Capítulo 2
Media hora después, Lizia no sabía qué había pensado antes de llegar a ver a su padre, pero desde luego no se esperaba aquello.
—¿Me estás diciendo que las tres familias han pactado matrimonios concertados entre sus miembros?
—Sí.
Lizia parpadeó incrédula.
—Entre las tres familias que han asistido al concilio.
Su padre asintió sin mostrar un ápice de humor. Es más, sus ojos parecían apagados, como si él, en el viaje de vuelta desde Corfú, hubiera tenido tiempo de aceptar la derrota.
—Era lo único que podemos hacer para acabar con el baño de sangre que tiñe nuestras calles, Lizia.
Y mientras hablaba, sin duda intentaba convencerse a sí mismo.
—No estamos en el siglo xix.
—Puede que no —dijo Antonio—, pero después de esta lucha… empezarán otros tiempos y debemos adaptarnos.
Estaba sentada frente al escritorio de su padre. Los brazos pálidos y desnudos descansaban sobre los reposabrazos. Tenía la mirada clavada en su padre y apenas parpadeaba.
—No me puedo creer que lo dijerais en serio. ¿Qué opina el señor Salvatore? ¿Va a casar a su hijo con alguien de los Savic, o de los Novak? —mientras pronunciaba esas palabras no sabía qué sería peor.
Un escalofrío le subió por la columna vertebral.
Lizia sabía que hubo un tiempo que Giuseppe Salvatore, el capo máximo de la mafia italiana en ese sector, hubiera preferido arrancarse los brazos y las piernas antes que ceder ante las familias de los Balcanes. Pero los tiempos duros necesitaban de medidas poco ortodoxas.
—Él… está de acuerdo.
—¡Jesús!
Al pensarlo con detenimiento y visto la aceptación del Don, Lizia pensó que había algo que Antonio Manzini le estaba ocultando.
—Oh, papá —pensó en voz alta—. Entonces no solo se casará Giovanni.
Han pedido más matrimonios. —Al ver que su padre no contestaba, ella misma lo hizo—.
Por supuesto. No solo se sacrificará el hijo del Don, además tú, como su segundo, me entregarás a mí a…
—ni siquiera pudo decir la palabra enemigo.
Era demasiado blanda para esos animales.
—Sí.
Su padre agachó la cabeza, quizás por vergüenza, o quizás porque no quería que su hija viera las lágrimas en sus ojos.
Puede que fuera un asesino despiadado, o que lo hubiera sido una vez, pero amaba a sus hijos.
A ella la quería y no podía engañarse diciendo que a su padre no le afectaba aquel acuerdo.
—Así que cada familia aportará a un miembro para un falso matrimonio. —Lizia suspiró y apoyó la espalda en el respaldo de la silla—. Y me ha tocado a mí por parte de los Manzini, y al pobre Giovanni por parte de los Salvatore.
Su padre empezó a negar con la cabeza y la voz de ella se fue apagando.
—¿No? —preguntó sorprendida—. ¿Lo he entendido mal?
—Habrá dos matrimonios por parte de nuestra familia.
Los ojos se le agrandaron.
—¿Qué?
—Leo también deberá sentar cabeza.
Fue entonces cuando se dobló en dos y la risa histérica brotó de su interior.
Le fue muy difícil detenerla, y solo lo hizo después de que sus ojos se anegaran en lágrimas, por la incredulidad y por la terrible estupidez que eso representaba.
—Leo… Leo… —Dejó de reír hasta que su boca se convirtió en una mueca triste y frustrada—. No lo hará, no cumpliremos si se trata de él, preferirá mandarnos a todos al infierno.
—¡Lo hará! Di mi palabra —explotó su padre, levantándose de su silla—. Todos dimos nuestra palabra, y la cumpliremos. No somos como los perros albaneses, ni rusos. Cumplimos lo que acordamos.
—Vaya, el asunto se puso serio —dijo Lizia con apenas voz.
—Nunca se había hablado tan en serio —le confirmó Antonio—. Nuestras guerras han afectado al negocio, todos estaban descontentos con esta solución, pero es la única manera…
—Con rehenes.
Antonio Manzini no podía decir que su hija no tuviera razón.
—Goran ama a sus hermanas, y yo… te quiero mucho, hija. Saben que, si algo les pasa a algunas de nuestras mujeres, nos liquidaremos definitivamente.
Y Lizia sabía que lo decían realmente en serio.
Cerró los ojos, queriendo esquivar aquella idea.
De pronto alzó la cabeza y miró a su padre directamente, queriendo saber cuál sería su futuro.
—¿Con quién vamos a casarnos, padre?
Vio cómo el hombre que tenía frente a sí, había envejecido varios años de repente. Se pasó la lengua por la boca reseca antes de hablar. Y cuando lo hizo, le costó mantenerle la mirada.
—Tú has sido elegida para formar una alianza con la familia Savic.
Los serbios.
Lizia se estremeció.
—¿Goran Savic?
Su padre asintió.
Había visto hacía años a Goran Savic, de lejos, pero fue suficiente como para no olvidarlo jamás. Su cuello tatuado, su mano derecha con el sello de oro blanco de los Savic, esa mirada tan desprovista de… compasión.
Tragó saliva.
—Dios santo… —Inconscientemente, Lizia se llevó una mano a la garganta. Le costaba tragar.
Los serbios se habían calmado después de que las fronteras se hubieran pactado, no obstante… seguían siendo temibles. Controlaban el comercio marítimo y movían tales cantidades de droga que hasta el gobierno les pedía préstamos.
Al ver la desesperación en el rostro de su padre, forzó una sonrisa.
