Goran (Matrimonios de la mafia nº 1)
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Prólogo
Había demasiada sangre en las calles y ninguna de las antiguas familias de Italia y los Balcanes podían permitirse derramar más.
Dos de los herederos de los serbios habían perecido a manos de sus enemigos, y estos se habían cobrado la ofensa, matando al nieto de Ferrara, aliados de los italianos, en su propia boda.
Los croatas no pudieron esconderse de la larga mano que extendía sus tentáculos desde Belgrado y Mostar, seis muertos más en la costa.
Las amenazas estaban en cualquier esquina.
Las familias aliadas de los clanes reinantes se despedazaban entre ellos.
Por una parte estaban los Salvatore, quienes se habían hecho con el poder absoluto de la zona italiana después de dar un buen escarmiento a los Savino, y que habían iniciado la guerra, según muchos.
De la otra parte del Adriático estaban los Perkovic en Croacia, y los Savic en Serbia.
La guerra a tres bandas duraba demasiado.
Y por eso estaban ahí. En Corfú, tierra neutral, iba a llevarse a cabo la gran reunión secreta para establecer términos y condiciones para el fin de la guerra y una paz duradera.
Allí había acudido Jossepe Salvatore. El Don de la mafia tenía su sede en Bari y muchos contactos a lo largo de la costa. La mayoría de las familias italianas lo apoyaban, o más bien a su hijo Guivanni, quien estaba tomando el relevo en el negocio familiar.
Si los Salvatore eran los reyes en su territorio y controlaban los puertos del este en el Adriático, dos familias reinaban sobre los demás puertos, los Perkovic y los Savic.
Entre ellos eran parientes de sangre, despiadados con aquellos que los traicionaban.
Quizás así había empezado la guerra entre los croatas y los italianos.
Porque Aleksandar Perkovic y los gemelos Novak no perdonaban la matanza que la familia Savino había hecho en Zagreb.
Pero Don Salvatore sabía lo que hacía, había puesto al frente a su hijo mientras él buscaba una retirada honrosa.
Guiovanni Salvatore se había encargado de demostrar a los croatas que los Savino recibían un justo castigo.
Así despachó a la familia Savino como gesto de buena voluntad.
Lo que los serbios y croatas no sabían es que esa familia planeaba deshacerse del propio Guiovanni, por lo que de una forma u otra ya tenía la espada de Damocles sobre sus cabezas.
Esa fue la base para poder sentarse a la misma mesa en Corfú.
Era hora de negociar y restablecer sus negocios.
Los croatas necesitaban mover sus armas por el Adriático sin problemas y los serbios restablecer su imperio marítimo.
Porque sí, eran grandes transportistas. Estaban en todos lados, contaban con toda una flota que era digna de envidiar para cualquier familia que estuviera en el negocio.
Su talento era el traspaso de mercancías de un lugar a otro.
Habían expandido su imperio en el mediterraneo, y se habían hecho ricos con el tráfico de drogas, desde la heroína a las incontables plantaciones de marihuana que tenían en España.
Los serbios nunca consideraron a los albaneses una amenaza real, por lo que habían dedicado sus esfuerzos a sabotear y a cazar a los hombres de los rivales que ahora tenía sentados en la mesa.
Los ajustes de cuentas de esos tres clanes del crimen organizado habían dejado veinte muertos en Bari, doce en Zadar, y veinte en Belgrado; solo en los últimos dos meses.
Nada importaría si no fuera porque los rusos y albaneses habían aprovechado sus desavenencias para ganar terreno.
No se podía consentir.
Los rusos no volverían a aquellas costas. No después de la masacre de hacía varios años cuando lograron eliminarlos a todos… o a casi todos.
La tregua debía ser inminente y duradera.
Cuando los italianos entraron en el gran salón privado del hotel en Corfú (tierra neutral), los serbios ya estaban sentados en sus sillas y los croatas acababan de llegar.
Aunque no se conocieran, podían distinguirse perfectamente unos de otros.
Los italianos eran altos, de mandíbula fuerte, morenos y de ojos brillantes y oscuros. Guivanni Salvatore había acompañado a su padre, y se sentó a su lado en aquella mesa redonda. Redonda para no ofender a nadie, puesto que al ser tres partes, solo dos podrían sentarse en la cabecera.
Había que evitar problemas.
