65. Giulia
Giulia
Mierda. ¿Qué hace fuera? Necesitaba un minuto para calmarme antes de llamar a su puerta. ¿Era tanto pedir? ¿Por qué este tío tiene que ponérmelo todo tan difícil siempre?
Está ahí con su café, su pelo mojado de una ducha que ha debido de darse cuando ni siquiera era de día, tan serio, tan intenso y guapo como siempre, mientras yo llevo una coleta mal hecha, un vaquero cualquiera y las ojeras más grandes que me he visto nunca.
Ni siquiera me he puesto mi pintalabios rojo y eso sí que es inadmisible. Me he acordado a medio camino y algo me decía que, si me volvía, igual no encontraría el valor para salir de nuevo.
Me siento como uno de esos calcetines que Bambi atrapa y destroza sin que hayan hecho nada para merecerlo.
Es horrible. Apenas he conseguido pegar ojo y, durante esas escasas horas, no he dejado de tener pesadillas sobre Giuliano y lo que habría pasado si León no lo hubiese encontrado.
El niño, por el contrario, ha dormido mucho mejor de lo que yo esperaba, teniendo en cuenta que su bracito debe de dolerle.
Lo he dejado acostado aún, con mis padres vigilándolo.
Podría haber esperado a que despertara antes de venir, pero tenía miedo de perder el coraje.
Además, no quería que León se me escapara; sé que se las ingenia para mantenerse ocupado todos los días.
No tiene un trabajo fijo como tal, pero no para de hacer cosas.
Una noche me confesó que lo único que busca es tener la mente ocupada para no pensar en lo que no debe.
Ahora lo entiendo más que nunca, porque esta noche ha sido tan eterna que no podía esperar a que amaneciera para ponerme en movimiento.
Doy un paso adelante y me meto las manos en los bolsillos porque, de pronto, no sé qué hacer con ellas.
—Tienes pinta de necesitar un café tanto o más que yo —dice León a modo de saludo mientras me ofrece su taza.
Ahí está: es solo una de las razones por las que ha conseguido que me enamore de él. No es por el café en sí, sino porque renuncia a él sin pensarlo solo para que yo esté bien. Porque es capaz de renunciar a todo con tal de que los demás estén bien siempre.
—¿Tienes más?
—Sí, la cafetera está llena. Ten —insiste.
Lo acepto y, cuando doy el primer sorbo, me acuerdo irremediablemente de todas las veces que he tomado café en su cocina antes de volver a casa.
O todas las veces que lo he invitado a café en Casa Lavanda.
Eso ha estado pasando hasta hace nada, en realidad, y, sin embargo, los días se sienten lejanos.
Como si hiciera un siglo desde la última vez que me senté en la encimera medio desnuda mientras él hacía café para los dos.
León entra en casa y yo aprovecho para sentarme en el balancín, porque no sé qué hacer ni cómo empezar esta conversación, pero hace fresco y, a finales de julio, ese es un regalo bien preciado.
En pocas horas, el calor será insoportable, así que quiero aprovecharlo mientras dure.
Además, aquí fuera siento que respiro mejor.
Si entro en su casa, los recuerdos me atosigarán.
Cuando vuelve con una taza propia entre las manos, se sienta a mi lado y mira al horizonte en silencio, esperando a que yo inicie esta conversación pendiente.
Me tomo mi tiempo, no porque esté incómoda, sino todo lo contrario.
Los primeros rayos del sol comienzan a posarse en el río y Bambi corre de un lado a otro, seguramente intentando cazar alguna mariposa.
Es bonito. Es precioso y me ayuda a calmarme.
—¿Llamaste a Fiorella? —pregunta él al final.
Aprieto la taza por instinto, porque solo oír el nombre de mi prima sirve para tensarme.
—Le mandé un mensaje anoche, porque no sabía si estaría disponible. Me respondió al instante porque, con el cambio horario, en Australia ya era por la mañana.
—¿Y?
