Capítulo 3
En la cena del clan Savic no se respiraba un ambiente festivo.
La docena de hombres sentados a la mesa, comían en silencio, mirándose unos a los otros, pero ninguno se atrevía a decir nada que pudiera molestar a su jefe, Goran Savic.
Desde que su padre hubiera muerto, hacía más de seis años, Goran se había encargado de llevar los asuntos de la familia, o más bien del clan, con mano de hierro.
La familia Savic era extensa, porque también englobaba a otros miembros que no llevaban su apellido, ya que, por una u otra cosa, se consideraban dignos de ser llamados hermanos.
Los principales socios de Goran estaban esa noche sentados en la mesa.
Había novedades. Se podía decir que era una cena de negocios.
Solo había dos mujeres sentadas a la larga mesa, sus hermanas Radmila y Marija, que ocupaban su lugar a la derecha y a la izquierda de Goran.
Las mujeres sabias no se inmiscuían en el negocio, aunque había excepciones.
Radmila había acudido a regañadientes, sabiendo que en Corfú se había decidido su destino. Debería haber ido, pensó, pero se había quedado para apaciguar a Marija. Su hermana menor jamás había abandonado la propiedad de la familia en Bari. No después de lo que los hermanos llamaban, aquella noche.
Goran miró a sus hermanas. Si bien Radmila le sostuvo la mirada por encima de su copa de vino, cuando contempló a Marija, sentada a su izquierda, vio que parecía ausente.
Comía en silencio. Llevaba un vestido largo que cubría sus sandalias de talón plano y su velo le ocultaba parcialmente la cara, aunque todos los hombres sentados a esa mesa habían visto en alguna que otra ocasión las cicatrices de su rostro.
Un tajo de la frente hasta el nacimiento del mentón que incluso así no aplacaba su desgarradora belleza.
Ojos grandes y expresivos, tiernos como los de un cervatillo.
Una sonrisa dulce, tan dulce como su carácter.
La antítesis de Radmila a quienes algunos apodaban «la zorra Savic».
Sí, las hermanas se amaban, pero no podían ser más distintas.
Marija era, sin duda, la favorita de sus dos hermanos. No había nada que Radmila no hiciera por su hermana, y nada que Goran no hubiera hecho para vengarse de los hombres que marcaron su cuerpo.
Cuando terminaron de cenar, la tensión era palpable.
Después del postre y antes de que sus hombres, todos de traje y mirada expectante empezaran a beber, Goran los miró a todos preparando un discurso mental.
—Creo que ha llegado la hora —dijo Radmila mirando a su hermano.
Ladeó la cabeza y miró a Marija que ya había sido informada de lo que había pasado en Corfú, pero a los demás miembros del clan les faltaban los detalles de aquella tregua indefinida, sus deberes y obligaciones.
Goran se levantó abrochándose la chaqueta de su traje de tres piezas.
Era alto, con sus ojos de un color más oscuro que los de su hermana Marija, sus hombros eran anchos y su cintura estrecha, y la elegancia del traje solía desentonar con el desaliño de algunos de sus hombres, que preferían las camisetas con calaveras y los vaqueros rotos.
Pero esa noche era de gala, se pondrían las bases que marcarían el camino que debía seguir la familia durante esa década, incluso más allá.
Carraspeó, aunque no hacía falta, pues ninguno de sus hombres hablaba.
—Alguno de vosotros habéis estado en Corfú conmigo, y los demás seguro que habréis escuchado rumores. —Los miró uno a uno y hubo algún asentimiento—. Las familias en guerra hemos decidido firmar la paz.
Ante aquellas palabras hubo muestras de desagrado y descontento, mientras otros rostros parecían aliviados. Radmila lo miraba sin inmutarse, aunque por dentro hervía de rabia, pues sabía los sacrificios que tendrían que hacer para llevar a cabo la ruta marcada por los patriarcas.
—Se han propuesto alianzas firmes, inquebrantables. —Los murmullos cesaron—. Solo de una manera se puede obtener esos firmes lazos.
Miró de reojo a Radmila que asintió levemente, Marija agachó la cabeza.
—Hemos decidido concertar matrimonios entre nuestras familias.
Hubo algunos gritos ahogados, alguien estrelló el puño contra la mesa, otros bebieron un trago de alcohol, como si eso les ayudara a digerir mejor la noticia. No puede ser, están locos, ¿cómo es posible?
Las expresiones de descontento se fueron sucediendo. Incluso los que deseaban esa paz estaban ciertamente desconcertados por ello.
