64. León
León
Salgo de la ducha, me envuelvo una toalla alrededor de las caderas y voy hasta la cocina para tomarme el café más cargado que sea capaz de hacer.
La noche ha sido infernal, eterna, un completo desastre.
Primero intenté meterme en la cama y dormir, pero eso duró poco.
Después de la tercera vuelta y de darme cuenta de que el nudo de ansiedad de mi pecho no iba a aflojarse, decidí hacer lo menos recomendable: ponerme a ver partidos y recopilaciones de los mejores momentos de cuando jugaba al baloncesto.
No es que anoche estuviera triste ni mal por no poder seguir jugando, esos días ya están lejos, pero el ser humano tiende a regodearse en la miseria cuando siente que está en la ruina emocional.
Es como lo de poner canciones melancólicas cuando estás triste.
Yo pongo mis partidos y me busco en distintos clips de redes sociales.
Vídeos de personas que me admiran y recuerdan mis jugadas editándolas con una música increíble y haciéndome parecer el héroe que nunca he sido ni seré.
Por lo general, no caigo en este tipo de trampas sentimentales, porque para cuando acabo de empaparme de todo lo que se dice de mí en internet, bueno y malo, estoy exhausto, pero anoche no pude remediarlo.
Era eso o salir corriendo a Casa Lavanda, trepar por el balcón y humillarme hasta que Giulia entienda que quiero estar a su lado hoy, mañana, siempre.
Y que haría cualquier cosa para que se quedara en Valdelila.
Y sé que estoy jodido porque, aun después de una noche sin dormir, sigo tentado de hacerlo.
Mientras la cafetera hace lo suyo voy a la habitación, abro el armario y me pongo un pantalón corto de deporte y una camiseta cualquiera que ni siquiera sé si conjunta.
Me da igual, no puedo mirar demasiado tiempo mi ropa, porque entonces me pongo a recordar todas las veces que Giulia se ha paseado por esta misma habitación con una camiseta mía y nada más.
O las veces que me ha robado mis calcetines porque, sin importar que sea verano, necesita tener los pies calentitos para dormir.
No, mirar el armario no es una opción, pero casi nada en esta casa lo es.
Me he dado cuenta de que esa mujer ha conseguido, en solo dos meses, impregnar cada estancia de su esencia.
Hay recuerdos suyos por cada rincón y lo peor es que, si me dieran a elegir, no querría eliminarlos.
Esta casa siempre ha sido bonita y práctica, yo pensé que la había convertido en un refugio, pero no fue hasta que llegó ella que me di cuenta de que no era un refugio, sino un escondite.
Voy a la cocina, me lleno una taza y doy un sorbo tan largo que vacío la mitad.
La cafeína debería hacer lo suyo y, si no, me tocará entrenar hasta que vaya a la clínica y Samuel o mi padre se encarguen de darme trabajo, porque en invierno tengo las clases de equitación y baloncesto, pero en verano todo se suspende por el calor y lo único que me quedan son algunas clases al amanecer y un montón de tiempo libre que ya antes no me venía nada bien, o sea que ni quiero imaginar cómo me sentará ahora.
Vuelvo al salón, veo la caja vacía en la que voy metiendo las cosas que mi madre y mi hermana se empeñan en sacar y, por primera vez, decido echar un ojo al interior.
Por lo general la tengo ahí como quien tiene un cubo de basura sobre la mesa: el contenedor en el que echo rigurosamente cada recuerdo que mi familia insiste en exponer para recordarme mis logros.
La camiseta de los Denver Blaze, el equipo de la NBA para el que jugaba, entradas vip que utilizó mi familia para verme, recortes de periódicos y premios.
En realidad, es lo de siempre; he visto esto mil veces porque lo he quitado de mis paredes y mi nevera otras mil.
Y aun así, me sorprende darme cuenta de que hay notas que no recuerdo, que no he visto antes.
Saco un folio doblado por la mitad y, al abrirlo, me encuentro con un titular.
León Lobo, el buenorro de Valdelila que debería tener todos los premios del mundo a mejor amante solo por lo bien que se le da usar la lengua.
