Epílogo. Giuliano
Epílogo
Giuliano
El mes de mayo tiene algo especial.
La primavera, la lavanda dando muestras de estar lista para empezar a florecer de aquí a pocas semanas, mi cumpleaños y el recuerdo de que, hace muchos años, un mes de mayo entró en casa una chica con mochila y labios rojos preguntándome si podía esconderse conmigo del resto de nuestra familia.
Un mes de mayo cambió mi vida para siempre, así que tiene sentido que hayamos elegido inaugurar el centro de terapia ocupacional en este mes.
La cima de la montaña que divide los terrenos de Casa Lavanda y Finca Lobo ya no existe; ahora se diluye gracias a un centro al que vendrán un montón de personas con ganas de ayudar y un montón de niños con ansias de encontrar algo que los ayude.
No hemos inventado nada; los Lobo han trabajado con caballos y niños desde siempre, León y Balti hicieron magia conmigo y mi autoestima, así que decir que Bella y yo hemos creado el primer centro de terapia ocupacional oficial de Valdelila es un poco pretencioso, pero aquí estamos.
Bella se empeña en decir que somos pioneros. Yo estoy contento porque, sea como sea, hemos creado un sitio en el que los niños van a sentirse a salvo. O eso espero.
—Deberías dar un discurso —me dice ella en un momento dado.
Nuestras familias y el pueblo entero están aquí arriba visitando a los caballos y los espacios adaptados para ellos. Muchos se han llevado los programas y espero que sirva para algo más que para cotillear, porque ahora necesitamos hacernos eco de este lugar para que empiecen a conocernos y venir.
—¿Por qué no lo haces tú? Ya sabes lo poco que me gusta hablar en público.
—Eres el alma de esto, Giu.
—Lo somos los dos.
—No, yo soy tu socia y la veterinaria buenorra que te ayuda en todo, pero tú eres el psicólogo especializado en trauma infantil y terapia asistida con caballos. ¿Tengo razón o no?
—¿En lo de ser una veterinaria buenorra? Toda la del mundo —digo mientras la atraigo hacia mí y la beso en los labios.
Bella se ríe, me acaricia la mejilla y consigue que me estremezca, como si no lleváramos prácticamente toda la vida juntos, primero como amigos y luego como algo más.
Descubrir que estaba enamorado de ella no me resultó raro. Creo que esta mujer me encandiló cuando todavía no medía un metro de altura. Lo difícil fue todo lo que pasamos los dos hasta darnos cuenta de que nos sentíamos igual, pero ninguno hablaba por miedo a estropear nuestra amistad.
Fuimos tan tontos que no empezamos a salir hasta que estuvimos en la universidad.
Para entonces, a mí ya se me partía el corazón en dos cada vez que Bella salía con otro, y la única cita que yo tuve con otra chica terminó de forma abrupta cuando Bella llegó y «accidentalmente» derramó un café sobre el vestido de la pobre muchacha. Por suerte, era un café con hielo.
Nunca ha sido muy de pensar las cosas en frío, mi Bella, pero eso no es un problema, teniendo en cuenta que yo soy de pensarlo todo demasiado. De alguna forma encontramos el equilibrio perfecto.
—En serio, Giu. Un pequeño discurso para la gente que nos ha visto crecer y está aquí para celebrar este logro con nosotros.
Inspiro hondo y miro a mi alrededor, buscando a la persona que más ansias ha tenido siempre de celebrar mis logros.
Giulia está discutiendo con uno de mis hermanos acerca de algo que no alcanzo a oír, gesticulando como si el mundo fuera a acabarse si no lleva la razón.
León la abraza por la cintura con esa calma suya con la que siempre consigue poner orden sin decir una palabra.
Apoyándola, sosteniéndola y siendo su pilar central.
El modo en que se quieren siempre será una meta que perseguir.
Nunca he conocido a nadie que sepa querer como ellos.
De esa forma tan pura, generosa e incondicional.
Primero lo demostraron conmigo. Luego con otros niños que necesitaban un sitio al que llamar «casa».
A veces la gente se sorprende al saber que sus tres hijos son adoptados, pero yo no.
Para mí siempre tuvo sentido que dos personas que saben querer sin límites acabaran siendo padres de quienes más lo necesitaban.
Me acerco justo cuando el más pequeño de mis hermanos sale corriendo y sonrío con calma a la mujer que me enseñó que el amor maternal e infinito no siempre viene de la persona que te trajo al mundo.
—Mírate —me dice antes de inspirar con orgullo y palmear el pecho de León—. Fíjate, gatito. Esto lo he creado yo. Bueno, y tú un poco.
León suelta una carcajada y besa la coronilla de su mujer antes de hablar.
—Claro que sí, cielo. Tú tienes absolutamente todo el mérito de que Giuliano haya conseguido convertirse en el increíble hombre que es.
Me guiña un ojo por encima de la cabeza de Giulia, dejándome claro que está bromeando, y yo sonrío en respuesta y abrazo a la que considero mi madre desde hace tanto tiempo ya, pese a que no empecé a llamarla «mamá» hasta que tuve ocho años, porque siempre he sido de procesos lentos y reafirmación segura.