—Me preguntó si se había hecho mucho daño y, cuando le dije que no, pero que se ha roto la muñeca, me dijo que no merecía la pena que volviera solo por eso, pero que si yo quería lo haría.
—Bufo—. «Si yo quería». En serio, joder, ¿crees que yo respondería eso si me llamara alguien diciéndome que Giuliano se ha hecho daño?
Me importaría una mierda lo que quisiera el resto del mundo.
Volaría para estar con él y punto, pero supongo que un brazo roto y el susto de mi vida no son suficientemente alarmantes para ella.
—Cierro los ojos, frustrada—. Lo siento, ha sido una noche de mierda.
Su mano se coloca sobre mi muslo con naturalidad, como tantas otras veces, pero siento que el contacto directo me arde.
—Es normal que te enerves. Si quieres mi opinión, creo que tienes bastante autocontrol. Yo ya habría insultado a tu prima muchas veces y de formas muy originales.
—Gatito, tú insultas mucho, pero original para hacerlo no eres. Te limitas a repetir tu repertorio de tacos y ya está.
Lo miro de reojo y veo cómo aprieta los labios para no sonreír. Entonces retira la mano y me siento... vacía. Dios, estoy enamorada hasta las trancas de este tío y me parece un milagro que no se haya dado cuenta.
—Anoche, cuando vi que Giuliano se había caído por el barranco... —León no me mira, pero la gravedad en su voz sirve para estremecerme—. Sentí que me moría, así que no puedo imaginar cómo estarías tú. Me he pasado la noche dando vueltas y pensando en vosotros.
Así de fácil y simple. Él tiene sentimientos, los suelta y no parece costarle nada. Yo, en cambio, soy una cobarde, o lo he sido hasta ahora, porque si estoy aquí es para dejar de huir por miedo al fracaso. Es hora de intentarlo, al menos.
—León...
—Te quiero, Giulia. —Me mira a los ojos y me pilla tan desprevenida que siento que me mareo—.
Me he enamorado de ti. Y sé que a lo mejor no es lo que quieres oír, pero es lo que hay.
Te quiero y necesito que sepas que estaba a punto de ir a buscarte para decirte que, si no entra en tus planes quedarte en Valdelila, pero me quieres, aunque sea un poco, yo estaría dispuesto a dejarlo todo y seguirte adondequiera que vayas.
—¿Aunque sea un poco?
—Si me quieres aunque sea un poco de lo que yo te quiero a ti, me doy por satisfecho.
Trago saliva, porque la inmensidad de los sentimientos de León me supera.
Es honesto y leal hasta la muerte y está aquí, diciéndome que dejaría a su familia, su casa y todo lo que le aporta calma para seguirme, aun sin saber adónde.
Si no supiera ya que estoy loca por él, este sería el momento en el que me habría dado cuenta.
—No voy a irme de Valdelila, gatito —murmuro.
—¿No? —Su tono es tan esperanzado que él mismo se da cuenta y carraspea—. ¿Y eso?
Suena receloso, desconfiado. No puedo juzgarlo. Este hombre se ha pasado meses haciendo de todo por mí sin cuestionarme nunca nada y yo me he portado como una capulla solo porque estaba asustada y no pensaba con claridad. Pero eso se acabó.
—Tengo un negocio que creo que puede ser muy próspero ¿sabes?
Me ha costado aceptarlo, pero por fin puedo decir que, aunque tenga pánico a que salga mal, quiero intentar reabrir la empresa familiar.
Cuando pienso en volver a Los Ángeles, o a cualquier otra parte del mundo, todo lo que siento es pereza.
Pereza y pena. No quiero irme. Me gusta vivir en Valdelila, me gusta trabajar en el sótano y me encanta vivir en Casa Lavanda.
—Eso es genial —musita.
—Y luego está Giuliano, que es lo más importante.
Me da igual que Fiorella vuelva en Navidad con ganas de ser la madre del siglo.