Frunzo el ceño. Obviamente, no es una noticia real. La foto mía que aparece mientras entreno en el gimnasio y sin camiseta, en cambio, sí que es muy real. El montaje es sencillo y parece hecho en Canva por una niña de diez años, pero me hace reír.
Miro la caja de nuevo y me encuentro con que son varios los folios doblados y colocados estratégicamente dentro, de tal manera que no se ven a simple vista, pero si te asomas y te fijas un poco ahí están, esperando a que alguien los abra. Elijo otro al azar, lo abro y leo:
Milagro en Valdelila: León Lobo sabe sonreír.
El soltero de oro del pueblo ha sido pillado in fraganti mientras sonreía a cámara.
Este diario se ha cerciorado de que no ha habido daños en sus mejillas y, para tranquilidad de sus habitantes, corrobora que, sonriendo, sigue estando igual de bueno que siempre. Puede que más.
Ni siquiera recuerdo la foto en la que salgo sonriendo, pero es evidente que soy yo.
Como también lo es que mi sonrisa no era para la cámara, sino para Giulia.
No recuerdo qué estaba diciendo ese día, ni cuándo fue, pero se me ve relajado y feliz.
Es... es increíble verme a mí mismo desde este prisma.
Saco un folio más y esta vez no hay foto, pero sí que veo el papel estampado con varios besos de un rojo muy intenso y muy muy muy reconocible.
Abajo del todo, se lee:
Confirmado: León Lobo tiene obsesión por mis labios. Este diario o, para ser más exactos, esta reportera está segura de que podría convencerlo de que me pagase esta barra de labios durante el resto de mi vida y lo haría feliz.
Me río entre dientes, pero lo cierto es que tiene razón. Elijo uno más, lo abro y trago saliva, porque solo con ver la foto en la que aparezco tumbado en el suelo, con Bella a un lado, Giuliano al otro y Bambi a mis pies, sé que esto va a doler.
León Lobo: especialista en buscar formas en las nubes, cuidar, proteger y calmar. Y especialista en hacerme suspirar con solo mirarlo.
Hay más notas, pero no puedo seguir, porque esta mujer, que jura que lo nuestro no fue más que un pasatiempo, ha dedicado sus días a llenar mi caja de los horrores con recuerdos bonitos y notas que me hacen sonreír.
Ella, que intenta convencerme y convencerse de que lo nuestro solo es sexo, ha invertido su tiempo en demostrar todo lo contrario.
Me quiere, joder. Claro que me quiere. Si no me quisiera no habría hecho esto, pero no es solo eso.
Si no me quisiera, no me miraría como lo hace cuando la beso.
No me abrazaría por las noches, aun entre protestas, dejando claro que le encanta dormir acurrucada a mi lado.
Si no me quisiera, no me habría dejado formar parte de la restauración de su sótano.
Giulia me quiere, aunque no quiera, y va a tener que aceptar que esto nuestro es mucho más que sexo.
Me bebo el resto del café de un trago y me dirijo a la puerta para ir a su casa. Cuando perdí el baloncesto me dediqué a regodearme porque no había nada que pudiera hacer, pero esta vez es distinto. Ella no está perdida, no lo está.
No voy a pedirle que se quede solo por mí, no haría algo así, pero si quiere irse a la otra punta del mundo a continuar con sus intentos de ser actriz, aunque resulte evidente que no es lo suyo y que tampoco le gusta tanto, la acompañaré.
Si de pronto decide que quiere ir a Egipto y excavar tumbas, también la seguiré.
Si se le antoja irse a la selva y dedicarse a vivir desconectada del mundo, me marcharé con ella.
Joder, haría lo que fuera por tenerla cerca y, si al final resulta que ella no quiere, respetaré la decisión, pero lo mínimo que puedo hacer es decírselo.
Dejarle claro que si el problema es que no se ve capaz de quedarse en Valdelila cuando vuelva Fiorella —porque es evidente que la perspectiva de perder a Giuliano la mata, aunque no quiera admitirlo en voz alta—, no es un problema real, porque yo iría al fin del mundo por estar a su lado.
Abro la puerta dispuesto a llamar a Bambi y subir a la camioneta, pero me freno en seco al darme cuenta de que un descapotable amarillo acaba de aparcar frente a mi casa.