—Tranquilo, papá —dijo logrando que no le temblara la voz—. Míralo por el lado bueno. Al menos no debo casarme con Aleksandar Perkovic.
Poco se sabían de a cuánto ascendían las transacciones de los croatas, pero el negocio de armas era lucrativo, y lo compaginaban bien con el blanqueo de dinero.
—No, Aleksandar ha pactado casarse con Radmila Savic.
—Mi futura cuñada —resopló atando cabos.
Una víbora para un escorpión.
No podía evitar imaginarse aquella batalla épica.
Todos nuestros hijos estarían emparentados por algún lazo de sangre.
¡Dios mío! ¿Era eso lo que querían, poner sobre las familias una sola corona el día de mañana?
—Dios… esto puede salir muy mal.
—O muy bien, si logran sobrevivir.
Lizia asintió.
Si los matrimonios daban frutos, los hijos de las grandes familias del Adriático estarían emparentadas de por vida.
¿Qué no podrían hacer con los contactos de los croatas y la flota de los serbios?
Sería magistral, acabarían con cualquier resistencia en la zona. Ni los rusos podrían hacerles sombra.
Entonces se le entrecortó la respiración.
—Lo siento, hija.
Ella movió la mano rechazando su lástima. Estaba convencida de que su padre había hecho lo imposible para salvarla de ese destino. Pero le preocupaba Leo, no iba a aceptar fácilmente.
—¿Con quién debe casarse Leo?
—Con Marija, la otra hermana de Savic.
—Mi otra cuñada. Bueno, los primitos se llevarán bien —dijo sin humor.
—Me preocupa.
Ella alzó la ceja.
—¿Te preocupa… algo en particular? —dijo Lizia—. Porque a mí me preocupa todo en general.
—Especialmente que Leo se case con Marija.
Alzó una ceja sin entender. Había algo que su padre no le contaba.
—¿Sí?
—Es la hermana preferida de Goran Savic. Desde que sufrió el accidente y parte de su rostro quedó marcado… la tiene entre algodones, y tu hermano...
—Es un hijo de puta.
—Lizia.
—Lo será con su mujer, es un borracho. —Ella sabía que Leo era cruel y malcriado, no había ni un ápice de nobleza en él—. Dios sabe que debo quererle por ser mi hermano, pero… no es buena persona. —Se rio como si hubiera hecho un chiste.
—Como si cualquiera que sea de estas tres familias pudiera permitirse el lujo de serlo. Pero tienes razón, Leo…
—Es mezquino, y un auténtico… —Se mordió la lengua, pero la palabra era gilipollas.
—Tendremos que rezar para que Goran no lo mate.
La mirada de Manzini cayó sobre su hija, como si ella, la futura esposa de Goran, pudiera tener algo de influencia sobre él.
Su padre se levantó de detrás del escritorio y avanzó hacia ella.
—Tranquilo, papá, todo saldrá bien —le dijo al sentir la mano sobre su hombro. Ella la cubrió con la suya—. Al menos no perderé a más primos por culpa de la guerra de las familias…
Ese último año habían ocurrido varias masacres en diferentes ciudades. Había perdido familiares y amigos, al igual que los serbios y los croatas. No podía volver a repetirse.
—Confío en ti, hija —lo dijo con sentimiento—. Esta familia, la familia Manzini, tiene un nombre que infunde respeto. De ti depende que siga siendo así.
Le horrorizó lo que insinuaba su padre.
—Papá… no me haré cargo del negocio familiar —le dijo mirándolo a los ojos para que supiera que no había otra—.
Leo ocupará el lugar del patriarca, pero…
cumpliré y procuraré que esta boda sirva para algo, que Goran Savic…
al menos respete a los Manzini. Además —le sonrió poniéndose en pie—, no hables como si te fueras a morir mañana.
Lo abrazó, esperando que le quedaran muchos años con ellos. Pero Manzini sabía que no era así.
El hombre hizo una mueca, porque solo él sabía el poco tiempo de vida que le quedaba.
El cáncer avanzaba rápido, en apenas dos meses… Desechó la lúgubre idea y pensó en que Lizia era la única lo suficientemente inteligente para protegerlos a todo.
—Si consigues que Goran te tenga afecto, podrás pedirle protección para tu madre y tus hermanas, y… procurar que no maten a Leo.
Ella hizo una mueca, pero no se atrevió a contradecirle.
Conocía a Giovanni Salvatore, el inminente nuevo jefe no permitiría que un hombre tan inestable se hiciera cargo de la distribución de droga de la costa del Adriático.
Si Leo era una molestia, no debería preocuparse de los serbios, sino de los suyos.
Giovanni era un hombre que no perdonaba los errores.
—Bueno… —dijo Antonio sonriendo a su hija con ternura—, ¿aceptas?
Ella abrazó a su padre con más fuerza, apoyando su cabeza contra su pecho.
—Lo que sea por la familia, papá.
Y lo decía muy en serio.
Sabía que, si ella no cedía, las familias elegirían a sus hermanas pequeñas, Bianca o Bella, para la boda con Goran. Y eso sí que no iba a ocurrir.
—Todo saldrá bien —dijo como si esas palabras no le destrozaran el corazón.
Se quedó largo tiempo abrazando a su padre, como si intuyera que le quedaban pocas oportunidades de hacerlo. Puede que Manzini fuera uno de los hombres más crueles dentro de la mafia italiana, pero había sido un buen padre, e igualmente un buen marido.
—Vamos a hablar con mamá. Seguro que querrá saberlo.
Lizia asintió.
Suspiró mientras se dirigía a la puerta. Su madre iba a desmayarse, eso seguro.