Capítulo 1
—Tu padre ha llegado de la reunión en Corfú —dijo Deyanira Manzini, cuando su hija Lizia entró en el salón.
Lizia, la hija mayor de una de las familias más importantes del Adriático, alzó las cejas. Miró el rostro de preocupación de su madre.
¿Qué significaría que su madre ni siquiera se tomara su tiempo para saludarla antes de soltarle esa información?
—Buenos días, madre.
Lizia miró su rostro, siempre perfecto, como el de una muñequita de porcelana a pesar de haber pasado de largo los cincuenta años. Era una mujer jovial, que vivía entre lujos, despreocupada por todo, aunque bastante al tanto de a lo que se dedicaba su marido.
Nunca le había importado a Deyanira de dónde salía el dinero para sus bolsos caros y diamantes y rara vez le había escuchado hacer un comentario al respecto.
Hoy todo parecía diferente.
La reunión en Corfú había sido importante, Lizia lo sabía por su padre. Habría un antes y un después de aquel encuentro entre las tres facciones más sanguinarias del Adriático.
—¿Ha salido todo bien? —preguntó Lizia acercándose a su madre y besándola en la mejilla.
Deyanira la miró con un nerviosismo que Lizia intentó ignorar.
Se sentó en el amplio sofá junto a su madre y esta le acarició el cabello largo y negro que le caía más allá de los hombros.
—Estoy preocupada —dijo sin más y sus ojos brillaron con una luz especial, como si se hubieran tomado decisiones que iban a afectar a la familia, y no necesariamente para bien.
—Todos lo estamos —comentó Lizia—, pero… ¿papá está bien?
Su madre asintió, no muy convencida. Su preocupación arrugó la frente a pesar del bótox. Había algo que contar, podía intuirlo por su forma de apretar las manos entre sí sobre su regazo, sentada en el gran sofá del salón principal.
—¿Ha pedido verme?
Su madre asintió y sus ojos se inundaron de lágrimas.
—¡Mamá! —Se horrorizó por su reacción.
Deyanira siempre había tenido bajo control sus emociones, estuvieran o no en casa o frente a otras personas ajenas. La situación parecía mucho más grave de lo que se había imaginado.
—Oh, hija…
Lizia se levantó de golpe.
—¿Le ha pasado algo? —Volvió la cabeza hacia el pasillo que daba al lugar donde se encontraba el despacho de su padre.
—No, no… —negó con la cabeza—, tu padre está bien.
Pero… sin duda algo no estaba bien, pensó ella.
Sabía que su familia no se encontraba a salvo, sus hermanas pequeñas no lo estaban, y mucho menos su hermano Leo.
Pero si en esa familia se pedía la cabeza de alguien, sería la de su padre.
Tanto él como Leo participaban activamente en las actividades de la familia Salvatore.
De hecho, durante muchos años, su padre, Antonio Manzini, había sido algo así como la mano derecha del Don, a pesar de no tener la misma sangre.
Pero quizás, ahora que el control pasaba a manos de Guiovanni…
era posible que fuera un estorbo, más que una ayuda.
Apretó los dientes.
Era muy injusto. A pesar de que ella no aprobaba sus negocios, sabía que no encontraría a nadie más fiel que su padre.
Miró de nuevo a su madre, la preocupación había marcado las bolsas bajo sus ojos.
Tragó saliva. ¿Estaría Leo en un peligro inminente?
Su hermano había seguido los pasos de su padre.
Aunque, si Lizia era sincera, su hermano le importaba más bien poco.
Su impulsividad los había metido, en parte, en ese lío.
Había iniciado un baño de sangre con los croatas y serbios, cerca de su propia casa, poniéndolos a todos una diana en la nuca.
Era impulsivo y un idiota. Temía que el propio Don lo quitara de en medio si no hacía el esfuerzo de no ser un problema.
—Si quiere verme… —empezó a decir Lizia haciendo un ademán de levantarse.
—Sí… y a Leo.
Lizia cerró los ojos, al parecer la reunión había puesto los puntos sobre las íes.
