Giulia, el amor y un puñado de lavanda 63. Giulia
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63. Giulia

Giulia

Llego a casa en la parte trasera del descapotable con Giu atado y dormido en la silla. Le han puesto una escayola, lo han revisado de arriba abajo y me han asegurado que no tiene nada grave, si no contamos con que se ha roto la muñeca por dos sitios diferentes.

Mi padre conduce, mi madre va de copiloto y yo no dejo de pensar que todo ha pasado, pero podría haber sido mucho peor.

Si León no lo hubiese encontrado..., no quiero ni imaginarme cuál habría sido el resultado.

No ha querido contarme mucho sobre el barranco por el que ha caído Giuliano.

No ha hablado mucho, en realidad, muy en su línea; se ha limitado a mirarnos con una intensidad devastadora mientras pensaba en mil cosas y no decía ninguna.

Porque así es León, no habla si cree que no debe hacerlo, pero tiene más mundo interior que la mayoría de las personas, y se adentrará en el bosque, sin pensarlo, por los suyos.

Ha respetado mi tiempo con Giuliano y mi deseo de ir corriendo al hospital para que lo revisaran.

Abi, Samu y Bella también han ido, aunque la niña está bien, por suerte.

Nos hemos despedido en la puerta del hospital y ahora que por fin estamos en casa, no puedo dejar de pensar que debería despertarlo, ducharlo y ponerle el pijama, pero estoy demasiado agotada, y él también, así que decido que un poco de tierra sucia no va a suponer una gran diferencia en la lista de grandes traumas de Giuliano del Valle.

—Hija, ya estamos en casa —murmura mi madre con dulzura, como si le provocara ternura que no me haya dado cuenta.

Me he dado cuenta. Es solo que... que estoy tan cansada que apenas puedo moverme. Inspiro hondo y asiento, armándome de valor. Afortunadamente, mi padre parece intuir cómo me siento, porque desabrocha a Giu y lo carga en brazos para que no tenga que hacerlo yo.

Entramos, subimos las escaleras en silencio y, cuando lo dejan sobre mi cama, siento que el mundo se me cae encima y me falta el aire.

Sollozo, no sé ni por qué. Porque está aquí a salvo.

Porque podría no estarlo. Porque he sentido que la vida se me iba mientras esperaba saber algo de él.

Porque no es mío, pero estaba a mi cargo y casi lo pierdo para siempre.

—Date una ducha, cielo. Estás exhausta y los bajones de adrenalina son infernales —dice mi madre—. Nosotros nos quedamos aquí con él mientras tanto.

No me niego. Necesito sentir el agua caliente para despejarme.

Necesito..., no sé ni lo que necesito. Dormir, abrazar a Giuliano, que alguien me haga un contrato blindado en el que jure que ese niño no sufrirá nunca más, porque estoy temiendo el momento de llevarlo a un psicólogo y que se den cuenta de hasta qué punto mi familia ha destrozado su vida.

No sé cuánto dura la ducha, pero cuando salgo tengo la piel enrojecida y el pelo empapado, aunque ni siquiera me molesto en secarlo. Mis padres salen de la habitación después de abrazarme y me dejan a solas con un Giuliano que está dormido, pero incluso en sueños se queja de dolor.

—Shhh, ya estoy aquí —susurro abrazándolo, aunque sé que no me oye.

No sé qué hora es, ni cuánto tiempo ha pasado desde que lo ha encontrado León, ni el tiempo que ha estado tirado en el barranco. No sé nada y tampoco me importa ahora mismo, porque lo único que quiero es abrazarlo y convencerme de que todo está bien. El peligro ha pasado.

Me duermo, pero despierto poco después, sobresaltada por su llanto. Lo abrazo con fuerza y beso su pelo y su frente una y otra vez mientras solloza.

—Lo siento, Giu, perdóname —me dice sin parar.

—Tranquilo, cariño, todo está bien. Todo está genial, Giu, te lo prometo.

Él no parece creerme, solo llora, tiembla y balbucea frases inconexas.

—Tenía mucho miedo de no volver a estar contigo, aunque no quieras ser mi mamá.

—Ay, Giuliano... —Aprieto los ojos porque de verdad que no puedo ponerme a llorar ahora. He de ser su sostén, joder, ya tendré tiempo de dejarme llevar más tarde por lo que siento—. Oye, mírame.

Intento separarlo de mi cuerpo, pero se resiste un poco hasta que, al final, lo consigo. Sus ojitos están rojos y agotados, pero no puede rendirse al cansancio, es evidente.

—¿Estás muy enfadada?

—No, cielo, no estoy nada enfadada.

—Pero he sido malo.

—No has sido malo. Te has escapado y eso me pone muy triste, porque yo quiero que, cuando tengas un problema, lo hables conmigo y no te vayas. Eso se llama «huir» y no lleva a nada bueno.

Trago saliva conforme termino de hablar. Hablando de hipocresía... ¿Cómo es eso de decirle al niño que no huya, cuando yo llevo veinticinco años haciéndolo?

—No voy a hacerlo más, te lo prometo. Ni siquiera cuando mi madre venga, aunque no la quiera ni ella a mí.

Intento ser cauta. Alimentar sus malos sentimientos por Fiorella no va a reportarme nada, ni a él tampoco. Lo que yo deseo es que esté tranquilo y sea feliz, y si para eso tengo que venderle una madre increíble y buenísima que no existe, lo haré. Al menos mientras encuentro otra forma de ayudarlo.

—Tu mamá sí te quiere, Giu. Te quiere mucho; simplemente necesitaba un poco de tiempo para poder ser la mamá que tú mereces, porque tú eres el mejor niño del mundo y te mereces a la mejor madre del mundo.

—¿En serio?

—Sí, claro que sí. ¿Sabes qué? Yo nunca he pensado en tener hijos, nunca he sabido si quería o no, pero si quisiera uno, sería como tú. Igualito a ti. No dudes de eso jamás.

Él se queda callado un momento. Después me rompe el corazón. Otra vez.

—Y si soy tan bueno y el mejor hijo del mundo, ¿por qué no quieres ser mi mamá?

—No es que no quiera, Giu. Es que las cosas son complicadas. Yo estoy cuidándote y me encanta, pero tu mamá es Fiorella, ¿entiendes? Uno no puede elegir quién desea que sea su mamá. Ella te llevó dentro, te trajo a este mundo.

—Pero a veces las mamás son mamás de corazón. La seño Martina nos lo explicó. A veces las mamás son mamás aunque no te lleven dentro.

Lo miro fijamente. Sé bien lo que intenta decirme y sé bien cómo me siento yo al respecto.

—Tienes razón —murmuro con voz temblorosa—. Y si yo pudiera elegir ser tu mamá de corazón, lo sería sin pensarlo.

—No, porque te vas a ir. Te escuché cuando lo decías.

Se me encoge el pecho de nuevo al imaginar a Giuliano oyendo todas esas palabras tan terribles para él.

—Pero volveré cada vez que me necesites —le aseguro.

—Te necesito siempre.

—Entonces estaré cerquita siempre.

Lo digo sin pensar, solo porque necesito que se aferre a algo bueno y bonito. Algo que le haga conciliar el sueño y descansar de un día que se ha hecho eterno para los dos, y no es hasta que veo cómo sonríe y se duerme que me doy cuenta de lo que he hecho.

Debería sentirme mal, pensar en ello y en la forma de rectificar mañana, pero cuando intento reflexionar, lo único que siento es que llego tarde a todo esto.

La casa.

La empresa.

El niño.

El hombre.

Llego tarde a todo.

Pero... llegar tarde no es lo mismo que no llegar, ¿no?