era de alguien comatoso.

Qué vergüenza cuando ese hombre le dirigía la palabra.

Era incapaz de abrir la boca y no ponerse en ridículo ¿Qué coño quería que le dijera delante de sus padres?

Su padre ya lo estaba pasando mal, como para encima montar una escena. Cualquier pregunta que Goran le hacía, buscaba una segunda intención y se había llevado más de una mirada hostil.

Aquello no iba a funcionar. Y Radmila Savic parecía intuirlo, porque sonreía a cada tropiezo suyo y de su hermano.