Los capos habrían firmado con sangre alguna resolución inalterable, y los descendientes directos de las familias importantes de la Corona, debían acatar órdenes.
Ya vería qué tal se le daba a su hermano hacerlo.
Demasiada paciencia había tenido su padre con él.
—No te preocupes, mamá —dijo acercándose a ella y posando una mano sobre su hombro—. ¿Dónde está Leo?
—Todavía no ha llegado. Estaba en el club…
—Cómo no —se quejó en voz baja.
La familia regentaba varios clubs y discotecas, y Leo, en ausencia de su padre, fingía encargarse de ellos para engordar sus bolsillos, sospechaba que a costa de los Salvatore. Ojalá no fuera así, o pronto sería hombre muerto.
Si la familia se daba cuenta de que Leo metía la mano en la caja… el porcentaje de los Salvatore era el adecuado, pero los beneficios donde se sacaban estos porcentajes no eran reales cuando su hermano estaba ahí. Lizia lo sospechaba, pero no podía asegurarlo.
Oh, si de ella dependiera… se dijo exasperada.
—Está enfadado —dijo Deyanira refiriéndose a Leo—. No le dejaron asistir a la reunión.
Lizia alzó una ceja.
¡Por Dios! Hubiera sido bochornoso que Leo se sentara junto a los grandes señores, le faltaba tanto por aprender…
Deseaba que su padre viviera muchos años, si la familia tuviera que depender de su hermano… prefería no imaginárselo.
—Buenos días —saludó Leo al entrar en el salón.
Lo hizo con estruendo, como si anunciara que el heredero había llegado a casa.
Su madre, angustiada, se levantó del sofá.
—¡Hijo! —Lo miró de arriba abajo, eran más de las once de la mañana y su aspecto desaliñado decía que había trabajado toda la noche en el club.
Trabajar era el eufemismo del siglo.
—Madre… —Se inclinó y la besó en la mejilla. Su madre debió notar el hedor de su aliento, apestando a alcohol porque cerró los ojos y apartó la cara—. Hermanita.
Lizia no tenía ganas de ser diplomática, puso los ojos en blanco y le dio la espalda.
—Creo que padre quiere vernos.
Leo se tiró en el sofá, lejos de hacer cualquier intento de ir a ver a su padre.
—Seguramente el gran capo ha dado instrucciones para terminar con la sangrienta matanza…
—¿Te hace gracia? —escupió Lizia que volvió a girarse para mirarle con desprecio.
Él alzó los brazos como si ella lo apuntara con un arma.
—Relájate, hermanita.
—¿Cómo, exactamente quieres que me relaje? —le preguntó con los dientes apretados—. ¿Sabes que tienes dos hermanas más a las que proteger? Nos has puesto en el punto de mira.
—¡Ellos vinieron a mi club!
—¡Nuestro club! —rugió Lizia mientras su madre se llevaba las manos a la cabeza, señal que empezaba una terrible jaqueca—. Papá sigue vivo, tú no llevas sus negocios. Tenemos que hacer malabares para justificar el dinero que falta en la caja. ¿Cuánto tiempo crees que Salvatore…?
—¡Suficiente! —gritó su madre horrorizada, llevándose las manos a la cabeza.
Ella sí sabía de lo que era capaz de hacer los Salvatore si creían que Leo les estaba robando.
—Por favor —dijo Deyanira—, somos una familia, debemos permanecer unidos, ahora que vuestro padre…
Los dos la miraron.
—¿Que papá, qué? —preguntó Lizia preocupada.
—Nada, hija. Que vuestro padre está en una situación difícil. Y no ha querido hablar conmigo. Quiere hacerlo primero con vosotros.
Lizia asintió.
—Tú primero, hija. —La miró con una profunda tristeza y se hundió en el sofá—. Quiere hablar con vosotros por separado.
Lizia miró a su hermano Leo, pero este solo le señaló el camino hacia el despacho de su padre.
—Ve, así tu hermano tendrá tiempo para ducharse y adecentarse un poco.
El aludido se levantó molesto. Estaba harto de ser un incomprendido, ninguneado por su propio padre que prefería mil veces a la insufrible de su hermana mayor.