Habían entrado cuatro en la sala, aunque fuera, esperaban muchos más.
Armados.
Jossepe Salvatore, el Don, era un hombre entrado en años, de cintura ancha y cabello cano y abundante, sus ojos azules parecían mirar las almas de sus enemigos, pero cualquiera que lo viera junto a su hijo Guiovanni, sabía que estaba llegando a su ocaso.
El hombre de confianza de Jossepe, Bernardo Manzini, se sentó a su lado, habiendo sido invitado a la mesa por los largos años de servicio.
Pero para cualquiera era notorio que estaba a punto de pasar el relevo a su incompetente hijo Leonardo Mazini.
El cuarto hombre era Massimo Salvatore y primo de Guivanni, que seguro se había disputado la silla con su hermano Luigi.
Guivanni se desabrochó la chaqueta y se sentó mirando a los presentes.
Ahí estaba el nuevo rey. Uno podría pensar que tras la renuncia de un señor de la mafia italiana, a su sucesor le costaría ganarse lealtades.
No era el caso de Guiovanni, a pesar de su bello rostro y su postura relajada, nadie sería capaz de obviar que era un depredador.
Nadie iba a hacerle frente y mucho menos en Italia.
Su elegancia hablaba por sí misma, no hubo miradas soberbias por su parte, ni desprecio alguno, solo la tenacidad de un hombre que sabía perfectamente lo que se hacía para alcanzar sus objetivos.
Los cuatro italianos finalmente tomaron asiento con sus trajes hechos a medida, como si ellos mismos quisieran perpetuar los clichés que los envolvían.
El jefe de los serbios, Goran Savic miró a sus enemigos.
Apenas tenía treinta y cinco años, la edad de Guivanni, y se había hecho con el control, no solo del narcotráfico de su nación, sino que había ampliado fronteras en un próspero negocio que viajaba por mar.
Miraba a todos con sus fríos ojos azules, como si no se fiara de ninguno.
Había solo dos hombres con él, el tercer acompañante debía ser una mujer, pero a pesar de la determinación de su hermana, Goran no iba a poner a Radmila en peligro.
Hizo una sutil mueca al pensar lo que le esperaría al llegar a casa.
En su casa, el patriarcado era fuerte, pero Radmila Savic era su mano derecha.
Pero no podía traerla aquí, no cuando apenas habían tenido tiempo de tramar un plan.
Un plan que la incluía a ella. El temperamento de Radmila habría podido llevarlo todo al traste, necesitaba tiempo para hablar con ella, para apaciguarla y para hacerle ver que no había otra opción.
Era de dominio público la predilección que Goran Savic sentía por sus dos hermanas.
Radmila, su socia en la sombra era una belleza oscura.
De mirada verde y cabello caoba podía dar a entender que era una belleza decorativa.
Pero pobre de aquel que bajara la guardia en su presencia.
Radmila no era una muñeca con la que se podía jugar.
Por otra parte, estaba Marija, la hermana menor y la que ambos hermanos Savic protegían como un tesoro.
Jamás se dejaba ver fuera de su casa, que era inexpugnable como una fortaleza.
Savic miró a sus hombres y se mostró relajado. Los serbios eran de cabello oscuro, pero los ojos variaban del azul más gélido al negro más profundo.
El aspecto de los hombres era sobrio. Llevaban traje, pero las corbatas brillaban por su ausencia. Iban mal afeitados, pero eso les daba un aspecto fiero, al igual que los tatuajes de sus manos, algunos asomaban por los cuellos abiertos de su camisa.
Y después estaban los impecables croatas.
Aleksandar Perkovic fue el último jefe al entrar, pero lo hizo escoltado por Marko y Branko Novak, los gemelos legendarios de Zadar, donde Aleksndar había establecido su imperio en las sombras.
Alek era rubio, y los hermanos tenían el pelo castaño claro; a diferencia de los serbios, lo llevaban corto.
Vestían elegantemente, pero se notaba que ninguno de los gemelos estaba cómodo con eso.
El cuarto hombre de la mafia croata era Dragan, el hermanastro de Aleksander y el sicario más reconocido de Europa.
Así que ahí estaban los hombres que gobernaban el Adriático.
Hubo un profundo silencio hasta que Goran Savic perdió la escasa paciencia de la que siempre había hecho gala y habló.
—Empecemos.