66. León #2
En cualquier caso, Giulia lo respeta y, tras unos minutos de charla anodina e incómoda, todos conseguimos sentarnos en los sofás.
Aquí nadie ha preparado una cena de Nochebuena como tal.
Giulia y sus padres cenarán en casa de mis padres con toda mi familia.
Tenemos la esperanza de que Fiorella no lo ponga difícil para permitir que Giuliano venga con nosotros.
Incluso ella puede venir, si quiere. Sus padres, en cambio, no están invitados.
Es algo que está más que consensuado, pero ahora lo más importante no es eso, sino hablar de cómo están las cosas y, sobre todo, de cómo van a estar.
Mandamos a Giuliano y a Bambi al cuarto de juegos y Giulia se asegura de que permanezcan ahí, vigilándolos por la cámara que tiene instalada.
El niño ya ha oído demasiadas cosas que no debería a lo largo de su corta vida.
Una de las primeras medidas que adoptó Giulia en septiembre fue buscar un psicólogo infantil que lo acompañara en la vuelta al cole y la gestión de todo lo que ha cambiado en su vida en los últimos meses.
Ha sido vital. Incluso Martina, la profesora, apoyó esa decisión.
No es que ahora Giulia y ella se lleven bien, pero desde que Martina empezó una relación seria con Rubén y se dio cuenta de que Giulia realmente se preocupa por el bienestar de Giuliano, las cosas han ido bastante mejor.
—Me viene bien que estéis todos aquí, en realidad —comienza diciendo Fiorella, sorprendiéndonos a todos—.
Sé que varios no apoyáis mi decisión de irme de viaje dejando a Giuliano atrás, pero yo creo que lo necesitaba.
Ha sido como una pausa, como abrir una ventana para asomarme y ver lo que podría haber sido mi vida si hubiera sido lo bastante valiente como para abortar cuando supe que estaba embarazada.
—El aborto es pecado —declara Bianca, su madre.
—Tener un hijo con dieciocho años sin estar preparada, sin medios y sin salud psicológica también debería considerarse pecado, pero eso no pareció importarte.
Yo me retrepo en el sillón, impactado por la crudeza de las palabras de Fiorella. No sé qué ha estado haciendo fuera, pero es evidente que se ha ocupado de empoderarse lo bastante como para hablar claro, por una vez en su vida.
—Mira, hija...
—No, mamá. Tengo varias cosas que decir y es mejor que las diga ya, porque cuando acabe no querré hablar mucho más contigo.
—Suspira, como si estuviera dándose ánimos a sí misma, y sigue—: Sé que he sido egoísta al irme.
He cargado con una responsabilidad enorme a Giulia y no debería haberlo hecho, pero también sé que es la única persona con la que podía contar.
Siempre la habéis criticado por ser inmadura y caprichosa, pero lo cierto es que los pocos momentos buenos que recuerdo haber vivido los he pasado con ella.
Giulia carraspea emocionada, y yo me doy cuenta, una vez más, de lo compleja que es la vida.
No se trata de que Fiorella sea una mujer mala malísima que no merezca a Giuliano.
Se trata de que las personas y sus traumas son complicados y, aunque nunca estaré de acuerdo con su forma de proceder con el niño, está claro que ella misma ha sido víctima de la crianza de sus padres.
Supongo que, al final, repetir ciertos patrones de comportamiento con pequeñas variables es casi inevitable.
—Quedarme con Giuliano ha sido un honor —dice Giulia con la voz temblorosa—. Tienes un hijo increíble, Fio. Yo no sé si quiero ser madre algún día, pero si me atrevo, solo le pido a la vida que me salga un niño la mitad de maravilloso que él. De verdad, con eso me conformaría.
—Él te adora. —Fiorella sonríe con tristeza antes de volver a suspirar—.
Me bastó con lo que vi en mi última visita para saberlo.
Te respeta, te hace caso y te ve como a un referente.
A mí me miraba como si... como si yo fuera una impostora.
Y sospecho que será aún peor cuando tú te marches y tenga que quedarse conmigo de nuevo.
No creo que el niño la mirara así, pero sí que creo que Fiorella tiene muchos problemas que resolver antes de poder reparar su relación con Giuliano.
—Eres su madre. Siempre vas a serlo, esa es tu suerte —murmura Giulia—, pero no voy a irme, Fio.
—Esta vez es ella quien suspira—. Quiero quedarme aquí.
He reabierto el negocio familiar, estoy ocupándome de dar vida a la lavanda de nuevo y quiero trabajar desde esta casa.
Igual que quiero quedarme cerca de Giuliano.
—¿Quieres vivir aquí... de modo permanente? —pregunta Fiorella sorprendida.
—Sí. La mitad de la casa es de tu padre y la otra mitad, del mío. Me encantaría que esto te pareciera bien porque quiero que haya buen ambiente, pero no estoy pidiéndote permiso, prima. Debes tener eso claro.
Fiorella guarda silencio durante tanto tiempo que empiezo a removerme en mi sitio.
No puedo ni imaginar qué estará pasando por la cabeza de Giulia, pero sospecho que debe de tener el corazón frenético.
Por una vez, ni los padres de una ni los de la otra se meten.
Solo están las dos primas mirándose a los ojos, evaluándose, manteniendo una conversación tácita.
—No soy un monstruo —musita Fiorella al fin, con voz temblorosa—. Yo quiero a Giuliano... a mi manera.
—Lo sé —dice Giulia con suavidad.
—Pero no sé si puedo ser la madre que necesita.
—Puedes intentarlo. Yo estaré aquí para ayudarte. Y para cuidarlo, si me lo permites.
—¿Quieres quedarte a mi hijo para siempre?