—Sí, ve. Yo iré enseguida, hermanita.
—No os lo toméis a broma —apuntó su madre—. Al parecer han firmado una tregua, con condiciones.
No esperaban menos, pero…
—¿Qué condiciones? —escupió Leo—. Espero que Salvatore no se haya bajado los pantalones ante esos cerdos.
—¡Basta! No hables así —rugió Lizia—. Harás que nos maten.
Su madre lo había mirado con desagrado, pero no dijo nada.
—No es la primera tregua que se intenta firmar.
Era cierto, la palabra tregua se había escuchado muchas veces, y no habían encontrado la solución, ¿por qué ahora sería distinto?
—Está vez será de verdad —dijo Deyanira en un susurro, quizás más para convencerse a sí misma que a sus dos hijos presentes—. Esta vez nos unirá la sangre.
Leo alzó una ceja, como si comprendiera qué significaba aquello, pero solo le faltó escupir en el suelo.
No pensaba cumplir ningún pacto de sangre, y mucho menos acordado en una reunión en donde no le habían dejado participar, como si él no fuera nadie. ¡Era el hijo y heredero de Manzini!
Se levantó furioso y se paró en medio de la habitación mirando a Lizia.
—Si hay que entregar rehenes, no seré yo quien vaya con los croatas o los serbios, ya os lo digo desde ya. Antes dejo que arda todo.
Lizia lo miró con desprecio.
—Tranquilo, nadie en esta familia ha pensado por un instante que fueras capaz de sacrificarte por nadie.
El odio ardía en los ojos de su hermano, pero calló al ver las lágrimas de su madre y la indiferencia de Lizia.
Lo observó salir tambaleante del salón. Seguramente iba a por otra botella, empezaba a intuir que le daba igual el licor, mientras lo dejara en un estado comatoso.
—Tranquila, mamá. —Lizia la vio llorar y le tocó a ella dar media vuelta—. Voy a hablar con papá.
Salió del salón arrullada por el llanto de su madre.
Aún no era mediodía, y sus pies, enfundados en unas finas sandalias dirigían sus pasos hacia el despacho de su padre, Antonio Manzini, capo de las huestes del sur de Italia y las islas, solo superado por Don Giuseppe Salvatore, cabeza de la Corona, que trabajaba tanto dentro como fuera del país.
Había rumores y Lizia se preguntaba si el traspaso de poder ya era completo y definitivo. Le caía bien Giovanni, pero para desgracia de sus enemigos, no solía dejar pasar ninguna afrenta. Dudaba que esa tregua durara mucho si no era lo suficientemente sólida.
Eran malos tiempos para los cambios.
Las familias de su círculo íntimo estaban nerviosas, y cualquier cambio en la estructura piramidal podría desatar el caos si no se hacía con corrección. Antes de que Giovanni ocupara el lugar de su padre, debían asegurarse de que todos estaban de acuerdo con la sucesión.
Se desplazó con la gracia de siempre, Lizia llevaba un vaporoso vestido blanco de tirantes, que rozaba el suelo de mármol al andar.
Su cabellera oscura apenas estaba recogida con un pasador, y los mechones rebeldes se esparcían sobre sus hombros en todas direcciones.
Levantó una mano para apartarse un mechón del rostro y su muñeca llena de pulseras y abalorios tintinearon.
El verano empezaba. Era buena época para todo, para los clubs y discotecas, para el comercio en las aguas tranquilas…
Hacía demasiado calor para salir afuera, por eso la casa a orillas del Mediterráneo permanecía casi a oscuras y en silencio. Sus hermanas más pequeñas nadaban en la piscina, Leo permanecería en su habitación unas cuantas horas, hasta que su padre perdiera la paciencia y lo mandara a llamar.
Al llegar frente a la robusta puerta, alzó la mano y golpeó con los nudillos la oscura madera.
—Adelante.
La voz queda de su padre se escuchó del otro lado, y giró el picaporte.
No hacía falta ser un genio para saber que algo muy malo le esperaba.
Y tenía razón.