—Por nuestra parte —continuó—, los matrimonios concertados nos unirán a los italianos y a los croatas, creando así una red para dominar el Adriático, sin oposición alguna.
Todo el mundo estaba impaciente por saber, pero nadie se atrevía a preguntar de qué matrimonios estaba hablando. Algunos, preocupados por su futuro, especularon cuál de ellos debería sacrificarse.
Pronto las dudas quedaron despejadas.
No podían haberse sorprendido más.
—Mi matrimonio con Lizia Manzini, la hija de la mano derecha del Don Giuseppe Salvatore, se celebrará de inmediato.
—¿Qué?
—¿Cómo es posible?
—¡Pero, señor!
Radmila miró a los hombres de Savic, por supuesto que estaban nerviosos, jamás se esperaba que ese pacto entre familias rivales fuera tan fuerte. El propio jefe iba a sacrificarse y casarse con la italiana, la hija mayor de Manzini, ni más ni menos.
Cuando Savic golpeó la mesa, el silencio volvió a reinar. A ninguno le pasó por alto el respingo que dio Marija, como si no hubiera terminado de hablar, como si su futuro también hubiera quedado sellado por la promesa de su hermano.
—Soy consciente —dijo Goran—, que el odio que sentimos por los italianos, en concreto por los Ferrara y los Savina, es muy fuerte. Pero Salvatore es un hombre de palabra.
—Toda la palabra que pueda tener un espagueti.
No hizo falta dar otro golpe sobre la mesa para que reinara de nuevo el silencio, aunque el descontento era evidente.
—Mi hermana Marija se ha comprometido a casarse con Leo Manzini, para que el sello sea fuerte.
Marija no pronunció palabra, solo miró a su hermano y asintió. Radmila apretó los puños con rabia. Sabía que Leo Manzini era un puto despojo, no le sería un gran esfuerzo deshacerse de él si daba un paso en falso. Si violentaba a Marija de alguna manera… era hombre muerto.
—Como mano derecha de los Salvatore, los Manzini son influyentes, y dominan la costa de Bari, donde a nosotros nos conviene tener un buen puerto.
En eso tenía razón y sus hombres aceptaron que esa alianza tenía sus ventajas.
—Respecto a Radmila… —Le cedió la palabra a su hermana, pero ella se limitó a negar con la cabeza.
No porque hubiera rechazado el matrimonio acordado, sino más bien porque pasaba mucho de hablar frente a sus hombres.
No estaría bien visto que escupiera palabras cargadas de veneno contra esas ratas, que es como ella consideraba a los croatas—. Se casará con Aleksandar Perkovic.
—Dios mío… —murmuró alguien.
No era para menos. El demonio de Zadar tenía una reputación sólida. Puede que siempre hubiera mantenido un perfil bajo en los trabajos de la costa, pero nadie olvidaba la matanza de Sibenik. Nadie olvidaría qué hacía Aleksandar a sus enemigos, o a aquellos que lo traicionaban.
Radmila bebió de su copa de champán, como si ser la prometida del demonio no le preocupara en lo más mínimo.
Ella sabía defenderse. Desde que sus padres habían muerto se había dedicado en cuerpo y alma a no ser una víctima, y no lo sería ahora.
Un movimiento en falso por parte de ese traficante de armas croata, y se haría un puto collar con sus dientes.
—No os preocupéis por mí, chicos, mantendré vuestros barquitos a salvo en los puertos de las islas —les dijo con una sonrisa que a todos les pareció auténtica.
—Tendréis más noticias el próximo sábado cuando se celebre mi boda. —Se sentó desabrochándose la chaqueta y suspiró mientras ordenaba con una mano que trajeran las bebidas más fuertes. Dos camareras de uniforme las sirvieron y los hombres poco a poco empezaron a subir el tono de voz.
Savic era muy consciente de que su hermana Marija no había abierto la boca, y la tomó de la mano.
—Si quieres cambiar de opinión… dos matrimonios serán más que suficientes.
Marija alzó la mirada hacia su hermano y seguidamente hacia Radmila que asintió muy segura.
—No tienes por qué…
—Quiero hacerlo —dijo con su voz dulce y temblorosa—. Somos una familia, dejadme hacer algo por los seres que quiero.
Su hermano se inclinó y le besó la mejilla que tenía al descubierto, mientras que sobre el mantel de lino, Radmila le apretó la mano. Marija sintió su contacto. Eran tan diferentes. La mano de Radmila con uñas rojas y anillos de oro, la suya sin esmalte, limpia, sin abalorios.
