66. León
León
Cinco meses después
Como siga caminando por la alfombra con ese ímpetu va a dejarle marca. Se lo digo, pero solo me mira mal y me enseña el dedo corazón.
—Y yo que pensé que anoche te había calmado a base de...
—Gatito, que están mis padres a tu lado. Un poquito de respeto, hombre, que no tienen que saber que anoche te hice cosas indecentes. Lo pueden imaginar, pero ya está.
Me río, porque Luca y Mariella no van a espantarse de nada que diga y, cuando los miro, lo corroboro. Los dos se ríen y su padre, además, se retrepa en el sofá, como si estuviera supercómodo.
—El sexo es una cosa natural. Yo me alegro de que lo practiquéis mucho porque algún día me tendréis que dar nietos.
—Papá, no es el mejor momento para ponerte con esas tonterías.
—Mis futuros hijos no son una tontería —respondo con el ceño fruncido.
—Ay, gatito... —Giulia se ríe, exasperada, antes de besarme—. Tú me entiendes, ¿verdad?
—Siempre.
—No debería haber tomado medicinas con el café de esta mañana —dice Luca de pronto.
—¡Desde luego que no deberías haberlo hecho, papá! —contesta Giulia indignada—. Es el día más importante de los últimos meses. ¿Así piensas ayudar?
—En mi defensa diré que lo hago porque aguantar a mi cuñada sin estar colocado se me hace insoportable.
Giulia murmura algo, pero sé que, en el fondo, está de acuerdo.
Es el día de Nochebuena y estamos esperando a que Fiorella y sus padres lleguen, cada uno desde una punta distinta del mundo.
La primera ha estado en Australia con su novio todos estos meses.
Los segundos vienen de la casa de Italia porque, como bien dice el pacto que tienen con su hija, poseen el derecho de ver a Giuliano en fechas marcadas y específicas. Y hoy es una de esas fechas.
El motivo por el que Giulia está de los nervios es evidente: no le ha dicho a su prima que el negocio está a pleno funcionamiento ya y que no piensa irse de esta casa.
Sus tíos tampoco lo saben. Los únicos enterados somos los aquí presentes y todo Valdelila, que se ha tomado muy en serio —para bien— que Casa Lavanda vuelva a estar en todo su esplendor.
No tenemos muchos comercios, pero puedo decir con orgullo que todos venden los productos que hace mi chica con mimo.
Y la cosa está marchando de maravilla; están siendo todo un éxito.
Giuliano está fuera con Bambi, aprovechando las últimas horas de sol antes de que caiga la noche.
Y seguramente pendiente de la puerta para venir corriendo a avisarnos cuando lleguen su madre o sus abuelos.
Está nervioso. Ayer me preguntó si de verdad tiene que llamar a su madre «mamá» aunque no quiera y a sus abuelos como tal, aunque tampoco quiera.
Le dije que haga lo que le apetezca y me importó una mierda todo lo demás.
Si el niño no se siente cómodo llamando a su madre por el apelativo cariñoso más universal del mundo, es más problema de la madre que del niño.
Que se pregunte Fiorella por qué pasa eso.
En cambio, tengo la sospecha de que a Giuliano le encantaría llamar «mamá» a Giulia.
Ese crío está loco por ella y puedo entender por qué.
En los casi siete meses que ha estado bajo su cuidado, ha conseguido vencer en gran parte su timidez, integrarse mejor en el colegio, apuntarse a clases extraescolares que le encantan y encontrar el valor de decir qué le gusta y qué no sin miedo a que lo rechacen o infravaloren por ello.
Su personalidad no es distinta, pero no teme ser él mismo y esa es la gran diferencia. Giulia ha logrado sacar su esencia y pulirla, como un diamantito en bruto, y todo lo ha hecho desde el cariño y la paciencia infinitos.
No es que haya sido un camino de rosas, pocas cosas en la vida lo son, pero ha enfrentado las dificultades con aplomo, sin amedrentarse y demostrándole al niño que no va a marcharse a ningún lado.
Incluso le ha contado que planea quedarse aquí, aunque también esté su mamá, y que viviremos todos juntos si hace falta, porque no piensa alejarse de él.
El niño lloró y se abrazó a ella con fuerza nada más escuchar sus palabras.
Se ha tomado bastante bien que me mudara con ellos, pero eso es porque ha sido todo muy natural y progresivo.
Empezamos a pasar noches alternas aquí y en mi casa, pero si Giuliano se levanta por las noches y Giulia no está, se pone nervioso, aunque estén Luca y Mariella, así que al final la chica loca que temía los compromisos acabó pidiéndome que viniera a vivir con ella y yo me lo pensé durante el tiempo exacto de medio segundo.
No tenía sentido pensarlo más. Y estaba bastante harto de que me hiciera trepar por el balcón solo porque le parece romántico. Todavía lo hago de vez en cuando, pero ahora con fines totalmente eróticos. Y luego no he de vestirme e irme, lo cual es un plus enorme.
Además, no he tenido que renunciar a mi casa en la Finca Lobo.