Y porque no quería herir los sentimientos de mi madre biológica, a pesar de todo, pero después de dos años conviviendo todos, con más o menos armonía, fue la propia Fiorella la que me sentó en el escalón del porche y, desde su pragmatismo frío e impersonal, me dijo que entendía que necesitara llamar «mamá» a Giulia, porque se había portado como una madre conmigo, mucho más que ella misma.
También me pidió perdón por no saber quererme como yo necesitaba.
En ese momento no lo entendí y después Giulia tuvo una gran discusión con ella, porque Fiorella mantenía que podía hablarme sin rodeos y Giulia insistía en que era un niño, y que respetar mi inocencia a la hora de hablarme era vital.
Presencié muchas discusiones por el estilo. Fue una infancia un tanto caótica y, desde luego, atípica, pero ahora que soy adulto no la cambiaría por nada, porque entendí, con el tiempo, que no hay un solo patrón familiar que funcione.
Hay niños, muchos, que tienen madres que morirían por ellos sin pensarlo, pero también hay niños con madres que no quieren serlo.
Niños con madres que no saben serlo. Niños con madres rotas que intentan buscar su propio hueco en el mundo.
Y, aunque una parte de mí, la infantil e inocente, siempre se pregunte por qué no fui suficiente para Fiorella, la versión adulta hizo un esfuerzo por comprender que el problema no fui yo, sino ella misma y su manera de entender el mundo.
Por eso necesitaba huir durante meses de vez en cuando.
Y por eso yo agradecí tanto tener a Giulia, porque ella fue madre en todo momento. No renunció ni un solo día y sacrificó parte de su vida para tenerme a su lado, aunque jure y perjure que nada la ha hecho más feliz que tomar esa decisión.
—Bella quiere que dé un discurso para expresar nuestro agradecimiento a la gente del pueblo y eso —le digo—. Voy a mencionarte, y vas a llorar, pero está bien, no te preocupes porque yo te vea hacerlo, ¿vale?
Los ojos de Giulia se empañan y León se ríe y la abraza con más cariño.
—Y pensar que cuando te conocí jurabas que tú no eras una mujer dada a las lágrimas... —murmura antes de besarla en los labios—. Vamos, principessa . Respira hondo y anima a nuestro niño a dar el mejor discurso de su vida.
Eso la emociona de nuevo, pero no más que el día que llamé «papá» a León.
Claro que ese día él también lloró. Creo que fue más emotivo porque yo seguía siendo un niño, pero ya entendía lo suficiente como para saber que era mi padre por derecho y amor, no por razones biológicas.
Comprendí, en algún punto, que tuve unos padres increíbles que llegaron a mi vida cuando ya tenía varios años, y aun así me consideré afortunado, porque incluso entonces supe que hay niños que pasan su vida entera sin esa clase de apoyo.
Porque no todo el mundo tiene una Giulia a su lado, ni un León dispuesto a ser tierra firme en todo momento. Y es una realidad que no podemos olvidar.
Por eso camino hacia donde está Bella, la abrazo y dejo que ella silbe con todas sus fuerzas para acallar a todo el mundo.
Al fondo, los campos de lavanda me recuerdan de dónde vengo. A un lado, los caballos y el centro de terapia me recuerdan hacia dónde voy.
—No voy a extenderme, así que no os preocupéis.
Gracias a todos por estar aquí, no solo hoy, sino toda mi vida.
—Miro a Bella, que sonríe intentando darme ánimos—.
A ti, por existir. —Pongo los ojos en Giulia y León.
La primera ya llora y el segundo me dedica una sonrisa alentadora desde la distancia—.
A vosotros, por demostrarme que el amor incondicional existe y sana más que cualquier otra cosa en el mundo.
Si estoy aquí y soy el hombre que soy, es porque supisteis encontrarme y quedaros a mi lado.
Ojalá este centro consiga hacer un poco de la magia que vosotros hicisteis conmigo.
Los aplausos estallan, Bella me abraza y después me veo envuelto por el cariño del resto de mi familia. Mis abuelos, los tres hermanos que me dieron Giulia y León, los padres de Bella, sus abuelos y su hermano, e incluso los perros que han ido llegando a nuestras casas con el paso de los años.
Falta Fiorella. Está de viaje en la India, pero me ha enviado un audio precioso en el que me desea lo mejor.
Supongo que eso define bastante bien nuestra relación.
Ella me desea lo mejor, yo solo quiero que sea feliz, y los dos tenemos claro que, aunque me trajo al mundo, mi madre siempre será la chica que llegó con una mochila al hombro y ganas de huir de todo, hasta de sí misma.
Mi madre siempre será la mujer que luchó contra sus propios miedos para quedarse y darme la infancia que cualquier niño merece. La que me limpió las lágrimas, celebró mis logros y me hizo tener sueños propios.
Mi madre siempre será Giulia del Valle.
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