—Estaremos viviendo cerca, durante los primeros meses viviré en Bari, coordinando personalmente los diferentes negocios que Salvatore nos permitirá llevar a cabo —dijo Savic—. Si veo que ese mierda…
—Savic —le amonestó Marija.
—Lo siento, si veo que Leo Manzini no te trata con el respeto y el honor que te mereces, no habrá alianza que le salve de perder la cabeza.
—Y yo le ayudaré. —Su hermana Radmila le guiñó un ojo. Alzó la copa de champán, como si brindara por ello.
—¿Estamos de acuerdo? —Miró a sus hermanas y ellas asintieron—. No tendremos paz a cualquier precio.
—No habrá paz si el precio es más de lo que estamos dispuestos a pagar —dijo Radmila.
Marija guardó silencio, pero finalmente asintió.
—¿Ya se lo habéis dicho a Kalev?
La risa de Radmila y el gruñido de Goran hizo que entendiera que Kalev no sabía absolutamente nada, y su primo era muy protector con la familia. Marija no quería estar presente cuando se enterara.
—Vuelve hoy de España.
Goran suspiró.
—Está a punto de llegar.
Entonces sí que Marija sonrió.
—No quiero ver el espectáculo. Si me disculpáis, me retiro.
Radmila rio con fuerza.
—Siempre fue la más lista de los tres.
Le devolvió la sonrisa y se inclinó sobre su hermano. Le besó en la frente.
—Buenas noches, hermanos.
—Buenas noches.
Minutos después, como si Kalev hubiera sido invocado, apareció golpeando la puerta contra la pared al abrirla.
—¡Goran! ¿Has aceptado casarte con la hija de Manzini? —preguntó Kalev cabreado—. ¿En qué coño estabas pensando?
—Sí que se ha enterado —dijo Radmila volviendo la cabeza hacia Goran.
Este se mantuvo impasible. Se reclinó contra el respaldo de la silla y obligó a todos sus hombres a marcharse del salón.
—¡Retiraos!
Kalev, con su metro noventa de estatura, tenía una mirada penetrante, oscura. Su cabello negro lo hacía el paradigma de la maldad, pero sus familiares sabían que no era cruel por diversión, lo era solo por lealtad. Nadie atacaba a la familia sin consecuencias.
Le había crecido la barba, y hacía que su tez pareciera más oscura de lo que en realidad era. Iba vestido completamente de negro, con pantalones de traje y camisa, pero sin corbata ni chaqueta. Hacía demasiado calor.
—¿Eres consciente de que, si no fueras mi hermano, ya te habría arrancado la lengua por hablarme así?
Kalev puso los ojos en blanco, pero de todas maneras se sentó en la silla que había dejado libro Marija.
—¿Dónde está la princesa? —Radmila hizo una mueca al ver que su hermanastro no le hacía caso, hasta que le guiñó un ojo—. Me refiero a la otra princesa.
—Así me gusta. —Se rio ella.
—Se ha retirado.
—Como todos tus hombres —dijo Kalev mirando al rededor—. ¿Tienes miedo de que vean el espectáculo?
—No vas a darme una paliza —bufó Goran.
—Debería. Casar a nuestras hermanas con esa basura... —Se inclinó sobre él para que lo viera más de cerca—. Casarte tú con esa…
—Cuidado —le advirtió sin apenas mover un dedo—. No nos sacrificamos para que vengas tú a insultar a mi esposa y tenga que hacerte sangrar.
Kalev volvió a reclinarse y se relajó estirando las piernas bajo la mesa. Miró a Radmila, que se sirvió algo más fuerte y se lo bebió de un trago.
—¿Estás de acuerdo? —le preguntó.
—¿Me queda otra?
El puño de Savic se estrelló contra la mesa, pero no sobresaltó a nadie.
—¿Creéis que es un juego? —les dijo furioso—. Nos matábamos por decenas. No hay más remedio.
—Sí, sí… —Radmila hizo un gesto con la mano como si no le diera importancia—. Habrá unas bonitas bodas y todos viviremos felices.
Kalev alzó la ceja izquierda, como si no se creyera ese bonito panorama.
—Cuéntamelo todo —dijo sabiendo que el jefe de los serbios no estaba de muy buen humor.
Casarse con la hija de su enemigo le hacía tan poca gracia como a él.
—¿Ya conoces a tu esposa?
—Quedan dos días para la cena de compromiso, y tres para la boda. —Chasqueó la lengua—. Creo que tendremos tiempo más que suficiente para conocernos después.
—Eso es un no —escupió a Kalev.