—No. O sea, sería un privilegio tener a Giuliano para siempre, pero esto no es una película mala en la que te quito su custodia por capricho. Eres su madre, Fiorella. Puedes ser una buena madre, si te lo propones y trabajas en ello. Y esta vez no tienes que hacerlo sola porque yo estaré aquí.
Fiorella derrama algunas lágrimas que se limpia de inmediato con vergüenza.
—Podría viajar en algún momento si surge, ¿verdad? No tendría que estar aquí encerrada con él día y noche.
Giulia aprieta la mandíbula un solo segundo y sé que intenta tragarse la rabia que le da que su prima no sea capaz de anteponer las necesidades del niño a nada. Aun así, asiente y se mantiene con la cabeza fría, tal y como hemos hablado un montón de veces.
—Por supuesto. Yo estaré aquí para él siempre que lo necesite.
—Del negocio no quiero saber nada.
—Lo he reabierto a mi nombre —contesta mi chica—. No tienes que hacer nada, pero si tus padres no te apoyan en el tema económico, tendrás que buscar la forma de salir adelante. Lo de ser dos niñas ricas y mantenidas se acabó, Fio.
—Por fin alguien dice algo coherente —murmura Bianca antes de reírse secamente—. ¿De verdad estáis planteando formar una comuna para criar al niño? Todos estos problemas se solucionan con un buen internado.
—Ay, cállate, cielo. —Nos quedamos todos con la boca abierta, porque quien habla es Giorgio—. A la niña la metimos en un internado y mira cómo nos ha salido. No estás para dar consejos de nada.
Contengo una sonrisa y, cuando miro a mi alrededor, me doy cuenta de que Luca, Mariella y Giulia están como yo. La única que no se ríe es Fiorella, que parece impactada por recibir un mínimo apoyo de su padre. En realidad, es bastante triste cuando me detengo a pensarlo.
A partir de ahí, la conversación es relativamente fácil.
Las dos primas establecen las bases principales para convivir y, aunque es evidente que quedan muchos puntos por hablar y estoy seguro de que Fiorella no será una figura materna ideal para Giuliano, no lo pone complicado para claudicar y aceptar que Giulia se quede.
De hecho, parece bastante aliviada ante la perspectiva de recibir ayuda con la crianza de Giu.
Yo, por mi parte, trato de imaginar nuestra vida de aquí en adelante y sé que no será perfecta.
Hay muchas cosas que no hemos hablado: si vamos a tener hijos, si no, cómo lo haremos para compaginarlo todo y, en especial, cómo se le explicará todo esto a Giuliano, pero confío en que la terapia y el amor de Giulia solventen la mayoría de ellas.
Porque la terapia y el amor de Giulia están solventando la mayoría de mis problemas, así que es una pócima en la que tengo que creer con fe ciega.
Una hora después, cuando aparcamos frente a la casa de mis padres, lo hacemos solos en mi camioneta. En el descapotable amarillo van los padres de Giulia, Fiorella y Giuliano. Bianca y Giorgio han montado un drama enorme por no estar invitados —bueno, solo Bianca—, pero nos ha dado igual.
Fiorella parece cohibida y ha murmurado que después ha quedado con su novio para una fiesta en la ciudad, cuando Giuliano se duerma.
No sé cómo tomarme que ya tuviera ese plan antes de entrar en la casa y que le contáramos nuestros planes de futuro, pero supongo que confirma lo que ya sabíamos: Fiorella será una madre intermitente para Giuliano.
Y nosotros tendremos que encontrar la forma de criarlo y hacerlo feliz, pese a ello.
—Es verdad que no es un monstruo —murmura Giulia mientras miramos hacia la casa en la que mi familia ya tiene puesta la música a todo volumen—.
No creo que Fiorella sea un monstruo, pero no sabe ser madre.
O no quiere. O no puede. Y ha tenido una familia tan fría y disfuncional que ni siquiera me siento bien juzgándola, aunque tampoco la entienda.
—Suspira y apoya la nuca en el respaldo antes de mirarme—. Ay, gatito, qué difícil es la vida.
Le acaricio la mejilla, me acerco y beso sus labios con suavidad antes de hablar.
—Es difícil, pero haremos que valga la pena todo: cuidar de Giuliano, la convivencia y lo que sea que venga en el futuro. Sobrellevaremos a Fiorella como podamos, principessa . No te preocupes.
—No puedo odiarla —insiste—. No puedo, porque su decisión de mierda me ha dado la oportunidad de sentirme en casa por primera vez.
Y me ha dado un niño maravilloso. E, indirectamente, me ha llevado hasta ti, que eres el hombre de mi vida.
¿Cómo podría odiarla, si sus decisiones y locuras han derivado en que yo sea más feliz que nunca?
Me derrito. Sé que no es la declaración más romántica de la historia, pero también sé que Giulia está sintiendo un mundo de emociones y, aun así, no se olvida de dejarme claro cada vez que puede lo mucho que me quiere.
Eso ya es valioso en sí mismo, pero lo es aún más cuando has sido toda la vida una persona acostumbrada a huir de las emociones en vez de enfrentarlas, como es su caso.
—Eres la suerte de mi vida, Giulia del Valle.
—Me alegro, porque pienso convertirte en parte imprescindible de mi futuro, así que no vas a librarte de mí.
Me río, la beso de nuevo y, cuando alguien golpea con los puños en los cristales, miramos a Giuliano, impaciente.
—¡Vamos! ¡Bella me está esperando!
Bajamos del coche riendo, cogemos cada uno una mano de Giuliano y damos el primer paso de muchos hacia nuestro futuro. Estoy seguro de que nos aguarda una vida caótica, poco convencional y llena de aventuras, pero lo estoy aún más de que no hay nada que valga más la pena que esto.
No hay nada que valga más la pena que Giulia.