La casa es de las dos, o más bien de nuestros padres, así que no puede echarme, y ella no se va a ir porque, seamos sinceros, no soportará empezar de cero y tirando del niño en otro lugar.
—Entonces, ¿tu plan consiste en vivir en Casa Lavanda para mantenerte cerca de Giuliano?
—Y del sótano, sí.
—Es lógico —dice asintiendo.
Estoy tentada de reír a carcajadas. Acaba de declararse, mi respuesta está siendo hablar de cualquier otra cosa y, aun así, aguanta como un héroe a que le llegue su turno.
Yo, a estas alturas, ya me habría enfadado y montado una pataleta, pero así están las cosas: he conseguido enamorar al hombre más paciente y decente del mundo.
Es increíble, una maldita lotería, pero así es.
—Además, resulta que me he enamorado del tipo más borde, terco e intratable de Valdelila.
—León, que hasta el momento tenía los ojos puestos en el horizonte, me mira tan rápido que sospecho que más tarde va a dolerle el cuello—.
No sé si lo conoces. Dicen que fue jugador de baloncesto en la NBA, pero él nunca habla de ello, aunque creo que debería hacerlo.
También creo que debería dejar que me ponga la camiseta del equipo alguna vez.
Quizás si hacemos cosas indecentes con ella puesta le ayude a crear nuevos y buenos recuerdos.
—Giulia.
—La parte positiva es que, cuando nadie lo ve, es como un osito de peluche. La mala es que es un poco territorial, aunque creo que no es nada que no pueda manejar.
—Giulia.
—Por otro lado, deberíamos hablar del hecho de que no pienso separarme nunca de Giuliano, lo quiera su madre o no. Y no sé qué le parecerá a él estar con una chica que se autoproclama madre postiza de un niño que ya tiene madre.
— Principessa .
Lo miro intentando no reírme y, cuando me doy cuenta de hasta qué punto parece emocionado, le acaricio la barba con los dedos y acerco la frente a la suya.
—Te quiero, León. Te quiero tanto que no entiendo cómo no has podido averiguarlo tú solito, la verdad. Se ve que yo soy muy cobarde y tú estás muy ciego, pero si quieres, podemos intentar poner remedio a las dos cosas juntos.
—¿Estás hablando en serio?
—Jamás bromearía con algo así. Quiero quedarme y lo quiero todo: la casa, el niño, el negocio... y el gruñón. —Acaricio su nariz con la mía e inspiro hondo para intentar calmarme—. Por si tienes dudas, tú eres el gruñón.
Su risa es tan bronca y sincera que, si quedaba alguna partícula en mí sin emocionarse, ha caído rendida en el acto. Su mano enmarca mi mejilla y gira la cara lo justo para que nuestros labios queden a escasos centímetros, pero sin llegar a rozarse.
—La casa que sea, mientras tú estés dentro. El niño que ya hay y los que tú quieras que lleguen, el perro, tu negocio... y la chica loca. —Sus labios rozan los míos, por fin, y sonrío cuando muerde el inferior—. Por si tienes dudas, la chica loca eres tú.
—Vas a pagar por eso.
—Estoy deseándolo, cariño —me susurra, y luego añade—: Ah, y una cosa más.
—¿Sí?
—Tú sí eres una cobarde, pero yo no estoy ciego. —Lo miro sin comprender, y continúa con una sonrisa de medio lado—: Ya sabía que te habías enamorado de mí, ¿sabes? Es imposible no darse cuenta, viendo cómo me miras.
Me río, me siento sobre él y así, con una naturalidad que me sorprende incluso a mí, arranco el primer día de mi nueva vida. Nueva, porque es la que llevo viviendo dos meses, pero ahora sé que es definitivo. No estoy de vacaciones, ni de paso.
Valdelila es mi pueblo; Giuliano, mi niño; Casa Lavanda, mi casa; y León Lobo, definitivamente, el único sitio al que quiero llamar «hogar».