Gracias a que dispongo de ahorros de sobra y a que las inversiones que hice hace años siguen funcionando, puedo mantenerla abierta sin problemas y sin que suponga un gasto extra para mi familia, de modo que también hemos convertido en rutina lo de escaparnos de vez en cuando allí a pasar el rato, entrenar en el gimnasio y disfrutar de las aguas termales juntos.
Lo cierto es que apenas nos separamos unas horas a la semana, sobre todo porque últimamente, aparte de mis clases de equitación y baloncesto, he pasado mucho tiempo ayudándola con el negocio.
No es que ella lo necesite, pero me encanta echarle una mano.
Me ayuda a mantenerme distraído y, en general, a estar de mucho mejor humor.
Que se lo digan a mi familia, si no. Mi madre lloró el día que supo que me mudaba y nos compró a Giulia y a mí un centro de flores tan grande que, hoy por hoy, todavía lo vamos cambiando y moviendo por la casa, porque donde lo pongamos se traga el espacio.
Mi hermana también lloró, pero es que las hormonas del embarazo la tienen medio loca. Ahora que está a punto de dar a luz a mi sobrino, lo único que pido es que se estabilice y que el niño no sea igual de intenso que Bella. Claro que, con mi suerte, será peor.
—Ven aquí —murmuro tirando de la mano de Giulia cuando me canso de verla pasear. Se deja caer en mi regazo sin esfuerzo y beso su hombro en un intento de calmarla—. Todo va a ir bien. Tienes el apoyo de tus padres, el de Giuliano y el mío. Tú ya has ganado, principessa .
—¡Exacto! —grita mi padre—. Muy bien dicho, yerno.
Sonreímos y parece que Giulia se calma, pero solo hasta que Giuliano entra en el salón, blanco como la pared, y señala la puerta.
—Ya están aquí.
La tensión se apodera de la estancia. Giulia se levanta tan envarada que temo que se parta en dos. Yo también me levanto, pero solo porque quiero intimidar a Fiorella y sus padres. ¿Soy un cabrón que usa la altura en beneficio propio? Sí. ¿Me avergüenzo? Ni lo más mínimo.
Llegan juntos, no sé si porque se han encontrado en el aeropuerto o en el camino de entrada a Casa Lavanda, pero tampoco preguntamos.
Fiorella abraza a su prima. Está más morena y sonriente de lo que la recuerdo. Sus padres, en cambio, permanecen tan tiesos como palos de escoba. Ya me había avisado Giulia de que eran unos estirados.
—Maria Giulia —dice su tía mirando a mi chica con todo el desdén del mundo.
—Tía Bianca. ¿Qué tal todo?
—No sé, cuéntanoslo tú, que eres quien se ha apropiado de nuestra casa y nuestro nieto.
—La casa no es tuya, Bianca, sino de mi hermano y mía —dice Luca sin inmutarse—. Y el niño tampoco te pertenece.
—Es mi nieto.
—Solo de sangre.
Sonrío, porque me encanta mi suegro, joder. Es el mejor tipo del mundo hasta cuando va colocado.
—Y tú, ¿quién eres? —pregunta Bianca mirándome por primera vez.
El padre de Fiorella se ha sentado en un sofá y ha sacado el móvil para consultar a saber qué, porque es evidente que preferiría estar en cualquier otro sitio antes que aquí.
—Soy el novio de Maria Giulia. Encantado. —Estiro la mano y, cuando no me la da, sonrío aún más, porque intuyo que eso va a molestarle, y llegados a este punto estoy bastante interesado en sacar de quicio a esta señora tan fría y antipática.
—Vayamos al grano, tengo mucho que hacer y el viaje ha sido agotador. Necesito ir a mi habitación y refrescarme un poco.
—Vale, pero deberías saber que tu habitación ahora es el cuarto de juegos de Giuliano. Hemos mantenido la cama, pero poco más —dice Giulia.
Su cara... es como si le hubieran dicho que le han quitado un diamante del tamaño de esta casa.
—¿Estás de broma? ¡No puedes tocar mi habitación sin mi permiso!
—Sí, puede. Esta casa es mitad mía —insiste Luca antes de mirar a su hermano—. En serio, ¿qué le viste?
Giorgio encoge los hombros y vuelve la atención al móvil sin contestar siquiera. La verdad es que después de conocer a sus padres, Fiorella me parece hasta normal.
La susodicha, por cierto, no reacciona ni para bien ni para mal al hecho de que Giulia le haya montado un cuarto de juegos a su hijo.
El reencuentro con el niño, de hecho, ha debido de ser más bien frío, porque él no se separa del lado de Giulia y su madre ni siquiera lo mira más que para lanzarle alguna que otra sonrisa fugaz.
—¿Qué tal por Australia? —pregunta Giulia a su prima.
—Bien, te he ido manteniendo informada, así que lo sabes todo, más o menos.
Giulia asiente. Yo creo que Fiorella no quiere hablar mucho más porque sabe que sus padres no apoyan su decisión de haberse tomado unos meses para viajar y vivir la vida de cualquier chica de veinticinco años... sin hijos.